et in Arcadia erat

La caída del paraíso para Canetti tuvo que ver con su madre, con cierto fastidio que le cogió ella a Suiza y que terminó haciendo que cortara de tajo con la pensión idílica de Zúrich donde vivía el adolescente Elias mientras estudiaba miles de temas.

Él andaba feliz con lo que iba leyendo, las conferencias en la Universidad, el colegio con algunos profesores muy buenos, remar en el lago, vivir mimado por las cuatro señoritas suizas que regentaban la pensión y por las estudiantes suecas, inglesas, checas, etc. que ahí residían. Vivía engolosinado con los valles alpinos – sobre todo con sus paseos arduos al Val d’Anniviers en el Valais donde se podía escuchar aún un francés muy arcaico, o el valle al lado de ese donde se podía escuchar alto-alemán también muy antiguo.

La madre, mientras, estaba en su sanatorio de Arosa. En un momento dado vuelve a Zúrich y en plena pensión le pega una reorganizada completa al hijo de dieciséis años que se sentía tan independiente y tan libre. Le dice que nunca ha trabajado, que él desprecia a los tíos por negociantes pero que él no tiene ni idea de dónde viene la plata que lo sostiene; básicamente le dice que es un parásito de la sociedad. En varias páginas cuenta Canetti la impresionante rabia de su madre primero con él (adolescente mimado, lector que nunca ha trabajado y se permite despreciar lo que no conoce) y su incapacidad de dar respuesta seria a la vaciada. Su caída de su propio pedestal.

La madre le dice que lo tiene que sacar de Suiza ya, pero YA mismo. Que se tienen que ir ipso facto a Alemania, a un país en posguerra con inflación y pobreza, donde la gente ha vivido cosas y donde la actitud complaciente suiza sencillamente no tiene cabida. Que se dio cuenta de que su hijo en tanta aparente libertad y tanto primor se está convirtiendo en un pequeño monstruo, que en Suiza será imposible trancar ese horror. Que ella vio en Viena lo que era pasar hambre por la guerra y ser refugiado, y que le parece que a su hijo adolescente le hace falta vivir en un país así.

Y se lo lleva a vivir en condiciones de semi-penuria económica a Frankfurt, a una pensión repleta de gente bastante golpeada y curtida por la guerra aún reciente.


Algunas veces en la vida hemos tenido personajes que han logrado sacarnos, pese a nosotros mismos, de nuestra falsa sensación de libertad, de primor, de tener el mundo ante uno. Muchas personas, en distintos momentos.


Yo aún no tengo las agallas de Canetti de contar en primera voz la manera como me han destruido el ego en el pasado (cosa que agradezco a posteriori pero que no es agradable). Este relato de la caída de Arcadia de su ego es impresionante y se siente que le fue doloroso a él llegar ahí. La voz de la madre es muy cortante, muy contundente. Uno sabe que él sabe que uno sabe que la madre tenía razón, pero como está contado en la primera persona del adolescente uno también siente el dolor del orgullo herido, del entender que pese a sus mil lecturas y proyectos y temas, la mamá le lleva una ventaja inmensa en vida. La mamá definitivamente lo salva de algo que lo habría trancado ahí en Zúrich – probablemente ella tampoco puede articular exactamente de qué lo salva, pero lo hace.


Canetti regresaría mucho más tarde a vivir en su Arcadia, en Suiza, en Zúrich. La ciudad aparentemente lo recibió muy bien y él, ya curtido por su Auto-da-fe, logra regresar de otra manera. Aún así, se siente algo como la caída del paraíso terrenal, el fin de Arcadia. Dice Canetti que salir de Suiza a los dieciséis años e irse a vivir a esa Frankfurt empobrecida, con gente sumamente golpeada por la guerra y la inflación de los años veinte en Alemania, es de lejos el traslado en que más le costó adaptarse.

PB111603.jpg

profesores de colegio / Madame Paul / libertad

… La diversidad de los profesores era asombrosa, es la primera diversidad consciente en una vida. El hecho de que pasen tanto tiempo delante de uno, expuestos en cada una de sus reacciones, sometidos a una constante observación, siendo el verdadero objeto de nuestro interés hora tras hora, y, dado que no podemos ausentarnos, siempre el mismo período de tiempo; su superioridad, que los alumnos no quieren reconocer de una vez para siempre y que los vuelve críticos y malévolos; la necesidad de responder debidamente a sus exigencias sin complicarnos demasiado la vida, el secreto en que se halla envuelto el resto de sus vidas durante todo el tiempo que no están ante nosotros como actores de sí mismos, y luego el hecho mismo de sucederse unos a otros, siempre en el mismo lugar y desempeñando el mismo papel, con la misma intención, es decir, expuestos abiertamente a la comparación: todo esto, tal y como actúa conjuntamente, constituye también toda una escuela, muy diferente de la destinada a la enseñanza, es decir, una escuela en la que se aprende a conocer la multiplicidad de la naturaleza humana y, si se la toma medianamente en serio, es también la primera escuela consciente del conocimiento del ser humano.

Elias Canetti, en La lengua salvada – trad. de Genoveva Dieterich

El anterior pasaje de la autobiografía de Canetti refleja muy bien ese libro (triple): en lenguaje llano va observando, va describiendo lo que ve desde la infancia. Aquí está ya iniciando su bachillerato en Zúrich. El padre había muerto en Manchester, vivía Elias con sus dos hermanos y su madre, pero esta decide internarse en un sanatorio en los Alpes y deja al hijo mayor, Elias, en una pensión de cuatro señoras suizas para que siga yendo al colegio. En esa libertad impresionante que empieza a vivir el joven Elias Canetti se la pasa yendo a conferencias, escribiendo cosas (de las cuales se arrepentiría después), discutiendo temas, remando en el lago, yendo en tren o a pie al colegio.


De alguna manera leer a Canetti me hace revivir ese año y pico de libertad que tuve en Bélgica cuando a los doce años iba en tren, o como pudiera, al colegio. Tomaba materias de griego y latín con Madame Paul (ese era su apellido); ella tenía un 2CV en el que a veces me acercaba a Lovaina la Nueva donde vivía yo con mis padres y hermanas – ella había vivido en Italia muchos años y durante buena parte de la clase mostraba diapositivas mientras nos enseñaba sutilezas del latín y el griego – su hija era un poco mayor y parecía muy libre – Madame Paul era distintísima de los demás profesores en que a la vez lo trataba a uno como mayor y no exigía mucha disciplina; de alguna manera podía ser exigente de maneras más serias que los demás profesores – con ella aprendí mis primeras declinaciones, pero hablando en el carro tranquilamente como con alguien grande… no contaba yo mucho en la casa los detalles de ese regreso con Madame Paul; de alguna manera intuía yo la posible prohibición de tanta cercanía a una mujer de unos 35 o 40 años y su hija grande que parecía tan libre – me limitaba a decir que “una profesora de griego nos pidió que compráramos el Enchiridion o el Neaí Odoí” … Hoy en día tanta cercanía, tantas conversaciones, paradas a comprar comida – recuerdo que Madame Paul paraba en el Delhaize a comprar ingredientes para su comida con su hija y me iba describiendo lo que prepararía – serían probablemente medio ilegales. Yo sencillamente quedé adorando esa visión de Italia y Grecia y la libertad. Conservo un librito que me regaló: una Guía Verde Michelin de la Roma antigua, hecha como si fuera una de las guías modernas pero con recomendaciones para ir al Foro, al Senado, a miles de edificios – describía “restaurantes” de la Roma antigua como si uno fuera a visitarlos, describía las posibles llegadas por la Via Appia, los posibles trancones de carretas en los puentes del Tíber, la especulación inmobiliaria (salía incluso el precio en denarii de pensiones o de la primera propiedad horizontal que hubo en Roma), daba las distancias en millas y pies romanos…


Leer a Canetti es así. Él tenía profesores increíbles algunos, terribles otros (como me pasó a mí también). Probé esa libertad que él también tuvo, durante mi primer año de bachillerato. Regresar a Colombia (al Réfous) fue perder esa libertad durante un tiempo, ir en bus al colegio …  la libertad recobrada más tarde ya fue algo muy distinto.

PA237846

los trenes de la libertad (para mí), en Bélgica – foto en 2016

diez metros / video / Canetti

Como nunca he sentido que nade muy bien (siempre percibo mi propia lentitud) a pesar de haber nadado con regularidad en varios otros momentos de mi vida, no creo que mis metáforas de natación sean buenas.

Pero en este momento del semestre, cuando falta poco (pero aún no se ha llegado; no se ha demostrado Morley en modelos, faltan los proyectos finales de los de Discretas II) la sensación es análoga para mí a esos últimos diez metros antes del borde de la piscina, cuando uno siente que no tiene más aire, que no da una brazada más.


Aproveché para aprender a usar lightworks  — un  editor de video bastante mejor que los usuales en linux, y armar un video de impresiones/trozos de la ida a París. Aquí está:


Me dijeron que la ciudad quedó un poco melancólica en ese video. En realidad es un revuelto de muchas cosas: ciclistas en la ciudad, Kiefer, Rodin, algo de vistas y caminatas, un poco de caras de gente del evento y familiares. Y el río.


La autobiografía de Elias Canetti (voy en vol. 1, La lengua salvada) es una maravilla de escritura llana y directa, de introspección seria y directa. Todo lo contrario de la introspección complejísima y supremamente mediada de Proust, en su propia “búsqueda de sí mismo” Canetti opta por un camino de luz directa, leve ironía – sobre todo mucha auto-ironía y captura de voces.

El español de su familia (que estando en Bulgaria aún usaba el español como idioma varios siglos después de la expulsión), su idioma primordial, esa versión judía del español de hace ya más de cinco siglos, parece ser la base de toda su construcción y de toda su percepción. Ese idioma de infancia está salpicado del búlgaro de las criadas campesinas, del turco de los abuelos (cuando Bulgaria era imperio otomano), del armenio y ruso y griego y rumano de vecinos, criados, amigos de infancia.

Más adelante agregaría el inglés (fueron a vivir por un tiempo en Manchester durante la infancia de Canetti) y luego el alemán de manera muy sólida (fue al colegio en Viena y en Zúrich – y la madre lo entrenó literalmente-literalmente al saber que iría al colegio en Viena. El recuento de cómo lo entrenó la mamá a sus escasos ocho años en el idioma alemán ya haría que valiera la pena asomarse.

Pero hay muchísimo más, obviamente. Las descripciones naturalistas de sus profesores en el liceo en Zúrich son verdaderas joyas de percepción y observación.

Canetti era un joven libre, que a sus trece/catorce años iba en tren o a pie desde una pensión hasta su colegio – la pensión la compartía con varias otras estudiantes mayores (él era el único hombre en esa casa regentada por cuatro señoras suizas de varias generaciones y habitada por estudiantes suecas, brasileñas, francesas, austríacas). Su descripción del lugar evoca mundo, rigor y libertad.

bóveda

tuve suerte el martes de la semana parisina: salí a caminar antes del amanecer, en busca de cierta luz, de cierta pulsación de la ciudad que en horas más tardías era elusiva – quería por así decirlo “tomarle el pulso” a la ciudad en las horas anteriores al tráfico, al gentío

completamente vacías estaban las calles de la zona de Odeón, subiendo hacia el río – escaparates de libros lujosos, de antigüedades, de diseñadores, todo muy chic y ahí con vidrieras sin protección – solo uno que otro furgón de reparto, pequeño, en mercadillos de frutas

PA171219

en el río – llegué por el Pont des Arts, el peatonal de madera – gente en bicicleta, gente haciendo ejercicio y las luces de la ciudad al amanecer, un poco fuera del tiempo

pensé que la París de Proust no debía verse (en este punto, con esa luz, a esa hora) tan distinta de lo que tenía ante mis ojos – excepto claro por la cantidad de gente corriendo o estirándose…

PA171251

Bajé a los muelles, caminé un poco subiendo hacia la catedral, viendo el lentísimo amanecer de octubre, sobre todo concentrado en el aumento imperceptible casi del rumor de la ciudad. Además de los corredores poco a poco más transeúntes afanados, acaso desembocados de lejanas banlieues – y gente limpiando calles, barriendo hojas. Y el río.

PA171255

Finalmente pasé frente a la catedral – justo en el momento en que la estaban abriendo al público. Había ido varias veces antes, a horas distintas, pero en los pasos más recientes por esa zona había filas interminables para entrar.

Esta vez no – estaba yo solo ahí.

Me dediqué a contemplar la bóveda central sobre todo, al igual que los rosetones. La bóveda.

PA171262_01

Traté de interiorizar ese tejido mil veces visto en libros, en ilustraciones, en vivo – y a la vez siempre nuevo. Me puse a hacer variaciones en tiempo muy lento, moviendo la cámara para tratar de capturar nervaduras.

Después lo mismo, pero con el rosetón (girando la cámara durante seis, ocho, diez, segundos):

En versión estable, el rosetón:

PA171284


En realidad quería hacer dos cosas: fuera de captar el “pulso” de una ciudad difícil (y maravillosa tal vez en parte por sus mil capas), quería también pensar en el tema del infinito de muchas maneras distintas, lo menos dirigidas posible. Obviamente es imposible lograr pensar en un tema así sin dirigir el pensamiento, sin dejarlo caer en la maraña de conexiones.

Pero necesitaba “limpiar la mente” en esa mañana anterior al congreso. Creo que el río y la bóveda ayudaron.

París y la bici

Durante la visita corta que hicimos con MC a París para un congreso la semana pasada tuvimos poco tiempo para museos, etc. – el congreso era muy intenso y estábamos además metidos en temas de organización de eventos asociados a ese. Sin embargo, algo intenté ver. De alguna manera, la bicicleta fue una ayuda para capturar fotográficamente algo del pulso de la ciudad.
Esta vez no anduve en bicicleta (de nuevo, el congreso, etc.) como otras veces. Además me fijé mucho en temas a los que me he sensibilizado (distancia de los carros, infraestructura de ciclorrutas) y vi bastante mal a París: los buses van rápido y se le echan encima a los ciclistas (me tocó ver eso varias veces), las ciclorrutas son muy estrechas y simplemente pintadas en el pavimento – me pareció peligroso andar en cicla en esa ciudad (aunque lo he hecho antes). También la sentí con un aire muy contaminado, de una manera distinta a lo que tenemos que aguantar en Bogotá. Sobre todo un olor muy persistente a gasolina, aún tarde en la noche – probablemente había inversión térmica y el exhosto de carros estaba atrapado en la ciudad.

Aún así, agradezco mucho el haber pasado esos días allá – y simplemente ver a los ciclistas es un remanso de civismo en nuestras ciudades.

PA191371PA140941PA140943_01PA140942PA191369_02PA140939PA140938PA191368PA140945_01PA191362_02PA191363PA191367PA191388PA191387PA191380PA191376PA191369_01PA191369

Leer bajo la pátina del tiempo

Paul Valéry ha aparecido en mis lecturas, conversaciones, discusiones – con frecuencia alarmante últimamente. No solamente Fernando lo menciona mucho (y me ha regalado ensayos sobre Valéry o escritos del poeta/ensayista) sino que por ejemplo en Infinity Valéry fue mencionado/citado por personas muy disímiles  –  por la magnífica Briony Fer, por el conjuntista británico Philip Welch, entre otros.

Flaneando por los muelles de buquinistas (sí, me toca usar un poco de frañol ahí; decirlo en español castizo lo haría sonar como una zarzuela) en busca de Valéry y otros autores noté extrañas reticencias. Libreros amables cambiaban de cara al preguntar yo por Valéry después de haber estado hablando con ellos unos minutos; uno de ellos me dijo ah non, moi, Valéry, j’en ai pas casi como si intentara desligarse de algo incómodo, como si mi pregunta por Valéry hubiera cruzado pese a mí algún umbral de lo correcto según él. Otros me dijeron Valéry en Pléiade c’est pas facile à trouver, on a ceci seulement — y sacaban algún fascículo – a todas luces magra representación del autor.

Luego alguien me preguntó ¿Por qué tanto interés en Valéry? … Quien me lo preguntó es el hijo de una profesora de literatura francesa en una universidad bogotana, y me dijo que ya había leído montones de Valéry cuando estaba en el colegio impulsado por su madre – traducían cosas para las clases, etc. Me miró con cierta ironía cuando le dije que como aparece por todas partes en conexión con el infinito, con disquisiciones estéticas, con su poesía, por su centenario reciente, quería leerlo más a fondo.

Finalmente en el Muelle de los Grandes Agustinos apareció un volumen de Pléiade a precio muy bajo y hermosísimo. Mirando por encima y saltando hojas del jugosísimo volumen me encontré con textos y poemas increíbles – que tengo ahora para leer después.

También había comprado ya Variété – un libro que empieza escrito durante la posguerra (de la guerra de 14-18). Valéry como todo el mundo estaba perplejo y lanza un llamado angustiadísimo.

Pero cuesta leerlo, bajo la pátina brutal de eurocentrismo, de creer genuinamente y escribir tanta sandez sobre la “centralidad” y “excepcionalidad” de Europa. Ese dejar entrever la trama de un modo de pensar es el precio a pagar cuando alguien como Valéry escribe tanto, con interés tan genuino por el mundo, por entender tantas conexiones (matemática, música, literatura, política). Algún historiador de las mentalidades podría encontrar tesoros de prejuicios (creo que algunos de los libreros reticentes con Valéry podían estar influidos por ese tema), pensamientos moldeados por su época, en esos diarios de Valéry. Hay joyas impresionantes pero también hay frases que resultan francamente molestas de leer un siglo después – y estoy seguro que alguien con la lucidez de Valéry hoy en día sería un crítico implacable del Valéry de esas frases.

Aún así, disfruto mucho la lectura y los tesoros de ese volumen, pues se configura algo que permite trazar mil hilos entre los temas que me interesan. Y por algo Fernando, Briony y tantos otros no solo lo leen y enseñan, sino que siguen encontrando inspiración inmensa ahí. Yo hasta ahora empiezo.

La mer, la mer, toujours recommencée… (PV)

PA171226

París, al amanecer del martes de la semana pasada. Foto: AV.

right before Infinity

Right before “Infinity” (the way we called the meeting), MC and I were immersed for weeks and weeks in discussions and preparing our lectures. It is a rare occasion, being both of us invited as speakers in the same event. Also, for both of us – I would say, for all speakers of this event – it was a truly demanding task, in a way that is difficult to describe. How do you speak for a crowd of people that includes amazing mathematicians (Woodin, Steel among them), great art historians and philosophers? How do you say something at the same time as devoid as possible of local lingo, local to your little domain, and interesting? With the subject of the meeting, On the Infinite, of course, there were many possibilities.

We ended up waking up many times in the middle of the night, of many nights for weeks and weeks whispering  you know I’ve been thinking now of starting with the body and … /  … oh I was thinking of the corporeal too … / … but no, really it’s about the boundary between the undefinable and the defined … / oh, but not that way … and falling asleep again. Then breakfast with infinity, then in the middle of a discussion with one of my colleagues about abstract compactness and amalgamation in infinitary logics, surprising myself using a sentence that was also from the other conversation… then Lygia Clark and Poincaré, Leibniz and Florensky… and the need to trim it all…

The week-end before we revisited the Rodin Museum, where a Kiefer exhibition (homage to Rodin’s Cathédrales de France) was being shown. Somehow I feel the works we saw encapsule the atmosphere of our conversations for weeks on end before the meeting.

PA141000

PA141001_01PA141003PA141007_01PA141008PA141010PA141013PA141015PA141018PA141021PA141022

PA141028_01PA141032PA141033PA141039PA141043PA141048

y mucho, mucho más (pero después). Rodin es infinito. Kiefer hace un buen homenaje, pero se queda de verdad corto frente a la grandeza de Rodin. Désolé, Maître Kiefer.

La ciudad más difícil…

… de fotografiar para mí siempre ha sido París.

Tal vez por ser tan emblemática, o por ser de arquitectura tan lisa y uniforme, o por haber sido fotografiada de manera tan icónica por Cartier-Bresson, Doisneau, Atget, Kertész y tantos otros. Siempre había sentido que las fotos de París me quedaban en alguna de estas tres categorías:

  • pálidos reflejos de fotos buenas icónicas de esos grandes nombres,
  • fotos turísticas (el kitsch que siempre busco evitar pero que en París es difícil),
  • fotos que no logran romper la pátina de mobiliario urbano que en París es tan pesado, tan omnipresente.

A sabiendas de estas limitaciones previas, salí ayer con la cámara, recién llegados a la ciudad con María Clara para participar (activamente) en On the Infinite en el Henri Poincaré. Al principio me desesperó no ver nada, no poder romper la pátina superficial de mobiliario urbano, no poder transmitir realmente la emoción de estar aquí.

Sin embargo esta vez las bicicletas y Rodin me han ayudado.

Como vamos a hablar sobre el infinito María Clara y yo, y hemos estado desde hace días, semanas preparando nuestras charlas, el viaje ha sido teñido de una inmersión extraña en textos y conversaciones sobre charlas difíciles de dar para ambos. Tenemos que hablar para público mezclado entre matemáticos, artistas, filósofos – en un lugar tan icónico y emblemático como el Henri Poincaré. ¡No es para nada obvio! Creo que nuestra percepción de la ciudad en esta visita ha estado muy teñida de nuestras lecturas, búsquedas, discusiones (a veces duras) sobre infinito en arte, en matemática y filosofía.

Los ciclistas me permiten empezar a ver la ciudad de manera distinta.

Rodin (después) también. Es una serie larga – nos pareció brutal la exposición de Kiefer pero aún más ver después de Kiefer tantas obras de Rodin. Las habíamos visto varias veces, pero hacía bastante tiempo ya. Esta vez las sentí de manera muy visceral. Después colgaré fotos.

Perplejidad mía y catalana

Esta primera semana de octubre de 2017 ha sido para Cataluña (y para quienes nos sentimos de una u otra manera conectados con ese país [¿con esa región?]) un mar de perplejidades, de preguntas muy difíciles, de respuestas que llegan bien hasta un punto y empiezan a resquebrajarse, de sentimientos mezclados con realidades contantes y sonantes muy frías.

Como no sé bien cómo continuar (¿por dónde empezar? ¿por una toma de posición? ¿por señalar los peligros de ciertas tomas de posición? ¿por una manifestación de indignación? ¿pero con quién exactamente la indignación? ¿con “España” y lo que ha representado? ¿con el PP? ¿con las élites catalanas que ya empezaron a salir corriendo? ¿conmigo mismo por no ver las cosas cuando están ante mis narices?) me limito a transcribir viñetas mentales que ilustran algo de lo que genera perplejidad en mí – e intentar a partir de ahí reconstruir algo. Primero, dos puntos de partida, de ubicación personal.

  • Lo primero (para mí): llevo a Cataluña en el corazón desde hace cuatro décadas. He tenido la inmensa fortuna de vivir ahí – no un largo tiempo, pero sí dos meses enteros en 2016 y muchas otras visitas cortas. Mi primer contacto con el Mediterráneo – a la edad de diez años – fue en la playa del Vendrell, entre Barcelona y Tarragona. Mi primer recuerdo de haber pedido un plato en un restaurante y haber resistido con mucha rauxa a los embates de sensatez (¿seny?) de mis padres fue en Barcelona. Vi la Barcelona pobretona de finales de los setenta, la Cataluña que empezaba con pie trémulo a poner letreros que decían “Catalunya” oficialmente y a quitar menciones infames al “generalísimo” en su Diagonal (que acababa de recuperar ese nombre después del oprobioso nombre que le tocó des-lucir durante las décadas de horror). Conocí un poco de esa Cataluña – la conocí como la puede ver un niño de diez años (pero el recuerdo es bastante preciso: yo era el “copiloto” de esos viajes en carro bajando desde Bélgica – desde entonces está grabada en mi mente la entrada inicial a “Espanya” por Andorra – y mi sorpresa inicial con esa escritura, la Seu d’Urgell (que en las señales aún era “Seo de Urgel”), Vic, la entrada a Barcelona, todo eso estaba en el mapa Michelin rojo de España que llevábamos y que aún recuerdo fotográficamente.
  • Lo segundo: además de ese viaje fundamental en 1978, he tenido posteriormente la oportunidad increíble de conocer algunos catalanes y algunos españoles de Cataluña. Tengo amigos catalanes que no se sienten españoles y amigos catalanes que sí (hasta ahora). Gracias a ellos he podido conocer una literatura riquísima y hermosísima, y leer en el idioma original Mirall trencatLa plaça del diamant de Mercè Rodoreda o la impresionante Jo confesso de Jaume Cabré. Leer en catalán e intentar hablarlo (no es fácil; no porque el idioma sea difícil en sí, sino porque cuando en Cataluña ven que uno no habla bien el idioma por amabilidad y practicidad pasan al castellano pues notan claramente que es mi idioma; si no supieran castellano, sería mucho más fácil para mí aprender a hablar en catalán).

 

PA298326

la Costa Brava poco antes de aterrizar en Barcelona, en noviembre de 2016 – siempre me emociona la idea de llegar/volver a Cataluña

 

Todo lo anterior tiñe mi lectura de la situación catalana de algo muy personal y con cierto grado de ambigüedad.

Ahora, octubre de 2017.

  • Convergen en ese lugar, en ese país, en esa ciudad por lo menos dos movimientos muy fuertes aunque muy asimétricos: el reclamo de independencia en Cataluña, la brutalidad inaceptable de ciertas fuerzas de España. Al principio toma tal vez por sorpresa por un lado la dimensión y profundidad del reclamo independentista, por otro lado lo encarnizado de la represión a este.
  • Se podría (de manera un poco simplificadora; justa en algunos casos pero no da cuenta de lo que realmente está sucediendo) leer esto en clave de nacionalismo, de dos nacionalismos enfrentados. Y los eventos del 8 de octubre, y la respuesta de algunos, podrían subrayar esto. Pero me parece que llamar simple “nacionalismo” el reclamo absolutamente justo de mayor autonomía, de posible independencia, de una región como Cata

gaps – subir regulariza / gelato en Bogotá

En la última sesión de su minicurso hoy Miguel Moreno demostró que en cardinales no contables \kappa=\kappa^{<\kappa} la relación de equivalencia de isomorfismo-T \approx_T de estructuras de tamaño \kappa (una relación de equivalencia en el espacio de Borel generalizado \kappa^{\kappa}) es continuamente reducible a \approx_{T'} cuando T es “menos compleja” modelo-teóricamente (clasificable) que T’ (por ejemplo, si T’ es superestable con sDOP o si es estable no superestable).

Más allá de los detalles técnicos (pesados) de esto, lo interesante es que dos nociones de complejidad aparentemente muy dispares terminan coincidiendo en cardinales no contables suficientemente grandes: la jerarquía de estabilidad y la reducibilidad (Borel o continua) de relaciones de equivalencia asociadas a las teorías en el espacio de Baire.

Es uno de los casos en que para cardinales suficientemente grandes la teoría de modelos danza en buen ritmo con la topología (de Baire).

Lo más interesante es que en el caso clásico (contable, teoría descriptiva de conjuntos) no sucede ésto. Allá la jerarquía de estabilidad y la de reducibilidad-Borel se comportan de manera bastante disonante.

Todo esto es parte del tema más general de búsqueda de regularidad esencial en teorías de primer orden, una vez se permite uno a sí mismo subir más en los cardinales.

Cardinales más grandes —– Mayor regularidad de comportamiento


Un poco como si el infinito si no es muy grande contuviera aún mucho “ruido” pero este ruido se disipara al subir más.


La variante más famosa y conocida (aunque mal – poca gente incluso en teoría de modelos conoce la demostración) es el Main Gap de Shelah. Lo que sucede en estos teoremas de teoría descriptiva de conjuntos generalizada que mostró Miguel Moreno es que de alguna manera el Main Gap también se captura con teoría descriptiva de conjuntos… siempre y cuando la libere uno de la hipótesis de trabajar en espacios polacos.


Este tipo de “regularización arriba” ocurre en otros temas también: en propiedades de grupos de automorfismos (la propiedad SIP vale automáticamente en modelos saturados no contables de teorías de primer orden, como probaron Lascar y Shelah e incluso vale en modelos no contables asociados a clases cuasiminimales como demostramos con Ghadernezhad – ¡pero puede fallar de manera estrepitosa en muchas teorías contables!), etc.


Hoy tuvimos seminario entre la 1:30 y pasadas las 5 de la tarde. Miguel habló todo ese tiempo sobre estos temas. Fue muy interesante sumergirse en ese mundo por unas horas.


Después del seminario pasé en la bicicleta a probar los helados de Selva Nevada en el Parkway. Creo con toda honestidad que es la primera heladería seria que ha surgido en Bogotá. Nada del nonsense de Orzo (con sus sabores chimbos tipo Oreo o Nutella), y mejor aún que la de Gastronomy Market de la 72 con 5 – mejor textura, nada de perfumes raros. Verdadero gelato que se merece el nombre. No había probado nunca helado serio en Bogotá.

la balsa de piedra

Hace un par de décadas leí A jangada de pedra, la novela de Saramago que habla de un desprendimiento mágico de España y Portugal del resto de Europa. Amanece un día y resulta que en la frontera con Francia se abrió un tajo delgado pero a medida que pasa el tiempo el tajo se abre, quedan desconectados Portbou y Cerbère, Saint-Jean Pied de Port y el inicio del camino. Luego la península empieza a irse más rápido como una balsa a la que le hubieran soltado las amarras e inicia su deriva hacia el oeste, hacia las Azores tal vez o hacia las Antillas – nadie sabe. Muy rápidamente se reconfiguran cosas: Europa dice que “en realidad siempre se supo que España no es que fuera muy europea, y la naturaleza terminó confirmándolo”, entre España y Portugal empiezan a suceder cosas que de alguna manera el estar atadas a Europa por los Pirineos fueron siempre pospuestas, y la novela continúa a partir de ahí.

Hoy pensaba un poco en eso – pensaba en mil cosas más al ver las noticias de la brutalidad de la policía de España en Cataluña – pero sobre todo pensaba cómo España en realidad no cambia en su rigidez, en su quietud, en su legalismo.

Un reino armado hace poco más de cinco siglos por una familia de locos que expulsó a sus judíos (y con ellos a buena parte de su intelectualidad de entonces, y a sus médicos y a sus financieros), que se encegueció con su victoria contra los “moros” (y aunque mucho de lo más valioso de España es su herencia árabe – que agradecemos diariamente los herederos de los herederos de… – sigue de alguna manera sin asumirse de manera real como hija parcial del mundo árabe) y luego se lanzó a la codicia y el saqueo en esta parte del mundo, y al fundamentalismo religioso para salpimentar todo… un reino donde decidieron básicamente detener el progreso del mundo, negar la revolución capitalista, enceguecerse con hidalguías y abolengos, y negar el paso del tiempo.

Hoy tuvo lugar el corte de amarras que vio Saramago, pero no por la frontera francesa sino por la frontera entre Cataluña y España.

De alguna manera los actos de España en Cataluña hoy fueron una manera de decir “no queremos entender, no queremos hablar, no nos interesan ustedes de verdad”. Fueron la España del desprecio a Cataluña, la del señorito castellano que se cree que puede entrar a patadas donde sus vasallos sin que haya consecuencias, tal vez porque hasta ahora (casi) nunca las ha habido.

Que fue una jugada maestra de la derecha catalana, dicen algunos. Que es cosa del infantilismo catalán, dicen otros. Que esto, que lo otro – seguramente hay algo de cierto en todos esos análisis. Pero el hecho crudo y duro es que quedó muy legitimado el clamor de independencia de Cataluña, y España quedó como el bobo (feroz) del juego – recordando otros momentos del bobo feroz que expulsa a sus judíos (una comunidad de vivacidad intelectual impresionante en la Edad Media), que se enorgullece de ganar a los árabes (para después armar país sobre los despojos), que va luego a saquear América hasta que sus propios vástagos terminan expulsándolos.

Hace 217 años en Santafé de Bogotá ocurrió lo siguiente: había fermento independentista entre algunos criollos (hijos o nietos de españoles que en la ceguera peninsular eran tratados como de segunda o tercera), unos cuantos leían lo que venía de Francia (ilegalmente, obviamente – en España muchas cosas han sido ilegales, incluyendo el referendo de hoy), unos cuantos de ellos habían estudiado matemática (o astronomía o botánica) con el profesor Mutis y traían ya la semilla de la independencia. La mayoría eran jóvenes acomodados que normalmente habrían hecho lo de todos los jóvenes acomodados – dedicarse a aprender algún oficio, obtener algún cargo, dedicarse a robar aquí o allá algunos, otros a construir con cierta honestidad. Pero no hicieron eso. Se lanzaron a su propia campaña de independencia y después de unos cuantos años la lograron.

Era una cosa de la clase de criollos locales, obviamente. Usaron de manera mercenaria y aprovechada a los indios y negros locales, a los mestizos y a los mulatos. Algunos de ellos fueron brutales. Otros fueron sobre todo sagaces.

Pero hoy veo claro que la ceguera de la respuesta española en 1810 y años siguientes, la brutalidad con que llegaron a apabullar en América el independentismo, terminó legitimando ante ojos de muchos la campaña. Lo que era una idea de corrillos de pequeños intelectuales granadinos  –  y hubiera podido quedarse como una idea un poco extraña de gente que leía en francés, que estudiaba mecánica planetaria así fuera ilegal, que hablaba con Humboldt pero tal vez no con los llaneros ni los labriegos del altiplano – se convirtió en un clamor muy global y muy justificado.

El primer rey de España que vino a América en visita oficial fue Don Juan Carlos… en 1976. Leía ayer que los políticos madrileños nunca fueron a hacer campaña en Cataluña en los años anteriores a este 2017.

(Contraste fuerte con la corte portuguesa que se estableció en Rio de Janeiro y al menos se dignaba ir a ver cómo era su colonia Brasil.)

Y no, no hay vuelta atrás para nosotros. Salvo unos pocos políticos ultraconservadores que sueñan con esa España de horror, nadie en América quiere volver a ser parte de España. Puede que hayamos tenido mil tribulaciones, mil dificultades, pero la independencia de España es algo muy importante ganado – aunque pocas veces como hoy se vea tan claro esto.


La balsa de piedra parece que ya zarpó. La Policía Nacional de España se encargó de cortar las amarras con Cataluña y con cierta Europa. Lo que vimos hoy fue un renunciar por parte de España a algo. Parecía que esos policías estuvieran representando un teatro en que más que salirse Cataluña de España lo que está pasando es que España se estaba saliendo de algo que (aún) podríamos llamar “Europa”.


Ahora es difícil saber dónde va a parar España. Si encallará en el Mar de los Sargazos de su modorra, si recogerá ágilmente su rumbo y se volverá a unir — difícilmente — con Europa (vía Cataluña).

Catalunya … avui comença un nou viatjar, ja una mica independent. Espanya va decidir trencar les amarres i salpar com si fos una bassa. És un moment molt difícil i perillós, i probablement hi haurà moltes dificultats. Però crec que cal seguir endavant.

hoy tomé una foto

Hoy tomé una foto. En realidad eso es lo de menos. En realidad no tomé la foto en el sentido de “generar un documento en algún formato decente con ayuda de un lente” pues no tenía cámara a la mano – tenía un pinche celular pero las fotos tomadas con celular nunca salen bien. Pero eso es lo de menos.

Tomé una foto quiere decir que la vi, la enmarqué con la mente, la registré. Percibí de manera in-mediata, sin mediación, una luz y unas sombras, un enmarque y un significado. Estábamos a punto de empezar sesión del seminario de Geometría y Lógica y vi la persiana doblada que normalmente me parece ruinosa, en el 311 del edificio de la piscina (matemáticas). Algo de la luz y algo del viento, algo de las sombras y algo de la composición de esa persiana ruinosa (¿por qué se demoran varios semestres en cambiar las cosas que se dañan?) me pareció una foto hermosa para tomar.

Pero en realidad todo eso es lo de menos. (¿A quién le puede importar una foto más de una persiana ruinosa – aún si a mí me pareció hermosa y hubiera podido capturar tantos sentimientos mezclados con lente y buena cámara?) Sí, en realidad eso es lo de menos. Lo importante es que es la primera foto que logro tomar en mucho tiempo.


Desde hace dos meses, desde finales de Jerusalén, no había podido tomar fotos. Quiero decir, tomar fotos como la que “tomé” hoy.

Una multitud de circunstancias relacionadas con la llegada, con muchísimos afanes de salud de mi padre – que incluyeron una larguísima estadía en clínica y muchos momentos complicados – acaso el inicio abrupto de clases después de mi llegada, y la inmersión en referatos/completar artículos/trabajar en temas interesantes… todo eso dio al traste con mis fotos.

Me había acostumbrado a andar con la cámara frecuentemente como una extensión de mi percibir, como una extensión de ojo, brazo, cabeza – a veces tal vez el cuerpo entero. Y desde inicios de agosto no pude volver a andar con la cámara así.

Dejé de ver fotos. Dejé de percibir. Dejé de tomar fotos.

Me tocó oprimir botón de cámara unas pocas veces para fotografiar situaciones o documentos, pero ese fue un disparar sin alma, sin ver.

Me llegó a preocupar mucho el no ver fotos, el no poder tomar fotos.

Pensé en tanta gente que escribe sin escribir, que toma fotos sin tomar fotos, que sigue “siendo artista” sin percibir y sin ver, que sigue tocando piano sin tocar piano, que sigue haciendo matemática sin hacer matemática. Incluso profesionales plenos de cada actividad – o mejor dicho, sobre todo profesionales plenos a menudo siguen como por inercia, escribiendo novelas sin poder escribir (pero seguramente haciendo giras Planeta y apareciendo en Arcadia o lo que sea).

Me preocupó muchísimo la posibilidad de haber perdido el ojo.

Pero veía la cámara y el reflejo usual de llevármela como cómplice a todas partes y disparar cuando veía algo … eso no era posible pues no estaba viendo nada.

Llegué a dudar si mi fase de tomar fotos había sido eso, una fase no más, un momento de unos pocos años, un one-night stand con la fotografía. Me aterraba esa posibilidad, pues me hacía sentir que en realidad todo es así, la vida es así, una serie de one-night stands con actividades. Un poco como alguien que podía caminar, subir montañas, salir corriendo y ya no puede, como le pasa a mi padre en esta etapa de su vida. Como tarde o temprano nos tiene que pasar a todos.

Por eso esa foto que tomé mentalmente hoy me punzó tanto, me pareció un regalo de la vida, me despertó.

Tal vez por eso volví aquí también hoy.

Pronto: ∞ en París (IHP)

El próximo mes de octubre tendrá lugar un simposio interdisciplinario sobre el infinito en el Institut Henri-Poincaré en París: http://www.i-n-f-i-n-i-t-y.org/. Participaremos María Clara y yo en ese evento.

Será parte de una serie de encuentros interdisciplinarios entre matemática, arte y filosofía que ya ha tenido versiones en Utrecht (2007: Untamed Logic, Aesthetics and Mathematics), Nueva York (2012: Simplicity: Ideals of Practice in Mathematics & the Arts), Bogotá (2014: Mapping Traces / Rastrear Indicios: Representation from Categoricity to Definability) y Helsinki (2015: Getting There and Falling Short: Around Complex Content).

De nuevo será todo un reto hablar sobre un tema matemático para un público que mezcla gente como Woodin y Magidor con gente como Juhani Pallasmaa o Briony Fer.

Nunca es fácil ese equilibrio.

[Tal vez lo que se va configurando a través de estos encuentros/reencuentros es la idea de un diálogo extendido en el tiempo; creo sinceramente que el evento de Utrecht hace diez años, aunque muy bueno en su organización, tuvo charlas más ingenuas, menos cortantes que los siguientes. Aunque no es algo explícito en la manera como están planteados los eventos, sí parece irse configurando algo de conversación extendida. No es nada fácil.]

El evento de Utrecht fue muy tantear terreno, con algunas cosas buenas y un par de charlas muy extrañas. El de Nueva York fue gigantesco, con una cantidad de artistas y gente de las universidades que llegó ahí; todos hacían preguntas ingenuas o sabias, era un poco caótico, gigante y maravilloso, como esa ciudad. La presencia irreverente de Gromov fue impresionante: terminó pareciendo una estrella de rock. El libro Simplicity… salió de ese encuentro y tiene ensayos muy interesantes. El de Bogotá en 2014 lo organizamos nosotros o sea que no puedo juzgar mucho pero me parece que tuvo un carácter más íntimo que el de Nueva York. Tuvo el entusiasmo increíble de los estudiantes de aquí, y sobre todo una empatía y profundización del diálogo que creo que no se había logrado hasta ahí (una mesa redonda con Xavier Caicedo, John Baldwin, Jouko Väänänen y Fernando Zalamea discutiendo libremente ante el público fue un punto alto de ese evento – pocas veces he escuchado a Xavier hablar con tanta libertad y poesía; otro fue el conversatorio Signos indéxicos y complejidad social, política y artística de Clemencia Echeverri, Margarita Kurka-Malagón y Beatriz Vallejo). El evento de Helsinki luego fue más maduro, sin los extremos de Nueva York, ya una conversación en un punto más avanzado. Este de París creo que será un gran reto para los que hablaremos… (y espero estar a la altura 🙂 ).

Habrá una exposición de Fred Sandback asociada al evento, en las instalaciones del Henri Poincaré.

notas para una conversación

Hace dos años, en agosto de 2015, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales organizó un Festschrift en honor a mi padre, José Luis Villaveces. El gestor de ese homenaje fue el profesor Luis Carlos Arboleda, de la Universidad del Valle.

Durante el evento hubo varias charlas sobre muchos temas que tuvieron que ver con la trayectoria de mi padre. Luis Carlos me pidió que hablara en el evento – algo en realidad muy difícil pues quería evitar el tono demasiado familiar, quería decir algo concreto para él, y a la vez hacerlo desde el punto de vista de alguien cercano. Difícil balance. Decidí (después de considerar muchas posibilidades) escribir sobre un diálogo (¿posible? ¿imposible? ¿iniciado ya?) entre su disciplina y la mía, entre la química teórica y la teoría de modelos. Y (en un apéndice del artículo) agregar una referencia a ciertas conversaciones ya muy antiguas, de mediados de la década de 1980, cuando yo estaba terminando mi etapa de colegio y luego estudiando matemáticas, pero aún vivía en casa con mis padres – decidí evocar esas conversaciones dado que ahí está el embrión de muchos de los temas que evolucionarían hacia los temas del artículo.

 

El tema no es fácil. Hay antecedentes interesantes en la teoría de modelos de la física cuántica, un tema en pleno desarrollo en el que he podido trabajar un poco, pero hay preguntas primordiales en química teórica que tienen un sabor claramente modelo-teórico (en sentido amplio) y no han sido abordadas, estudiadas, en otros lugares hasta ahora.

Este es el artículo mío para el Festschrift: ¿Hacia una teoría de modelos de la química?

El volumen del Festschrift apareció publicado hace un par de semanas:

jlvAcad

 

corazones cicatrizados

En un vuelo vi la película Corazones cicatrizados de Radu Jude — obviamente, no era parte del “sistema de entretenimiento” del vuelo; la tenía en una tablilla vía Mubi; no es el tipo de película que se pueda llamar “para ver en entorno de trabajo” pero en los vuelos largos puede pasar que el letargo generalizado le permita a uno ver en la modesta tablilla cine muy bueno, con escenas posiblemente fuertes.

Y qué fuertes algunas escenas: en un sanatorio rumano junto al mar, en los años 30, un joven termina internado pues tiene tuberculosis ósea – básicamente, parte de su columna vertebral carcomida por el bacilo – una de las escenas iniciales es tal vez la mejor representación del dolor físico que recuerdo haber visto en cine. En efecto, uno de los síntomas (o consecuencias) de la tuberculosis ósea del joven es la formación de abscesos enormes en la región lumbar.

En esa escena (que creo, vale la pena ver, aunque no es fácil, y no es de sistema de entretenimiento de avión, pero vale la pena por la honestidad, la mirada lúcida no amarillista y sí muy humana del dolor) al joven le amarran las manos al borde de la cama, pues la punción y extracción de pus de un absceso lumbar enorme que tiene se debe hacer inmediatamente y sin anestesia (por lo menos eso dice el médico de mediados de los años 30). El padre está sentado al lado (lo acompañó desde otra ciudad para el inicio de su internamiento en el sanatorio), el joven está con las manos amarradas, solo se ve su cara y parte de su torso y medio borrosas un par de enfermeras y el médico y tal vez otro asistente – y sin miramientos le clavan la aguja sin anestesia en la barriga y succionan el pus. La expresión de dolor brutal, la fuerza que hace pero sin lograr separar las manos de las barras a las que están amarradas, la apertura de la boca, el grito casi sofocado de lo brutal de todo, es algo que merece ser visto alguna vez. Al final el médico le muestra la cantidad enorme de pus que salió, el muchacho se empieza a recuperar, el médico felicita al joven por su valentía y el padre le dice “casi me desmayo cuando te vi gritar así del dolor”.

Y sí – viendo eso en el avión sentí muy profundamente lo justas que eran esas palabras del padre.

Así arranca todo, pasan muchas cosas – algunas conversaciones entre los jóvenes pacientes, tarde o temprano los temas gravitan hacia la muerte, hacia el sentido de la vida, hacia lo que estarían estudiando en la universidad si no estuvieran en el sanatorio, hacia la posición rumana frente a Hitler – hay en el sanatorio tanto jóvenes fascistas como jóvenes antifascistas. El protagonista principal es judío, y es ya consciente del peligro de Hitler; otros parecen ver a Hitler como un payaso, lo imitan – algo desafortunadamente muy similar a cosas de hoy.

No daño a quien la quiera buscar el placer de ver ese cine. Hay también una historia de amor, y escenas de sexo supremamente bien jaladas en ese sanatorio, entre los enfermos y los convalecientes. Hay también muchísima carga hormonal en ese lugar lleno de jóvenes hombres y mujeres de dieciocho, veinte, veinticinco años. A veces el sexo parece cobrar una importancia vital, un aferrarse a algo de la vida, ligeramente trágico pero también profundamente importante (y a veces ridículo, como siempre).

Es eso: conversaciones, relaciones, algunas peleas por un bully, muerte de algunos, curación de otros.

Y el mar. Y la libertad de escaparse. Y la rigidez de un yeso en la columna vertebral. Y las condiciones un poco chapuceras de la Europa de antes de la guerra. Aunque en ese sanatorio seguramente iba gente más o menos acomodada y se ve que tenía médicos buenos para su época, a la vez da una sensación que hoy en día correspondería a un hospital de tierra caliente en Colombia. Hay un manejo de jeringas, de aparatos que hoy en día parecería inadmisible pero que seguramente era el estándar en Europa hace ochenta años.


… pero cae en desgracia (y el tránsito)

Pocas páginas después la caída en desgracia de Swann en el círculo pequeño de los Verdurin parece resonar con cosas vividas. Los estrechos mentales se desesperan con las reticencias de Swann, con que no les celebre sus pequeños chistes de medicuchos o sus calambures. Swann a la vez admira ese mundo (por su lente-Odette) y muestra respeto, pero con distancia.

Parece que una de las cosas que más exaspera a la gente es que la traten con respeto pero con distancia.

Llega un conde, un “de”, alguien con apellido compuesto (de Forcheville), algo que atrae de manera irrevocable a los personajes del salón. El conde en realidad es medio vulgarote y seguramente mucho menos respetuoso que Swann. Pero se ríe genuinamente de los chistes malos, de las pendejadas – no genera la incomodidad de la distancia.

Los Verdurin empiezan a comparar a Swann con el conde de Forcheville, y empiezan a encontrar mucha más simpatía en éste, mucha más resonancia. Inexorablemente, Swann tendrá que salir de ese círculo.


¿Cuántas veces le puede pasar a uno algo análogo? Estar en una compañía durante un rato donde empiezan a aparecer chistes misóginos u homófobos, chistes clasistas o racistas – y tener que mantener distancia helada. En otra etapa de la vida (más inmadura tal vez o de pronto mucho más madura) uno confronta a los de los chistes tontos. Pero en la mayoría de los casos es esfuerzo perdido y lo mejor es salir corriendo. Sin embargo a veces puede uno estar en una reunión (algún comité de colegas, alguna reunión familiar) y al igual que Swann/Proust lo único es limitarse a cierta distancia.

Los Verdurin reaccionan finalmente un poco violentamente a eso. Creo que Proust empieza a dar con una de las raíces del paso de las veladas inocentes a los horrores de racismo, antisemitismo, antiislamismo, homofobia, misoginia, clasismo. Proust parece preocupado (sin hacerlo muy explícito) por los mecanismos de ese tránsito.

el libro extraño / del hastío

En Du côté de chez Swann, II el cambio es tan abrupto que me ha costado trabajo. Ha sido como pasar del Retrato del Artista Adolescente a Ulises sin solución de continuidad. De repente todo se tornó menos ensoñado, más real, más duro, menos metafórico.

El personaje central ahora es Swann – tal vez símbolo del Proust de edad madura – un señor judío de París que tiene acceso a altas esferas pero que por alguna razón decide dedicarse en un momento de cierta meseta de su vida a cuidar el amor por una mujer, Odette de Crécy, una mujer muy inculta y muy pendiente de las modas, muy plana y convencional en sus gustos pero por alguna razón muy atractiva para Swann en esa etapa de su vida.

El punto de encuentro durante bastante tiempo anterior a la eclosión del amor (¿tres meses?) es unas veladas donde una familia de un pequeño-burgués casi enternecedor (dueños de opiniones que ellos creen muy lanzadas, increíblemente inseguros socialmente y pendientes de temas de clases, repletos de pequeños códigos que inicialmente al narrador y a Swann les parecen objetos perfectos para ironizar) … pero ocurre un cambio interesante en Swann y es que a medida que se enamora de verdad de Odette empieza a ver con otros ojos también el salón de Mme Verdurin.

Y de nuevo la magia: el enamorarse hace ver todo con ojos distintos. Algo que parece tan obvio cobra vida (un poco como la imagen de las catleyas en asociación con Odette – y la frase faire catléya que usan Swann y Odette para referirse a hacer el amor) de manera impresionante bajo la pluma de Proust. Después de pintar magistralmente el salón pequeño-burgués visto por alguien con acceso a círculos sociales mucho más refinados de esa París de fin de siglo, después de hacer hablar al médico del salón – pequeñísimo pequeño burgués, después de revelar la estrechez mental de esa gente, pone Proust a Swann a darse mil razones para verlos bajo luz mejor que lo que llaman le monde, el “mundo”, la gente de círculos sociales más refinados.

Swann parece cansado de pertenecer a le monde y tal vez se está refugiando en Odette y en el salón de Mme Verdurin. Hasta donde voy no es claro por qué ese hastío con el mundo, con la sociedad, por qué ese refugio en otro mundo (super arribista y super inculto a la vez), por qué esa renuncia.


Escuchaba a Celibidache hablar de su fenomenología – y dirigir en Múnich obras de maneras supremamente peculiares. De alguna manera (¿voluntaria? ¿involuntaria?) Celibidache también tiene algo de renuncia, algo de hastío. Lo sacaron de dirigir la Orquesta Filarmónica de Berlín a finales de los años 40, lo reemplazaron por un von Karajan muy distinto, muy mediático. Al escuchar hoy parece que se invierte todo: el verdadero príncipe era Celibidache (con su orquesta de Múnich, calificada muy despectivamente por von Karajan como “una orquesta de campesinos” – pero que bajo la dirección increíble de Celibidache parece darnos versiones de verdad muy pero muy inmortales), y el señor un poco vulgar es von Karajan (pese a que hace unas décadas se comportaba como un príncipe, elegante, con sus carros deportivos, sus aviones personales, su manera ágil y rápida de dirigir y resolver cosas que sonaban más pesadas bajo otros)… me parece que queda hoy muy poco de eso – las versiones de von Karajan se oyen hoy pesadas y pasadas, y las versiones mucho más lentas, muy cuidadosas de Celibidache se oyen frescas y nuevas y terriblemente únicas.

¿Será que la renuncia puede ayudar a eso? ¿Será que Swann es metáfora del Proust que en un momento dado renuncia a ciertos brillos superficiales (“vonkarajanianos”) para dedicarse al durísimo pero verdadero brillo de estrella, de diamante para la posteridad, “celibidachiano”?

sergiu-celibidache

Sergiu Celibidache (no sé quién tomó esa foto)

The seam / la costura / la ruptura

Vivir en Jerusalén (bueno, así sea por un mes) lo confronta a uno con estar sobre una frontera. De maneras a veces duras, otras veces maravillosas, otras veces dolorosas, pero siempre interesantes. Así uno no la cruce (por razones de convicción o de conveniencia), la frontera está ahí muy cerca, siempre. Y es una frontera muy porosa, muy inestable, muy sutil a veces, muy poco sutil otras veces.

Es una frontera entre modos de ver, entre momentos históricos, entre naciones (asimétrica), entre idiomas, entre sistemas de producción.

A mí me atrae mucho la sensación de estar “en el borde de” algo. El no estar a miles de kilómetros de los cambios, sino estar precisamente junto a una costura o a una ruptura. Me atrae y me aterra, puesto que simultáneamente lo que ocurre es una guerra durísima, siempre presente de alguna manera, así la dulzura de tantos aspectos de la vida diaria, o la concentración intelectual altísima que se da en Givat Ram, el campus de Ciencias de la Universidad, uno de los lugares que prefiero en el mundo entero, hagan pasar a un aparente segundo plano esa frontera.

Pero por ejemplo, la fachada, dejada intencionalmente bombardeada, del Museo “Sobre la Costura” (On the Seam):

P7201789

Museo “En la costura”, Jerusalén. Entrada principal.

Se trata de un museo de arte contemporáneo, situado justo al frente de la avenida Jeil haHandasa, que era hasta la Guerra de los Seis Días (1967) frontera entre Israel y Jordania, ubicada en un “no-man’s land” y ahora es una avenida amplia con el tranvía que une la Jerusalén occidental, judía, con la Jerusalén oriental, árabe. La exposición que vimos estaba interesante. Más aún, los documentos y materiales que tienen en su biblioteca; un verdadero archivo de las acciones de artistas israelíes y palestinos en torno a los conflictos (que son muchos distintos, y superpuestos; ciertamente no reducibles a un mero conflicto binario) de esa tierra.


La Puerta de Damasco es el inicio de la Jerusalén árabe, si uno llega desde el centro y desde fuera de los muros de la Ciudad Vieja. Es claramente perceptible en el aire el cambio de atmósfera al acercarse a ese lugar emblemático.

P8032440

P8032442

P8032444

Con frecuencia pasa uno por ahí – al salir de la Ciudad Vieja, por el mercado árabe, o sencillamente porque una de las estaciones del tranvía está justo al lado. Con frecuencia se oye que fue acuchillada una persona (por lo general alguien con atuendo judío) en ese mismo lugar. Al pasar no se percibe nada particularmente extraño, fuera de la presencia de policías o militares israelíes armados – y probablemente temerosos de algún otro atentado. Pero miles y miles de personas pasan por ahí todo el tiempo. Es extraño y muy triste saber que ocurren esos atentados aislados contra gente en ese lugar.


Desde la Cinemateca (un lugar de encuentro de intelectuales judíos y árabes, muy cercano también a una de las líneas de frontera) la vista de la Ciudad Vieja es impresionante.

P7191743

También se ve la ciudad árabe, la zona de Silwan, si uno mira hacia el otro lado. Se ve mucho menos arborizado todo, se siente mucho más la presencia del desierto gigante (en realidad, ese desierto que asoma atrás sigue y sigue hasta la península arábiga, y conecta por el Sinaí con el Sahara – es básicamente el mismo desierto gigantesco). Detrás del borde, la bajada abrupta hacia el Mar Muerto y al otro lado Jordania y el Moab.

P7070873

Si uno mira con cuidado ve ésto:

P7211848

Y ésto:

P7211861_01

Es el muro que separa Cisjordania de Israel (aunque sigue una línea distinta de la frontera oficialmente reconocida por Naciones Unidas). De nuevo la frontera es extraña, puesto que lo que está del lado de acá de ese muro también son barrios árabes. Es decir, es un muro que pasa por el medio entre dos zonas árabes, pero una con estatus “dentro de Israel” y la otra no.


Son fronteras muchísimo más porosas de lo que uno normalmente supone. El muro en realidad sigue una línea muy complicada. Uno quisiera que no hubiera muro, que el país fuera una construcción común con todos sus pueblos. Pero muchos no quieren eso, y países relativamente lejanos se meten en ese conflicto. El muro posiblemente tranca algunos de los peores atentados que podrían ocurrir; seguramente resuelve a corto término varias cosas. ¿Pero a largo plazo?


Otro punto de contraste — también tiene que ver con la frontera pero en este caso de manera feliz, sin alusión a bombardeos de 1948, el no-man’s-land terrible que dividió la ciudad en dos entre 1948 y 1967, la retoma complicada de la ciudad en junio de ese año, el estado tan distinto aún del este y el oeste de Jerusalén (pese a estar bajo la misma administración, la misma alcaldía), la presencia del campo de refugiados de Shuafat a meros dos kilómetros de la ciudad vieja. En el video que se ve a continuación, tomado durante la proyección de Cinema Paradiso en la Plaza Muristán de la Ciudad Vieja una bellísima noche de verano se ve otro tipo de convivencia, a mi modo de ver ideal. Hay familias árabes y judías, hay público mezclado, no se siente tensión. A menos de un kilómetro de ese lugar están las mezquitas y esa misma semana había mucha tensión allá. Durante el día miles de palestinos estaban haciendo una protesta contra los detectores de metal – protesta finalmente pacífica frente a la Puerta de los Leones, pero muy tensionante estando allá. En la plaza, en el video, nada de eso. Simplemente, la magia de la convivencia tranquila posible.


Y finalmente, en uno de los días más complicados de todo el episodio de los detectores de metal, uno de esos días con amenaza de volverse todo más complicado, me encontré por azar con una manifestación de mujeres árabes y judías en un lugar desde donde se ve maravillosa la Ciudad Vieja, desde el sur. Cantaban y daban discursos por la paz, en hebreo y en árabe. La frontera difícil también tiene esos momentos maravillosos. Las imágenes tal vez cuentan más…

 

noche – parque

Los parques en la noche pueden ser lugares de ensueño, de frontera entre el mundo racional normal y otros mundos que uno apenas atisba. Son lugares posiblemente inseguros (incluso en ciudades muy seguras) pero a la vez son lugares donde de alguna manera puede uno quedar “por fuera de la grilla” durante un rato breve. No hay carros, no hay que estar pendiente de semáforos peatonales, no hay recorrido obvio. Hay cierta libertad (seguramente usada por algunos para encuentros que no podrían darse a la luz del día, en lugares transitados). Pero sobre todo, hay árboles, prados, a veces animales (chacales en el Parque del Valle de la Cruz en Jerusalén, ululando no muy lejos de donde camina uno, o jabalíes en algunos parques de lugares del Mediterráneo), poca gente – y la posibilidad de imaginar el lugar anterior a la ciudad, de escapar de lo urbano.

El viernes por la noche pasado llegué tarde a Madrid, y tenía conexión de vuelo a Bogotá a mediodía el sábado – muy pocas horas en Madrid para hacer gran cosa. Buscar comida buena (algo fácil allá, y realmente muy barato comparado con Jerusalén e incluso con Bogotá) y caminar. Pero la ciudad se veía un poco monótona (sobre todo llegando de Jerusalén), un poco demasiado urbana estándar. Caminando de noche por las calles de Madrid la sensación (fuera del calor absurdo) era la de estar caminando por un lugar muy genérico, muy normal. Seguramente tiene magia pero no de manera tan apresurada. Decidí bajar hacia el Parque del Retiro – eran las 11:30 de la noche.

Al principio, la reja inmensa y nada adentro. Pensé que estaría cerrado – yo en esa vía desalmada que es la Calle de Alcalá, típica de una ciudad muy carrocentrista (Madrid de verdad optimiza demasiado todo para los carros y no lo suficiente para los peatones – los carros van raudos por avenidas inmensas con andenes muy estrechos) y el parque, misterioso, tras la reja.

Pero un par de cuadras adelante vi que estaba abierto el parque. Entré al lugar de ensueño, de maravilla, de felicidad, de misterio que es un gran parque urbano a esa hora.

Me dediqué a tratar de captar con la cámara esa atmósfera de gran felicidad y tranquilidad (y misterio).

El epílogo fue ligeramente traumático: cuando fui a salir, tal vez hacia las 12:30, habían cerrado la puerta. Me puse a andar y me encontré con un grupo de franceses y otro de argentinos que también buscaban la salida. Pasaron unos ciclistas españoles también buscando la puerta. Que si por Atocha, que si por la Puerta de Alcalá, que todo cerrado. Nos tocó pasar la reja (puntuda – qué susto) entre varios, ayudándonos a no resbalar. Nunca apareció ni un guarda, ni un policía, ni nada. Tampoco parece haber información de ninguna clase. España no es un país bien señalizado.

 

jalonot – ventanas

Aunque uno no sea religioso, aunque uno ni siquiera esté en este momento dentro de ninguna religión organizada, aunque uno dude de si ser creyente (¿creyente en qué exactamente? es la primera pregunta que parece no ser examinada con cuidado por muchos) o no, aunque uno sea agnóstico o decida que su dios es el de Spinoza (o sea, básicamente, el mundo – algo ya suficientemente complejo como para ir a buscar algo fuera), hay momentos y lugares de Jerusalén que llaman la atención. Sí, incluso a muchos que estén en los grupos descritos arriba (yo mismo oscilo entre el penúltimo y el último).

El momento más extraño es tal vez el inicio del shabat, que se recibe con felicidad y emana dulzura. Cuando suena la sirena (¿un minuto? ¿dos?) que marca el inicio de ese período en la ciudad, ya la ciudad empezó a calmarse desde hace un rato. El viernes inicia con actividad frenética (ir al mercado, al shuk, un viernes a mediodía, es la experiencia más loca del mundo – piense la densidad de Transmilenio en hora pico mezclado con gente angustiada comprando panes, encurtidos, vegetales, peces, jalva, humus y miles de cosas más para terminar de cocinar antes del momento en que no se puede, todo salpicado de turistas despistados, de gritos en hebreo y árabe, en curdo y ladino… Pero al rato se calma todo y entra la magia.

Cae la noche y si uno quiere ir caminando por ahí escuchará muchos cánticos en las casas o en sinagogas, muchos melismas y formas musicales que parecen conectarlo a uno directamente con tres mil años atrás, muchas casas con luces prendidas y ventanas abiertas y familias enteras en celebración. Si uno está de buenas, lo invitan a un shabat. Pero si no, queda la dulzura maravillosa de caminar por ahí, respirar las mil hierbas aromáticas de la ciudad, sentir la calma de muy pocos carros mezclada con la dulzura o la energía de esos cantos que parecen levantar por el aire zonas enteras de la ciudad.

No es posible trasmitir eso de manera jugosa. Pero sí puedo lanzar aquí las ventanas, las jalonot, y dejar que la imaginación ruede.