notas de un deambular perdido por Viena

El 17 de enero de 2019 deambulamos un día entero por Viena, sin rumbo fijo. Al día siguiente tomaríamos el vuelo de regreso a Bogotá, para una despedida importante. Ese 17 fue un día sin brújula. Creo que estuve a punto de lanzarme a nadar al Danubio helado, pero sabiamente los hados me lo impidieron. Uno nunca entiende bien el peligro de esos momentos.

Hoy recordé todo eso al ver un post hermosísimo de Alejandro Farieta en su facebook, de su viaje maravilloso por Viena.

¿Sumergirse en un mar contradictorio?

Hay una exposición muy poderosa en este momento en el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia: Óscar Murillo, Condiciones aún por titular.

La llegada a la exposición es un poco desconcertante. Aparecen trozos alargados de madera vieja, con marcas de destrozo y violencia, erguidos en el parque externo al museo, en la entrada y en la plazoleta central. Vistos de lejos evocan cadalsos, guillotinas. Las trazas de posibles incendios dan una impresión de caos, destrucción, guerra, horror. Otros trozos están regados por el suelo; al mirarlos más de cerca se revelan como bancas de iglesia, con extremos tallados y con entalles que marcan los diferentes puestos de congregantes de otro momento.

Y efectivamente, un letrero explica que son restos de bancas de iglesias católicas que fueron cerradas en Holanda durante el siglo XIX como producto de algún edicto de la historia de guerras de religión de ese país, remoto en el tiempo pero con trazas que surgieron de repente en un espacio cultural de un altiplano a más de nueve mil kilómetros de distancia.

La reacción inicial es de desconcierto. ¿Por qué bancas de iglesia de Holanda aquí? ¿Por qué el catolicismo víctima de intolerancia, traído a un país donde el catolicismo ha sido cercano justamente a quienes han perpetrado otras intolerancias? Y luego, la pregunta más apremiante (al menos para mí): ¿por qué esas trazas de guerras remotas en el tiempo, de espacios lejanísimos, termina sintiéndose tan relevante para nuestro momento actual local? ¿Qué nos dicen esos palos destrozados, esos fragmentos que parecen los de un barco después de un tsunami, esos cadalsos armados en plena plaza del museo a partir de bancas de iglesia católica destrozada en Holanda hace dos siglos?

Esa es una primera pregunta: una aparente incoherencia de tiempo/lugar, que termina evocando de manera muy contundente nuestro siglo XXI colombiano: sus masacres, sus intolerancias, sus intentos fallidos, sus dolores.

Luego ve uno unas trincheras tajadas en el prado del museo. Una obra aparentemente muy sencilla, pero poderosísima tal vez justamente por su limpieza visual/conceptual. Líneas trazadas en el pasto, de un metro de hondo, mini-trincheras donde uno puede caminar y ver las «olas» de las otras trincheras, del pasto. Un micro-paisaje casi bucólico en medio del museo, pero con la contundencia de la referencia a trincheras o fosas comunes.

Y un vidrio roto/quitado. Una ventana bellísima que da a las trincheras, y que parece un guiño a la famosa ventana de Marcel Breuer en el antiguo Whitney (ahora parte del Met) en Manhattan.

Murillo quitó el vidrio de esa ventana. Puede uno atravesarla, pasar del interior de una sala al exterior de trincheras, a través de un antiguo vidrio roto.

El interior de esa sala es algo emocionante. Varios lienzos paralelos para ver de cerca, armados durante varios años de manera fragmentaria por niños en 30 países; Murillo hizo ese proyecto de pedir a esos niños que dibujaran lo que quisieran. Luego rompió y cosió esas telas y pintó encima con acrílico azul y negro su propio trazo. El resultado es una reflexión espléndida sobre lo local/global, sobre la superposición de estratos mentales, sobre lo pequeño y lo grande, sobre lo infinitesimal y su integración. Globalmente, la obra es todo un haz matemático con ocho o diez fibras que podemos ver muy de cerca si así lo queremos. Al mirar las «fibras», los lienzos, las láminas podemos ver los «grafitis» de los niños. Bandas de rock, equipos de fútbol, esbozos de dibujos, letreros en varios idiomas (de los 30 países), una textura de pared de baño [ignoro qué tantos dibujos sexualizados habrá cubierto con sus trazos Murillo], pero sobre esta los trazos gruesos y espesos del acrílico azul y negro de Murillo, dando cierta coherencia y globalidad a la obra. Luego se aleja uno y ve las fibras/los lienzos de manera amplia, e integra mentalmente el todo a partir del trazo de Murillo, que parece saltar de lienzo a lienzo.

El conjunto genera una tensión muy peculiar entre querer ir a lo micro de nuevo después de ver lo macro, querer volver a los detalles infinitesimales de los grafitis después de ver la obra grande, y luego querer volver a salirse de ese mundo intrincado y acaso asfixiante y lograr mirada global. Un vaivén que se percibe inagotable.

Un cuartico vedado por sillas acumuladas, y la luz que emana. Una mini-escultura.

Luego va uno a la sala principal del museo y se encuentra con despojos de las sillas/cadalsos, y lienzos negros gigantes. El piso del museo arrancado, el cemento crudo bajo los pies, la pintura cayéndose de los techos. Videos con voces que parecen evocar el sufrimiento de las masacres de Colombia de las últimas décadas, y un caos espacial brutal. Anda uno por un paisaje que evoca imágenes de los bombardeos rusos en Ucrania, o los bombardeos que ha fotografiado Jesús Abad Colorado en Colombia. De nuevo las bancas-cadalso, pero ya no escultóricas como en el patio externo; o por lo menos no necesariamente erguidas al aire. En el espacio interior se ven como ruinas apabulladas por masacres, destrozadas, partidas, vencidas.

Es la parte más difícil (para mí) de absorber de la exposición. Me tocó ir tres veces para empezar a aguantar estar ahí.

Entre la poética extrema de las trincheras, lo escultórico/sorprendente de los cadalsos erectos en el patio central, la maravilla del haz matemático armado por niños de 30 países y Murillo mismo, la sutileza e inteligencia de la ventana «Breuer» rota y atravesable, el guiño sonrisa de la escultura de sillas y la brutalidad y crudeza de la sala principal, esta es una exposición realmente impresionante.

Kyiv (1903) – Auschwitz (1942) : Irène Némirovsky

Irène Némirovsky

Yesterday we watched the movie Suite Française (on MUBI), based on Irène Némirovsky’s novel with the same title. The movie manages to capture a mass exodus following an invasion of a capital city; throngs of people escaping Paris in 1940 in the aftermath of invasion by Germany. The chaos of arrival to the little French village where the action of the movie takes place; the fear of bombardments and the arrival of planes razing the ground and attacking people. The pamphlets thrown from some of those planes “explaining” that the German army was really going to liberate people, to protect them.

Then the movie unfolds, with the actual arrival of German troops. They establish their battalion in town, and an amazing and very intricate story of resistance to the invaders, mixed with erotic back-and-forth between a young quasi-widow and a German officer, social class problems and collaboration between French aristocrats and German officers, starts.

Beyond all the details of the story (with its very enjoyable narrative, and all the thoughts triggered by very chilling and difficult situations), there was yesterday night the added ingredient of pain from knowing all of this is happening again. And knowing that the writer of the novel that inspired this extremely subtle and entangled story was from Kiev/Kyiv, that her family escaped other horrific situations to find first refuge in France and then death in Auschwitz. The movie makes a side reference to this story: a Parisian woman with her daughter finds refuge in one of the country houses of the town, but the German officers find out she is Jewish and immediately send her to the camp. By mere chance, the small daughter wasn’t at home at that moment, and she is saved. This is exactly what happened to Irène Némirovsky and her daughter Denise Epstein.

The story of the manuscript is quite convoluted (the French version of Némirovsky’s page has many details); the end credits of the movie are preceded by beautiful takes of many details of the MS.

The poster of the movie has a scene with yellow and blue, the wheat field and the sky, and the thousands of people escaping the city. It was chilly to watch this, knowing what is happening at this very moment in Ukraine.

nieve sucia

En las ciudades la nieve muy rápidamente se vuelve sucia. En Norteamérica suelen echar mucha sal; eso derrite la nieve y le quita gran parte del encanto a las nevadas. En Europa del norte no usan sal; dejan que la nieve se vaya derritiendo más despacio y en algunos lugares usan gravilla. El resultado es una nieve sucia.

Esta vez en Helsinki me llamó la atención la textura visual de la nieve sucia. Siempre la había querido evitar, siempre había fotografiado solamente la nieve prístina recién caída. La impureza de la nieve mezclada con gravilla me fastidiaba, hasta esta vez.

Aquí van unas fotos de nieve sucia, nieve impura mezclada con gravilla. Creo que tienen lo suyo.

más notas de viaje

Helsinki nos recibió con temperaturas positivas y negativas después del Ártico: nieve que se descongelaba y volvía a congelar – una pista de patinaje peligrosa y sucia, pero fascinante. Con luz de febrero, claridad temprana muy azul.

Desde Töölö Towers

Y esos detalles siempre fascinantes de esa ciudad… (El nuevo Museo de Arte Contemporáneo Amos, trozos de la fortaleza Suomenlinna y los tranvías del centro)

Pero tal vez lo más fascinante es siempre el fundirse del hielo, ese borde/frontera entre agua derretida e hielo del Báltico.

El último día estuvimos donde Jouko y Juliette. Como siempre, conversaciones increíbles e interminables, piano (algo de Bach yo, tímidamente; mucho de Mozart y Handel en manos de Jouko).


La luz de febrero siempre me ha parecido espléndida. Desde el tranvía, con ventana sucia…

Ártico 22

El retorno a los viajes internacionales fue a un lugar sorprendente: el Ártico. Kilpisjärvi, en el extremo norte de Finlandia, en la triple frontera con Noruega y Suecia. Teoría de Conjuntos en mi caso. Y un proyecto artístico hecho por María Clara.

Liberador (de dos años de pandemia) y a la vez muy inquietante (el viaje coincidió con el inicio de guerra en 2022, la invasión rusa a Ucrania), un cierre relativo (e incompleto) de dos años de encerramiento y un ser proyectados a esta realidad peligrosa, fea y dolorosa que llegó hoy hace un mes, el 24 de febrero de 2022.


He aquí un álbum de imágenes del Ártico – trato de escoger las que más me evocan cierto tipo de dibujo de un lugar misterioso y sorprendente.

Final de viaje

Cuando fuimos al Guaviare uno de los planes que queríamos hacer era ver el atardecer desde el río, desde el gran Yawari, el Guaviare. Muchas personas habían mencionado ese atardecer majestuoso, y así se adivinó cuando fuimos a cenar el primer día (pero no lo vimos, pues entre la novedad del lugar, el hambre del día, dejamos pasar esa oportunidad). Los días siguientes tampoco pudimos verlo: un día habíamos reservado para ir y preciso cayó uno de esos aguaceros de selva impresionantes. No había manera de ir, no había nada para ver. Otro día nos cogió la hora del atardecer volviendo de la Serranía La Lindosa, y vimos algo de atardecer en la selva y llano desde el campero que nos llevó, pero no desde el río. Y otro día algo pasó que nos impidió verlo.

Parecía que el plan de atardecer sobre el Guaviare iba a quedar entre el anaquel de cosas para hacer en un próximo viaje, pero el último día, el cierre del viaje, la última noche, la oportunidad de ver ese atardecer salió… y estuvo maravilloso.

Ese fue el fin de unas vacaciones muy cortas, muy pocos días en ese lugar tan impresionante. Ahora recordé tantos finales de vacaciones, finales de verano, durante la infancia. Ese atardecer me evocó algo de esa sensación.

Gente que camina – Bíita Kawéni i chajyʉ’ bejnit

La novela Bíita Kawéni i chajyʉ’ bejnit (Gente que camina) de Mariela Zuluaga es una de las obras más singulares y sorprendentes que he leído recientemente. La historia en principio es muy sencilla: Jeenbúdá’ (un joven nukak) atraviesa todo el departamento del Guaviare a pie, a través de la selva amazónica de esa región, en busca del rastro de sus familiares. Pero esa historia que en principio parecería muy directa en realidad se desenvuelve en varios planos superpuestos, como hojas de una superficie constantemente ramificada, en mil residuos y traslapes entre épocas antiguas y el presente de Jeenbúdá’ en su huida/búsqueda por la selva, entre el mundo de sus ancestros y de su formación inicial y el mundo de la Colombia contemporánea, entre los saberes acumulados y transmitidos y la consciencia de lo externo, de la colonización que continúa, y el conocimiento íntimo de esta.

Una novela de caminata a través de la selva evoca de inmediato la travesía de Arturo Cova en La Vorágine de hace ya casi un siglo, pero hasta ahí llegan las similitudes. Jeenbúdá’ no está entrando en lo desconocido como Cova: está, por el contrario, regresando a su mundo conocido después de una salida al mundo externo (no se sabe cuánto tiempo estuvo fuera, pero se sabe que fue en San José del Guaviare que conoció a una mujer rubia, una ka’wáde, como le dicen en idioma nukak a los «blancos» de fuera, a los colonos—se sabe además que estuvo un tiempo viviendo en Villavicencio y que incluso viajó una vez a la remota Bogotá). El regreso se inicia por alguna crisis de Jeenbúdá’ que lo hizo volver primero al resguardo de su familia en San José del Guaviare. Al llegar ahí, en el inicio de la novela, encuentra la casa quemada, rodeada de gente oficial, posiblemente militares, y escapa inmediatamente al ver que va a ser inyectado por unos enfermeros.

Al escapar del lugar quemado, Jeenbúdá’ sabe que debe buscar a sus familiares y se lanza a través de la selva, a través de un departamento tan grande como el Guaviare, hacia el sur-oriente. Poco a poco se va despojando de sus ropas de Villavicencio, de ka’wáde, y va re-aprendiendo los mil y mil detalles de la sabiduría aprendida en la infancia y heredada de sus ancestros.

La selva, efectivamente, es su gran casa, y Jeenbúdá’ como casi último miembro de una etnia nómada, una de las últimas del mundo, poco a poco recupera su saber. La novelista, Mariela Zuluaga, brilla al contar con lujo de detalles la manera como Jeenbúdá’ arma con bejucos su bolsa, se va desprendiendo y limpiando de su comida anterior y re-aprende a cazar micos churucos y a pescar, a preparar el curare y rescatar una cerbatana, a fabricar los dardos con palmas, a observar desde lo alto de los árboles la selva para orientarse, a pintarse el cuerpo para defenderse del acecho de los insectos, a ahumar su comida para conservarla.

Es realmente impresionante cómo a través de tantos detalles del modo de vida de los nukak la novelista logra de manera conmovedoramente convincente armar uno de los mundos de Jeenbúdá’, el mundo del nukak andante, el hombre que camina solo por la selva y no solo sobrevive sino vive plenamente y a sus anchas en ese mundo.

Pero tal vez una corrección es importante en este punto: en realidad, Jeenbúdá’ no se percibe a sí mismo como un hombre solo; claramente va acompañado de los espíritus de sus ancestros desde el mundo de arriba. Sus ancestros que en sueños le revelan o develan o recuerdan aspectos importantes de su caminar, cosas específicas que debe hacer o cuidar. Constantemente esa otra hoja de los recuerdos/sabiduría ancestral está con él. La escritora teje de manera magistral esas dos láminas de la historia de Jeenbúdá’ . Su padre muerto (por las balas, los dardos que queman) hace un tiempo al igual que su tío, su madre sabia (pero destrozada y envejecida en su recuerdo por el cambio a la dieta ka’wáde), sus abuelos que nunca se han ido del todo – todo eso hace creíble y veraz esa travesía por el Guaviare hacia el suroriente.

Una hoja (dolorosa de leer para quienes somos claramente parte del mundo que lleva la colonización brutal, así nosotros mismos no hagamos parte de ella) más: todo lo que Jeenbúdá’ aprendió en Villavicencio y San José del Guaviare, con su novia rubia de tacones altos y perfumes comprados en tiendas. Tiene celular y encendedor; conserva el celular dentro de la selva a pesar de la inutilidad absoluta de ese objeto, y conserva el encendedor por sentido de lo práctico hasta que este deja de funcionar. Tiene pantaloneta y camiseta, de las que se despoja gradualmente. Sus familiares a veces han hecho el oficio de raspar coca para los ka’wáde de la región, y conocen el mundo de los hombres blancos con trajes verdes como la selva, que se lanzan dardos que queman. Esa hoja que me parece dificilísima de tejer en el relato, pero es fundamental y da a Jeenbúdá’ una dimensión adicional muy importante. En un momento, el frío que siente por la fiebre le hace recordar su ida única a Bogotá, mucho más allá de los ríos, el lugar del frío.

Otra hoja, más difícil de atrapar, subyacente, consiste en cierto inframundo nukak que está al acecho y a veces genera desastres. De alguna manera se percibe la presencia de esa especie de infierno en el relato, y ayuda a explicar los miedos y las reacciones. Jeenbúdá’ salta como tigrillo de la selva ante ciertas amenazas, con un brinco que aprendió a dar en su infancia y formación.

Los ríos, la formación de cazadores y de escaladores de árboles de miembros fuertes, la descripción de la conquista de hombres a mujeres en el grupo humano, la visión de Bogotá y el mundo externo casi coherente con cierto punto de vista, es parte de una especie de paisaje de fondo permanente.

En la tercera parte de la novela aparece un plano de San José del Guaviare, ese poblado pequeño al borde de la selva donde estuvimos hace un mes, con su Avenida del Colono, sus bares y plaza con la Tarima de la Palabra… y el Río Guaviare siempre presente. De alguna manera el plano hace parte integral del relato. No solo hay momentos importantes de la vida de Jeenbúdá’ ahí en ese poblado, sino que de alguna manera simbólica es en la novela (y en la realidad) el enlace entre los dos mundos, el lugar de los colonos, sí, pero en cierto sentido (y ojalá por mucho tiempo) el último lugar de los colonos. El inicio de ese otro mundo.

San José del Guaviare (antes llamado Viso-mutop). El final de un mundo, el inicio de otro mundo.

Siento que me quedo corto ante el esplendor de la novela, de Gente que camina / Bíita Kawéni i chajyʉ’ bejnit, de Mariela Zuluaga. Es sencillamente una de las novelas más originales y singulares y poéticas que he tenido el placer de leer en mucho, mucho tiempo.

Los recintos de la casa

Una película de Eitan Green, originalmente llamada חדרי הבית, los cuartos (o los recintos) de la casa, nos llamó poderosamente la atención a MC y a mí, por muchas razones.

La historia es sencilla: una familia de tres, padre, madre, hijo, está en crisis. La madre se va de viaje, el padre, un arquitecto y constructor, está en crisis económica (deudas a sus contratistas, problema de créditos con los bancos, problemas con su esposa). El hijo, un joven basquetbolista excelente, tiene problemas de adolescencia. Su profesor de historia en el colegio es el mismo entrenador de basquetbol, y lo somete a presión extrema.

Hasta ahí, nada muy distinto de tantas otras películas.

Pero lo más interesante, lo más poderoso, lo más extraño, es el rol de la noción de «casa» en esas tres crisis, en esas vidas cruzadas. No quiero dañar el placer de ver una buena película a quien se lance a buscarla, pero señalo algunos aspectos que me parecen importantes:

  • El arquitecto/constructor, el padre, al principio de la película visita varias obras a hablar con obreros, a supervisar, a hablar con el otro arquitecto que invierte en esos proyectos. Hablan a veces de lo que significa construir una casa, del sueño de las familias, de lo normal que se vuelve todo. Y esas conversaciones tienen lugar entre andamios, paredes a medio construir, placas a medio fundir.
  • Parte de la crisis, sabe uno luego, tiene que ver con que para construir su propia casa el arquitecto parece haberse endeudado más de la cuenta. Pero él no quiere, por ningún motivo, abandonar ese apartamento maravilloso que logró por fin después de muchos años de esfuerzo construir en Jerusalén, con vistas maravillosas y espacios que les encantan a él y a su familia.
  • Cuando la crisis los acosa, se ven obligados a abandonar temporalmente su hogar para evitar el acoso de acreedores. El hijo le dice al padre que jamás había vivido en un lugar tan bello. Pero deben irse.
  • El hijo tiene una tarea en clase de historia: debe hacer una maqueta de algo que tenga que ver con el Holocausto para escoger una y llevarla a Yad Vashem. Se le ocurre pedirle a su papá arquitecto que lo ayude a hacer una maqueta de Buchenwald. El papá le pregunta ¿por qué Buchenwald? El hijo responde: porque casi todos los demás van a hacer la maqueta de Auschwitz.
  • El padre hace una maqueta perfecta de Buchenwald. El hijo le pregunta si ellos son también tercera generación de sobrevivientes, como su amigo Idó del colegio. El padre le dice que no, que él viene de Irak, que no tiene nada que ver con eso. Pero luego recuerda que la madre es judía argentina, y que todo su lado venía de Polonia… y claro, recuerda que algún tío abuelo de la madre efectivamente había sido víctima en los campos de concentración. Dice «en realidad todos somos tercera generación de sobrevivientes»…
  • Pero como deben salir de su casa e instalarse en casa del cuñado, deben acomodarse a la rutina de otra casa. Y resulta que la esposa del cuñado es religiosa (¡él no!). Ella controla la casa, y ellos se acomodan. La maqueta de Buchenwald termina pintada de colores alegres por las niñas, por las primas del muchacho. No las detienen, pues la situación familiar no permitiría eso. Cuando llega al colegio con «Buchenwald» pintado de rosado y morado por las niñas pequeñas, sus primas, el profesor estalla de rabia ante la falta de respeto con la Shoá. El chico explica «fueron mis primas» pero suena como una excusa inventada. El profesor le pregunta si cree que van a poder llevar semejante cosa a Yad Vashem.
  • Como el profesor de historia es el mismo entrenador, el muchacho entra en problemas serios, pues le encanta jugar basquetbol pero el entrenador está furioso con él. No tiene casa, los padres están en serios problemas, no puede dormir bien donde sus tíos (la metáfora del mal dormir, de la casa desconocida, es casi bíblica en dimensiones y la dejo para quien vea la película).

Y mil cosas más. Es un cine de una riqueza narrativa absolutamente extraordinaria.


Como en septiembre he estado asistiendo y participando en el Laboratorio de Escritura La casa como autorretrato que conduce desde Caracas la poeta y novelista Jacqueline Goldberg, el tema de la casa lo tengo permanentemente en mente. Los ejercicios de escritura del taller han sido hasta ahora La casa recordada (sobre la casa de la infancia, y nuestra memoria de ella), La casa del otro (sobre la casa de alguien distinto – en mi caso fue sobre el cuarto de Virginia Woolf en Sussex), La casa anhelada. Envolviendo todos esos temas, Jacqueline Goldberg nos ha llevado a leer autores como Bachelard entre varios otros, pero sobre todo ha inducido, creo, en quienes tenemos la fortuna de participar en dicho taller, una reflexión constante sobre el habitar, sobre las muchas nociones de casa, sobre la espacialidad. Yo he pensado, tal vez por mi sesgo profesional, en las fronteras, lo interno/externo, la transgresión de estas fronteras.

Y esa reflexión se ha hecho extensiva a quienes me rodean. Esta mañana al caminar por los montes de Chía hablábamos con MC sobre la película, la cantidad de “casas” de distinta índole que aparecen ahí. La casa perdida o potencialmente perdida después de haber sido anhelada. La casa que es para unos Israel, y que dejó de serlo para otros (el tema sale también en la película). La casa recuperada, y la relación con la muerte. Y (esto vio MC) la casa del horror, cuando todo se ha perdido. La maqueta de Buchenwald, donde murió tanta gente, perfectamente hecha por el padre y luego decorada de manera tan descentradora por las niñas (que a esa edad no saben todavía de esos horrores que estuvieron en las familias), como si fuera una casa de muñecas. Y (me decía MC) es horrendo pensar que para millones de personas lugares como esos campos fueron sus últimas «casas». Solo pensarlo, solo imaginarlo, destroza el corazón de cualquiera con un átimo de sensibilidad. Pero así tuvo que ser. Si un joven crecía ahí, estaba por meses antes de ser asesinado o de salvarse, de alguna manera ciertas rutinas de ese horror se tenían que convertir en su techo, en su «refugio», en su casa. Creo que la película invita elípticamente a ver eso también. Nunca había visto una escena como la de las niñas pequeñas que ven la maqueta (sin saber que es de un campo de horror) y deciden ponerle colores alegres y flores y dibujos rosados y morados. Creo que el director Eitan Green logra algo muy brutal con esas escenas.


La película חדרי הבית, llamada en inglés Indoors, se puede ver aquí (con subtítulos): https://www.streamisrael.tv/films/videos/indoors


Lógica asociativa del comisario Croce

He aquí algunos fragmentos tomados «al vuelo» de Los casos del comisario Croce, de Ricardo Piglia.

Me interesa mucho la lógica implícita ahí presente. El diálogo ideal con Borges en algunos de estos. Y por encima de todo, el brutal juego de espejos deductivos, con analogías, presente en la novela. Es también en cierto sentido el testamento literario de Piglia (la escribió justo antes de morir, dejó preparada su publicación póstuma).


«Comparo lo que no entiendo.

La luz de las estrellas no viene del espacio, viene del tiempo.

Ahora, en vez de resolver casos, les pongo música.

No era lo mismo revelar un secreto o encontrar un objeto.

Si estaba obligado a permanecer en el interior del problema, encerrado en sus límites, necesariamente la solución debía estar en una necesidad fáctica exterior, pero no ajena.

Poder decir que alguien tenía -o había visto- esa cinta era el chantaje.

La verdad no estaba aislada, ni quieta. La verdad era variable y comparativa.

“Los entes reales son relaciones”, pensó. “La verdad es la forma de una relación más que su esencia… nos interesa la duración, la mutabilidad; las relaciones internas de la verdad cambian, se mueven.”

El crimen escondía la verdad de la sociedad; era el en-sí del mundo…

“El sentido del mundo es contingente y errático. Hay que enlazarlo.” … No había que analizar las razones, sino los efectos. Las consecuencias que va a tener el acontecimiento al analizarlo y no antes. “No antes”, pensó, “nunca antes.”

Una batalla es, para ser rigurosos, invisible y confusa. La mirada cercana permite atrapar cualquier cosa que escapa a la visión de conjunto y viceversa. Hay que pensar el problema -dijo el historiador- en otra escala, ver la batalla como un torbellino y aislar un momento y detenerse ahí. Es el punto mínimo que condensa el enigma.

De las hipótesis posibles, la verdadera resultó la más sorprendente.

Croce sabía adaptarse al disfraz y podía vivir meses como si fuera otro, más libre…

Convertirse en otro era, entonces, uno de los métodos de deducción del comisario Croce.

‘El crimen perfecto es la utopía del género policial, pero es también su negación. Un crimen tan bien ejecutado que jamás se descubre es el horizonte al que aspiran los textos…’

‘el crimen tiende al silencio, a la huella borrada, y está fuera del lenguaje, mientras que el relato hace hablar a lo que se mantiene oculto, dice de más, devela y delata.’

‘La réplica, el revés, el otro que hace posible el relato del crimen, es por supuesto la víctima. … La lógica de la víctima es la lógica del doble, de la culpa y de la expiación, y en ese sentido esos relatos son un ejemplo del proceso de incertidumbre y de extrañamiento que convierte al perseguido en criminal.’

‘la marca del mundo moderno es, como nos lo enseña la historia argentina, que los inocentes son ejecutados por los aparatos y las organizaciones estatales y que los grandes criminales son los jefes políticos y sus sirvientes.’

‘en la realidad la policía tortura y usa la delación como sistema de inferencia.’

… la feliz conjetura que les había permitido usar la imaginación para solucionar un misterio real.

Croce: … leer detalles mínimos.
Deducción arriesgada. Inferencias hipotéticas. Conclusiones conjeturales.
Pensar con las categorías de su rival.

El destino verdadero de un kantiano es la escuela de policía.

La mente de Croce opera mediante asociaciones. … Participa de lo irracional y por consiguiente es la clase más alta del raciocinio, puesto que Croce no es esclavo de sus propias premisas. Puede recurrir y entregarse a las cadenas asociativas del pensamiento intuitivo, esa red milagrosa de símiles que el resto de nosotros hemos recubierto con el macilento vendaje enyesado del pensamiento consciente y racional. Por eso Croce es mucho más sofisticado en la resolución de cuestiones intrincadas, precisamente porque está mucho más próximo a los orígenes del ser de las cosas.

Saber antes de actuar.
La índole del objeto de examen debe dictar la índole de las pesquisas.
Hay que demostrar que las aparentes imposibilidades cruciales son posibles.

El arte del desciframiento es tan complicado, tan irregular, que apenas puede seguírsele llamando desciframiento. Yo propongo llamarlo el arte de la adivinación.

Nadie es dueño de sus pensamientos. No existe algo como las ideas propias, pensar es apropiado o no es apropiado. El pensar no tiene nada que ver con la propiedad privada, concluyó.

De no existir la ley, ¿vivirías del mismo modo?

Las apariencias no engañan, son la base de mi trabajo, dijo Croce.

Yo busco lo igual. El parecido en la superficie. El modo en que aparece y se manifiesta en lo similar y en lo que se repite, lo cierto.

El crimen es cuestión de diagnóstico. ¿Qué es un diagnóstico? He ahí la cuestión.

La condición de todo comportamiento criminal es la inacción. Moverse poco, la lógica del menor esfuerzo es la base de la actitud delictiva.

El vigilante, el que vigila, ¿qué?, o mejor, ¿a quién?

Hay que distinguir entre el ver y el decir, afirmó Croce. Son modos distintos de acceder a la verdad, dos regímenes de conocimiento.

Luego tengo que decir lo que he visto.

Gana el que puede correr más despacio y el que alcanza último la meta. Hay que llegar tarde, concluyó Croce.

Cualquier chichipío kantiano debe mojarse las patas antes de deducir las categorías trascendentales del pensar.»

ecos de dos exposiciones en Bogotá

En la Luis Ángel (en la zona de arte contemporáneo) hay una exposición que resultó ser mucho más interesante de lo que tal vez cabía imaginar: Imagen Regional 9, Territorios guardianes.

Varias curadurías yuxtapuestas (con temas muy sugestivos: Ofrendas y prácticas ancestrales, Alimentos, Humano no humano, Arquitectura, utopías y distopías, Cuerpo y tiempo, Opacidad y Cultura material) y una cantidad inmensa de obras, casi todas de artistas muy jóvenes.

Naturalmente, en una exposición de esa índole hay de todo, y seguramente no vi (o no supe interpretar) algunas obras muy interesantes. Pero lo que me llamó la atención, lo que fijó mi mirada, me impactó mucho.

Los jóvenes seleccionados parecen estar muy a tono con problemáticas globales, pero muy ancladas en sus territorios. De alguna manera logran enlazar temas como la destrucción sistemática del medio ambiente, la historia de colonizaciones sucesivas, la(s) definiciones o ausencias de definición de identidades corpóreas, la presencia altamente problemática del paisaje y su entretejimiento con situaciones culturales específicas de sus territorios.

He aquí una selección muy personal:


Paisajes invisibles. Territorios transformados. 2020

Yober Arbey Melo, de Nariño, usando tierras, arma estos paisajes quemados y destrozados:


Línea de tiempo: nuestra imagen histórica. 2019

Aurea Oliveira Santos. Reimaginando el pasado de Naguasá a North End.


Del proyecto La Fábrica. 2020

Natalia Isabel Pérez Villegas.


Otra Piel. 2019

Sebastián Meek.


Temporarios. 2016-2017

Lorena Gullo.


Morfología de la inclusión. 2015

Carmenza Banguera.


Sumergidos. 2019

Jair Galindo.


Paisajes contingentes. Estructura Etérea. 2017-2018

Mauricio Jaramillo Tabares.


silencio. 2019

Camilo Sabogal.


Estos últimos son daguerrotipos del páramo. Me parecieron particularmente poderosos.

La segunda exposición que vimos (en la Gilberto Alzate Avendaño) fue un diálogo imaginado entre Gustavo Zalamea y otros artistas: La ciudad es la utopía. Imaginado, pues parte de un texto de Zalamea, y las posibles respuestas de algunos artistas que fueron discípulos suyos.

El resultado es interesante y permite entrar en diálogo con el artista a través de sus proyectos que combinaban acción pedagógica, líneas extendidas en el tiempo, gestos repetidos y muy contundentes. El video (que ya habíamos visto hace un par de meses en Al Romero) del artista interviniendo las fotos proyectadas gigantes en la Plaza es sumamente fuerte.

He aquí unos trozos de un cuadro maravilloso que se puede ver en este momento:

pieza decorativa de la colección del dacr. 2005

A mí sorprende siempre su capacidad de generar visiones icónicas de tantos elementos: la Catedral, la Plaza, los cerros Monserrate y Guadalupe, la figura reclinada, la ballena, el mar.

Mensajero a los 15 años

En facebook y en twitter hay gente que cuenta cuál fue su primer trabajo. A veces no es tan fácil la respuesta, pues mucha gente primero trabaja ayudando a algún negocio familiar pero sin hacer parte de una «nómina» ni nada semejante.

Vi que Alejandro Farieta (que fue alumno mío en una de las lógicas de la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional, hace ya dos décadas y hoy en día es profesor universitario de filosofía) preguntó y contó que había sido mensajero a los 14 años. Recordé por estos días que también tuve un trabajo de ese estilo, por un mes. He aquí lo que contesté a Alejandro (ligeramente editado y muy aumentado).


Tuve un trabajo de mensajero (durante un mes) en las vacaciones de 1983, a los 15 años, en una fábrica de muebles (que ya no existe, y que quedaba al frente de la Universidad Nacional, al sur de la 26). Fue un trabajo real (nómina, cheque, etc.), pero debo aclarar que lo hice para ahorrar algo para regalos de navidad. Se fue buena parte de ese cheque en discos de música barroca (discos LP, eso fue antes de los compactos).

Hay otro punto que me parece importante al recordar esas vacaciones, el trabajo de mensajero (largos momentos de ocio salpicados de tener que correr; un par de veces hasta el centro de la ciudad, la mayoría de las veces dentro de la fábrica de muebles o a bancos cercanos o a traer mediasnueves – las conversaciones de las secretarias, el coqueteo pesadísimo de los tipos de la oficina con las secretarias, los chistes de doble sentido permanentes, la manera como les quedaba difícil ubicarme a mí que claramente estaba en algo fuera de mi «lugar usual»). Aunque la mayoría de gente de mi colegio jamás habría hecho ese tipo de trabajos, y aunque yo mismo lo hice sobre todo para tener independencia económica y darme gusto comprando discos de música barroca – es decir, mi situación de «trabajo» no era como la del 99% de la gente en Colombia, que hace esos trabajos para poder comer y ayudar a sus familias – aunque todo eso sea cierto, yo valoro mucho esa experiencia. Fue aburrido (los tiempos muertos sobre todo; y si sacaba un libro mi yo inseguro de los 15 años sentía temor de lo que opinaran quienes trabajaban _de verdad_ en ese lugar) pero creo que fue importante. Quedé con mal sabor, en parte por ver tanta miseria humana en los chistes, el morbo, el asqueroso jefe que se metía con las secretarias. Yo iba recomendado por alguien cercano a los dueños entonces estaba como una especie de rueda suelta y no sufría esos rigores de acoso laboral, pero los vi a una edad bastante impresionable. Hoy en día, creo que un paso así debería ser casi obligado para todos los que (como yo) crecimos en hogares que proveen todo lo básico (mi papá era profesor en la UNAL, mi mamá en esa época trabajaba en Ingeominas). Los colegios (incluso esos que como el mío tratan de mitigar la cultura gomela) privados son un desastre absoluto para la formación humana de la gente, y ese paso por un trabajo abre mucho los ojos, así sea tan tangencial como ese noviembre/diciembre mío.

Ah… recuerdo mucho el radio. Era fundamental. Ahí escuché de la muerte de Marta Traba, por ejemplo. En mi casa era un referente. Entre mis colegas de ese mes, claramente no. Quedé aterrado, obviamente. Los de la oficina no creo que supieran quién era Marta Traba, pero la magnitud del accidente sí que la comentaron esa mañana horrible.

Nunca me he reencontrado con quienes eran mis colegas en esa fábrica: llegó Navidad, luego algún viaje familiar y el retorno al colegio, a Quinto de Bachillerato, y otro tipo de preocupaciones. Como que cerré esa etapa. Me pregunto hoy qué sería de todas esas personas que de alguna manera me ayudaron a entender cosas importantes.


Agregado después: ahora recordé que otra persona que trabajaba ahí resultó saber mucho, muchísimo, de música clásica. Había estudiado en el Conservatorio y los rieles extraños de la vida lo habían sacado de ser músico; había terminado ahí en una oficina terrible. Él me insistía mucho en lo elitistas que debían ser los músicos. Yo a esa edad odiaba todo lo que sonara a elite y discutía con él (igual yo no sabía mucho; él era de esos que parecían haber visto a todo el mundo ahí en el gallinero del Teatro Colón). Había un viejito igual a Andrés Patricio el de la serie Don Chinche: un cachaco viejo medio arruinado vestido de negro. Antipático me parecía. Había otro mensajero que no era joven (debía tener 30 años; a mis 15 eso era un vejestorio) y con quien me tocó ir al Centro un par de veces a llevar cartas o paquetes. Recuerdo mucho que al pasar por la Calle 18 abajo hacia la Décima ese mensajero saludaba a las putas en el andén. Yo debía quedar absolutamente rojo al ver eso a esa edad; era un mundo totalmente ajeno al mío. Él se daba cuenta y me hacía preguntas maliciosas, que yo no sé bien cómo contestaba. Yo ahora creo que a la vez me generaba curiosidad y temor el roce ligero con un mundo tan distinto al mío. Era simplemente esa cuadra entre la Novena y la Décima, caminando de bajada a coger un bus de regreso. Creo que mi pulso cardíaco se aceleraba mucho, pero luego se calmaba al llegar a la Avenida y coger el bus de regreso a la fábrica.

Había una especie de competencia soterrada entre las dos secretarias de la oficina. No entiendo bien por qué sería. Algo con el jefe que permanentemente las asediaba, no sé. Yo era tan ingenuo en esa época que simplemente registraba todo lo que ante mis ojos corría como un teatro.

En realidad la tenía fácil: iba con mis papás en el carro hasta la Universidad Nacional. Me bajaba en Química, donde trabajaba mi papá. Iba caminando hasta el borde del campus, cruzaba el puente, caminaba un par de cuadras, y ahí llegaba al trabajo. La vuelta podía ser también con mis papás o a veces si no coincidía el horario, en alguna buseta hasta la casa lejana (Cedritos).

Tal vez el recuerdo que más me asusta y aterra es el de los tiempos muertos. Ser mensajero es estar a la espera de algo que hacen otros. Entonces es correr con urgencia a alguna parte o esperar. Yo siempre he odiado esperar. Llevaba mis libros, obviamente, pero me parece que no era muy bien visto por el jefe o los demás empleados que sacara algún libro de lo que leía en esa época. Me tocaba básicamente estar ahí, pendiente de lo que fuera necesario. Esa literal tortura (desde entonces, mis trabajos siempre han tenido una componente central de hacer cosas, liderar temas, mover o colaborar) de la inactividad forzosa es algo que me causa aún horror en el recuerdo.

Museos difíciles

En el verano de 2009 tuve la oportunidad de ir por primera vez a Polonia. Había dos congresos: uno en Wrocław, el otro en Będlewo. Wrocław es una ciudad histórica impresionante, Będlewo un pueblo muy sencillo, pero ahí está el Centro Banach de la Academia de Ciencias.

Por temas de vuelos y organización de otras cosas, tenía diez días entre eventos. Decidí ir a Cracovia unos días antes de los dos congresos, y de paso conocer esa ciudad mítica.

La ciudad de Copérnico, la ciudad de tanta magia, la ciudad judía, la ciudad de una película famosa de Kieślowski: La doble vida de Verónica. Una ciudad que había logrado sobrevivir en gran parte la destrucción de la II Guerra Mundial, y donde el antiguo Kazimierz, el gueto judío, se podía visitar.

Cracovia parecía un lugar ideal para dar vueltas, ir a museos y hacer mucha matemática en los jardines cerveceros de verano o en los cafés.

Y en gran parte lo fue (hay que aprender a evadir el corredor turístico, pero la ciudad tiene mucho, muchísimo).

Pude trabajar bastante en dicotomías conjuntísticas en teoría de modelos, pude refinar una demostración elusiva, pude apreciar buena comida y escuchar buena música. Me quedé primero en un hostal un poco ruidoso – conversaciones muy interesantes – pero yo necesitaba concentración y paz. Me fui a caminar a los Tatras, a Zakopane. Me perdí en los Tatras un día con mucha lluvia (me perdí en un lugar donde un amigo polaco caminante (y matemático: Roman Kossak) dice que es imposible perderse; yo le dije que con aguacero sí se pierde uno ahí).

Al estar en Cracovia, hay un tema fuerte que siempre está cerca: Auschwitz. La Oświęcim polaca, el lugar infame.

No sabía si ir o no a visitar el lugar.

En Cracovia por todos lados hay letreros que dicen «Auschwitz Tour» o «Visit Auschwitz».

Eso ya de por sí es muy raro. Es entendible y en parte es casi una obligación. Pero por otro lado la comercialización de un lugar donde fueron asesinadas tantas, tantísimas personas (inclusive familiares cercanos de amigos cercanos), de alguna manera me generaba una incomodidad muy fuerte.

Dudé mucho. Pensaba: uno debe ir a pagar su respeto a las víctimas de uno de los peores actos de toda la historia de la humanidad. A la vez pensaba: «pero no quiero ir en un tour de estos, en un bus con turistas de todas partes, como quien va a ver algo atractivo». De nuevo dudaba: «pero debería ir».

Al final decidí no ir. Pero estuve a punto de hacerlo. Hoy en día a veces pienso que debería tal vez haber ido. Pero a veces creo que estaba yo pasando por un momento difícil de mi vida, y no era conveniente ir. Y ciertamente, algo me repugnaba en la idea de ir a meterse en un tour y ser guiado por allá. Demasiado personal para eso, tal vez.Hoy pensaba en esos museos (Holocausto, 9/11, Gorgona, Yad Vashem) y su importancia, en parte por un hilo impresionante de Jacqueline Goldberg en twitter sobre su 11 de septiembre.

Creo que son museos importantísimos, y creo que a veces hay que forzarse a sí mismo a visitarlos. A veces. Pero también defiendo que no en todo momento puede uno ir allá, sobre todo si de alguna manera puede reactivar en uno situaciones problemáticas.

Auschwitz de alguna manera lo llevan dentro muchas personas que me son muy cercanas. Por sus abuelos o tíos, por sus propias vivencias. Todo brutalmente personal (y a la vez fruto de un experimento atroz de destrucción de cualquier resquicio de dignidad de persona).

De alguna manera siento como si en la negación de ir hubiera estado rindiendo otro tipo de homenaje a la memoria de tanta gente. Fueron días intensísimos ahí en Cracovia. El no-ir o ir o no-ir se me convirtió en un dilema insoluble. De alguna manera creo que fue mejor no ir (esa vez).

Tal vez algún día iré.

Caballero: erotismo, muerte, pasión.

He aquí una serie de trinos de estos días:


Hacia 1990, hubo una exposición de esas con rifa de dibujos o litografías de varios artistas. No conozco el contexto exacto. El hecho es que después de vueltas de la vida terminó una litografía de Caballero en mi estudio de Chía (temporalmente). No conozco el título.

Se puede leer como una gigantesca orgía. Pero el dibujo básico, la composición, sugieren además ríos, vórtices, montañas. La dinámica es impresionante.

Vista como «paisaje abstracto» surgido de los cuerpos entrelazados, la litografía de Caballero evoca de manera obvia montañas de por aquí, nudos y ríos y temblores.

También evoca obviamente la larguísima historia de iconografía religiosa: pasión de Cristo en la cruz, San Sebastián, muchos otros mártires. Margarita Kurka-Malagón tiene estudios buenísimos del tema.

Los detalles (la mayoría de estos posts) son increíbles. La composición global es extraña y fuerte. La gente casi no comenta nada cuando la ve (a menos que sean, como Margarita, grandes conocedores de la obra de Caballero y sus muchas lecturas posibles).

Hace unas pocas semanas, decidí fotografiar los detalles de la litografía. Principalmente para entender mejor esa obra que veo todos los días cuando estoy en Chía. Fotografiar detalles, ampliarlos, me ayuda a ver cosas que no son tan fáciles de detectar al ver el conjunto.

Por otro lado, empecé a ver el cuadro un poco más como paisaje abstracto, formado por los cuerpos. He estado dando muchas vueltas por zonas de Cundinamarca en estos últimos meses, y poniéndole mucha atención a los pliegues de montañas, a lo escondido ante nuestros ojos.

El cuadro se lo había ganado en esa rifa mi suegro, hace ya mucho tiempo. Estaba colgado en un muro muy alto, no se alcanzaban a ver los detalles bien. A él y su esposa les encantaba ese cuadro. Otros familiares podían quedar un poco perplejos (un tío se permitía hacer chistes medio flojos pero no particularmente ofensivos, refiriéndose sobre todo a lo confuso de la composición. Preguntaba «¿pero cuál se está gozando a cuál?» Luego, por varios trasteos, muertes, etc. el cuadro quedó medio en bodega.

Hace unos meses organicé mi «estudio de pandemia» aquí en Chía. Una biblioteca, la vista a los cerros, una buena mesa, un vitral que hizo María Clara para su padre y… el Caballero.

El cuadro al quedar a altura de ojos cobró nueva vida. María Clara, mi esposa, me ayudó a verlo como un gran paisaje. Y poco a poco, el cuadro empezó a revelar sus propios detalles íntimos, como sucede con los paisajes de montaña del altiplano. Miles de pliegues que uno nunca había visto. Sucede con los cerros bogotanos. Sucede con los montes de Fonquetá, y con toda Cundinamarca.

El cuadro de Caballero empezó a coger ritmo ante mis ojos, a vibrar como nunca antes.

Entonces decidí fotografiarlo para entender mejor los trazos, las oscuridades, las luces, las tensiones.

Más allá de esos cuerpos evidentemente en gran éxtasis, hay tensión y posiblemente dolor. Tal vez incluso miedo a la muerte, y necesidad de atrapar el instante. No se ven las cabezas; estas están como atrapadas en alguna otra realidad.

Cuando murió Antonio Caballero, recordé esas fotos que había tomado de la obra de su hermano Luis.


Videos de Gustavo Zalamea

En el Espacio Al Romero Natural (de Alejandra Romero y Miler Lagos) vimos hace unas semanas una retrospectiva con los videos de Gustavo Zalamea.

Zalamea murió hace 10 años en Manaos, durante un viaje investigativo por los ríos de la región amazónica. Yo conocía bastante parte de su obra, sobre todo los grandes lienzos en que ciertos temas, verdaderos motivos en sentido amplio, aparecen una y otra vez: la Plaza (de Bolívar de Bogotá), la Catedral, el Capitolio, la ballena y el mar, los cerros de Guadalupe y Monserrate, la faz de Bolívar también. Emblemas simbólicos fuertes, como en este cuadro (Retrato de Bolívar) en la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta:

Sus videos parecen ser mucho menos conocidos. Por eso era particularmente atractiva la idea de ir a ver esa retrospectiva completamente basada en estos. Durante una de nuestras venidas a Bogotá, terminamos organizando visita.

Estaba Julián Zalamea, artista, el hijo de Gustavo, en el espacio Al Romero Natural. Fue interesantísimo poder hablar con él sobre la obra de Gustavo, sobre la manera como inicialmente de la mano de su hijo fue llegando al video – y poder ver varios de los videos.

Ver la obra de un artista en un medio poco acostumbrado genera una sensación de desplazamiento interesante. A veces uno se pregunta si la calidad va a sobrevivir el cambio de medio.

En el caso de Gustavo Zalamea, encontramos primero que todo algo muy lúdico y muy simbólico en sus videos. Son muy experimentales, acaso como las etapas iniciales de sus grandes lienzos. Deja percibir un carácter muy abierto al juego, a la risa, al ensayo y error. Había algo realmente refrescante en ese dejar ir las cosas sin excesivo control. A la vez, temas importantes como el ajedrez, las referencias al cine, a cine de muchos lugares, a los rostros y los cuerpos, a la caída y el rodar, están ahí, presentes. Pero también está la voz, y las caras, y la cercanía a sus familiares en su espacio. E imágenes que me hicieron por alguna razón misteriosa pensar mucho en Marguerite Yourcenar en L’œuvre au noir, en Flandes.

clips al azar


Hacia el final, aparece una serie mucho más lírica, mucho menos cargada de referencias – o con referencias de otro tipo. Se trata de Bocas de ceniza – Zalamea con un grupo de estudiantes, corriendo por la carrilera desierta del muelle infinito. Una de las imágenes más poéticas que cabe imaginar: un hombre corriendo detrás de un tren que –se sabe– no puede ir a ninguna parte.

Y el cuerpo humano como piel de escritura, como pergamino. Y el pintor dibujando sobre una proyección del barco de vapor que es el Capitolio en la Plaza [como un capitán al frente de un barco que se anega], y la cara de Marta Traba, y el pintor hablando con un grupo de estudiantes en la Plaza (que me recordó una clase abierta que hicimos en ese mismo lugar con su hermano Fernando).


El video final lo editó su hijo Julián. En Manaos, en sus últimos días de vida, Zalamea estaba filmando, acaso sacando material para algún nuevo trabajo. Filmó algunos de esos barcos del Amazonas o de sus ríos afluentes. Uno de esos clips es algo impresionante: una barcaza, casi una lancha, remolcada. El último clip, de pocos segundos, recuperado de la cámara después de la muerte del maestro.


Afortunadamente, todos estos videos están en línea y se pueden ver con calma: https://vimeo.com/user19395253

Ofrendas, libaciones y respuestas

Cuando un acto lo deja a uno perplejo, cuando una situación escapa a interpretaciones usuales, suele ser útil ir a la etimología. Más aún que el diccionario, la etimología suele revelar conexiones inesperadas y traslapes/traslaciones de significado mucho más ricas que los significados que están a la vista en nuestra miopía usual.

Eso pasó cuando fuimos al espacio Fragmentos recién inaugurado, hace casi tres años. De alguna manera había algo que no lograba yo capturar muy plenamente. La etimología de la palabra fragmento me ayudó a mí a entender de otra manera el significado brutal de ese espacio.

En estos días ha ocurrido (de nuevo) un fenómeno que se ha vuelto recurrente en nuestra época de redes sociales que capturan de manera inmediata, al vuelo, lo que va ocurriendo, y amplifican trozos del tiempo de maneras que a veces pueden asustar mucho a quienes fueron los gestores iniciales de dichos trozos amplificados. (En algunas mentes tal vez ingenuas esa amplificación descontrolada de frases o caras fotografiadas o momentos filmados marca el apogeo de la decadencia cultural; habría que preguntarse qué genera en ellos [sí, casi casi siempre son ellos y no ellas, casi casi siempre son señores blancos con heredada posición social, casi casi siempre son personas que desde cuna se acostumbraron a controlar a otras personas, a los «medios», y hoy entonan ese ronco y destemplado canto de cisne que no invita a ninguna compasión con ellos] ese miedo.)

El fenómeno que ha ocurrido tiene que ver con respuestas dadas al vuelo por políticos, con responsabilidad o falta de esta, y con su amplificación.

Dos ejemplos aquí, uno de hace ya tres años, durante la campaña presidencial pasada, el otro de ayer, al inicio del proceso electoral de 2022 en Colombia.

  • El 8 de junio de 2018, el entonces candidato Sergio Fajardo escribió un trino en el que anunciaba irse a «ver ballenas». Esto sucedió entre la primera y segunda vueltas de la campaña. Fajardo resultó tercero en la primera vuelta, y tomó la decisión de no apoyar explícitamente a ninguno de los dos candidatos que disputaron la segunda vuelta. Pero el tema de fondo que quiero señalar aquí no es esa decisión. Es la frase ir a ver ballenas. Por alguna razón, esa frase quedó fija en el imaginario colombiano, y desde hace más de tres años es recordada por muchas personas, desde opositores políticos de Fajardo hasta gente que sin saber muy bien el origen usa irse a ver ballenas como una respuesta que encapsula el abandonar un proceso en el medio. Un soltar la responsabilidad – un capitán que abandona el barco.
  • El 30 de agosto de 2021, ayer, el candidato actual Alejandro Gaviria alegó estar con sueño y cansado como justificación de una sorprendente entrevista que dio a los medios en la mañana del mismo día. De nuevo, interesan poco aquí los pormenores de esa entrevista (un apoyo a un economista de ética dudosa y políticamente muy problemático). Me interesa la cuasi-ingenuidad de la respuesta de Gaviria. Estar con sueño y cansado es algo que nos sucede a todos los seres humanos, por lo menos una vez al día. Aceptarlo llanamente muchas veces es la mejor explicación posible para no hacer algo que otros quieren que uno haga, o sencillamente justificar alguna respuesta. Pero a veces no: jamás aceptaríamos de un piloto que nos justifique un error de aviación (si llega a sobrevivir) con un estaba con sueño y cansado. No lo aceptamos ni siquiera de un conductor de auto. Algo tan humano y tan común puede ser inaceptable en muchísimos casos. En un político como Gaviria está al borde de lo inaceptable.

Ambas son respuestas plausibles. Otra de esas respuestas (busque en google, dada por Fajardo durante su campaña de 2018) es, de nuevo, algo que muchos hemos dicho mil veces y seguramente diremos muchas más. Para nadie es un secreto que la mayoría de datos están ahí, en la red (a veces un poco más lejos que donde llega google, pero eso es otro tema), y que lanzar preguntas o tener que responder a cuestiones fácticas no es algo que nos guste particularmente a quienes trabajamos primordialmente con el intelecto.

Saber algo muchas veces es tener una idea, una imagen, pero no necesariamente los detalles, aunque sí saber reconstruirlos. Muchos teoremas que conozco bien, incluso teoremas que yo mismo he demostrado, a veces tienen detalles que no recuerdo y que me toca ir a verificar en el artículo o en mis notas o (incluso a veces) en google. Y si un estudiante o colega me pregunta cómo se demuestra tal cosa, dependiendo de lo que sea, mi respuesta puede variar entre dar una idea general, o decir «busquemos en el ArXiV», o decir «espere le pregunto a Misha o a Tapani», pues sé que hay un detalle clave que ellos saben y no está en los artículos, o (si el teorema es más remoto) decir «ni idea; pregúntele a Fulana que sí sabe». Incluso sucede con frecuencia que después de dada mi respuesta, unos días después me asalte una duda y escriba yo un mensaje a quien preguntó «mejor ensaye tal camino que le permite evitar tal trozo engorroso de la otra idea».

Al responder nos tomamos los académicos el tiempo de pensar, y muchas veces preferimos la respuesta honesta incompleta a una «respuesta» rápida pero deshonesta y supuestamente completa. Aprendemos a desconfiar instintivamente de respuestas demasiado inmediatas – esas las dejamos para otra gente, para quienes gustan de programas tipo Quién quiere ser millonario. Desde nuestra más temprana formación nos han inculcado nuestros mejores maestros el valor enorme de la duda y el cuestionamiento, y nos encargamos de re-instilar esa duda en nuestros mejores estudiantes.

Pero la respuesta que da un político (o la de un piloto, o incluso la nuestra al manejar un carro o salir a la calle en un lugar atestado de gente) es otra cosa. Me preguntaba yo qué pasa con respuestas como las de los ejemplos de Fajardo y Gaviria, por qué generan tanta inconformidad y desazón, por qué terminan siendo replicadas, aumentadas, avvilite e calpestate, por tantos trinos y voces. Por qué la respuesta perfectamente legítima en clase de teoría de modelos se puede volver absolutamente absurda durante una entrevista o en un debate electoral – así como la rapidez necesaria al pegar un timonazo respuesta a alguien que se atraviesa mientras uno maneja un carro puede ser totalmente ridícula en una discusión académica seria.


Respuesta / responder viene de re- y spondere. El verbo spondere / spondeo en latín significa «comprometerse con algo», garantizar, hacer votos. De ahí provienen palabras como esponsales y esposo/esposa, y es clara la conexión con responsabilidad. El origen proto-indoeuropeo parece ser spondéyeti (hacer un ritual), de donde viene el griego antiguo σπένδω (hacer libaciones). La palabra inglesa sponsor proviene de ahí también: el patrocinador o garante de algún proceso.

Tal vez lo más bello de esa rama indoeuropea es su inicio en las libaciones y ofrendas. Uno no se puede dar el lujo de hacer mal las ofrendas a los dioses. Capítulos enteros de la historia de la humanidad han sido interpretados a lo largo de muchos milenios precisamente en términos de libaciones mal ofrecidas, de spondéyeti mal recibido.

En el mundo actual todo eso se juega de nuevo. El público que retuitea ad infinitum una «respuesta» mal dada, una percepción de no estar al frente del juego de la manera correcta (como el piloto que no está pendiente en el momento crucial) está jugando exactamente el mismo papel que el dios que decide recibir la oferta de Abel a expensas de la de Caín, o del dios griego ofendido por falta de responsabilidad percibida.

Al igual que el dios que no recibe ofrendas agrícolas (de Caín) y prefiere el jugoso y grasoso asado (de Abel), el público es muy injusto. Pero esa injusticia no quita a esos políticos (por muy académicos que hayan sido; el caso de Sergio Fajardo es el de alguien que hizo matemáticas a muy alto nivel) la obligación de responder dentro del juego en que se supone que están.

Libaciones al dios Baco

Canto VI: los golosos, la lluvia fría, la podredumbre

… Io sono al terzo cerchio, de la piova

etterna, maledetta, fredda e greve;

regola e qualità mai non l’è nova.

Grandine grossa, acqua tinta e neve

per l’aere tenebroso si riversa;

pute la terra que questo riceve.

En este fragmento del Canto VI de la Commedia, Dante se refiere al tercer círculo del infierno, el de la lluvia eterna, maldita, fría y abundante. Nunca cambiante. La imagen la completa con el mal olor de la tierra (pute la terra che questo riceve), con el hedor constante.

A primera lectura este castigo (contrapasso) es sorprendente. Se trata del círculo que recoge a quienes cometieron el pecado de la gula. Y más adelante hay una referencia tal vez más concreta a este, con el can Cerbero que traga y despedaza a las sombras de ese círculo; de ser golosos pasan a ser engullidos, por la eternidad.

Pero uno se pregunta ¿por qué la lluvia eterna? ¿Qué conexión hay entre la lluvia y la gula, entre el engullir en exceso y el ser castigado siendo sometido a una lluvia por la eternidad, fría y eterna?

En su edición y notas de una traducción de la Comedia (a cargo de Jerónimo Pizarro y Norman Valencia), el escritor y ensayista Humberto Ballesteros nos da una clave importante: algo huele mal, algo hiede en la ciudad de Florencia. El hedor permanente aparentemente relacionado con la lluvia excesiva está relacionado con la gula, pero triangulando el canto está la aparición de Florencia. El primer florentino que se encuentra Dante en su bajada, Ciacco.

Florencia (y su decadencia y hedor en tiempos de Dante), la lluvia, la gula. La guerra civil, la destrucción social en su ciudad… y los golosos y el hedor y lluvia en el castigo.

De alguna manera logré entender un poco más al superponer ayer tres cosas: la lectura del Canto VI, el haber visto la película La cordillera de los sueños de Patricio Guzmán y el haber visto el horror de una cementera en Suesca.

Pues de alguna manera la gula, la verdadera gula, está en todas partes en nuestra sociedad podrida, en nuestro planeta tan similar en sus problemas a lo que vivió Dante en su Florencia medieval (anterior al esplendor). Una sociedad de la gula entronizada, de la gula cantada, de la gula jamás cuestionada.

Una cementera gigantesca justo en medio de un pequeño pueblo andino otrora dedicado exclusivamente a la agricultura y al turismo de escaladores. El 80% del territorio de Chile en manos privadas, gran parte de sus recursos extraídos y sacados en trenes fantasma nocturnos. El mundo entero poco a poco totalmente contaminado como el suelo por la lluvia del Canto VI, fétido y eterno.

Un recuerdo brutal de todo eso lo podemos ver hoy, a mediados de julio de 2021, en pleno corazón de Europa Occidental, en la región de Valonia en Bélgica y Renania alemana; en Suiza y Holanda también (estas imágenes muy brutales de las inundaciones en esos cuatro países).

La lluvia que termina convirtiendo todo en un lugar de pestilencia; causada en gran medida por la gula extrema de nuestra sociedad (la sociedad que entroniza el crecimiento económico – y su acumulación de basuras/pestilencia; la sociedad que endiosa a la «productividad» como bien supremo). La ruina y pestilencia de Florencia, la corrupción de sus habitantes.

li cittadin de la città partita;

s’alcun v’è giusto; e dimmi la cagione

per che l’ha tanta discordia assalita”.

Sì traspassammo per sozza mistura

de l’ombre e de la pioggia, a passi lenti,

toccando un poco la vita futura,

(Sí: tocando un poco la vida futura cuadra perfectamente…)

A dialogue :: Two draughtsmen (Roldán/Ortiz)

We went to see an exhibition of two artists we like at Galería Casas Riegner, in Chapinero: Luis Roldán and Bernardo Ortiz.

The exhibit was set up in the form of a “dialogue” between the two artists. The curators seem to have (on purpose) left with no label the individual works, perhaps assuming a visitor would just follow the line of dialogue, with as little reference as possible.

After a while, the two individual voices start to emerge more clearly, more precisely, and a kind of counterpoint slowly fills the initial void. Two men (photos taken from the web, Roldán in a dotted shirt, Ortiz in a striped polo), two different generations, a bit like a cello in duo with a clarinet: Roldán (born in 1955) emerges as a somewhat darker voice, perhaps more grounded and firmer, perhaps only; Ortiz [born in 1972) brings an extremely fine-threaded element, a treble playfulness, a pleasure in attention to detail and touch.

At some point, I was taken by Roldán’s own personal reading of classical American painters. He sketches with gouache on top of Hopper, Cassatt, Wood, etc.; blocking view and thereby bringing out what he sees, what is in view, that element that is maybe just a corner of a painting, that center of image taken away, that small element of a classical painting that is perhaps responsible for the iconicity of a work.

Consider the “Hopper” just above, redrawn by Roldán. Only the tip of the chimney remains of the “original”. The shadow of the house is still there, as in a mist, as in a sketch. The ground is slightly more illuminated, more openly drawn.

Just as in this reinterpretation of Hopper’s House by the Railroad, Roldán has a whole collection of classical American painters, redrawn this way. One could spend hours in just that part of the exhibition. Here is a small selection:


After such a strong statement by Roldán, what is Ortiz’s response?

Subtlety. The power of the line. The amazing emergence of landscape from almost nothing, from a bunch of lines drawn with a pencil on a piece of paper. Each individual line extremely lonely and akin to a mark you or I would make to signal, shyly, some end of a list, some mathematical closure, the most trivial idea.

Yet look at the field of forces that suddenly starts to form when all those “shy” lines start playing:

And let the whole game go through:

An amazing landscape, reminiscent of so many mountains around us here in Colombia perhaps, has emerged. I re-photographed it with another kind of illumination, so as to get the shadows:


The two previous are just the beginning of a dialogue. Here is some more (as you walk the gallery you may allow your mind be engaged by the two voices; look at the folds, at the reconfiguration of dramatic vistas from apparently innocuous elements, the power of lists, the edges of paper, the trace of the hand cutting holes in paper, almost elementary school-like, yet so powerful amidst this wonderful explosion – also, try to guess who’s who but also allow yourself to forget individualities – in my case, one of the works completely took me by surprise when I was told who is the author):


There is much more, of course. This rather narrow description I gave just tries to capture the emotional state such a dialogue may perhaps create in a viewer. I was extremely moved.

I close this small tribute to their dialogue, to their fused (and at times opposing) voices with images of a work (made with threads on fabric) that made me feel the weight of our times, the difficulty of our age, the oppression of lists and of statistics and daily numbers – and at the same time allowed my mind to find a path to fly beyond our dirt. Here it is:

Nacidos el 8 de junio.

Este es un post triste, homenaje a dos personas que (como yo) nacieron un 8 de junio, y que murieron por el covid durante junio de 2021, este mes que ha sido tan aciago en muertes en nuestro país.

No es tan común encontrarse con gente que nació el mismo día que uno, y que además de alguna manera lo celebra cada vez que uno los ve, cada vez que los veía yo. Pero así era con Rodrigo Cortés (nacido en 1945) y con Yuri Poveda (nacido en 1968, el mismo año y el mismo día de nacimiento mío). En cada reencuentro con ellos al rato salía, de manera un poco jovial, el tema del famoso 8 de junio y era ocasión de risa. A veces algún comentario de orgullo auto-irónico sobre las supuestas “multiplísimas cualidades” (sic) de quienes naciéramos en esa fecha, matizado por otros mil temas tal vez más importantes.


Rodrigo Cortés era músico, graduado del Conservatorio en piano (además de graduado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional, tema en que se desempeñó laboralmente toda su vida), y para él como músico era importante evocar a ese otro nacido el 8 de junio, Robert Schumann. Siempre lo mencionaba con un toque de pequeño orgullo de reunión familiar, a ese ilustrísimo nacido el mismo que él, el mismo día que nosotros…

También era tío de María Clara, un hermano menor de su padre, uno de los siete Cortés Bruschi. Era sobre todo un optimista impresionante. Lo vi en reuniones familiares tocar fragmentos de Schumann, de Brahms, de Haydn. Siempre parecía estar estudiando algo nuevo, tener algo en mente. Alguna vez, hace pocos meses, supo que yo andaba estudiando (a un nivel totalmente básico, amateur) algo de piano, y me hizo algunas recomendaciones buenísimas. No sabía yo que serían las últimas que daría. Había ironía siempre al hablar con él, y cuando algo lo decía en serio, podía traer tanta carga mezclada de esa misma ironía que uno no sabía bien qué era qué, qué era lo serio y qué no. Siempre parecía seguir estudiando algo.

En 2017 convocó él a una gran reunión familiar de los Cortés Bruschi, una de esas reuniones gigantes donde aparecen muchos primos e hijos de primos que uno no conoce o no conocía grandes; aparecieron primos violinistas de Villavicencio, una prima ecologista, otra casada con un empresario, otros cuyos rumbos parecían más lejanos de lo que uno creía, y estaban ahí no más en el gran mapa de intereses sociales. Incluyo un retrato que le pude tomar a Rodrigo durante esa reunión.

Rodrigo Cortés Bruschi (1945-2021)

Yuri Poveda era exactamente de mi generación, día por día. Nos dio mucha risa algún 8 de junio en que, siendo estudiantes de pregrado en Matemáticas en la Universidad Nacional, nos dimos cuenta de la coincidencia de cumpleaños, supimos que habíamos nacido el mismo día. No sé si en la misma clínica, hasta esa averiguación no llegamos.

De alguna manera la jovialidad típica de esos años esperanzados en que veíamos Topología con Jairo Charris, o Análisis Funcional con Jaime Lesmes, o coincidíamos en algún seminario de categorías, en un VialTopo o en un viaje a un congreso en Medellín, se confunde con el recuerdo de esa época. Hablábamos y hablábamos, como lo hacen los estudiantes de pregrado, sobre mil temas posibles. Confluían otros estudiantes (Arnold Oostra, Gonzalo Medina, Marta Lucía Cadavid) en ese mundo abigarrado, lleno de las dudas e las inseguridades de los estudiantes de matemáticas. Al hablar con Yuri y compartir vivencias de manera directa y jovial, yo no sabía bien que una persona tan compleja se estaba formando ante mí. Terminé la carrera y me fui por otros rumbos, terminó Yuri su carrera y no supe hacia dónde siguió…

Por un tiempo. Al cabo de unos años, cuando mi padre era Secretario de Educación de Bogotá durante la primera administración de Antanas Mockus (y de Paul Bromberg cuando Antanas renunció sin terminar para lanzarse a una candidatura presidencial peregrina), reapareció Yuri. Me dijo mi padre que con él, en su equipo, estaba trabajando alguien que había estudiado conmigo, y que además había nacido un 8 de junio. Claro, al ver su hoja de vida, con la fecha de nacimiento 8.6.68, mi padre debió reaccionar de inmediato pensando que esa era la fecha mía también. Pero que además hubiera estudiado Matemáticas en la Nacional ya era mucha coincidencia [agregado después: la coincidencia de fecha de hecho es triple: Gonzalo Medina entró a la carrera de matemáticas ese mismo semestre y ¡también es del 8 de junio, aunque de 1969!]. Yo en ese momento andaba de postdoc en Jerusalén, y confirmé que había estudiado con Yuri. Después supe que había sido un paso muy feliz, al menos para mi padre cuando armó su equipo de trabajo. Yuri le hablaba de teoría de categorías aplicada, de haces y topos – mi padre no era matemático, pero sabía de la importancia de esos temas por conversaciones en la casa, por conferencias a las que iba y conversaciones que tenía con personas como Xavier Caicedo… y por su propia lectura de ensayos de Fernando Zalamea.

Luego Yuri siguió su carrera de lógico categórico, con su doctorado en Buenos Aires (bajo la dirección de Eduardo Dubuc) y conferencias sumamente interesantes en eventos en que lo encontraba.

Una vez me llamó para contarme que estaba de vicerrector de la Universidad de Cundinamarca, viviendo en Fusagasugá por un tiempo, y que quería que hiciéramos convenios con la Universidad Nacional en Bogotá. Llegó a un restaurante vestido con traje de vicerrector, con chofer oficial, y hablamos un buen rato sobre el convenio posible… y sobre mil temas más (lógica categórica, haces, topos, sociedad, arte – sobre nuestros maestros locales Xavier Caicedo y Fernando Zalamea, sobre mil temas). El convenio creo que salió (luego pasó a manos de las oficinas que hacen esos convenios), pero lo más importante era que nuestra antigua amistad insegura y titubeante de estudiantes de pregrado se había transformado, muy en el espíritu de un gran haz, a través de nuestros pasos respectivos por Buenos Aires y Jerusalén, en otra amistad muy distinta. Entre el flamante vicerrector lleno de ideas, siempre guiado por esa felicidad con la que andaba, y mi yo de ese momento.

Luego eventos, sobre todo el magnífico Festschrift Zalamea, y proyectos (qué tal día cuando vaya a Pereira tal cosa, que si cuando vuelva a Bogotá podemos tal otra cosa, que si hablamos con tal persona podríamos)… hasta que la semana pasada todo eso quedó suspendido de manera trágica.

Hacía poco lo había visto en sesiones de zoom de eventos; es casi irreal dentro de la irrealidad en la que vivimos desde marzo de 2020 saber que el covid acabó con esa vida, en este terrible junio de 2021.

En una sesión hermosísima que organizaron el domingo pasado sus amigos y colegas (en Pereira, Cali, Ibagué, Bogotá, Buenos Aires, …) alguien dijo en un momento dado algo muy fuerte:

El 8 de junio en Colombia tiene una historia muy ligada a la Universidad. Es el día del estudiante caído en Colombia. El 8 de junio de 1929 fue asesinado en Bogotá Gonzalo Bravo Pérez, estudiante de la Universidad Nacional, durante la marcha de protesta por la masacre de las bananeras. El 8 de junio de 1954 fue asesinado en Bogotá Uriel Gutiérrez, estudiante de la Universidad Nacional, durante la marcha en conmemoración de los hechos de 1929. [Y el 8 de junio de 1973 fue asesinado en Medellín Luis Fernando Barrientos, estudiante de la Universidad de Antioquia, en una marcha en conmemoración de los asesinatos anteriores.] Un hilo tan trágico atado a esa fecha se puede ver de manera positiva: ¡los nacidos el 8 de junio son eternos estudiantes!

Esas bellísimas palabras (creo que de un tío de Yuri, pero no recuerdo exactamente) durante el evento son muy justas. Creo que hay coincidencias bellas ahí. En muchos sentidos, Yuri sí que logró ser un estudiante toda su vida, una persona en transformación, un matemático con ideas profundas que a la vez sabía comunicarlas a gente muy distinta (un antiguo estudiante suyo de un curso de Álgebra Lineal para ingeniería me comentaba cómo Yuri lo motivó a decidirse por estudiar matemáticas). Su tesis de maestría con Fernando Zalamea y su tesis doctoral con Eduardo Dubuc fueron mojones importantes de ese camino. El recuerdo más hermoso es tal vez su alegría, la luz que llevaba con él (y que brillaba mucho cuando evocaba a sus hijas), la risa que compartió y tuve la fortuna de conocer desde el pregrado hasta la última vez que lo vi en este mundo.

Esta foto proviene de su twitter.

Yuri Alexander Poveda Quiñones (1968-2021)

El covid se llevó en menos de un mes a dos personas que parecían ser muy distintas, pero que además de esa fecha de nacimiento que compartíamos, tenían en común un optimismo impresionante y esa risa interna increíble. Ojalá quienes quedamos podamos estar a la altura de la confianza que personas como Rodrigo y Yuri nos comunicaron durante sus vidas.

Un pequeño homenaje a un gran maestro

Alejandro Martín me reclamó implícitamente el abandono (parcial, siempre creemos) de este blog. Eso fue hace unos pocos días. No sabía por qué no había vuelto, no lo sé; tal vez no importa (o tal vez sí, pero no ahora, no aquí).

Esta semana pasaron muchas cosas extrañas, misteriosas, algunas muy bellas y otras muy tristes.

Hoy por la mañana me llamó Alejandro Martín. Con Alejandro hablamos en realidad muy poco por teléfono; no es nuestro medio favorito de comunicación. Por eso cuando vi su nombre, en llamada a la hora del desayuno, pensé «qué raro». Al iniciar la conversación me preguntó si ya sabía la noticia. Y claro, al oír la pregunta, ya la supe, pero aún así le pregunté. Me anunció la muerte de su padre, Jesús Martín Barbero.

Yo no había visto noticias ni anoche ni ayer por la mañana. La noticia de la muerte de Jesús estaba en toda la prensa nacional, y seguramente en muchos lugares más. Alejandro me expresó que prefería que no me hubiera enterado por esos medios, sino con su llamada.

Y fue de nuevo ese vacío y esa orfandad, en este caso comunicados de manera breve y extraña vía celular, al amigo Alejandro. Y luego, pensar mil cosas. Recordar tantas conversaciones, y no poder abrazar a Alejandro y Laura, y a Olguita en esta época. Ese inasible actual (que de tanto jugar a ser virtuales como que nos hizo convertir los ritos que no eran virtuales – las despedidas y el acompañar a los amigos – en virtuales).

Podría contar muchas conversaciones, pero no va eso al caso aquí, ahora. Prefiero recordar momentos, momentos de un día bellísimo de 2018 en que fuimos a almorzar con Jesús, Elvira y Olguita (Alejandro estaba en Cali).

Fue en almuerzo pausado, con tiempo. Elvira estaba lentamente despidiéndose del mundo, y seguramente estaba la angustia de qué pasaría con Jesús luego. Pero no se habló de eso; se habló de la infancia de Jesús en su pueblo de Castilla, de su juventud en Lovaina y su llegada a América Latina, de su colección-collage de fotos gloriosa, de sus mil proyectos.

(Pero tal vez más que los temas, lo que me pasaba a mí con Jesús era que me enseñaba a pensarme como latinoamericano, a abrazar el significado inmenso de serlo, a jugar con mil posibilidades. Era siempre irónico que él, que nunca dejó su acento tan castellano, fuera de alguna manera más profundamente latinoamericano que muchos de nosotros, y de alguna manera abarcara y abrazara todas las posibilidades de este continente que casi siempre nos duele. Que haya dejado este mundo en Cali, en el epicentro de la lucha más importante de este momento en Colombia y acaso en muchas partes del mundo, no deja de ser altamente simbólico.)

Además de todas sus enseñanzas (a muchos nos enseñó a ver lo que hay ahí), quedan en nuestras memorias sus gestos. Intenté (probablemente con resultados muy limitados) captar en ese almuerzo algo de los gestos de sus manos. La fotografía se queda corta, en todo caso.