Pronto: ∞ en París (IHP)

El próximo mes de octubre tendrá lugar un simposio interdisciplinario sobre el infinito en el Institut Henri-Poincaré en París: http://www.i-n-f-i-n-i-t-y.org/. Participaremos María Clara y yo en ese evento.

Será parte de una serie de encuentros interdisciplinarios entre matemática, arte y filosofía que ya ha tenido versiones en Utrecht (2007: Untamed Logic, Aesthetics and Mathematics), Nueva York (2012: Simplicity: Ideals of Practice in Mathematics & the Arts), Bogotá (2014: Mapping Traces / Rastrear Indicios: Representation from Categoricity to Definability) y Helsinki (2015: Getting There and Falling Short: Around Complex Content).

De nuevo será todo un reto hablar sobre un tema matemático para un público que mezcla gente como Woodin y Magidor con gente como Juhani Pallasmaa o Briony Fer.

Nunca es fácil ese equilibrio.

[Tal vez lo que se va configurando a través de estos encuentros/reencuentros es la idea de un diálogo extendido en el tiempo; creo sinceramente que el evento de Utrecht hace diez años, aunque muy bueno en su organización, tuvo charlas más ingenuas, menos cortantes que los siguientes. Aunque no es algo explícito en la manera como están planteados los eventos, sí parece irse configurando algo de conversación extendida. No es nada fácil.]

El evento de Utrecht fue muy tantear terreno, con algunas cosas buenas y un par de charlas muy extrañas. El de Nueva York fue gigantesco, con una cantidad de artistas y gente de las universidades que llegó ahí; todos hacían preguntas ingenuas o sabias, era un poco caótico, gigante y maravilloso, como esa ciudad. La presencia irreverente de Gromov fue impresionante: terminó pareciendo una estrella de rock. El libro Simplicity… salió de ese encuentro y tiene ensayos muy interesantes. El de Bogotá en 2014 lo organizamos nosotros o sea que no puedo juzgar mucho pero me parece que tuvo un carácter más íntimo que el de Nueva York. Tuvo el entusiasmo increíble de los estudiantes de aquí, y sobre todo una empatía y profundización del diálogo que creo que no se había logrado hasta ahí (una mesa redonda con Xavier Caicedo, John Baldwin, Jouko Väänänen y Fernando Zalamea discutiendo libremente ante el público fue un punto alto de ese evento – pocas veces he escuchado a Xavier hablar con tanta libertad y poesía; otro fue el conversatorio Signos indéxicos y complejidad social, política y artística de Clemencia Echeverri, Margarita Kurka-Malagón y Beatriz Vallejo). El evento de Helsinki luego fue más maduro, sin los extremos de Nueva York, ya una conversación en un punto más avanzado. Este de París creo que será un gran reto para los que hablaremos… (y espero estar a la altura 🙂 ).

Habrá una exposición de Fred Sandback asociada al evento, en las instalaciones del Henri Poincaré.

notas para una conversación

Hace dos años, en agosto de 2015, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales organizó un Festschrift en honor a mi padre, José Luis Villaveces. El gestor de ese homenaje fue el profesor Luis Carlos Arboleda, de la Universidad del Valle.

Durante el evento hubo varias charlas sobre muchos temas que tuvieron que ver con la trayectoria de mi padre. Luis Carlos me pidió que hablara en el evento – algo en realidad muy difícil pues quería evitar el tono demasiado familiar, quería decir algo concreto para él, y a la vez hacerlo desde el punto de vista de alguien cercano. Difícil balance. Decidí (después de considerar muchas posibilidades) escribir sobre un diálogo (¿posible? ¿imposible? ¿iniciado ya?) entre su disciplina y la mía, entre la química teórica y la teoría de modelos. Y (en un apéndice del artículo) agregar una referencia a ciertas conversaciones ya muy antiguas, de mediados de la década de 1980, cuando yo estaba terminando mi etapa de colegio y luego estudiando matemáticas, pero aún vivía en casa con mis padres – decidí evocar esas conversaciones dado que ahí está el embrión de muchos de los temas que evolucionarían hacia los temas del artículo.

 

El tema no es fácil. Hay antecedentes interesantes en la teoría de modelos de la física cuántica, un tema en pleno desarrollo en el que he podido trabajar un poco, pero hay preguntas primordiales en química teórica que tienen un sabor claramente modelo-teórico (en sentido amplio) y no han sido abordadas, estudiadas, en otros lugares hasta ahora.

Este es el artículo mío para el Festschrift: ¿Hacia una teoría de modelos de la química?

El volumen del Festschrift apareció publicado hace un par de semanas:

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corazones cicatrizados

En un vuelo vi la película Corazones cicatrizados de Radu Jude — obviamente, no era parte del “sistema de entretenimiento” del vuelo; la tenía en una tablilla vía Mubi; no es el tipo de película que se pueda llamar “para ver en entorno de trabajo” pero en los vuelos largos puede pasar que el letargo generalizado le permita a uno ver en la modesta tablilla cine muy bueno, con escenas posiblemente fuertes.

Y qué fuertes algunas escenas: en un sanatorio rumano junto al mar, en los años 30, un joven termina internado pues tiene tuberculosis ósea – básicamente, parte de su columna vertebral carcomida por el bacilo – una de las escenas iniciales es tal vez la mejor representación del dolor físico que recuerdo haber visto en cine. En efecto, uno de los síntomas (o consecuencias) de la tuberculosis ósea del joven es la formación de abscesos enormes en la región lumbar.

En esa escena (que creo, vale la pena ver, aunque no es fácil, y no es de sistema de entretenimiento de avión, pero vale la pena por la honestidad, la mirada lúcida no amarillista y sí muy humana del dolor) al joven le amarran las manos al borde de la cama, pues la punción y extracción de pus de un absceso lumbar enorme que tiene se debe hacer inmediatamente y sin anestesia (por lo menos eso dice el médico de mediados de los años 30). El padre está sentado al lado (lo acompañó desde otra ciudad para el inicio de su internamiento en el sanatorio), el joven está con las manos amarradas, solo se ve su cara y parte de su torso y medio borrosas un par de enfermeras y el médico y tal vez otro asistente – y sin miramientos le clavan la aguja sin anestesia en la barriga y succionan el pus. La expresión de dolor brutal, la fuerza que hace pero sin lograr separar las manos de las barras a las que están amarradas, la apertura de la boca, el grito casi sofocado de lo brutal de todo, es algo que merece ser visto alguna vez. Al final el médico le muestra la cantidad enorme de pus que salió, el muchacho se empieza a recuperar, el médico felicita al joven por su valentía y el padre le dice “casi me desmayo cuando te vi gritar así del dolor”.

Y sí – viendo eso en el avión sentí muy profundamente lo justas que eran esas palabras del padre.

Así arranca todo, pasan muchas cosas – algunas conversaciones entre los jóvenes pacientes, tarde o temprano los temas gravitan hacia la muerte, hacia el sentido de la vida, hacia lo que estarían estudiando en la universidad si no estuvieran en el sanatorio, hacia la posición rumana frente a Hitler – hay en el sanatorio tanto jóvenes fascistas como jóvenes antifascistas. El protagonista principal es judío, y es ya consciente del peligro de Hitler; otros parecen ver a Hitler como un payaso, lo imitan – algo desafortunadamente muy similar a cosas de hoy.

No daño a quien la quiera buscar el placer de ver ese cine. Hay también una historia de amor, y escenas de sexo supremamente bien jaladas en ese sanatorio, entre los enfermos y los convalecientes. Hay también muchísima carga hormonal en ese lugar lleno de jóvenes hombres y mujeres de dieciocho, veinte, veinticinco años. A veces el sexo parece cobrar una importancia vital, un aferrarse a algo de la vida, ligeramente trágico pero también profundamente importante (y a veces ridículo, como siempre).

Es eso: conversaciones, relaciones, algunas peleas por un bully, muerte de algunos, curación de otros.

Y el mar. Y la libertad de escaparse. Y la rigidez de un yeso en la columna vertebral. Y las condiciones un poco chapuceras de la Europa de antes de la guerra. Aunque en ese sanatorio seguramente iba gente más o menos acomodada y se ve que tenía médicos buenos para su época, a la vez da una sensación que hoy en día correspondería a un hospital de tierra caliente en Colombia. Hay un manejo de jeringas, de aparatos que hoy en día parecería inadmisible pero que seguramente era el estándar en Europa hace ochenta años.


… pero cae en desgracia (y el tránsito)

Pocas páginas después la caída en desgracia de Swann en el círculo pequeño de los Verdurin parece resonar con cosas vividas. Los estrechos mentales se desesperan con las reticencias de Swann, con que no les celebre sus pequeños chistes de medicuchos o sus calambures. Swann a la vez admira ese mundo (por su lente-Odette) y muestra respeto, pero con distancia.

Parece que una de las cosas que más exaspera a la gente es que la traten con respeto pero con distancia.

Llega un conde, un “de”, alguien con apellido compuesto (de Forcheville), algo que atrae de manera irrevocable a los personajes del salón. El conde en realidad es medio vulgarote y seguramente mucho menos respetuoso que Swann. Pero se ríe genuinamente de los chistes malos, de las pendejadas – no genera la incomodidad de la distancia.

Los Verdurin empiezan a comparar a Swann con el conde de Forcheville, y empiezan a encontrar mucha más simpatía en éste, mucha más resonancia. Inexorablemente, Swann tendrá que salir de ese círculo.


¿Cuántas veces le puede pasar a uno algo análogo? Estar en una compañía durante un rato donde empiezan a aparecer chistes misóginos u homófobos, chistes clasistas o racistas – y tener que mantener distancia helada. En otra etapa de la vida (más inmadura tal vez o de pronto mucho más madura) uno confronta a los de los chistes tontos. Pero en la mayoría de los casos es esfuerzo perdido y lo mejor es salir corriendo. Sin embargo a veces puede uno estar en una reunión (algún comité de colegas, alguna reunión familiar) y al igual que Swann/Proust lo único es limitarse a cierta distancia.

Los Verdurin reaccionan finalmente un poco violentamente a eso. Creo que Proust empieza a dar con una de las raíces del paso de las veladas inocentes a los horrores de racismo, antisemitismo, antiislamismo, homofobia, misoginia, clasismo. Proust parece preocupado (sin hacerlo muy explícito) por los mecanismos de ese tránsito.

el libro extraño / del hastío

En Du côté de chez Swann, II el cambio es tan abrupto que me ha costado trabajo. Ha sido como pasar del Retrato del Artista Adolescente a Ulises sin solución de continuidad. De repente todo se tornó menos ensoñado, más real, más duro, menos metafórico.

El personaje central ahora es Swann – tal vez símbolo del Proust de edad madura – un señor judío de París que tiene acceso a altas esferas pero que por alguna razón decide dedicarse en un momento de cierta meseta de su vida a cuidar el amor por una mujer, Odette de Crécy, una mujer muy inculta y muy pendiente de las modas, muy plana y convencional en sus gustos pero por alguna razón muy atractiva para Swann en esa etapa de su vida.

El punto de encuentro durante bastante tiempo anterior a la eclosión del amor (¿tres meses?) es unas veladas donde una familia de un pequeño-burgués casi enternecedor (dueños de opiniones que ellos creen muy lanzadas, increíblemente inseguros socialmente y pendientes de temas de clases, repletos de pequeños códigos que inicialmente al narrador y a Swann les parecen objetos perfectos para ironizar) … pero ocurre un cambio interesante en Swann y es que a medida que se enamora de verdad de Odette empieza a ver con otros ojos también el salón de Mme Verdurin.

Y de nuevo la magia: el enamorarse hace ver todo con ojos distintos. Algo que parece tan obvio cobra vida (un poco como la imagen de las catleyas en asociación con Odette – y la frase faire catléya que usan Swann y Odette para referirse a hacer el amor) de manera impresionante bajo la pluma de Proust. Después de pintar magistralmente el salón pequeño-burgués visto por alguien con acceso a círculos sociales mucho más refinados de esa París de fin de siglo, después de hacer hablar al médico del salón – pequeñísimo pequeño burgués, después de revelar la estrechez mental de esa gente, pone Proust a Swann a darse mil razones para verlos bajo luz mejor que lo que llaman le monde, el “mundo”, la gente de círculos sociales más refinados.

Swann parece cansado de pertenecer a le monde y tal vez se está refugiando en Odette y en el salón de Mme Verdurin. Hasta donde voy no es claro por qué ese hastío con el mundo, con la sociedad, por qué ese refugio en otro mundo (super arribista y super inculto a la vez), por qué esa renuncia.


Escuchaba a Celibidache hablar de su fenomenología – y dirigir en Múnich obras de maneras supremamente peculiares. De alguna manera (¿voluntaria? ¿involuntaria?) Celibidache también tiene algo de renuncia, algo de hastío. Lo sacaron de dirigir la Orquesta Filarmónica de Berlín a finales de los años 40, lo reemplazaron por un von Karajan muy distinto, muy mediático. Al escuchar hoy parece que se invierte todo: el verdadero príncipe era Celibidache (con su orquesta de Múnich, calificada muy despectivamente por von Karajan como “una orquesta de campesinos” – pero que bajo la dirección increíble de Celibidache parece darnos versiones de verdad muy pero muy inmortales), y el señor un poco vulgar es von Karajan (pese a que hace unas décadas se comportaba como un príncipe, elegante, con sus carros deportivos, sus aviones personales, su manera ágil y rápida de dirigir y resolver cosas que sonaban más pesadas bajo otros)… me parece que queda hoy muy poco de eso – las versiones de von Karajan se oyen hoy pesadas y pasadas, y las versiones mucho más lentas, muy cuidadosas de Celibidache se oyen frescas y nuevas y terriblemente únicas.

¿Será que la renuncia puede ayudar a eso? ¿Será que Swann es metáfora del Proust que en un momento dado renuncia a ciertos brillos superficiales (“vonkarajanianos”) para dedicarse al durísimo pero verdadero brillo de estrella, de diamante para la posteridad, “celibidachiano”?

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Sergiu Celibidache (no sé quién tomó esa foto)

The seam / la costura / la ruptura

Vivir en Jerusalén (bueno, así sea por un mes) lo confronta a uno con estar sobre una frontera. De maneras a veces duras, otras veces maravillosas, otras veces dolorosas, pero siempre interesantes. Así uno no la cruce (por razones de convicción o de conveniencia), la frontera está ahí muy cerca, siempre. Y es una frontera muy porosa, muy inestable, muy sutil a veces, muy poco sutil otras veces.

Es una frontera entre modos de ver, entre momentos históricos, entre naciones (asimétrica), entre idiomas, entre sistemas de producción.

A mí me atrae mucho la sensación de estar “en el borde de” algo. El no estar a miles de kilómetros de los cambios, sino estar precisamente junto a una costura o a una ruptura. Me atrae y me aterra, puesto que simultáneamente lo que ocurre es una guerra durísima, siempre presente de alguna manera, así la dulzura de tantos aspectos de la vida diaria, o la concentración intelectual altísima que se da en Givat Ram, el campus de Ciencias de la Universidad, uno de los lugares que prefiero en el mundo entero, hagan pasar a un aparente segundo plano esa frontera.

Pero por ejemplo, la fachada, dejada intencionalmente bombardeada, del Museo “Sobre la Costura” (On the Seam):

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Museo “En la costura”, Jerusalén. Entrada principal.

Se trata de un museo de arte contemporáneo, situado justo al frente de la avenida Jeil haHandasa, que era hasta la Guerra de los Seis Días (1967) frontera entre Israel y Jordania, ubicada en un “no-man’s land” y ahora es una avenida amplia con el tranvía que une la Jerusalén occidental, judía, con la Jerusalén oriental, árabe. La exposición que vimos estaba interesante. Más aún, los documentos y materiales que tienen en su biblioteca; un verdadero archivo de las acciones de artistas israelíes y palestinos en torno a los conflictos (que son muchos distintos, y superpuestos; ciertamente no reducibles a un mero conflicto binario) de esa tierra.


La Puerta de Damasco es el inicio de la Jerusalén árabe, si uno llega desde el centro y desde fuera de los muros de la Ciudad Vieja. Es claramente perceptible en el aire el cambio de atmósfera al acercarse a ese lugar emblemático.

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Con frecuencia pasa uno por ahí – al salir de la Ciudad Vieja, por el mercado árabe, o sencillamente porque una de las estaciones del tranvía está justo al lado. Con frecuencia se oye que fue acuchillada una persona (por lo general alguien con atuendo judío) en ese mismo lugar. Al pasar no se percibe nada particularmente extraño, fuera de la presencia de policías o militares israelíes armados – y probablemente temerosos de algún otro atentado. Pero miles y miles de personas pasan por ahí todo el tiempo. Es extraño y muy triste saber que ocurren esos atentados aislados contra gente en ese lugar.


Desde la Cinemateca (un lugar de encuentro de intelectuales judíos y árabes, muy cercano también a una de las líneas de frontera) la vista de la Ciudad Vieja es impresionante.

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También se ve la ciudad árabe, la zona de Silwan, si uno mira hacia el otro lado. Se ve mucho menos arborizado todo, se siente mucho más la presencia del desierto gigante (en realidad, ese desierto que asoma atrás sigue y sigue hasta la península arábiga, y conecta por el Sinaí con el Sahara – es básicamente el mismo desierto gigantesco). Detrás del borde, la bajada abrupta hacia el Mar Muerto y al otro lado Jordania y el Moab.

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Si uno mira con cuidado ve ésto:

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Y ésto:

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Es el muro que separa Cisjordania de Israel (aunque sigue una línea distinta de la frontera oficialmente reconocida por Naciones Unidas). De nuevo la frontera es extraña, puesto que lo que está del lado de acá de ese muro también son barrios árabes. Es decir, es un muro que pasa por el medio entre dos zonas árabes, pero una con estatus “dentro de Israel” y la otra no.


Son fronteras muchísimo más porosas de lo que uno normalmente supone. El muro en realidad sigue una línea muy complicada. Uno quisiera que no hubiera muro, que el país fuera una construcción común con todos sus pueblos. Pero muchos no quieren eso, y países relativamente lejanos se meten en ese conflicto. El muro posiblemente tranca algunos de los peores atentados que podrían ocurrir; seguramente resuelve a corto término varias cosas. ¿Pero a largo plazo?


Otro punto de contraste — también tiene que ver con la frontera pero en este caso de manera feliz, sin alusión a bombardeos de 1948, el no-man’s-land terrible que dividió la ciudad en dos entre 1948 y 1967, la retoma complicada de la ciudad en junio de ese año, el estado tan distinto aún del este y el oeste de Jerusalén (pese a estar bajo la misma administración, la misma alcaldía), la presencia del campo de refugiados de Shuafat a meros dos kilómetros de la ciudad vieja. En el video que se ve a continuación, tomado durante la proyección de Cinema Paradiso en la Plaza Muristán de la Ciudad Vieja una bellísima noche de verano se ve otro tipo de convivencia, a mi modo de ver ideal. Hay familias árabes y judías, hay público mezclado, no se siente tensión. A menos de un kilómetro de ese lugar están las mezquitas y esa misma semana había mucha tensión allá. Durante el día miles de palestinos estaban haciendo una protesta contra los detectores de metal – protesta finalmente pacífica frente a la Puerta de los Leones, pero muy tensionante estando allá. En la plaza, en el video, nada de eso. Simplemente, la magia de la convivencia tranquila posible.


Y finalmente, en uno de los días más complicados de todo el episodio de los detectores de metal, uno de esos días con amenaza de volverse todo más complicado, me encontré por azar con una manifestación de mujeres árabes y judías en un lugar desde donde se ve maravillosa la Ciudad Vieja, desde el sur. Cantaban y daban discursos por la paz, en hebreo y en árabe. La frontera difícil también tiene esos momentos maravillosos. Las imágenes tal vez cuentan más…

 

noche – parque

Los parques en la noche pueden ser lugares de ensueño, de frontera entre el mundo racional normal y otros mundos que uno apenas atisba. Son lugares posiblemente inseguros (incluso en ciudades muy seguras) pero a la vez son lugares donde de alguna manera puede uno quedar “por fuera de la grilla” durante un rato breve. No hay carros, no hay que estar pendiente de semáforos peatonales, no hay recorrido obvio. Hay cierta libertad (seguramente usada por algunos para encuentros que no podrían darse a la luz del día, en lugares transitados). Pero sobre todo, hay árboles, prados, a veces animales (chacales en el Parque del Valle de la Cruz en Jerusalén, ululando no muy lejos de donde camina uno, o jabalíes en algunos parques de lugares del Mediterráneo), poca gente – y la posibilidad de imaginar el lugar anterior a la ciudad, de escapar de lo urbano.

El viernes por la noche pasado llegué tarde a Madrid, y tenía conexión de vuelo a Bogotá a mediodía el sábado – muy pocas horas en Madrid para hacer gran cosa. Buscar comida buena (algo fácil allá, y realmente muy barato comparado con Jerusalén e incluso con Bogotá) y caminar. Pero la ciudad se veía un poco monótona (sobre todo llegando de Jerusalén), un poco demasiado urbana estándar. Caminando de noche por las calles de Madrid la sensación (fuera del calor absurdo) era la de estar caminando por un lugar muy genérico, muy normal. Seguramente tiene magia pero no de manera tan apresurada. Decidí bajar hacia el Parque del Retiro – eran las 11:30 de la noche.

Al principio, la reja inmensa y nada adentro. Pensé que estaría cerrado – yo en esa vía desalmada que es la Calle de Alcalá, típica de una ciudad muy carrocentrista (Madrid de verdad optimiza demasiado todo para los carros y no lo suficiente para los peatones – los carros van raudos por avenidas inmensas con andenes muy estrechos) y el parque, misterioso, tras la reja.

Pero un par de cuadras adelante vi que estaba abierto el parque. Entré al lugar de ensueño, de maravilla, de felicidad, de misterio que es un gran parque urbano a esa hora.

Me dediqué a tratar de captar con la cámara esa atmósfera de gran felicidad y tranquilidad (y misterio).

El epílogo fue ligeramente traumático: cuando fui a salir, tal vez hacia las 12:30, habían cerrado la puerta. Me puse a andar y me encontré con un grupo de franceses y otro de argentinos que también buscaban la salida. Pasaron unos ciclistas españoles también buscando la puerta. Que si por Atocha, que si por la Puerta de Alcalá, que todo cerrado. Nos tocó pasar la reja (puntuda – qué susto) entre varios, ayudándonos a no resbalar. Nunca apareció ni un guarda, ni un policía, ni nada. Tampoco parece haber información de ninguna clase. España no es un país bien señalizado.

 

jalonot – ventanas

Aunque uno no sea religioso, aunque uno ni siquiera esté en este momento dentro de ninguna religión organizada, aunque uno dude de si ser creyente (¿creyente en qué exactamente? es la primera pregunta que parece no ser examinada con cuidado por muchos) o no, aunque uno sea agnóstico o decida que su dios es el de Spinoza (o sea, básicamente, el mundo – algo ya suficientemente complejo como para ir a buscar algo fuera), hay momentos y lugares de Jerusalén que llaman la atención. Sí, incluso a muchos que estén en los grupos descritos arriba (yo mismo oscilo entre el penúltimo y el último).

El momento más extraño es tal vez el inicio del shabat, que se recibe con felicidad y emana dulzura. Cuando suena la sirena (¿un minuto? ¿dos?) que marca el inicio de ese período en la ciudad, ya la ciudad empezó a calmarse desde hace un rato. El viernes inicia con actividad frenética (ir al mercado, al shuk, un viernes a mediodía, es la experiencia más loca del mundo – piense la densidad de Transmilenio en hora pico mezclado con gente angustiada comprando panes, encurtidos, vegetales, peces, jalva, humus y miles de cosas más para terminar de cocinar antes del momento en que no se puede, todo salpicado de turistas despistados, de gritos en hebreo y árabe, en curdo y ladino… Pero al rato se calma todo y entra la magia.

Cae la noche y si uno quiere ir caminando por ahí escuchará muchos cánticos en las casas o en sinagogas, muchos melismas y formas musicales que parecen conectarlo a uno directamente con tres mil años atrás, muchas casas con luces prendidas y ventanas abiertas y familias enteras en celebración. Si uno está de buenas, lo invitan a un shabat. Pero si no, queda la dulzura maravillosa de caminar por ahí, respirar las mil hierbas aromáticas de la ciudad, sentir la calma de muy pocos carros mezclada con la dulzura o la energía de esos cantos que parecen levantar por el aire zonas enteras de la ciudad.

No es posible trasmitir eso de manera jugosa. Pero sí puedo lanzar aquí las ventanas, las jalonot, y dejar que la imaginación ruede.

dependencia no elemental / tablero

En matemática presentar material siempre es un delicadísimo balance entre temas, teoremas, ejemplos, motivaciones, público, quién sabe más de lo que uno sabe sobre el tema que está hablando, quién podría interesarse por el tema si uno lo sabe presentar bien, qué detalles ocultar para no espantar, pero qué detalles dar para no quitar la carne, qué gente que uno no conoce – estudiantes, postdocs, gente joven – de pronto capta la intuición de manera más natural que gente con más experiencia, así sepan mucho menos que los más veteranos, en qué momento decir algo medio paradójico – o si uno es de ese estilo, algo medio pelietas o…

En todo caso, ayer hablé para el Seminario de Lógica de Jerusalén. Mi charla se llamó Non-Elementary Dependence. Alcancé a decir en dos horas por ahí un tercio de lo que había preparado. Las interrupciones, las preguntas que vuelven (está uno en medio de otra definición ya y de pronto “wait a minute! if you omit the type of… in the p-adics then… you cannot have a saturated model that… but if instead…” y mientras uno está reconectándose con lo que estaba discutiendo diez minutos atrás (y haciendo cara de “quiero terminar mi definición”) alguien más interrumpe y alguien más y uno mismo entra en la discusión… y luego continúa uno y la cosa sigue y sigue…

Curiosamente aunque uno siente que interrumpen mucho, termina diciendo cosas más a fondo, termina yendo al corazón de los temas mejor que en seminarios más formales.

Obviamente, todo es en tablero – no les gusta que la gente use beamer en esas charlas.

Es una experiencia increíblemente formativa y seria. Siempre siento que quedo exprimido pero que entiendo mi propia charla, mis propios nuevos teoremas (o conjeturas) mucho mejor que antes de darla. No conozco ningún otro seminario del mundo con esa intensidad. Agradezco enormemente la existencia de un seminario así, y la oportunidad (una vez más) de hablar para ellos.

Finalmente hice dos cosas: enfocar un aspecto de teorías dependientes clásicas – debido a Laskowski y Shelah – sobre Karp-equivalencia cuando no hay dependencia. Técnicamente eso me llevó al problema de extraer indiscernibles y montar sobre ellos modelos generalizados de Ehrenfeucht-Mostowski (sobre grafos ordenados) y obtener fallas de dependencia en muchos cardinales. Eso usa relaciones de partición que han sido probadas consistentes (o en trabajo de Kaplan, Lavi y Shelah usa cardinales fuertemente compactos). Luego salté a dependencia asociada a la conjetura de pares genéricos en clases elementales abstractas y a la comparación con nociones de dependencia más cercanas a codificación de grafos arbitrarios – y alcancé a dar una leve aplicación. En realidad un montón, si pienso en que hubo interrupciones con carácter de densidad muy alto.

viernes

Aquí el viernes es la fecha singular, pero no como en “occidente” donde el viernes es simplemente singularidad por inicio de fin de semana, rumba, etc. – sino porque el viernes es cuando puede pasar – y ojalá no pase – algo en la Ciudad Vieja.

El viernes pasado había miles (no sé cuántos – ¿sesenta mil? ¿setenta mil?) personas orando al frente de la Ciudad Vieja, sobre sus tapetes, miles y miles de personas que no entraron a las mezquitas sino que decidieron hacer resistencia pasiva a los detectores de metal instalados por Israel a la entrada. La resistencia era aparentemente sobre todo a la ruptura de un status quo donde la mezquita es controlada a la vez por Israel, la Autoridad religiosa Palestina y Jordania [el país cuya frontera hasta 1967 con Israel dividía la universidad en los dos campus – entre 1948 y 1967 lo que es hoy el campus de humanidades quedó del lado jordano de la frontera y la universidad se tuvo que mudar a varios edificios de este lado].

Hoy el muftí de Jerusalén (la máxima autoridad musulmana) decidió levantar el veto a usar las mezquitas, de modo que se supone que mañana viernes la oración será de nuevo ahí. Pero hay que esperar a que sea viernes. Todo esto vino después de una escaramuza muy tensionante y sobre todo potencialmente peligrosa.

Amanecerá y veremos.

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El sitio de la tensión; tomé esta diapositiva en junio de 2000.

Musrara – la línea

Hoy aparentemente se calmó un poco la situación – el gobierno de Israel quitó los detectores de metales en las puertas de las mezquitas. Pero fueron diez días tensos. ¿Innecesariamente? ¿Justificadamente?


  • En otros lugares del mundo los detectores de metal son vistos como algo incómodo pero no generan tanta tensión (varios muertos, indirectamente el enredo diplomático con Jordania a raíz del ataque de alguien a la embajada y la respuesta de un guardia israelí – que ahora no dejan salir de Jordania por haber matado a quien lanzó el ataque contra la embajada – varias horas de bloqueo de noticias en Israel [censura militar, muy criticada]). Aquí sí. Se supone que desbalancean el status quo de una zona controlada simultáneamente por Israel, la Autoridad Palestina y Jordania.
  • Algunos países árabes (Arabia Saudí, por ejemplo) no hicieron declaraciones. No hacer declaraciones es una muy fuerte de hacer una declaración de no apoyo. Aparentemente, es Catar quien está apoyando el movimiento contra los detectores de metal — y varios países árabes no están interesados en apoyar a Catar, en servirle de caja de resonancia. Por eso no dijeron nada.
  • De momento parece que se puede volver a la Ciudad Vieja. Creo que siempre durante este tiempo tenso se pudo ir como turista; pero no queríamos ir en ese plan — de hecho fuimos a ver cine ahí dentro cuando ya había iniciado la tensión, y se sentía “normal” estar dentro de la Ciudad Vieja. De hecho, un paraíso. Pero en días pasados no hubiera querido entrar ahí.
  • Ah, sí… no se volvió a hablar del guardia israelí que “Jordania quería procesar”. Parece que ya lo dejaron salir. No lo dijeron así ayer en ninguna parte, pero el mismo día que Jordania deja ir al guardia quitaron los detectores. Parece que esos quidproquos no confesos son más importantes que todo lo que se dice de manera abierta. Ver el artículo de Amos Harel en Haaretz para más detalles.

Hablábamos de esto con un postdoc de teoría de modelos que vive en Musrara — otro sitio interesante. Un barrio de familias judías venidas de Samarkanda y Bujara hace unos doscientos años, uno de los primeros lugares fuera de la Ciudad Vieja. Algo de la atmósfera del centro del Asia se siente ahí. Hoy en día está muy cerca de la frontera entre el mundo árabe y el mundo judío. Al este de la avenida del tranvía es muy árabe (90% tal vez) el barrio. Al oeste es muy judío (los mismos 90% tal vez) – al norte es Meá Shearim, el barrio judío ultraortodoxo, el de la gente que se viste como si estuviera en el siglo XVIII en Vilna o en algún otro lugar cercano al Báltico, donde las familias son de ocho, diez, doce hijos, donde los hombres estudian Torá todo el día y son las mujeres las únicas que trabajan – un barrio pobre, donde ninguna mujer puede andar de manga corta – un barrio sumamente interesante aunque no tan fácil de visitar – un barrio con libros por todas partes.

Musrara mismo es judío; actualmente parece estar “gentrificándose”. Era pobre hasta hace poco, pero no religioso – no en el sentido ultraortodoxo. En los años 70 el movimiento de Black Panthers llegó a Israel – entre los judíos sefardíes que sentían la misma discriminación que los negros en Estados Unidos. Musrara fue un escenario de esa confrontación, y aún se ve mucho grafiti, mucha cultura de resistencia ante cierto tipo de oficialismo del Estado de Israel (esa resistencia fue cooptada por los partidos de derecha; la izquierda tradicional de Israel, muy cercana al socialismo europeo, no fue capaz de ver esa deriva de la sociedad en los años 70, y la derecha capitalizó la insatisfacción profunda de los judíos oriundos de países árabes, que se sentían discriminados por los judíos europeos de Israel).

En la línea está el Museum on the Seam, el museo sobre la línea de ruptura/costura. Un lugar ideal para un museo de arte contemporáneo – y una de las apuestas más interesantes: un museo frente a la línea de tranvía que divide (muy porosamente) el mundo judío del mundo árabe en Jerusalén, en una casa que fue árabe y luego fue puesto de frontera entre Israel y Jordania en 1948 – cuando Jordania llegaba hasta aquí.


Mañana hablo para el Seminario de Lógica de Jerusalén (el más “duro” que conozco en el mundo, también el más maravilloso) sobre Dependencia en Clases No Elementales.

taxis en Jerusalén en día difícil

Hoy me tocó ir a hacer un par de vueltas en un lugar que no conocía bien y no tenía mucho tiempo; terminé yendo y volviendo en taxis.

Coger taxi en Jerusalén siempre es una experiencia interesante. No es barato (pero nada lo es aquí), y a veces es molesto, pues le toca a uno negociar mucho el precio – sobre todo en shabbat o en hora pico o dependiendo de a donde uno vaya, y ciertos taxistas pueden ser bastante locos (uno de esos resolvió que yo era “francés” por mi acento en hebreo y cuando le dije que no, que era de Sur América, de Colombia, se calmó y dijo “menos mal, porque yo siempre bajo a los franceses de mi taxi – le pregunté por qué y me dijo que “todos los franceses creen que saben más que uno, empiezan a dictar la ruta y yo no me aguanto eso; simplemente no llevo franceses en mi taxi”).

Pero casi siempre son buena gente, y después del regateo inicial suelen ofrecer opiniones interesantes. Como hasta los últimos días los temas eran menos tensos, terminábamos hablando de cosas de la ciudad, de la Macabíada, del verano, de las vías.

Ahora que está tan tenso todo en torno al Monte del Templo (Har HaBait) como lo llaman los judíos, o el Haram-al-Sharif como lo llaman los musulmanes – ahora que con los detectores de metal puestos por la policía de Israel (como reacción a un ataque armado) se unió el mundo musulmán en protesta y decidieron no entrar a la Explanada de las Mezquitas (Al-Aqsa, la Cúpula de la Roca – tercer lugar más sagrado del Islam después de La Meca y Medina) mientras no quiten los detectores de metal, la cosa está supremamente tensa. Estamos hablando de decenas de miles de personas que vienen cada viernes en peregrinación a esas mezquitas, de partes de Jerusalén, de otros pueblos, de cualquier parte del mundo musulmán.

Le pregunté a los dos taxistas cómo veían la cosa con todo lo que está pasando en la Ciudad Vieja (periodistas atropellados por la policía, disturbios, asesinatos de judíos por musulmanes en otras partes de Israel o en los territorios ocupados, reactivación de situaciones muy peligrosas).

El primer taxista era judío. Muy claramente de origen sefardí (tal vez marroquí, pero de pronto iraquí, no sé) por su acento con ayin muy “árabe” (o semita). Hablaba rápido – le entendí solo una parte. Sin embargo, su punto central era que “en todas partes nos quieren matar a los judíos”. Lo decía más con cierta tristeza, con cierta sensación de inevitabilidad, de amargura, que con verdadera rabia contra “los otros”. Después cambiamos de tema, a la construcción de vías, llamó por celular a la esposa, quien por el manos libres [y de manera dulcísima] le pidió que llevara verduras a la casa para el almuerzo… y llegué a mi destino. Costó 21 ₪ la carrera entre la Universidad y Kanfei Nesharim (Alas de Águilas – me pregunto de donde vendrá ese nombre).

El segundo taxista era árabe. Trató de negociarme el precio del centro a Rehavia – me dijo que 30 ₪ la carrera. Le dije que no. Me dijo que 25. Le dije que pusiera el taxímetro (todo esto en hebreo pero él con acento árabe, y con cifras árabes en su radio). Una vez arrancada la carrera, la misma amabilidad del chofer judío. Le pregunté también por los eventos de la Ciudad Vieja. Me dijo “¿cuáles eventos?”. Le dije que los de las Mezquitas. Me dijo “no me interesa el tema – odio hablar de ese tema – todo finalmente es política”. En realidad la misma actitud de su colega judío – esa tristeza e inevitabilidad y saber que lo que tiene que ver con los lugares sagrados en Jerusalén nunca se resuelve. Pero dijo “yehye balagán bekol makom – kol ha olam haaravi mistakel le Yerushalayim hayom” – habrá caos en todas partes (lo decía haciendo círculos con las manos mientras manejaba) – todo el mundo árabe mira a Jerusalén en estos días. La carrera al final costó, según taxímetro, 18 ₪. Le dije que se quedara con las vueltas de mi billete de 20.

Un epílogo de estadía un poco triste y desazonado, después de un inicio maravilloso. No me dan ganas de ir a la Ciudad Vieja en este instante (afortunadamente fuimos cuando estaba María Clara, y fue bellísima esa noche adentro de la ciudad amurallada).

Ahora mismo leo que “los turistas pueden moverse libremente por la Puerta de los Leones, pero los periodistas no”. No me dan ganas de ser “turista” en Jerusalén. No hoy.

Vivo ahora mismo en Rehavia, digo “vivo” porque así lo siento, como si nunca me hubiera ido de “nuestro barrio” – así es Jerusalén – uno nunca se va de verdad. Camino por el Valle de la Cruz (de donde los romanos sacaban madera para sus crucifixiones, sus maneras de humillar a los que tildaban de terroristas en su época, como dicen que sucedió con Jesús), subo al Museo de Israel – ese lugar brutalmente bueno e interesante, bajo de nuevo otro valle, subo a Givat Ram – el campus hermosísimo, y trabajo en Clases Dependientes. Con eso me basta por estos días (de soledad intensa, ahora que MC está volviendo a Bogotá).

(Hoy fui a una de esas librerías insospechadas, muy cerca del mercado. Conseguí tres libros que me tienen muy impresionado. Jerusalén es inagotable.)

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sonata / sine materia

Uno de los pasajes más famosos es la primera descripción de la sonata de Vinteuil. Lo increíble es que después de unas páginas que van armando un escenario muy social, muy lleno de interacciones, frases implícitas y explícitas – el mundo del logos y del contacto, llega una melodía del andante de esa sonata y logra desprender por completo a Swann de su mundo de salón y lo lleva (con uno) a un terreno de sensualidad, de recuerdo, de enamoramiento brutal y de nuevo muy cargado de erotismo, muy tenso y muy tierno a la vez.

Se trata de algo que a priori hubiera debido ser transaccional, hubiera debido ser banal: en una reunión social en el salón de Madame Verdurin, entre gente muy pendiente de pequeñeces, termina un pianista tocando un pasaje de una obra que Swann reconoce. La reconoce sin conocer su nombre; la reconoce porque la había escuchado el año anterior. Y empiezan unas páginas increíbles en que el amor de Swann por una frase musical, por sus volutas y subidas y luces, florece y cobra vida como si fuera amor físico por otra persona. Proust logra elevar una frase musical de una sonata semi-desconocida para Swann al rango de una persona que genera en él una pasión brutal.

Lo más interesante es que mientras la escucha sabe que conoce la frase pero no la puede ubicar, no sabe de qué obra es. Tal vez por eso es tan poderoso el pasaje.

D’abord, il n’avait goûté que la qualité matérielle des sons sécrétés par les instruments. Et ç’avait déjà été un grand plaisir quand, au-dessous de la petite ligne du violon, mince, résistante, dense et directrice, il avait vu tout d’un coup chercher à s’élever en un clapotement liquide, la masse de la partie du piano, multiforme, indivise, plane et entrechoquée comme la mauve agitation des flots que charme et bémolise le clair de lune. (…) Peut-être est-ce parce qu’il ne savait pas la musique qu’il avait pu éprouver une impression aussi confuse, une de ces impressions qui sont peut-être pourtant les seules purement musicales, inétendues, entièrement originales, irréductibles à tout autre ordre d’impressions. Une impression de ce genre, pendant un instant, est pour ainsi dire, sine materia. Sans doute les notes que nous entendons alors, tendent déjà, selon leur hauteur et leur quantité, à couvrir devant nos yeux des surfaces de dimensions variées, à tracer des arabesques, à nous donner des sensations de largeur, de ténuité, de stabilité, de caprice. Mais les notes sont évanouies avant…

(En traducción mía: Al principio solo había degustado la cualidad material de los sonidos emanados de los instrumentos. Y ya había sido un gran placer cuando, bajo la pequeña línea del violín, delgada, resistente, densa y directriz, había visto de repente buscar subir en un chapoteo líquido, la masa de la parte del piano, multiforme, indivisa, plana y entrelazada como la malva agitación de las olas que encanta y matiza el claro de luna. (…) Tal vez es porque no conocía esa música que pudo vivir una impresión tan confusa, una de esas impresiones que tal vez sin embargo son las únicas puramente musicales, inextensas, enteramente originales, irreducibles a cualquier otro orden de impresiones. Una impresión de ese estilo, durante un instante, es por así decirlo, sine materia. Sin duda las notas que entonces escuchamos tienden ya, según su altura y su cantidad, a cubrir ante nuestros ojos superficies de dimensiones variadas, a trazar arabescos, a darnos sensaciones de amplitud, tenuidad, estabilidad, capricho. Pero las notas se desvanecen antes…)


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Una esquina en el barrio de Talbyeh, Jerusalén. Verano de 2017.

(cine superpuesto) superpuesto

Anoche fuimos a la Cinemateca a comer. Queda justo al frente de la Ciudad Vieja – en realidad con un valle intermedio (el del Hinón, también conocido como la Gehena). Después fuimos a dar una vuelta por la Ciudad Vieja. Un lugar difícil y maravilloso. Todo lo contrario a un museo, a una de esas ciudades preciosas europeas que ya no tienen vida fuera del turismo. La Ciudad Vieja de Jerusalén está completamente viva, es tan preciosa como las ciudades más bellas de Europa pero tiene ese elemento extra que la hace a la vez dificilísima e interesantísima: cada metro cuadrado sigue ocupado por gente de verdad, por gente que quiere estar ahí o no soltar lo de generaciones atrás o no soltar lo recientemente tomado. No conozco otro lugar con tantas capas superpuestas y aún vivas. Eso hace que sea difícil visitarla – la historia sigue sucediendo, y cometer un error (o ser víctima de una simple confusión) en la Ciudad Vieja se puede pagar muy caro. Por otro lado, es el corazón vibrante de toda la ciudad grande, de todo el país, de todo el Medio Oriente casi. Visitarla es difícil y arriesgado (mientras más conoce uno más sabe lo peligroso que puede ser), no visitarla sería absurdo.

En una plaza llamada Muristán en plena mitad del trozo cristiano de la Ciudad Vieja (o sea árabe cristiano superpuesto con griego, superpuesto con sirio con uno que otro francés católico o anglicano inglés, uno que otro irlandés, rastros de rusos y uno que otro edificio etíope) les dio por hacer proyección gratuita y al aire libre de la película Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore – dentro del contexto del Festival Internacional de Cine de Jerusalén – al lado del cine más experimental o más de festival hacen proyecciones más “suaves” para la gente, gratuitas, y en espacios diferentes de la ciudad.

La superposición resultó divertidísima. Muristán es una plazuela en la zona árabe, repleta de niños corriendo, de madres que los persiguen, de discusiones familiares, de niños judíos en bicicleta que viven por ahí cerca – todo mezclado con gente de Jerusalén occidental, de los comerciantes. La plazuela siciliana de Cinema Paradiso en los años 40 y 50 era así también – la arquitectura es similar. Era curioso ver en una plaza árabe del siglo 21, con público mezclado (niños, madres, vendedores de helados, gente del festival de cine, árabes, judíos, turistas) las proyecciones de ese mundo siciliano en otra plaza, con momentos en que también proyectan afuera en la plaza, con los gritos sicilianos – las expresiones tan árabes en Sicilia – y ver esos niños de tres o cuatro años corriendo y tan parecidos finalmente al Totò de la película.


N.B.: La versión que pasaron era el “corte de director” de Cinema Paradiso. No recordaba tantas escenas de sexo (de juventud siciliana) en la versión oficial que había visto en Colombia hace muchos años ya. Era un poco extraño ver esas escenas proyectadas a un paso del Santo Sepulcro – Muristán es la plaza casi justo al lado, con los patriarcas rusos y griegos, los monjes etíopes, las monjas francesas, las viejitas rezanderas del Egeo. Pero de alguna manera todo quedaba ahogado entre los gritos de los helados, los niños jugando con sus patinetas. Parejas sicilianas probando por primera vez el sexo proyectadas arriba, la vida real abajo – y los monjes y patriarcas por allá en sus celdas del Santo Sepulcro…

cierre de I, II en dcdcS

Es como un atardecer larguísimo, con el sol pintando todo y cerrando un día de verano intensísimo. Es el final de capítulo (de primer libro) más impresionante que uno puede imaginar, con retoma de todo lo esencial en un vendaval que empieza a girar y proyectar la memoria hacia el futuro, y tiñe todo lo vivido durante el largo día de una luz distinta, malva, dorada, oscura a la vez, el inicio de la noche. Así me parecieron esas tres o cuatro páginas finales de I, II en Du côté de chez Swann.

Es además el final del capítulo de infancia y adolescencia, de descubrimiento de la sensualidad, de la ensoñación confundida de la niñez (de esa niñez hiperconsentida del narrador proustiano, hiperconsentido y a la vez rodeado de adultos severos), de ese verano inacabable con sus caminatas “de ambos lados” – el lado de Swann, el de Guermantes, de esos personajes míticos como la tía Léonie y su criada Françoise, la ayudante de cocina que parecía de algún cuadro medieval, y las visitas eternas de personajes como Swann. El abuelo y sus innuendos antisemitas cuando llegaba el amigo de infancia Bloch, judío muy joven y muy arquetípico en el relato del judío que era Proust, muy rebelde contra el convencionalismo – esos amigos de fin de la infancia e inicio de la adolescencia que abren tantas posibilidades – pero que terminó desterrado de la casa del narrador en parte tal vez por el antisemitismo velado del abuelo (que sin embargo era amigo de Swann, otro judío), tal vez por su propia actitud tan antiburguesa en medio de esa familia tan pequeño-burguesa.

Aussi le côté de Méséglise et le côté de Guermantes restent-ils pour moi liés à bien des petits événements de celle de toutes les diverses vies que nous menons parallèlement, qui est la plus pleine de péripéties, la plus riche en épisodes, je veux dire la vie intellectuelle. Sans doute elle progresse en nous insensiblement et les vérités qui en ont changé pour nous le sens et l’aspect, qui nous ont ouvert de nouveaux chemins, nous en préparions depuis longtemps la découverte ;  mais c’était sans le savoir ;  et elles ne datent pour nous que du jour, de la minute où elles nous sont devenues visibles. Les fleurs qui jouaient alors sur l’herbe, l’eau qui passait au soleil, tout le paysage qui environna leur apparition continue à accompagner leur souvenir de son visage inconscient et distrait ;  et certes quand ils étaient longuement contemplés par cet humble passant, par cet enfant qui rêvait — comme l’est un roi, para un mémorialiste perdu dans la foule —, ce coin de nature, ce bout de jardin n’eussent pu penser que c’était grâce à lui qu’ils seraient appelés à survivre en leurs particularités les plus éphémères … 

Tal vez la clave está precisamente en esos detalles, esas “flores que jugaban sobre la hierba, el agua al paso del sol, el paisaje que ambientó su aparición” lo que permite reconstruir.

Habla también Proust del engaño, de las veces que uno quiso volver a ver a alguien sin darse cuenta que en realidad solo era porque la persona le recordaba un seto de espinas.

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Viento en el Somontano de Huesca – a.v., 2017


El siguiente libro inicia en los salones semi-mundanos, y en el juego sutil de balancines y pesas en que consiste anunciar cosas en sociedad, decir que uno sale con tal persona, que es amigo de tal otro, que tiene recomendación de sutano. El significado no dicho de no asistir a ciertas cenas, o anunciar que no se va, o llegar de repente. La manera como Swann es a la vez negligente con los nobles, se hace el chambón con la gente que considera “superior” socialmente, pero es muy estricto consigo mismo en presencia de los que considera sus “inferiores” sociales; con sus amantes de clases más populares no se permite la misma dejadez que exhibe ante las de clases más altas.

El lugar de la ensoñación, de la percepción pura y directa, de la pura fenomenología primaria (y del campo y el río y los setos de espinas y los rastros dejados por las primeras exploraciones de sí mismo) que era dcdcS I,II ahora es reemplazado por la luz de los salones parisinos, la pequeña intriga social, el saber qué decir, a quién no saludar, a quién sí, de la vida de la ciudad.

Por ahora estoy en adaptación ante ese cambio profundo… 🙂

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Una ciudad: Bogotá, Av. Jiménez. a.v., 2017.

días

Larguísimos. De trabajo – salgo temprano antes del calor fuerte (o sea, antes de las ocho) para ir caminando a través de los dos valles – entre Rejavia y el Museo y luego entre el Museo y la Universidad. Si se me hace tarde ya mejor ir en bus. Y luego considerar mil variantes de la discusión de día anterior, escribir, volver a discutir, ir a charlas. Jerusalén.

A la vuelta (cuando aún hay sol pero la temperatura ya ha bajado) de nuevo caminata (o bus, dependiendo de si hay que llegar rápido). Es dulcísima la temperatura a esa hora. Hoy estaban en el estadio de la Universidad en la XX Macabíada – la Olimpíada judía. Los atletas de muchos países – muchos de ellos también olímpicos – calentando, entrenando, haciendo sprints. Y el altavoz mencionando nombres de atletas de Argentina, Israel, Francia, Estados Unidos, Australia, Turquía, Reino Unido, México, Canadá, Uruguay. No escuché que nombraran a Colombia. El espacio es completamente abierto desde la calle y puede uno ver los grupos de corredores, de saltarines. Una mujer lanzadora de bala, otro grupo de corredores de cien metros. Ver de cerca a atletas olímpicos (bueno, macábicos, pero algunos han sido olímpicos también) siempre es algo muy especial. Supongo que es a nivel del ejercicio el equivalente a ver grandes intérpretes de violín o de piano – o tal vez grandes matemáticos. Como casi nunca ve uno esos cuerpos entrenando, me quedé un par de minutos… y recordé cuando nos llevaron a los de Judo UN a entrenar con los del equipo olímpico cubano en la Liga de Judo de Bogotá. Fue sobre todo a verlos entrenar (de nuevo: algo increíble y muy único) pero en ese caso también hubo unos tres o cuatro randoris “mixtos” entre nosotros y los olímpicos. Recuerdo el susto. Una cubana gigante me calmó – el nivel alto logra infundir una calma en medio del nerviosismo que el nivel medio no consigue. El randori era sobre todo para aprender un poco por contacto breve con los grandes.

Luego, Tmol Shilshom con María Clara, uno de nuestros cafés preferidos del mundo. Y la caminata de vuelta entre mil callejuelas, gatos, olor a flores, jardines.


Como hay tanta cosa durante el día (y es tan intenso todo aquí) prefiero leer un poco de Proust – avanzar un par de páginas – por la noche.

Esta vez es Proust de joven preocupado por no poder atrapar las cosas, no poder lograr nunca su sueño de escribir bien. Recuerda cómo je m’attachais à me rappeler exactement la ligne du toit, la nuance de la pierre qui, sans que je pusse comprendre pourquoi, m’avaient semblé pleines, prêtes à s’entrouvrir, à me livrer ce dont elles n’étaient qu’un couvercle… se preocupaba porque no lograba eso, porque todo le era esquivo, porque en el momento de atrapar el “secreto” de la piedra, de la línea del techo, se le iba. Alors je ne m’occupais plus de cette chose inconnue qui s’enveloppait d’une forme ou d’un parfum, bien tranquille puisque je la ramenais à la maison, protégée par le revêtement d’images sous lesquelles je la trouverais vivante, comme les poissons que les jours où on m’avait laissé aller à la pêche, je rapportais dans mon panier couverts par une couche d’herbe qui préservait leur fraîcheur. La imagen me gusta: traía la cosa desconocida recubierta de imágenes bajo las cuales la encontraría viva, como los peces que los días en que lo dejaban ir a pescar traía en su canasto cubiertos de hierbas para mantener su frescura.

Solo que la mayoría de las veces debajo del recubrimiento de imágenes no había “nada”. Tal vez Proust de joven creía demasiado en que había un algo, una cosa desconocida, cette chose inconnue qui s’enveloppait d’une forme ou d’un parfum, y creía que las imágenes estaban ahí para proteger la cosa. De pronto le faltaba descubrir que la cosa muchas veces es sus imágenes.

 

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Mientras tanto…

… la ciudad fue cambiando. De manera un poco imperceptible. La impresión inicial es que todo está tal como era hace veinte años, cuando vivíamos a dos cuadras de aquí, cuando caminábamos al shuk o al Supersol (que en realidad es Shufersal pero es que en los idiomas sin vocales explícitas siempre hay esos cambios, como en una charla de teoría de conjuntos donde alguien dijo “Kanamura” refiriéndose a Kanamori – pero es que en idiomas semitas las dos palabras son (casi) la misma – fuera de que la f y la p son la misma letra y la sh y la s también casi), cuando cruzábamos el valle de la cruz con su monasterio griego ortodoxo del siglo séptimo yendo a la Universidad, cuando bajábamos por los miles de jardines (sí: árabes y judíos saben transformar el desierto en jardines, como en Granada y sus cármenes o los jardines de la Alhambra – el alcalde actual de Bogotá quiere hacer exactamente lo contrario) hacia la Ciudad Vieja o la Cinemateca…

Sí, todo eso está ahí – y mucho más, pero mientras tanto la ciudad fue cambiando.

El shuk al lado de su mercado clásico que aún está (con sus gritos, su desorden impresionante, su locura) ahora tiene un poco de locales nocturnos muy sofisticados, con cervezas belgas deliciosas, con comida buenísima (y carísima). Como si en Bogotá la zona más zona G de repente se trasladara a Paloquemao (adentro) y la Paloquemao nocturna fuera un sitio con los mejores restaurantes y bares. Pero todo eso conviviendo con la Paloquemao de siempre, con el Shuk Mahané Yehudá de siempre, con su comida de Rajmo (iraquíes que hacen pinchos de hígado de pollo y lo sirven con ensaladas, berenjenas, hummus, limonana-limonada de menta). Todo al tiempo.

El barrio nuestro parece haberse llenado de las mejores panaderías del mundo – con toda clase de productos caseros – pestos, salsas más medio-oriente, todo. Una librería pequeña pero increíblemente buena, a dos cuadras de aquí: אדרבא. Adrabá. Adrabá es una palabra en arameo que significa (me explicaba en hebreo ayer el dueño / hebreo salpicado de inglés para poder entender matices), si entendí bien, una técnica talmúdica de usar el argumento del adversario para probar la tesis que uno quiere. Se dice “adrabá”. Pero se usa en situaciones como cuando alguien pide indicaciones en la calle y uno en vez de explicar va y lleva a la persona – se dice también “adrabá”. Un poco como un salto epistemológico con permutación incluida. (Aún no he aprendido a usar la palabra, pero seguramente la escucharé por ahí.)

Como la gente habla tanto, como hay tanta discusión, interacción, uno va cogiendo palabras al vuelo, rápidamente. Como son tan impacientes los jerosolimitanos terminan completando las frases que uno inicia y así aprende uno – aunque a veces le toca corregir pues las completan mal. Pero aprender idiomas así es muy interesante (y agradable). Claro, si sucede mientras el chofer de bus está discutiendo con uno, impaciente, girando en calle estrecha, recogiendo pasajeros, contando la plata, y a la vez vendiéndole a uno la tarjeta de diez viajes, todo al tiempo con tráfico y miles de peatones y ciclistas… pues puede ser un poco “tiempo real acelerado” el curso. Inmersión.

Inmersión – ah sí, la calentadora de agua tiene un letrero “אין לטבול במים”. Ein litbol be-maim. Adivino qué quiere decir, pues אין es una negación y במים es “en agua”. Es obvio que quiere decir “no sumergir en agua”. Pero no conocía el verbo sumergir, לטבול, litbol. Sin embargo, es obvio que la palabra árabe tabule es la misma, tiene que ser la misma raíz, tabal, tabel, litbol. Y claro (verificado en internet), tabule es eso, un “sumergido”, un “inmerso”. Un “dip”.

(Pero cómo suena de desabrido decir que uno va a preparar un “dip” comparado con decir que uno va a preparar un “tabule”, aunque signifiquen exactamente lo mismo.)

Así es casi todo el tiempo. Una extraña inmersión repleta de permutaciones de letras o significados superpuestos, como adrabá o litbol/tabule. Un paso imperceptible del hebreo al árabe o al arameo – y a veces por extensión al español cuando la raíz es árabe. No sé si tabal, litbol, tavlinim (las ensaladitas locales que ponen siempre como entrada en los restaurantes, de nuevo la misma raíz – berenjenas encurtidas o ahumadas, tajine, hummus, pescado encurtido, mil cosas más) tienen una palabra derivada directa en español. Podrían tenerla pero uno no se da cuenta (como me explicaba el Rav Juan Mejía con la palabra fulano).

Jerusalén siempre extrema: por un lado, a 40 grados antier a las dos de la tarde fuimos a almorzar después del seminario de teoría de conjuntos al shuk, y pasaban ortodoxos con trajes negros apropiados para el invierno báltico, sin hacer la más mínima concesión al hecho de que no están en Lituania en 1750 sino en el Medio Oriente en 2017. Y el mismo día, no muy lejos de ahí, me contaba María Clara que pasó por el parque un joven corriendo casi desnudo: tenía solamente unos calzoncillos “g-string”, de esos que son una cuerdita no más atrás y dejan las nalgas al descubierto. Eso, en la misma ciudad de los ultraortodoxos, y seguramente corriendo al lado de varios de ellos (los jóvenes ultraortodoxos van al parque también, con sus cuerditas colgando, sus sombreros o kipás – las jóvenes con sus pelucas y faldas largas y muchos niños). Lo interesante es que en espacios como ese gran parque, nadie parece inmutarse con que estén al lado el corredor casi desnudo y las familias ultra-ortodoxas – y los demás (en otros sectores de la ciudad sí).

Y mientras tanto…

Ruralidades

Con Marcos, un señor maravilloso que trabajaba la tierra en Chía (murió hace tal vez veinte años) a veces hablábamos. Tenía la cara absolutamente cuarteada por la intemperie, como papel doblado – ojos rasgados del altiplano cundiboyacense. Podría haber sido alguna escultura de papel japonesa, plegada y replegada como origami hasta dar con su expresión de cara.

Una vez en 1991 fui a tomar un curso de Teoría Descriptiva de Conjuntos en Mérida, en los Andes venezolanos. Fuimos con María Clara – nuestra primera salida juntos fuera de Colombia. Al contarle a Marcos que nos íbamos lejos, a otro país – Venezuela – por unas tres semanas, no dijo nada. Luego resolvió que nos habíamos ido “a Europa” (le dijo a alguien). Para él, que probablemente nunca en toda su vida salió de Cundinamarca o tal vez Boyacá, la noción de “Mérida, Venezuela” era remota, como la noción de “Europa”. (Aunque los valles arriba de Mérida se parezcan tanto a Boyacá y Cundinamarca… pero eso no lo sabía Marcos, ni importaba que lo supiera. Mérida era esencialmente “Europa” pues era lejana, y remota, otro país.)


Recordé a Marcos porque en Europa nos volvió a pasar lo mismo hace unos pocos días. Casi igual.

Estábamos en Huesca, una capital provincial en Aragón, España. Fuimos en parte por la presencia del CDAN allá – un museo de arte contemporáneo muy interesante – y Centro de Investigación en Arte y Naturaleza. Con edificio impresionante de Moneo, con materiales de investigación aparentemente excelentes.

Fuera de eso, una ciudad chiquitica – como Zipaquirá tal vez.

Pero no nos quedamos en Huesca: decidimos quedarnos en una casa que conseguimos en las afueras, como a media hora de la “ciudad”. La idea era explorar un poco la región desde ahí. Pero terminamos hablando con los pocos campesinos que aún quedan (en ese país que parece haber sido atrapado por una crisis económica aterradora).

En un lugar de carretera en el que paramos, que parecía un parador de lechona por allá en el Tolima – solo que ofrecían asados de esa región – los campesinos, labriegos almorzaban, todos sudados, con camisa de trabajo, con su español de Aragón brutalmente áspero.

Me preguntaron de donde era, y dije inicialmente “de lejos”. Me dijeron “¿de Huesca?”. Yo dije “no, un poco más lejos – de Colombia”. “Ah…”. No hay mucho qué decir. Creo que para la gente de esos pueblos de Aragón, como para Marcos en Chía, la noción de “Huesca” evoca “gran ciudad”, gente que se viste “como nosotros”, gente que aparece en los paradores de carretera y no conoce los usos locales. Que sea Huesca o más allá (incluida Colombia) les dará lo mismo: estamos en la clase de equivalencia de los “urbanos”. Me pasó dos veces, en dos regiones rurales distintas. Al ver que claramente no éramos de ahí les llamaba la atención tal vez el hablar raro, y lo ubicaban (correctamente) en alguna ciudad. Huesca está bien.

Contenant et contenu

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El Báltico en Helsinki – 2015

“Je m’amusais à regarder les carafes que les gamins mettaient dans la Vivonne pour prendre les petits poissons, et qui, remplies par la rivière, où elles sont à leur tour encloses, à la fois « contenant » aux flancs transparents comme une eau durcie, et « contenu » plongé dans un plus grand contenant de cristal liquide et courant, évoquaient l’image de la fraîcheur d’une façon plus délicieuse et plus irritante qu’elles n’eussent fait sur une table servie, en ne la montrant qu’en fuite dans cette allitération perpétuelle entre l’eau sans consistance où les mains ne pouvaient la capter et le verre sans fluidité où le palais ne pourrait en jouir…”

Este pasaje (Du côté de chez Swann, I, II, p. 166 en Pléiade) evoca la dualidad entre contenedor y contenido pero muy proustianamente genera ambigüedad y hace del contenido el contenedor a su vez – en un juego infinito de percepción: me gustaba mirar las jarras que los chicos ponían en la Vivonne para atrapar pescaditos, y que al ser llenadas por el río, en el cual a su vez estaban sumergidas, a la vez “contenedores” con bordes transparentes como un agua endurecida, y “contenido” sumergido en un contenedor más grande de cristal líquido y corriente, evocaban la imagen de la frescura de una manera más deliciosa y más irritante que como lo hubieran hecho sobre una mesa servida, mostrándolo solamente en fuga en esta aliteración perpetua entre el agua sin consistencia donde las manos no podían captarla y el vidrio sin fluidez donde el paladar no podría gozar…”.

Uno de los temas que me interesan mucho hoy en día por razones puramente matemáticas y también por razones filosóficas conectadas con las anteriores, es la ruptura de la sintaxis, la manera como la semántica a priori determina la sintaxis, la manera como una a su vez determina (o no) la otra. Obviamente el teorema de Presentación de Shelah es un ejemplo de esto, pero hay mucho más (lógicas implícitas, maximalidad, etc.).

Esta descripción de las jarras de Proust, con textura casi fluida del vidrio y casi rígida del agua, y con la alternación entre contenido y contenedor, me parece impresionante.

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El Pilar, Zaragoza – reflejado en el río Ebro – 2017

Proust: traducción, descuadre y deseo

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Proust en 1887 – Foto: Nadar.

En un momento dado Proust acelera la prosa y se asoma de manera un poco jadeante a algo muy sensual, muy erótico, muy precioso. En su recuerdo está tratando de explicarse a sí mismo el descuadre que hay entre los hechos y lo que esperamos (I,II, p. 146 en Pléiade) — les faits ne pénètrent pas dans le monde où vivent nos croyances, ils n’ont pas fait naître celles-ci, ils ne les détruisent pas ; ils peuvent leur infliger les plus constants démentis sans les affaiblir, et une avalanche de malheurs ou de maladies se succédant sans interruption dans une famille, ne la fera pas douter de la bonté de son Dieu ou du talent de son médecin. Como que lo que creemos siempre se superpone a los hechos, como que los opaca y nos permite seguir viviendo. Hasta ahí no hay gran sensualidad, no hay necesariamente ese acercamiento visceral a las cosas que sí sigue después. Un poco más adelante se acerca (p. 153 en Pléiade): La plupart des prétendues traductions de ce que nous avons ressenti ne font ainsi que nous en débarrasser en le faisant sortir de nous sous une forme indistincte qui ne nous apprend pas à la connaître. De alguna manera, preocupado por buscar lo que hemos percibido, lo que hemos sentido – y cómo las supuestas traducciones de esto nos engañan. Sigue en ese tono (p. 154): … les mêmes émotions ne se produisent pas simultanément, dans un ordre préétabli, chez tous les hommes… El descuadre entre lo que sentimos todos los seres humanos lo lleva al recuerdo de una obsesión de juventud: encontrarse con una campesina pero cuando no estuviera el abuelo con él, y de alguna manera (soñada) forzar su presencia, besarla, olerla. El momento nunca cuadra, la ocasión nunca se da. Proust lleva el recuerdo a la superposición del paisaje a la campesina (en francés palabras más cercanas: paysage/paysanne) y logra otra de esas maravillas: evocar el deseo de adolescencia por la campesina con las caricias, la sensualidad, el placer sexual buscado, pero creíble solo cuando completamente superpuesto al entorno: connaître à Paris une pêcheuse de Balbec ou une paysanne de Méséglise c’eût été recevoir des coquillages que je n’aurais pas vus sur la plage – de alguna manera la pescadora es el mar de Balbec (y no las calles de París), la campesina es las flores del pueblo, los árboles después de la lluvia donde las evoca, las hierbas. De otra manera no funciona el recuerdo, y tal vez no funciona la realidad.

La sensualidad del recuerdo, el brotar del deseo en el adolescente, el resurgir del deseo en el escritor maduro que cuenta y recuerda y revive, todo eso converge en la descripción de sus masturbaciones de adolescente: … comme un seul confident que j’avais eu de mes premiers désirs, quand au haut de notre maison de Combray, dans le petit cabinet sentant l’iris, je ne voyais que sa tour au milieu du carreau de la fenêtre entrouverte, pendant qu’avec les hésitations héroïques du voyageur qui entreprend une exploration ou du désespéré qui se suicide, défaillant, je me frayais en moi-même une route inconnue et que je croyais mortelle, jusqu’au moment où une trace naturelle comme celle d’un colimaçon s’ajoutait aux feuilles du cassis sauvage qui se penchaient jusqu’à moi…”

… como un confidente solo que había tenido de mis primeros deseos, cuando en lo alto de nuestra casa de Combray, en el pequeño gabinete que olía a iris, no veía yo más que su torre en medio del cristal de la ventana a medio abrir, mientras que con las dudas heroicas del viajero que inicia una exploración o del desesperado que se suicida, desfalleciente me abría en mí mismo una ruta desconocida y que creía mortal, hasta el momento en que un rastro natural como el de un caracol se agregaba a las hojas de grosella silvestre que se inclinaban hasta mí…

Proust destila en ese pasaje la soledad, el calor, el olor (del iris aparentemente símbolo fuerte a nivel sexual), la vista a través de una ventana a medio abrir, el ramaje de otra planta, y la memoria de la excitación sexual que culmina en el rastro como el de un caracol, “agregado a las hojas”. En otro de sus libros (Contre Sainte-Beuve) el pasaje es similar pero culmina de manera más explícita: “… L’exploration que je fis alors en moi-même, à la recherche d’un plaisir que je ne connaissais pas (…) enfin s’éleva le jet d’opale, par élans successifs, comme au moment où s’élance le jet d’eau de Saint-Cloud…” En busca de un placer que no conocía, la exploración de mí mismo, y por fin el chorro de ópalo, en impulsos sucesivos, como cuando se lanza el chorro de agua en Saint-Cloud. No sé las fechas, pero supongo que esta última descripción del momento de éxtasis le pareció ya demasiado explícita al propio Proust. La traza del colimaçon es simbólica y suficientemente talismánica, tal vez.

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Huesca, Aragón – 2017

Proust no era ningún tímido a la hora de abordar temas sexuales, por lo menos los temas “oficiales” de su época. Si en la Recherche lo hace de manera figurada y menos explícita que en Contre Sainte-Beuve, supongo que es por su consciencia de la complejidad, por un afán de suprimir lo más obvio, las interpretaciones más directas. La superposición (que explora de manera exquisita el autor del blog Libellules) de temas como la madre, la madeleine, las flores, el despertar sexual, lo prohibido, el deseo, el recuerdo es la complejidad de la vida. Proust no encasilla nada, no cae en esa estupidez increíble de nuestra época que todo lo quiere rotular, a todo le quiere atar un rótulo y un número (para no tener que pensar, creería uno) y se limita (?!?) a describir la complejidad de la superficie del mundo, que de una madeleine de un niño chiquito disuelta en un té se permite libremente (pero con participación activa del lector) pasar al olor de la madre, al olor de las flores en una torre (aparentemente en esa época las criadas subían a esas mansardas las bacinillas repletas de la mierda de los dueños de casa antes de llevarla fuera; ponían flores secas para mitigar el olor – pero ese dato no hace más que aumentar la red compleja de asociaciones), al iris, al jadeo y la traza de semen evocada por su similitud con la traza del caracol, al recuerdo del escondite y las campesinas y los paisajes y el mar y las conchas, al mundo entero. Sin casillas ni simplificaciones (ya escribir estas notas personales es una gran simplificación de algo mucho más complejo).

Recordé (al pensar en lo directo que podía ser Proust) un episodio que cuenta Alain de Botton en su libro sobre Proust (ese libro no vale la pena; o vale la pena solo si uno también lee a Proust; hay que ir a la fuente original y no a la literatura secundaria): Proust en una carta a su abuelo escrita en 1888 le pide 13 francos. Los 13 francos son 10 para pagar la visita a un burdel, 3 para pagar una vasija que rompió en su visita previa — que no surtió el efecto que quería: abandonar su masturbación excesiva (lo que él mismo describe a su abuelo como mes mauvaises habitudes de masturbation). Le cuenta a su abuelo que su papá le había dado antes 10 francos para ir al burdel para que se le quitara la “mala costumbre” pero en su nerviosismo rompió la vasija y no pudo completar su visita. Le dice a su abuelo que es urgente poder completar la visita y por eso le pide esa plata. A mí me impresiona el tono tan sencillo de la carta, su candor y su tono directo y llano. Completamente opuesto al tono atormentadísimo/católico irlandés del Joyce del Retrato del artista adolescente. Aunque el (muy) joven Proust usa la expresión “mauvaise habitude”, no hay ningún tono de culpabilidad católica – lo que sí deja percibir es cierta pena con el papá, razón por la que decide acudir a alguien distinto (pero además le dice que iba a hablar con un tal Monsieur Nathan pero la mamá fue la que le dijo que le escribiera al abuelo).

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Aunque el tono en la Recherche es mil veces más sofisticado y repleto de capas de significado, el tono de la carta al abuelo deja ver un poco cómo escribía a los 16 años ese personaje impresionante.

Libros a 1440 msnm en el trópico

Esto les ocurre:

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La carátula prometía (a pesar de los tres huecos):

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Pero aparecen estos seres (casi un comentario de la naturaleza/los gorgojos sobre el contenido de esa página):

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Y estos otros (¿tejido intertextual armado por un gorgojo?):

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No se pueden dejar esos libros ahí. Este lo tomé de un estante – probablemente llevaba veinte o treinta años sin ser leído ni mirado por nadie. En el semi-trópico (tierra templada, Cundinamarca) toca leer rápido. Nuestro futuro se ve ahí.

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Un ejercicio de atención

Nelson el hijo de quienes cuidan esta finca mencionó unos pozos del río donde se puede nadar bien. Como vio mi interés, me dijo que podíamos ir después de almuerzo, que quedaban muy cerca. ¿Muy cerca, le dije, a cuánto, diez minutos? Bueno, un poco más, pero muy cerca.

Al rato después de almorzar me dispuse a ir, pero pensé que sería cosa de un rato, de pronto embarrar ligeramente los zapatos o el pantalón, nada del otro mundo. Arrancamos. María Clara está aún recuperándose de la rodilla; no nos acompañó esta vez (pero ojalá la próxima sí, aunque es complicada la ida a los pozos).

Muy pronto caí en cuenta de mi error de apreciación. Nelson creció en esta zona, y “muy cerca” y “muy sencillo” para él puede querer decir “bastante lejos” y “complicado” para este bogotano. No fue suficiente con remangar el pantalón para atravesar trozos del río: las piedras resbalosísimas (sobre todo para mis zapatos – unos Ecco perfectos para andar por prados londinenses, un poco menos apropiados para la subselva local) y la cantidad de lianas con púas hacían que realmente todo fuera absolutamente fuera de lugar en mi caso.

Aún así seguimos – Nelson adelante abriendo trocha, yo siguiendo por barro, lianas, bambú, matas con púas, agarrando con las manos troncos estrechos y probando resistencia – y pensando en posibles arañas o culebras o simplemente hormigas gigantes, pisando troncos podridos que cedían, piedras que sí se sostenían, subiendo la ladera del río y volviendo a bajar y volviendo a subir mil veces.

Un ejercicio de atención sostenida que duró casi una hora (me quité las medias para que no se empaparan tanto, pero igual en un momento dado caí de piernas enteras en el agua). Nelson es muy joven y andaba rápido: yo terminé sudando mucho, raspándome las piernas, subiendo a veces a puro pulso de brazos a piedras enormes pues de lo resbalosas no había punto de agarre para los pies, reptando por debajo de cercas. Nelson sin ningún problema pasando todo eso – solo en un momento dado lo vi dudar y decir “hubiera debido traer el machete; lo que viene está enmontado”.

Vi centenares de tipos de hojas, de superficies de troncos, de texturas de madera podrida, de piedras hundidas en barro, de rayos de luz en el fondo. Pensaba como es obvio en La Vorágine, en los relatos de Molano, en las tambochas, en que uno esos sitios los ve en películas con soldados o guerrilleros pasando con botas de campaña o pantaneras – ciertamente no con Ecco londinenses resbalosos.

Al cabo de una hora (sí, “un poco más de diez minutos” es una hora) llegamos al punto del río en que se arman pozos – profundos pero con corriente muy fuerte. Nelson contó que los viernes cuando estaba en el colegio venían ahí, pero que ahora mismo estaba menos hondo. Fue empezar a nadar luchar contra la corriente y vórtices mirar el punto de caída de la cascada atento a no tomar agua cuerpo desnudo sumergido entero en agua refrescante límpida corriente rápida peligrosamente fuerte vórtices peores en partes más pandas el río es bien profundo en esa zona pies no tocan el fondo o de pronto logran agarrarse de una piedra sol refleja entre árboles pero ni tiempo de pensar en luz simple mantenerse a flote y respirar y agradecer la felicidad del agua después de caminata asustadora larga sudorosa agotadora.

El regreso fue por un camino más fácil: atravesar una finca (afortunadamente no salieron perros: Nelson conoce el camino), salir a la carrilera y luego a la carretera y subir.

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el mismo río, ayer a las 6:30 de la tarde