Lógica asociativa del comisario Croce

He aquí algunos fragmentos tomados «al vuelo» de Los casos del comisario Croce, de Ricardo Piglia.

Me interesa mucho la lógica implícita ahí presente. El diálogo ideal con Borges en algunos de estos. Y por encima de todo, el brutal juego de espejos deductivos, con analogías, presente en la novela. Es también en cierto sentido el testamento literario de Piglia (la escribió justo antes de morir, dejó preparada su publicación póstuma).


«Comparo lo que no entiendo.

La luz de las estrellas no viene del espacio, viene del tiempo.

Ahora, en vez de resolver casos, les pongo música.

No era lo mismo revelar un secreto o encontrar un objeto.

Si estaba obligado a permanecer en el interior del problema, encerrado en sus límites, necesariamente la solución debía estar en una necesidad fáctica exterior, pero no ajena.

Poder decir que alguien tenía -o había visto- esa cinta era el chantaje.

La verdad no estaba aislada, ni quieta. La verdad era variable y comparativa.

“Los entes reales son relaciones”, pensó. “La verdad es la forma de una relación más que su esencia… nos interesa la duración, la mutabilidad; las relaciones internas de la verdad cambian, se mueven.”

El crimen escondía la verdad de la sociedad; era el en-sí del mundo…

“El sentido del mundo es contingente y errático. Hay que enlazarlo.” … No había que analizar las razones, sino los efectos. Las consecuencias que va a tener el acontecimiento al analizarlo y no antes. “No antes”, pensó, “nunca antes.”

Una batalla es, para ser rigurosos, invisible y confusa. La mirada cercana permite atrapar cualquier cosa que escapa a la visión de conjunto y viceversa. Hay que pensar el problema -dijo el historiador- en otra escala, ver la batalla como un torbellino y aislar un momento y detenerse ahí. Es el punto mínimo que condensa el enigma.

De las hipótesis posibles, la verdadera resultó la más sorprendente.

Croce sabía adaptarse al disfraz y podía vivir meses como si fuera otro, más libre…

Convertirse en otro era, entonces, uno de los métodos de deducción del comisario Croce.

‘El crimen perfecto es la utopía del género policial, pero es también su negación. Un crimen tan bien ejecutado que jamás se descubre es el horizonte al que aspiran los textos…’

‘el crimen tiende al silencio, a la huella borrada, y está fuera del lenguaje, mientras que el relato hace hablar a lo que se mantiene oculto, dice de más, devela y delata.’

‘La réplica, el revés, el otro que hace posible el relato del crimen, es por supuesto la víctima. … La lógica de la víctima es la lógica del doble, de la culpa y de la expiación, y en ese sentido esos relatos son un ejemplo del proceso de incertidumbre y de extrañamiento que convierte al perseguido en criminal.’

‘la marca del mundo moderno es, como nos lo enseña la historia argentina, que los inocentes son ejecutados por los aparatos y las organizaciones estatales y que los grandes criminales son los jefes políticos y sus sirvientes.’

‘en la realidad la policía tortura y usa la delación como sistema de inferencia.’

… la feliz conjetura que les había permitido usar la imaginación para solucionar un misterio real.

Croce: … leer detalles mínimos.
Deducción arriesgada. Inferencias hipotéticas. Conclusiones conjeturales.
Pensar con las categorías de su rival.

El destino verdadero de un kantiano es la escuela de policía.

La mente de Croce opera mediante asociaciones. … Participa de lo irracional y por consiguiente es la clase más alta del raciocinio, puesto que Croce no es esclavo de sus propias premisas. Puede recurrir y entregarse a las cadenas asociativas del pensamiento intuitivo, esa red milagrosa de símiles que el resto de nosotros hemos recubierto con el macilento vendaje enyesado del pensamiento consciente y racional. Por eso Croce es mucho más sofisticado en la resolución de cuestiones intrincadas, precisamente porque está mucho más próximo a los orígenes del ser de las cosas.

Saber antes de actuar.
La índole del objeto de examen debe dictar la índole de las pesquisas.
Hay que demostrar que las aparentes imposibilidades cruciales son posibles.

El arte del desciframiento es tan complicado, tan irregular, que apenas puede seguírsele llamando desciframiento. Yo propongo llamarlo el arte de la adivinación.

Nadie es dueño de sus pensamientos. No existe algo como las ideas propias, pensar es apropiado o no es apropiado. El pensar no tiene nada que ver con la propiedad privada, concluyó.

De no existir la ley, ¿vivirías del mismo modo?

Las apariencias no engañan, son la base de mi trabajo, dijo Croce.

Yo busco lo igual. El parecido en la superficie. El modo en que aparece y se manifiesta en lo similar y en lo que se repite, lo cierto.

El crimen es cuestión de diagnóstico. ¿Qué es un diagnóstico? He ahí la cuestión.

La condición de todo comportamiento criminal es la inacción. Moverse poco, la lógica del menor esfuerzo es la base de la actitud delictiva.

El vigilante, el que vigila, ¿qué?, o mejor, ¿a quién?

Hay que distinguir entre el ver y el decir, afirmó Croce. Son modos distintos de acceder a la verdad, dos regímenes de conocimiento.

Luego tengo que decir lo que he visto.

Gana el que puede correr más despacio y el que alcanza último la meta. Hay que llegar tarde, concluyó Croce.

Cualquier chichipío kantiano debe mojarse las patas antes de deducir las categorías trascendentales del pensar.»

ecos de dos exposiciones en Bogotá

En la Luis Ángel (en la zona de arte contemporáneo) hay una exposición que resultó ser mucho más interesante de lo que tal vez cabía imaginar: Imagen Regional 9, Territorios guardianes.

Varias curadurías yuxtapuestas (con temas muy sugestivos: Ofrendas y prácticas ancestrales, Alimentos, Humano no humano, Arquitectura, utopías y distopías, Cuerpo y tiempo, Opacidad y Cultura material) y una cantidad inmensa de obras, casi todas de artistas muy jóvenes.

Naturalmente, en una exposición de esa índole hay de todo, y seguramente no vi (o no supe interpretar) algunas obras muy interesantes. Pero lo que me llamó la atención, lo que fijó mi mirada, me impactó mucho.

Los jóvenes seleccionados parecen estar muy a tono con problemáticas globales, pero muy ancladas en sus territorios. De alguna manera logran enlazar temas como la destrucción sistemática del medio ambiente, la historia de colonizaciones sucesivas, la(s) definiciones o ausencias de definición de identidades corpóreas, la presencia altamente problemática del paisaje y su entretejimiento con situaciones culturales específicas de sus territorios.

He aquí una selección muy personal:


Paisajes invisibles. Territorios transformados. 2020

Yober Arbey Melo, de Nariño, usando tierras, arma estos paisajes quemados y destrozados:


Línea de tiempo: nuestra imagen histórica. 2019

Aurea Oliveira Santos. Reimaginando el pasado de Naguasá a North End.


Del proyecto La Fábrica. 2020

Natalia Isabel Pérez Villegas.


Otra Piel. 2019

Sebastián Meek.


Temporarios. 2016-2017

Lorena Gullo.


Morfología de la inclusión. 2015

Carmenza Banguera.


Sumergidos. 2019

Jair Galindo.


Paisajes contingentes. Estructura Etérea. 2017-2018

Mauricio Jaramillo Tabares.


silencio. 2019

Camilo Sabogal.


Estos últimos son daguerrotipos del páramo. Me parecieron particularmente poderosos.

La segunda exposición que vimos (en la Gilberto Alzate Avendaño) fue un diálogo imaginado entre Gustavo Zalamea y otros artistas: La ciudad es la utopía. Imaginado, pues parte de un texto de Zalamea, y las posibles respuestas de algunos artistas que fueron discípulos suyos.

El resultado es interesante y permite entrar en diálogo con el artista a través de sus proyectos que combinaban acción pedagógica, líneas extendidas en el tiempo, gestos repetidos y muy contundentes. El video (que ya habíamos visto hace un par de meses en Al Romero) del artista interviniendo las fotos proyectadas gigantes en la Plaza es sumamente fuerte.

He aquí unos trozos de un cuadro maravilloso que se puede ver en este momento:

pieza decorativa de la colección del dacr. 2005

A mí sorprende siempre su capacidad de generar visiones icónicas de tantos elementos: la Catedral, la Plaza, los cerros Monserrate y Guadalupe, la figura reclinada, la ballena, el mar.

Mensajero a los 15 años

En facebook y en twitter hay gente que cuenta cuál fue su primer trabajo. A veces no es tan fácil la respuesta, pues mucha gente primero trabaja ayudando a algún negocio familiar pero sin hacer parte de una «nómina» ni nada semejante.

Vi que Alejandro Farieta (que fue alumno mío en una de las lógicas de la carrera de Filosofía en la Universidad Nacional, hace ya dos décadas y hoy en día es profesor universitario de filosofía) preguntó y contó que había sido mensajero a los 14 años. Recordé por estos días que también tuve un trabajo de ese estilo, por un mes. He aquí lo que contesté a Alejandro (ligeramente editado y muy aumentado).


Tuve un trabajo de mensajero (durante un mes) en las vacaciones de 1983, a los 15 años, en una fábrica de muebles (que ya no existe, y que quedaba al frente de la Universidad Nacional, al sur de la 26). Fue un trabajo real (nómina, cheque, etc.), pero debo aclarar que lo hice para ahorrar algo para regalos de navidad. Se fue buena parte de ese cheque en discos de música barroca (discos LP, eso fue antes de los compactos).

Hay otro punto que me parece importante al recordar esas vacaciones, el trabajo de mensajero (largos momentos de ocio salpicados de tener que correr; un par de veces hasta el centro de la ciudad, la mayoría de las veces dentro de la fábrica de muebles o a bancos cercanos o a traer mediasnueves – las conversaciones de las secretarias, el coqueteo pesadísimo de los tipos de la oficina con las secretarias, los chistes de doble sentido permanentes, la manera como les quedaba difícil ubicarme a mí que claramente estaba en algo fuera de mi «lugar usual»). Aunque la mayoría de gente de mi colegio jamás habría hecho ese tipo de trabajos, y aunque yo mismo lo hice sobre todo para tener independencia económica y darme gusto comprando discos de música barroca – es decir, mi situación de «trabajo» no era como la del 99% de la gente en Colombia, que hace esos trabajos para poder comer y ayudar a sus familias – aunque todo eso sea cierto, yo valoro mucho esa experiencia. Fue aburrido (los tiempos muertos sobre todo; y si sacaba un libro mi yo inseguro de los 15 años sentía temor de lo que opinaran quienes trabajaban _de verdad_ en ese lugar) pero creo que fue importante. Quedé con mal sabor, en parte por ver tanta miseria humana en los chistes, el morbo, el asqueroso jefe que se metía con las secretarias. Yo iba recomendado por alguien cercano a los dueños entonces estaba como una especie de rueda suelta y no sufría esos rigores de acoso laboral, pero los vi a una edad bastante impresionable. Hoy en día, creo que un paso así debería ser casi obligado para todos los que (como yo) crecimos en hogares que proveen todo lo básico (mi papá era profesor en la UNAL, mi mamá en esa época trabajaba en Ingeominas). Los colegios (incluso esos que como el mío tratan de mitigar la cultura gomela) privados son un desastre absoluto para la formación humana de la gente, y ese paso por un trabajo abre mucho los ojos, así sea tan tangencial como ese noviembre/diciembre mío.

Ah… recuerdo mucho el radio. Era fundamental. Ahí escuché de la muerte de Marta Traba, por ejemplo. En mi casa era un referente. Entre mis colegas de ese mes, claramente no. Quedé aterrado, obviamente. Los de la oficina no creo que supieran quién era Marta Traba, pero la magnitud del accidente sí que la comentaron esa mañana horrible.

Nunca me he reencontrado con quienes eran mis colegas en esa fábrica: llegó Navidad, luego algún viaje familiar y el retorno al colegio, a Quinto de Bachillerato, y otro tipo de preocupaciones. Como que cerré esa etapa. Me pregunto hoy qué sería de todas esas personas que de alguna manera me ayudaron a entender cosas importantes.


Agregado después: ahora recordé que otra persona que trabajaba ahí resultó saber mucho, muchísimo, de música clásica. Había estudiado en el Conservatorio y los rieles extraños de la vida lo habían sacado de ser músico; había terminado ahí en una oficina terrible. Él me insistía mucho en lo elitistas que debían ser los músicos. Yo a esa edad odiaba todo lo que sonara a elite y discutía con él (igual yo no sabía mucho; él era de esos que parecían haber visto a todo el mundo ahí en el gallinero del Teatro Colón). Había un viejito igual a Andrés Patricio el de la serie Don Chinche: un cachaco viejo medio arruinado vestido de negro. Antipático me parecía. Había otro mensajero que no era joven (debía tener 30 años; a mis 15 eso era un vejestorio) y con quien me tocó ir al Centro un par de veces a llevar cartas o paquetes. Recuerdo mucho que al pasar por la Calle 18 abajo hacia la Décima ese mensajero saludaba a las putas en el andén. Yo debía quedar absolutamente rojo al ver eso a esa edad; era un mundo totalmente ajeno al mío. Él se daba cuenta y me hacía preguntas maliciosas, que yo no sé bien cómo contestaba. Yo ahora creo que a la vez me generaba curiosidad y temor el roce ligero con un mundo tan distinto al mío. Era simplemente esa cuadra entre la Novena y la Décima, caminando de bajada a coger un bus de regreso. Creo que mi pulso cardíaco se aceleraba mucho, pero luego se calmaba al llegar a la Avenida y coger el bus de regreso a la fábrica.

Había una especie de competencia soterrada entre las dos secretarias de la oficina. No entiendo bien por qué sería. Algo con el jefe que permanentemente las asediaba, no sé. Yo era tan ingenuo en esa época que simplemente registraba todo lo que ante mis ojos corría como un teatro.

En realidad la tenía fácil: iba con mis papás en el carro hasta la Universidad Nacional. Me bajaba en Química, donde trabajaba mi papá. Iba caminando hasta el borde del campus, cruzaba el puente, caminaba un par de cuadras, y ahí llegaba al trabajo. La vuelta podía ser también con mis papás o a veces si no coincidía el horario, en alguna buseta hasta la casa lejana (Cedritos).

Tal vez el recuerdo que más me asusta y aterra es el de los tiempos muertos. Ser mensajero es estar a la espera de algo que hacen otros. Entonces es correr con urgencia a alguna parte o esperar. Yo siempre he odiado esperar. Llevaba mis libros, obviamente, pero me parece que no era muy bien visto por el jefe o los demás empleados que sacara algún libro de lo que leía en esa época. Me tocaba básicamente estar ahí, pendiente de lo que fuera necesario. Esa literal tortura (desde entonces, mis trabajos siempre han tenido una componente central de hacer cosas, liderar temas, mover o colaborar) de la inactividad forzosa es algo que me causa aún horror en el recuerdo.

Museos difíciles

En el verano de 2009 tuve la oportunidad de ir por primera vez a Polonia. Había dos congresos: uno en Wrocław, el otro en Będlewo. Wrocław es una ciudad histórica impresionante, Będlewo un pueblo muy sencillo, pero ahí está el Centro Banach de la Academia de Ciencias.

Por temas de vuelos y organización de otras cosas, tenía diez días entre eventos. Decidí ir a Cracovia unos días antes de los dos congresos, y de paso conocer esa ciudad mítica.

La ciudad de Copérnico, la ciudad de tanta magia, la ciudad judía, la ciudad de una película famosa de Kieślowski: La doble vida de Verónica. Una ciudad que había logrado sobrevivir en gran parte la destrucción de la II Guerra Mundial, y donde el antiguo Kazimierz, el gueto judío, se podía visitar.

Cracovia parecía un lugar ideal para dar vueltas, ir a museos y hacer mucha matemática en los jardines cerveceros de verano o en los cafés.

Y en gran parte lo fue (hay que aprender a evadir el corredor turístico, pero la ciudad tiene mucho, muchísimo).

Pude trabajar bastante en dicotomías conjuntísticas en teoría de modelos, pude refinar una demostración elusiva, pude apreciar buena comida y escuchar buena música. Me quedé primero en un hostal un poco ruidoso – conversaciones muy interesantes – pero yo necesitaba concentración y paz. Me fui a caminar a los Tatras, a Zakopane. Me perdí en los Tatras un día con mucha lluvia (me perdí en un lugar donde un amigo polaco caminante (y matemático: Roman Kossak) dice que es imposible perderse; yo le dije que con aguacero sí se pierde uno ahí).

Al estar en Cracovia, hay un tema fuerte que siempre está cerca: Auschwitz. La Oświęcim polaca, el lugar infame.

No sabía si ir o no a visitar el lugar.

En Cracovia por todos lados hay letreros que dicen «Auschwitz Tour» o «Visit Auschwitz».

Eso ya de por sí es muy raro. Es entendible y en parte es casi una obligación. Pero por otro lado la comercialización de un lugar donde fueron asesinadas tantas, tantísimas personas (inclusive familiares cercanos de amigos cercanos), de alguna manera me generaba una incomodidad muy fuerte.

Dudé mucho. Pensaba: uno debe ir a pagar su respeto a las víctimas de uno de los peores actos de toda la historia de la humanidad. A la vez pensaba: «pero no quiero ir en un tour de estos, en un bus con turistas de todas partes, como quien va a ver algo atractivo». De nuevo dudaba: «pero debería ir».

Al final decidí no ir. Pero estuve a punto de hacerlo. Hoy en día a veces pienso que debería tal vez haber ido. Pero a veces creo que estaba yo pasando por un momento difícil de mi vida, y no era conveniente ir. Y ciertamente, algo me repugnaba en la idea de ir a meterse en un tour y ser guiado por allá. Demasiado personal para eso, tal vez.Hoy pensaba en esos museos (Holocausto, 9/11, Gorgona, Yad Vashem) y su importancia, en parte por un hilo impresionante de Jacqueline Goldberg en twitter sobre su 11 de septiembre.

Creo que son museos importantísimos, y creo que a veces hay que forzarse a sí mismo a visitarlos. A veces. Pero también defiendo que no en todo momento puede uno ir allá, sobre todo si de alguna manera puede reactivar en uno situaciones problemáticas.

Auschwitz de alguna manera lo llevan dentro muchas personas que me son muy cercanas. Por sus abuelos o tíos, por sus propias vivencias. Todo brutalmente personal (y a la vez fruto de un experimento atroz de destrucción de cualquier resquicio de dignidad de persona).

De alguna manera siento como si en la negación de ir hubiera estado rindiendo otro tipo de homenaje a la memoria de tanta gente. Fueron días intensísimos ahí en Cracovia. El no-ir o ir o no-ir se me convirtió en un dilema insoluble. De alguna manera creo que fue mejor no ir (esa vez).

Tal vez algún día iré.

Videos de Gustavo Zalamea

En el Espacio Al Romero Natural (de Alejandra Romero y Miler Lagos) vimos hace unas semanas una retrospectiva con los videos de Gustavo Zalamea.

Zalamea murió hace 10 años en Manaos, durante un viaje investigativo por los ríos de la región amazónica. Yo conocía bastante parte de su obra, sobre todo los grandes lienzos en que ciertos temas, verdaderos motivos en sentido amplio, aparecen una y otra vez: la Plaza (de Bolívar de Bogotá), la Catedral, el Capitolio, la ballena y el mar, los cerros de Guadalupe y Monserrate, la faz de Bolívar también. Emblemas simbólicos fuertes, como en este cuadro (Retrato de Bolívar) en la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta:

Sus videos parecen ser mucho menos conocidos. Por eso era particularmente atractiva la idea de ir a ver esa retrospectiva completamente basada en estos. Durante una de nuestras venidas a Bogotá, terminamos organizando visita.

Estaba Julián Zalamea, artista, el hijo de Gustavo, en el espacio Al Romero Natural. Fue interesantísimo poder hablar con él sobre la obra de Gustavo, sobre la manera como inicialmente de la mano de su hijo fue llegando al video – y poder ver varios de los videos.

Ver la obra de un artista en un medio poco acostumbrado genera una sensación de desplazamiento interesante. A veces uno se pregunta si la calidad va a sobrevivir el cambio de medio.

En el caso de Gustavo Zalamea, encontramos primero que todo algo muy lúdico y muy simbólico en sus videos. Son muy experimentales, acaso como las etapas iniciales de sus grandes lienzos. Deja percibir un carácter muy abierto al juego, a la risa, al ensayo y error. Había algo realmente refrescante en ese dejar ir las cosas sin excesivo control. A la vez, temas importantes como el ajedrez, las referencias al cine, a cine de muchos lugares, a los rostros y los cuerpos, a la caída y el rodar, están ahí, presentes. Pero también está la voz, y las caras, y la cercanía a sus familiares en su espacio. E imágenes que me hicieron por alguna razón misteriosa pensar mucho en Marguerite Yourcenar en L’œuvre au noir, en Flandes.

clips al azar


Hacia el final, aparece una serie mucho más lírica, mucho menos cargada de referencias – o con referencias de otro tipo. Se trata de Bocas de ceniza – Zalamea con un grupo de estudiantes, corriendo por la carrilera desierta del muelle infinito. Una de las imágenes más poéticas que cabe imaginar: un hombre corriendo detrás de un tren que –se sabe– no puede ir a ninguna parte.

Y el cuerpo humano como piel de escritura, como pergamino. Y el pintor dibujando sobre una proyección del barco de vapor que es el Capitolio en la Plaza [como un capitán al frente de un barco que se anega], y la cara de Marta Traba, y el pintor hablando con un grupo de estudiantes en la Plaza (que me recordó una clase abierta que hicimos en ese mismo lugar con su hermano Fernando).


El video final lo editó su hijo Julián. En Manaos, en sus últimos días de vida, Zalamea estaba filmando, acaso sacando material para algún nuevo trabajo. Filmó algunos de esos barcos del Amazonas o de sus ríos afluentes. Uno de esos clips es algo impresionante: una barcaza, casi una lancha, remolcada. El último clip, de pocos segundos, recuperado de la cámara después de la muerte del maestro.


Afortunadamente, todos estos videos están en línea y se pueden ver con calma: https://vimeo.com/user19395253

Ofrendas, libaciones y respuestas

Cuando un acto lo deja a uno perplejo, cuando una situación escapa a interpretaciones usuales, suele ser útil ir a la etimología. Más aún que el diccionario, la etimología suele revelar conexiones inesperadas y traslapes/traslaciones de significado mucho más ricas que los significados que están a la vista en nuestra miopía usual.

Eso pasó cuando fuimos al espacio Fragmentos recién inaugurado, hace casi tres años. De alguna manera había algo que no lograba yo capturar muy plenamente. La etimología de la palabra fragmento me ayudó a mí a entender de otra manera el significado brutal de ese espacio.

En estos días ha ocurrido (de nuevo) un fenómeno que se ha vuelto recurrente en nuestra época de redes sociales que capturan de manera inmediata, al vuelo, lo que va ocurriendo, y amplifican trozos del tiempo de maneras que a veces pueden asustar mucho a quienes fueron los gestores iniciales de dichos trozos amplificados. (En algunas mentes tal vez ingenuas esa amplificación descontrolada de frases o caras fotografiadas o momentos filmados marca el apogeo de la decadencia cultural; habría que preguntarse qué genera en ellos [sí, casi casi siempre son ellos y no ellas, casi casi siempre son señores blancos con heredada posición social, casi casi siempre son personas que desde cuna se acostumbraron a controlar a otras personas, a los «medios», y hoy entonan ese ronco y destemplado canto de cisne que no invita a ninguna compasión con ellos] ese miedo.)

El fenómeno que ha ocurrido tiene que ver con respuestas dadas al vuelo por políticos, con responsabilidad o falta de esta, y con su amplificación.

Dos ejemplos aquí, uno de hace ya tres años, durante la campaña presidencial pasada, el otro de ayer, al inicio del proceso electoral de 2022 en Colombia.

  • El 8 de junio de 2018, el entonces candidato Sergio Fajardo escribió un trino en el que anunciaba irse a «ver ballenas». Esto sucedió entre la primera y segunda vueltas de la campaña. Fajardo resultó tercero en la primera vuelta, y tomó la decisión de no apoyar explícitamente a ninguno de los dos candidatos que disputaron la segunda vuelta. Pero el tema de fondo que quiero señalar aquí no es esa decisión. Es la frase ir a ver ballenas. Por alguna razón, esa frase quedó fija en el imaginario colombiano, y desde hace más de tres años es recordada por muchas personas, desde opositores políticos de Fajardo hasta gente que sin saber muy bien el origen usa irse a ver ballenas como una respuesta que encapsula el abandonar un proceso en el medio. Un soltar la responsabilidad – un capitán que abandona el barco.
  • El 30 de agosto de 2021, ayer, el candidato actual Alejandro Gaviria alegó estar con sueño y cansado como justificación de una sorprendente entrevista que dio a los medios en la mañana del mismo día. De nuevo, interesan poco aquí los pormenores de esa entrevista (un apoyo a un economista de ética dudosa y políticamente muy problemático). Me interesa la cuasi-ingenuidad de la respuesta de Gaviria. Estar con sueño y cansado es algo que nos sucede a todos los seres humanos, por lo menos una vez al día. Aceptarlo llanamente muchas veces es la mejor explicación posible para no hacer algo que otros quieren que uno haga, o sencillamente justificar alguna respuesta. Pero a veces no: jamás aceptaríamos de un piloto que nos justifique un error de aviación (si llega a sobrevivir) con un estaba con sueño y cansado. No lo aceptamos ni siquiera de un conductor de auto. Algo tan humano y tan común puede ser inaceptable en muchísimos casos. En un político como Gaviria está al borde de lo inaceptable.

Ambas son respuestas plausibles. Otra de esas respuestas (busque en google, dada por Fajardo durante su campaña de 2018) es, de nuevo, algo que muchos hemos dicho mil veces y seguramente diremos muchas más. Para nadie es un secreto que la mayoría de datos están ahí, en la red (a veces un poco más lejos que donde llega google, pero eso es otro tema), y que lanzar preguntas o tener que responder a cuestiones fácticas no es algo que nos guste particularmente a quienes trabajamos primordialmente con el intelecto.

Saber algo muchas veces es tener una idea, una imagen, pero no necesariamente los detalles, aunque sí saber reconstruirlos. Muchos teoremas que conozco bien, incluso teoremas que yo mismo he demostrado, a veces tienen detalles que no recuerdo y que me toca ir a verificar en el artículo o en mis notas o (incluso a veces) en google. Y si un estudiante o colega me pregunta cómo se demuestra tal cosa, dependiendo de lo que sea, mi respuesta puede variar entre dar una idea general, o decir «busquemos en el ArXiV», o decir «espere le pregunto a Misha o a Tapani», pues sé que hay un detalle clave que ellos saben y no está en los artículos, o (si el teorema es más remoto) decir «ni idea; pregúntele a Fulana que sí sabe». Incluso sucede con frecuencia que después de dada mi respuesta, unos días después me asalte una duda y escriba yo un mensaje a quien preguntó «mejor ensaye tal camino que le permite evitar tal trozo engorroso de la otra idea».

Al responder nos tomamos los académicos el tiempo de pensar, y muchas veces preferimos la respuesta honesta incompleta a una «respuesta» rápida pero deshonesta y supuestamente completa. Aprendemos a desconfiar instintivamente de respuestas demasiado inmediatas – esas las dejamos para otra gente, para quienes gustan de programas tipo Quién quiere ser millonario. Desde nuestra más temprana formación nos han inculcado nuestros mejores maestros el valor enorme de la duda y el cuestionamiento, y nos encargamos de re-instilar esa duda en nuestros mejores estudiantes.

Pero la respuesta que da un político (o la de un piloto, o incluso la nuestra al manejar un carro o salir a la calle en un lugar atestado de gente) es otra cosa. Me preguntaba yo qué pasa con respuestas como las de los ejemplos de Fajardo y Gaviria, por qué generan tanta inconformidad y desazón, por qué terminan siendo replicadas, aumentadas, avvilite e calpestate, por tantos trinos y voces. Por qué la respuesta perfectamente legítima en clase de teoría de modelos se puede volver absolutamente absurda durante una entrevista o en un debate electoral – así como la rapidez necesaria al pegar un timonazo respuesta a alguien que se atraviesa mientras uno maneja un carro puede ser totalmente ridícula en una discusión académica seria.


Respuesta / responder viene de re- y spondere. El verbo spondere / spondeo en latín significa «comprometerse con algo», garantizar, hacer votos. De ahí provienen palabras como esponsales y esposo/esposa, y es clara la conexión con responsabilidad. El origen proto-indoeuropeo parece ser spondéyeti (hacer un ritual), de donde viene el griego antiguo σπένδω (hacer libaciones). La palabra inglesa sponsor proviene de ahí también: el patrocinador o garante de algún proceso.

Tal vez lo más bello de esa rama indoeuropea es su inicio en las libaciones y ofrendas. Uno no se puede dar el lujo de hacer mal las ofrendas a los dioses. Capítulos enteros de la historia de la humanidad han sido interpretados a lo largo de muchos milenios precisamente en términos de libaciones mal ofrecidas, de spondéyeti mal recibido.

En el mundo actual todo eso se juega de nuevo. El público que retuitea ad infinitum una «respuesta» mal dada, una percepción de no estar al frente del juego de la manera correcta (como el piloto que no está pendiente en el momento crucial) está jugando exactamente el mismo papel que el dios que decide recibir la oferta de Abel a expensas de la de Caín, o del dios griego ofendido por falta de responsabilidad percibida.

Al igual que el dios que no recibe ofrendas agrícolas (de Caín) y prefiere el jugoso y grasoso asado (de Abel), el público es muy injusto. Pero esa injusticia no quita a esos políticos (por muy académicos que hayan sido; el caso de Sergio Fajardo es el de alguien que hizo matemáticas a muy alto nivel) la obligación de responder dentro del juego en que se supone que están.

Libaciones al dios Baco

Canto VI: los golosos, la lluvia fría, la podredumbre

… Io sono al terzo cerchio, de la piova

etterna, maledetta, fredda e greve;

regola e qualità mai non l’è nova.

Grandine grossa, acqua tinta e neve

per l’aere tenebroso si riversa;

pute la terra que questo riceve.

En este fragmento del Canto VI de la Commedia, Dante se refiere al tercer círculo del infierno, el de la lluvia eterna, maldita, fría y abundante. Nunca cambiante. La imagen la completa con el mal olor de la tierra (pute la terra che questo riceve), con el hedor constante.

A primera lectura este castigo (contrapasso) es sorprendente. Se trata del círculo que recoge a quienes cometieron el pecado de la gula. Y más adelante hay una referencia tal vez más concreta a este, con el can Cerbero que traga y despedaza a las sombras de ese círculo; de ser golosos pasan a ser engullidos, por la eternidad.

Pero uno se pregunta ¿por qué la lluvia eterna? ¿Qué conexión hay entre la lluvia y la gula, entre el engullir en exceso y el ser castigado siendo sometido a una lluvia por la eternidad, fría y eterna?

En su edición y notas de una traducción de la Comedia (a cargo de Jerónimo Pizarro y Norman Valencia), el escritor y ensayista Humberto Ballesteros nos da una clave importante: algo huele mal, algo hiede en la ciudad de Florencia. El hedor permanente aparentemente relacionado con la lluvia excesiva está relacionado con la gula, pero triangulando el canto está la aparición de Florencia. El primer florentino que se encuentra Dante en su bajada, Ciacco.

Florencia (y su decadencia y hedor en tiempos de Dante), la lluvia, la gula. La guerra civil, la destrucción social en su ciudad… y los golosos y el hedor y lluvia en el castigo.

De alguna manera logré entender un poco más al superponer ayer tres cosas: la lectura del Canto VI, el haber visto la película La cordillera de los sueños de Patricio Guzmán y el haber visto el horror de una cementera en Suesca.

Pues de alguna manera la gula, la verdadera gula, está en todas partes en nuestra sociedad podrida, en nuestro planeta tan similar en sus problemas a lo que vivió Dante en su Florencia medieval (anterior al esplendor). Una sociedad de la gula entronizada, de la gula cantada, de la gula jamás cuestionada.

Una cementera gigantesca justo en medio de un pequeño pueblo andino otrora dedicado exclusivamente a la agricultura y al turismo de escaladores. El 80% del territorio de Chile en manos privadas, gran parte de sus recursos extraídos y sacados en trenes fantasma nocturnos. El mundo entero poco a poco totalmente contaminado como el suelo por la lluvia del Canto VI, fétido y eterno.

Un recuerdo brutal de todo eso lo podemos ver hoy, a mediados de julio de 2021, en pleno corazón de Europa Occidental, en la región de Valonia en Bélgica y Renania alemana; en Suiza y Holanda también (estas imágenes muy brutales de las inundaciones en esos cuatro países).

La lluvia que termina convirtiendo todo en un lugar de pestilencia; causada en gran medida por la gula extrema de nuestra sociedad (la sociedad que entroniza el crecimiento económico – y su acumulación de basuras/pestilencia; la sociedad que endiosa a la «productividad» como bien supremo). La ruina y pestilencia de Florencia, la corrupción de sus habitantes.

li cittadin de la città partita;

s’alcun v’è giusto; e dimmi la cagione

per che l’ha tanta discordia assalita”.

Sì traspassammo per sozza mistura

de l’ombre e de la pioggia, a passi lenti,

toccando un poco la vita futura,

(Sí: tocando un poco la vida futura cuadra perfectamente…)

A dialogue :: Two draughtsmen (Roldán/Ortiz)

We went to see an exhibition of two artists we like at Galería Casas Riegner, in Chapinero: Luis Roldán and Bernardo Ortiz.

The exhibit was set up in the form of a “dialogue” between the two artists. The curators seem to have (on purpose) left with no label the individual works, perhaps assuming a visitor would just follow the line of dialogue, with as little reference as possible.

After a while, the two individual voices start to emerge more clearly, more precisely, and a kind of counterpoint slowly fills the initial void. Two men (photos taken from the web, Roldán in a dotted shirt, Ortiz in a striped polo), two different generations, a bit like a cello in duo with a clarinet: Roldán (born in 1955) emerges as a somewhat darker voice, perhaps more grounded and firmer, perhaps only; Ortiz [born in 1972) brings an extremely fine-threaded element, a treble playfulness, a pleasure in attention to detail and touch.

At some point, I was taken by Roldán’s own personal reading of classical American painters. He sketches with gouache on top of Hopper, Cassatt, Wood, etc.; blocking view and thereby bringing out what he sees, what is in view, that element that is maybe just a corner of a painting, that center of image taken away, that small element of a classical painting that is perhaps responsible for the iconicity of a work.

Consider the “Hopper” just above, redrawn by Roldán. Only the tip of the chimney remains of the “original”. The shadow of the house is still there, as in a mist, as in a sketch. The ground is slightly more illuminated, more openly drawn.

Just as in this reinterpretation of Hopper’s House by the Railroad, Roldán has a whole collection of classical American painters, redrawn this way. One could spend hours in just that part of the exhibition. Here is a small selection:


After such a strong statement by Roldán, what is Ortiz’s response?

Subtlety. The power of the line. The amazing emergence of landscape from almost nothing, from a bunch of lines drawn with a pencil on a piece of paper. Each individual line extremely lonely and akin to a mark you or I would make to signal, shyly, some end of a list, some mathematical closure, the most trivial idea.

Yet look at the field of forces that suddenly starts to form when all those “shy” lines start playing:

And let the whole game go through:

An amazing landscape, reminiscent of so many mountains around us here in Colombia perhaps, has emerged. I re-photographed it with another kind of illumination, so as to get the shadows:


The two previous are just the beginning of a dialogue. Here is some more (as you walk the gallery you may allow your mind be engaged by the two voices; look at the folds, at the reconfiguration of dramatic vistas from apparently innocuous elements, the power of lists, the edges of paper, the trace of the hand cutting holes in paper, almost elementary school-like, yet so powerful amidst this wonderful explosion – also, try to guess who’s who but also allow yourself to forget individualities – in my case, one of the works completely took me by surprise when I was told who is the author):


There is much more, of course. This rather narrow description I gave just tries to capture the emotional state such a dialogue may perhaps create in a viewer. I was extremely moved.

I close this small tribute to their dialogue, to their fused (and at times opposing) voices with images of a work (made with threads on fabric) that made me feel the weight of our times, the difficulty of our age, the oppression of lists and of statistics and daily numbers – and at the same time allowed my mind to find a path to fly beyond our dirt. Here it is:

Nacidos el 8 de junio.

Este es un post triste, homenaje a dos personas que (como yo) nacieron un 8 de junio, y que murieron por el covid durante junio de 2021, este mes que ha sido tan aciago en muertes en nuestro país.

No es tan común encontrarse con gente que nació el mismo día que uno, y que además de alguna manera lo celebra cada vez que uno los ve, cada vez que los veía yo. Pero así era con Rodrigo Cortés (nacido en 1945) y con Yuri Poveda (nacido en 1968, el mismo año y el mismo día de nacimiento mío). En cada reencuentro con ellos al rato salía, de manera un poco jovial, el tema del famoso 8 de junio y era ocasión de risa. A veces algún comentario de orgullo auto-irónico sobre las supuestas “multiplísimas cualidades” (sic) de quienes naciéramos en esa fecha, matizado por otros mil temas tal vez más importantes.


Rodrigo Cortés era músico, graduado del Conservatorio en piano (además de graduado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional, tema en que se desempeñó laboralmente toda su vida), y para él como músico era importante evocar a ese otro nacido el 8 de junio, Robert Schumann. Siempre lo mencionaba con un toque de pequeño orgullo de reunión familiar, a ese ilustrísimo nacido el mismo que él, el mismo día que nosotros…

También era tío de María Clara, un hermano menor de su padre, uno de los siete Cortés Bruschi. Era sobre todo un optimista impresionante. Lo vi en reuniones familiares tocar fragmentos de Schumann, de Brahms, de Haydn. Siempre parecía estar estudiando algo nuevo, tener algo en mente. Alguna vez, hace pocos meses, supo que yo andaba estudiando (a un nivel totalmente básico, amateur) algo de piano, y me hizo algunas recomendaciones buenísimas. No sabía yo que serían las últimas que daría. Había ironía siempre al hablar con él, y cuando algo lo decía en serio, podía traer tanta carga mezclada de esa misma ironía que uno no sabía bien qué era qué, qué era lo serio y qué no. Siempre parecía seguir estudiando algo.

En 2017 convocó él a una gran reunión familiar de los Cortés Bruschi, una de esas reuniones gigantes donde aparecen muchos primos e hijos de primos que uno no conoce o no conocía grandes; aparecieron primos violinistas de Villavicencio, una prima ecologista, otra casada con un empresario, otros cuyos rumbos parecían más lejanos de lo que uno creía, y estaban ahí no más en el gran mapa de intereses sociales. Incluyo un retrato que le pude tomar a Rodrigo durante esa reunión.

Rodrigo Cortés Bruschi (1945-2021)

Yuri Poveda era exactamente de mi generación, día por día. Nos dio mucha risa algún 8 de junio en que, siendo estudiantes de pregrado en Matemáticas en la Universidad Nacional, nos dimos cuenta de la coincidencia de cumpleaños, supimos que habíamos nacido el mismo día. No sé si en la misma clínica, hasta esa averiguación no llegamos.

De alguna manera la jovialidad típica de esos años esperanzados en que veíamos Topología con Jairo Charris, o Análisis Funcional con Jaime Lesmes, o coincidíamos en algún seminario de categorías, en un VialTopo o en un viaje a un congreso en Medellín, se confunde con el recuerdo de esa época. Hablábamos y hablábamos, como lo hacen los estudiantes de pregrado, sobre mil temas posibles. Confluían otros estudiantes (Arnold Oostra, Gonzalo Medina, Marta Lucía Cadavid) en ese mundo abigarrado, lleno de las dudas e las inseguridades de los estudiantes de matemáticas. Al hablar con Yuri y compartir vivencias de manera directa y jovial, yo no sabía bien que una persona tan compleja se estaba formando ante mí. Terminé la carrera y me fui por otros rumbos, terminó Yuri su carrera y no supe hacia dónde siguió…

Por un tiempo. Al cabo de unos años, cuando mi padre era Secretario de Educación de Bogotá durante la primera administración de Antanas Mockus (y de Paul Bromberg cuando Antanas renunció sin terminar para lanzarse a una candidatura presidencial peregrina), reapareció Yuri. Me dijo mi padre que con él, en su equipo, estaba trabajando alguien que había estudiado conmigo, y que además había nacido un 8 de junio. Claro, al ver su hoja de vida, con la fecha de nacimiento 8.6.68, mi padre debió reaccionar de inmediato pensando que esa era la fecha mía también. Pero que además hubiera estudiado Matemáticas en la Nacional ya era mucha coincidencia [agregado después: la coincidencia de fecha de hecho es triple: Gonzalo Medina entró a la carrera de matemáticas ese mismo semestre y ¡también es del 8 de junio, aunque de 1969!]. Yo en ese momento andaba de postdoc en Jerusalén, y confirmé que había estudiado con Yuri. Después supe que había sido un paso muy feliz, al menos para mi padre cuando armó su equipo de trabajo. Yuri le hablaba de teoría de categorías aplicada, de haces y topos – mi padre no era matemático, pero sabía de la importancia de esos temas por conversaciones en la casa, por conferencias a las que iba y conversaciones que tenía con personas como Xavier Caicedo… y por su propia lectura de ensayos de Fernando Zalamea.

Luego Yuri siguió su carrera de lógico categórico, con su doctorado en Buenos Aires (bajo la dirección de Eduardo Dubuc) y conferencias sumamente interesantes en eventos en que lo encontraba.

Una vez me llamó para contarme que estaba de vicerrector de la Universidad de Cundinamarca, viviendo en Fusagasugá por un tiempo, y que quería que hiciéramos convenios con la Universidad Nacional en Bogotá. Llegó a un restaurante vestido con traje de vicerrector, con chofer oficial, y hablamos un buen rato sobre el convenio posible… y sobre mil temas más (lógica categórica, haces, topos, sociedad, arte – sobre nuestros maestros locales Xavier Caicedo y Fernando Zalamea, sobre mil temas). El convenio creo que salió (luego pasó a manos de las oficinas que hacen esos convenios), pero lo más importante era que nuestra antigua amistad insegura y titubeante de estudiantes de pregrado se había transformado, muy en el espíritu de un gran haz, a través de nuestros pasos respectivos por Buenos Aires y Jerusalén, en otra amistad muy distinta. Entre el flamante vicerrector lleno de ideas, siempre guiado por esa felicidad con la que andaba, y mi yo de ese momento.

Luego eventos, sobre todo el magnífico Festschrift Zalamea, y proyectos (qué tal día cuando vaya a Pereira tal cosa, que si cuando vuelva a Bogotá podemos tal otra cosa, que si hablamos con tal persona podríamos)… hasta que la semana pasada todo eso quedó suspendido de manera trágica.

Hacía poco lo había visto en sesiones de zoom de eventos; es casi irreal dentro de la irrealidad en la que vivimos desde marzo de 2020 saber que el covid acabó con esa vida, en este terrible junio de 2021.

En una sesión hermosísima que organizaron el domingo pasado sus amigos y colegas (en Pereira, Cali, Ibagué, Bogotá, Buenos Aires, …) alguien dijo en un momento dado algo muy fuerte:

El 8 de junio en Colombia tiene una historia muy ligada a la Universidad. Es el día del estudiante caído en Colombia. El 8 de junio de 1929 fue asesinado en Bogotá Gonzalo Bravo Pérez, estudiante de la Universidad Nacional, durante la marcha de protesta por la masacre de las bananeras. El 8 de junio de 1954 fue asesinado en Bogotá Uriel Gutiérrez, estudiante de la Universidad Nacional, durante la marcha en conmemoración de los hechos de 1929. [Y el 8 de junio de 1973 fue asesinado en Medellín Luis Fernando Barrientos, estudiante de la Universidad de Antioquia, en una marcha en conmemoración de los asesinatos anteriores.] Un hilo tan trágico atado a esa fecha se puede ver de manera positiva: ¡los nacidos el 8 de junio son eternos estudiantes!

Esas bellísimas palabras (creo que de un tío de Yuri, pero no recuerdo exactamente) durante el evento son muy justas. Creo que hay coincidencias bellas ahí. En muchos sentidos, Yuri sí que logró ser un estudiante toda su vida, una persona en transformación, un matemático con ideas profundas que a la vez sabía comunicarlas a gente muy distinta (un antiguo estudiante suyo de un curso de Álgebra Lineal para ingeniería me comentaba cómo Yuri lo motivó a decidirse por estudiar matemáticas). Su tesis de maestría con Fernando Zalamea y su tesis doctoral con Eduardo Dubuc fueron mojones importantes de ese camino. El recuerdo más hermoso es tal vez su alegría, la luz que llevaba con él (y que brillaba mucho cuando evocaba a sus hijas), la risa que compartió y tuve la fortuna de conocer desde el pregrado hasta la última vez que lo vi en este mundo.

Esta foto proviene de su twitter.

Yuri Alexander Poveda Quiñones (1968-2021)

El covid se llevó en menos de un mes a dos personas que parecían ser muy distintas, pero que además de esa fecha de nacimiento que compartíamos, tenían en común un optimismo impresionante y esa risa interna increíble. Ojalá quienes quedamos podamos estar a la altura de la confianza que personas como Rodrigo y Yuri nos comunicaron durante sus vidas.

Un pequeño homenaje a un gran maestro

Alejandro Martín me reclamó implícitamente el abandono (parcial, siempre creemos) de este blog. Eso fue hace unos pocos días. No sabía por qué no había vuelto, no lo sé; tal vez no importa (o tal vez sí, pero no ahora, no aquí).

Esta semana pasaron muchas cosas extrañas, misteriosas, algunas muy bellas y otras muy tristes.

Hoy por la mañana me llamó Alejandro Martín. Con Alejandro hablamos en realidad muy poco por teléfono; no es nuestro medio favorito de comunicación. Por eso cuando vi su nombre, en llamada a la hora del desayuno, pensé «qué raro». Al iniciar la conversación me preguntó si ya sabía la noticia. Y claro, al oír la pregunta, ya la supe, pero aún así le pregunté. Me anunció la muerte de su padre, Jesús Martín Barbero.

Yo no había visto noticias ni anoche ni ayer por la mañana. La noticia de la muerte de Jesús estaba en toda la prensa nacional, y seguramente en muchos lugares más. Alejandro me expresó que prefería que no me hubiera enterado por esos medios, sino con su llamada.

Y fue de nuevo ese vacío y esa orfandad, en este caso comunicados de manera breve y extraña vía celular, al amigo Alejandro. Y luego, pensar mil cosas. Recordar tantas conversaciones, y no poder abrazar a Alejandro y Laura, y a Olguita en esta época. Ese inasible actual (que de tanto jugar a ser virtuales como que nos hizo convertir los ritos que no eran virtuales – las despedidas y el acompañar a los amigos – en virtuales).

Podría contar muchas conversaciones, pero no va eso al caso aquí, ahora. Prefiero recordar momentos, momentos de un día bellísimo de 2018 en que fuimos a almorzar con Jesús, Elvira y Olguita (Alejandro estaba en Cali).

Fue en almuerzo pausado, con tiempo. Elvira estaba lentamente despidiéndose del mundo, y seguramente estaba la angustia de qué pasaría con Jesús luego. Pero no se habló de eso; se habló de la infancia de Jesús en su pueblo de Castilla, de su juventud en Lovaina y su llegada a América Latina, de su colección-collage de fotos gloriosa, de sus mil proyectos.

(Pero tal vez más que los temas, lo que me pasaba a mí con Jesús era que me enseñaba a pensarme como latinoamericano, a abrazar el significado inmenso de serlo, a jugar con mil posibilidades. Era siempre irónico que él, que nunca dejó su acento tan castellano, fuera de alguna manera más profundamente latinoamericano que muchos de nosotros, y de alguna manera abarcara y abrazara todas las posibilidades de este continente que casi siempre nos duele. Que haya dejado este mundo en Cali, en el epicentro de la lucha más importante de este momento en Colombia y acaso en muchas partes del mundo, no deja de ser altamente simbólico.)

Además de todas sus enseñanzas (a muchos nos enseñó a ver lo que hay ahí), quedan en nuestras memorias sus gestos. Intenté (probablemente con resultados muy limitados) captar en ese almuerzo algo de los gestos de sus manos. La fotografía se queda corta, en todo caso.


shifting/blurring (Janus)

I made a personal (photographic) record of life in 2020, before March and after March. The “video” really consists of impressions, photos taken here and there, between January 1st and early December 2020. It does not offer a wide perspective, nor a reflection on the pandemic, nor anything of that sort. It rather explores the two-faceted aspects of this strange year, and (perhaps) the passage of time.

Here:

¿Por qué invertir tiempo (y dinero) en revivir idiomas? (según Zuckermann)

Parte de los frutos de la pandemia de 2020 en mi caso ha sido intentar poner (por primera vez en mi vida de manera seria) atención al idioma que se hablaba aquí en Chía (y en Bogotá, y en los dominios que van desde la región del Tequendama al sur, por toda la Sabana, hasta el límite norte más o menos en la región de Duitama): el muisca.

Indagando, noté que hay relativamente poco material, pero hay en todo caso acceso a un léxico de tamaño importante. El trabajo de María Stella González de Pérez en el Caro y Cuervo fue maravilloso y pareció inspirar de manera profunda a algunas personas. Stella murió hace poco más de un año, pero dejó la base de trabajos que en manos de Facundo Saravia (un profesor de idiomas originario de Argentina y discípulo de María Stella, que ha llevado a cabo desde hace una década un trabajo inmenso de construir un diccionario y cartillas de aprendizaje del myskkubun) han florecido de manera impresionante. He intentado leer y trabajar (en los breves resquicios de tiempo que me quedan) algo de esas maravillosas cartillas.

Hablando con Facundo en un taller que organizó hace un par de meses, terminé llegando a un libro sumamente interesante, del lingüista israelí Ghil`ad Zuckermann: Revivalistics.

Zuckermann ha sido director del programa de lingüística e idiomas en peligro en la Universidad de Adelaide en Australia. Formado en la Universidad Hebrea de Jerusalén y luego en Oxford, Zuckermann se ha dado a la tarea de revivir el idioma barngarla en el sur de Australia donde ahora vive.

En su libro, Zuckermann da primero un recuento muy detallado de cómo funcionó el revivir el “hebreo” (que da en llamar israelí para diferenciarlo del idioma hebreo bíblico o del hebreo mishnaico, y que en realidad, subraya de mil manera el autor, es un híbrido sumamente interesante y vital del idioma semita original con el yídish indoeuropeo). Para mí fue obviamente fascinante leer algunas cosas que ya sabía, otras que intuía, y otras que me hicieron abrir los ojos al fenómeno complejo y sorprendente del revivir del hebreo (me queda difícil seguir a Zuckermann y llamarlo el “idioma israelí”, tal vez por costumbre).

Parte de la indagación de Zuckermann va a la manera como se logró que funcionara finalmente ese revivir particular – y luego traspone sus experiencias como estudioso de un idioma esencialmente revivido hace 120 años… al problema de revivir un idioma que se dio por desaparecido hacia 1960.

Para quienes nos interesamos por la situación del muisca, y de la dificultad inmensa que hay al tratar de aprender (no adquirir) un idioma que dejó de ser hablado hacia el último tercio del siglo XVIII, la lectura de Zuckermann, tanto en su descripción de la revitalización del hebreo/israelí como en su programa de apoyar desde la Universidad de Adelaide (y en mucho trabajo con comunidades) el barngarla, es algo sumamente importante. ¡Agradezco a Facundo Saravia el haber guiado mi interés hacia Zuckermann!


Facundo me preguntó si podría yo hacer una síntesis de las estrategias que propone Zuckermann. Lo intento.

La sección 8.2 de su libro se llama Why Should We Invest Time and Money in Reviving Languages?

Empiezo por ahí. La primera razón, muy global, tiene un carácter de cuidado del mundo, de ecología cultural, muy interesante. Zuckermann cita a Nicholas Evans: you only hear what you listen for, and you only listen for what you are wondering about… just as the ‘biosphere’ is the totality of all species of life and all ecological links on earth, the logosphere is the whole realm of the world’s words, the languages they build, and the links between them. Zuckermann describe otro libro de 2010 (Dying Words) de Evans donde se examinan las miríadas de maneras como pueden diferir los idiomas, la información que contienen acerca del pasado remoto de sus hablantes, la interdependencia del lenguaje y el pensamiento, el entrelazamiento entre el lenguaje y la literatura oral.

Luego propone directamente Zuckermann:

  • Razones éticas: la mayoría de idiomas no mueren “porque sí”; la mayoría han sido destruidos (por los colonos en Australia, por la conquista y colonia española en estas tierras). Es un deber moral restituir los idiomas en la medida de nuestras posibilidades. El artículo 27 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (ICCPR por su sigla en inglés) consagra el derecho de usar su propio idioma a quienes pertenecen a minorías étnicas, religiosas o lingüísticas. De ahí se infiere, dicen Zuckermann, que cada persona tiene el derecho a expresarse en el lenguaje de sus ancestros. En el caso del muisca es sumamente complejo ese argumento, pero es obvio que hay razones muy fuertes para por un lado apoyar todos los esfuerzos de revitalización, y por otro lado ver como nosotros (muchos mestizos y con muy probable ancestro muisca, mezclado con muchos otros) podemos directamente reducir el impacto negativo brutal que tuvo para algunos de nuestros antepasados la supresión de su idioma.
  • Razones estéticas: da Zuckermann varios ejemplos (en idiomas aborígenes de Australia, en el idioma yaghan de la Tierra del Fuego, en persa antiguo, en rapa nui (de la Isla de Pascua) de conceptos distintos: uso de direcciones cardinales en lugar de “derecha/izquierda”, el mamihlapinatapai fueguino que se refiere a una mirada entrecruzada por dos personas cuando ambos quieren que el otro ofrezca algo que ambos quieren pero no son capaces de sugerir, el nakhur – camella que no da leche hasta que le cosquilleen la nariz, el tingo “sacar uno por uno los objetos de la casa de un amigo, pidiéndolos prestados, hasta que no quede nada”, etc. De lo poco que he aprendido de myskkubun, sé que el concepto de pyky (y muchas palabras derivadas) es a la vez “corazón” y “entendimiento”, “sabiduría”. (Curiosamente, el hebreo antiguo usaba lev también un poco en esa doble acepción…). Para mí esta razón estética debería ser suficiente.
  • Beneficios utilitarios: bienestar, salud mental, habilidades cognitivas … son tres categorías que, dice Zuckermann, están directamente ligadas al revivir un idioma. Cita varios estudios de las últimas dos décadas en esa dirección — y beneficios económicos derivados de una mayor auto-estima, para las sociedades involucradas. No es tan claro ese argumento para mí, pero sí me parece más o menos obvio que proyectos como revivir un idioma pueden aumentar el conocimiento de sí mismo. (Desafortunadamente, en manos de ciertos individuos, eso mismo se puede transformar en regionalismos/nacionalismos muy feos. Pero que ese peligro exista no implica que no se de importancia vital el trabajo en revivir idiomas como el muisca.)
  • Esquemas legales: como Zuckermann está directamente involucrado, junto con un grupo aparentemente creciente de personas de la comunidad que habla ahora en barngarla, en el revivir del idioma, han usado directamente apoyo legal en Australia. Esa parte del argumento me parece menos fácil de trasplantar, menos adaptable. Pero un corto párrafo me llama la atención: A quick change in government policy can damage the revival of Indigenous languages that has taken years to develop. Given the limitation of government policies, compensation schemes backed up by legislation will better protect the linguistic rights of Indigenous people. Cita también (de manera muy extensa) Zuckermann el trabajo con asociaciones de derechos humanos y aspectos legales específicos. Me queda difícil cernir de una gran cantidad de ejemplos lo que realmente sería relevante a un contexto local.

Cierra Zuckermann su libro con un breve capítulo (Our Ancestors Are Happy) sobre estudios y ejemplos de aumento de bienestar (mental, social) causado por el revivir un idioma. De nuevo, de la cantidad de información que da, hay que cernir. Pero queda algo común, capturado en algunas frases y ejemplos.

Me gusta mucho, por ejemplo, esta frase que cita de Alex Brown (aborigen australiano): “What scientists hold stock in is only what they can measure. But you can’t measure the mind or spirit. You can’t weigh it, you can’t deconstruct it. But only if we do will they see that Aboriginal people are spectators to the death of their culture, their lives… We watch as our culture dies. How are you going to measure that?”

Imagino a alguna tatara-tatarabuela mía hace un par de siglos viviendo y tratando de articular algo similar aquí en el altiplano cundiboyacense al ver su cultura muisca (o tal vez panche, o guane) destruida.

veintes

me llamó la atención (entre mil otras cosas que me han llamado la atención) que en myskkubun (lengua muisca) la numeración tiene analogías con la numeración de origen celta, que aún sobrevive en francés y en danés (y en inglés antiguo): el uso de veintes como unidad “básica” de conteo

en el muiskkubun está mezclada con el diez (la serie de once a diecinueve reenumera los dígitos uno a diez, pero agregando la palabra kihichá (pie)

al llegar al veinte (we, la misma palabra de casa y la misma raíz del verbo ser/haber) la cosa se pone interesante, y se cuenta de veinte en veinte

por ejemplo, ochenta es we-myhyká – literalmente cuatro-veintes, o sea exactamente como en el francés quatre-vingts… en inglés de hace un par de siglos aún se lee six-score para ciento veinte o a veces incluso four-score para ochenta

en myskkubun este uso del veinte, we, es más consistente: 40, 60, 80, 100, 120, etc. son webozha (dos veintes), wemika (tres veintes), wemyhyká (cuatro veintes), wehyzhká (cinco veintes), weta (seis veintes), etc.

y los número de la serie entre un múltiplo de veinte y el siguiente múltiplo de veinte sigue la hilera entre 1 y 19 (agregando la palabra asák). Así, similar a como en francés (versión de Francia) noventa y tres se dice cuatro-veintes y trece en myskkubun es wemyhyká asák kihichá mika – literalmente cuatro veintes y trece (pie de tres)

notas de esta época

A la frenetiquísima actividad del semestre pasado siguió un período de depresión suave (espero), entre el final del mes de junio y durante buena parte del mes de julio. La noté principalmente en una baja energética extraña que me hizo temer haber atrapado el virus (pese a tantos cuidados) en la época de Solidarity. Algunas de las presentaciones de ese magnífico (y tan singular) evento terminaron minando mi escasa confianza. Primero fue la de Magidor, quien con extrema lucidez proyectó una imagen brutalmente pesimista. Luego la visión áspera de Panza (pero de él esperaba algo así) y finalmente la durísima presentación de Zalamea, justo después de la mía. Zalamea no dejó resquicio para ningún tipo de optimismo. Dijo Fernando que su lectura peirceana le permitía inferir diferenciación y no integración, baja extrema de la Solidaridad mundial y aumento desenfrenado de los pequeños egos, de los movimientos brownianos sociales, de las polarizaciones a manos de los más hábiles, del ego sublimado y la ruptura de todo lo que mal que bien se ha podido ir construyendo. No sé si realmente de Peirce se desprende todo eso, pero ciertamente la visión de Zalamea es lúcida y tal vez logró despertar en algunos de nosotros cierta preocupación que teníamos pospuesta o sencillamente poco clara.


Los poemas de Jan Zwicky fueron tal vez lo que más me conmovió de todo el evento (me encantó la conversación ad libitum con Margo Glantz, siempre juvenil a sus 90 años, siempre sorprendente).

A raíz de escuchar los poemas de Jan Zwicky entré en correspondencia con ella y terminé encargando dos libros. Uno de estos fue escrito por ella y su compañero Robert Bringhurst llamado Learning to Die, con tres ensayos, uno de Bringhurst, uno de Zwicky y uno de ambos. Es un volumen que de alguna manera invita a examinar nuestra época no tanto en términos de la pandemia o la política actual sino en sentido más amplio, en términos de la crisis climática global vista desde la perspectiva de muchas eras, y buscando lo que describe el subtítulo Wisdom in the Age of Climate Crisis.

La carátula es bellísima: dos calaveras, de frente y de lado.

Ese libro curiosamente termina dando, a pesar del obvio tono pesimista dado tanto por la carátula como por sus ensayos, punteros y claves para vivir de manera más interesante esta época.


Otra lectura (hecha en un momento de crisis por el encerramiento, el confinamiento y la asfixia) fue la pieza de teatro Huis clos de Sartre. Llegué a ella por la famosísima frase L’enfer c’est les autres.


(Sigo después de casi dos meses de pausa de este post. No me quedó fácil continuar.) La lectura de Huis clos, que debería ser la peor obra para leer en esta época, terminó siendo saludable y positiva para mí. En Huis clos, tres personajes se encuentran en el infierno. El infierno es un cuarto cerrado, donde uno está para la eternidad con otra gente. En este caso, los tres personajes (un hombre, dos mujeres) que no se conocían en la tierra (y que habrían probablemente evitado frecuentarse, por cuestiones de estilo personal, de clases sociales, de gustos) están obligados a estar para siempre, para toda la eternidad en ese cuarto, los tres. No hay camas, no hay sueño, no hay oscuridad, no hay noche, no hay descanso. Solo estar en tres sofás, hablar y hablar sobre sus vidas (tema que se agota en realidad muy rápido), pelear, exasperarse mutuamente, querer irse y no poder, saber que nunca más podrán salir de ahí.

(Alguien me decía que era el peor texto posible para leer en una época como la nuestra. Pero extrañamente, milagrosamente, fue mi cordel de salida de una crisis personal. Así pasa a veces con la literatura.)


Es raro ver agosto desde octubre. Muchas cosas adicionales han pasado, naturalmente – ya pudimos regresar (por un par de días, dos veces) a Bogotá, hemos podido conocer resquicios y recovecos de las veredas Fonquetá, Tíquiza, Fagua y Cerca de Piedra – la zona aledaña al resguardo muisca de Chía – empezar a entender la complejidad y la belleza y la dureza de la historia de esta pequeña región que nos ha acogido.

sobre el 9.9 bogotano

Hoy en clase de 9 am me quedó difícil empezar sin referirme de alguna manera a los eventos brutales y trágicos de anoche en Bogotá. En ese momento aún no había parte oficial, pero ya sabemos que fueron diez las personas asesinadas por balas de la policía, y más de cien los heridos.

Por balas.

De la policía.

No hay justificación de algo así, no hay nada que excuse a esos policías.

En clase algunos estudiantes plantearon la importancia de posiciones en contra de la violencia. Y estoy de acuerdo con ellos en la idea de no-violencia; sin embargo, es imposible ante lo de ayer callar. Es imposible aceptar que personas en quienes la sociedad ha confiado armas para que nos protejan terminen atacándonos. Y sobre todo, es imposible equiparar. La situación es totalmente asimétrica entre la policía y la ciudadanía. El minuto de silencio por las víctimas, en clase, fue un gesto muy pequeño, tal vez, pero era lo absoluto mínimo que se podía hacer por respeto hacia ellos (y finalmente, hacia nosotros mismos).


Mi amigo en twitter Juan Rafael Martínez Galarza, astrónomo en Harvard, escribió un post (público) en su página de facebook. Me parece muy apropiado para ir apuntalando conceptualmente nuestro entendimiento de lo que está ocurriendo. He aquí el post de Juan Rafael:

Desde el punto de vista moral hay una gran diferencia entre quien actúa con violencia movido por la indignación de haber sido despojado y maltratado, y quien actúa con violencia en flagrante abuso de poder. Que los dos merezcan sanción no significa que sean equiparables. Por eso creo que esos llamados ecuánimes a rechazar toda violencia son injustos, violentos ellos mismos, ciegos, carentes de solidaridad, interesados. Estamos en una situación en que un cuerpo armado del estado ha asesinado ciudadanos. No podemos caer en el facilismo de imponer a quienes reaccionan a esa violencia oficial (gente que por lo general la ha soportado antes) el mismo grado de culpa. Deseo justicia, deseo también el cese de la violencia. Pero eso empieza por aceptar que hay un desbalance entre quienes hacen uso de la fuerza oficial y quienes usan la violencia para resistirla. Aceptar ese desbalance no es proponer impunidad para los últimos, sino justicia. Para muchos eso parece ser fácil de entender cuando se trata de solidarizarse con víctimas de violencia racial en USA pero dificilísimo cuando se trata de solidarizarse con víctimas de una violencia social igual de longeva y de profunda, como la que hay en Colombia. A propósito: el vínculo ideológico entre los policías rasos en EEUU con esos valores racistas que defienden (y que los han protegido) es mucho más profundo que el que une a los policías rasos de Colombia con unas estructuras de poder que también a ellos les han fallado. Pilas.

A las fuerzas del extremo centro preocupadas por cómo esto puede impulsar a Petro les doy un consejo: ¿quieren eso votos? Pónganse del lado e la ciudadanía. Dejen de equiparar los crímenes de estado con la reacción legítima de una población ya bastante golpeada por la miseria y la injusticia. A la gente, más allá de su pasado guerrillero y del sofisma del castrochavismo, le atrae la idea de que Petro esté de su lado. Hay maneras de ponerse del lado de la ciudadanía sin caer en prácticas populistas. Háganlo, y gánense los votos, incluido el mío, en lugar de lamentar daños materiales ante la sangre derramada. Pero si estar en el centro significa no tomar partido en una situación tan clara de injusticia social, entonces al menos acepten su responsabilidad en el ascenso de personajes populistas y no pretendan que Petro es popular por arte de magia. Por mi parte, si en 2022 de nuevo tengo que escoger entre Petro, a quien las riendas del establecimiento tendrán de todas maneras bastante limitado, y esta cofradía ruin de sátrapas insensibles que es el uribismo, pues mi decisión está clarísima desde ya, como lo estuvo en 2018. Ojalá no sea el caso.

Juan Rafael Martínez Galarza, en facebook.

Ver esta lista (incompleta) es algo muy fuerte:

  • Javier Ordóñez, 44 años. Asesinado en Villa Luz por la policía el 8.9.20.
  • Julieth Ramírez, 18 años. Asesinada en Suba por la policía el 9.9.20.
  • Jaider Fonseca, 17 años. Asesinado en Verbenal por la policía el 9.9.20.
  • Germán Smith Puentes, 25 años. Asesinado en Suba por la policía el 9.9.20.
  • Julian Mauricio González, 27 años. Asesinado en Kennedy por la policía el 9.9.20.
  • Andrés Rodríguez. Asesinado por la policía el 9.9.20.
  • Angie Paola Vaquero, 19 años. Asesinada por la policía el 9.9.20.
  • Cristian Hurtado Menecé, 27 años. Asesinado por la policía en Soacha el 9.9.20.

a nostalgic look at 2019

I surprised myself missing having made my “end-of-year” video for 2019. I surprised myself because I started missing it… in June 2020.

June 2020, July 2020, really March, April, May, June, now July 2020 – these months figure in my mind, in my memory as a sort of world slump, of global freeze, of entrance into a singularity from which the way out still seems uncertain – not just the when but now mostly the if.

For some reason I started a few days ago missing sorely the account of 2019. It was an important year – with strong personal moments, with some (extremely significant) trips: to Italy, Austria and Finland in January – and back to Colombia in the middle for my father’s funeral – to Budapest in the summer, to the Colombian Caribbean and Santander in July and August, to Southern Chile in December.

Here is an account – a very personal (and nostalgic) look at 2019, made a few days ago:

más sobre combatir la nada

El fragmento en el título de mi charla para la Solidarity Conference que hacía alusión a la nada, al néant, al nothingness, llamó la atención de algunas personas. Margarita Malagón-Kurka me preguntó al final de la intervención por qué la nada – pero no alcancé a contestar muy plenamente. El fragor del tiempo, la acumulación de preguntas y cansancio en esa semana tan llena de ideas e intervenciones hizo que esa pregunta esencial de Margarita se perdiera.

Hablando de nuevo con ella y con Don Kurka hace unos días, me invitaron a seguir la pista de la nada. He aquí las grandes líneas de mi respuesta:

  • El título hacía alusión directa al fragmento de De las babas del diablo de Cortázar. Me llamó la atención poderosamente la idea de la fotografía como manera de “aprender a combatir la nada”, y me pareció un buen punto de arranque para hablar a la vez sobre nuestra situación actual – y futura – y el rol de la lógica dado por analogía con el rol de la fotografía.
  • El cuento de Cortázar – del cual leí el fragmento a mis estudiantes justo cuando estábamos lanzándonos juntos, literalmente zambulléndonos en el mundo del infinito – es la inspiración de la película Blowup de Antonioni.
  • En esa película un joven medio zonzo (pero rodeado de un mundo muy fotogénico y él mismo un excelente fotógrafo de moda, en la Londres repleta de aperturas de 1965) logra lanzar un poco su propio vacío al usar la fotografía como medio de exploración de algún suceso grave. Empieza literalmente a leer el mundo de una manera totalmente distinta, y cambia internamente como consecuencia de su uso de la fotografía como lenguaje que abre y que tiene incluso la capacidad de romper el vacío mental que podía traer el fotógrafo de modas al inicio.
  • (Algo que nunca dije sobre esa película es el uso de muchos lentes distintos por parte de Antonioni. Durante la misma escena lleva a cabo cambios de lentes – de gran-angular a ojo-de-pez a “pancake” – y eso da sensaciones muy confusas y hermosas de cambio de distancia, de cercanía casi letal y a la vez de punto de vista elevado y lejano. Algo muy cercano tal vez a la búsqueda del horóptero de Ibn Al-Haytham (y Ptolomeo, y mucho más tardíamente Aguilonius) que trajo a colación Carlos Cardona como emblema de la horosis que Perry y Zalamea empiezan a dilucidar.)
  • Hablar de lógica para un público tan variado como el de Solidarity requería algún uso de analogía. Traté (seguramente sin mucho éxito) de usar la analogía entre la fotografía como apertura de lenguaje (combatir la nada) y la lógica. La manera como emergen cantidad de situaciones muy centrales (y potencialmente problemáticas) al empezar a tomar en serio las ampliaciones, los blowups, las superposiciones, los contrastes, el quemar y sombrear.
  • Comparaba en la conversación con Don y Margarita la fotos que tomaba yo antes de 2010 – donde si acaso una entre 100 (o entre 500) pasaría el examen hoy. Estaba todo ante mis ojos pero yo no veía absolutamente nada. Esa nada era la que había que combatir. Después, gradualmente – muy gradualmente – empecé a notar cosas. Marcos, encuadres, destellos de luz, líneas de fuerza, vacíos, colores planos, puntos blancos, sombras granulares. Ahora tengo algo de vocabulario, emergido de una práctica – tengo algunos conceptos, de nuevo surgidos de esa práctica y constante búsqueda.
  • ¿Pero qué diablos tiene que ver eso con el coronavirus, con la pandemia? Bueno, de manera muy directa obviamente nada. Pero precisamente ese nada, ese ser que no es un enemigo en el sentido tradicional (otro país, otros animales) sino un ente imperceptible, invisible pero potencialmente letal, tiene un aspecto de nada muy peculiar. Obviamente no es “una nada” pues es información con poder para destruir nuestras células, nuestros cuerpos, nuestro gran cuerpo social. Pero también nos confronta con re-conceptualizaciones (hablaba con un biólogo sobre la definición misma de vida que está siendo puesta en jaque por el virus – por este y algunos otros), con re-enfoque y re-encuadres.

[Soñaba que como consecuencia misteriosa de la pandemia la gente ahora a veces se desnudaba en público – en restaurantes – y era parte normal y llana del nuevo comportamiento. No era claro en el sueño por qué lo hacían – o en qué momento se volvía importante. En el restaurante en que estaba de repente el muchacho de la mesa de al lado se desnudaba y enarbolaba su erección con tranquilidad y naturalidad. El restaurante no se inmutaba. Era parte obvia y plena del “nuevo estar” – y en el sueño tenía que ver con la pandemia. María Clara me miraba un poco extrañada pero nada parecía ya muy raro. Una chica en la otra mesa, sentada en cuclillas, también desnuda se movía con naturalidad, abriendo las piernas y disfrutando mucho la situación – no había ningún tipo de recato ni morbo – en lo que sencillamente era el nuevo placer de estar en compañía en un restaurante después de la pandemia. (Yo mismo creo que no estaba desnudo. Pero varios clientes, sobre todo los más jóvenes, sí lo estaban.) El restaurante se parecía un poco a los cafés de Chapinero – al Árbol del Pan.]


Antier estaba yo un poco asfixiado por la situación. Salí (al jardín) a tomar fotos para tratar de ver algo de mundo más allá de las pantallas y el (que se siente eterno) confinamiento. He aquí algo de lo que salió de ahí (de un intento de a-percepción):

de las babas del diablo

Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños, pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier repórter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con el pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Cóntax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/250. Ahora mismo (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) podía quedarme sentado en el pretil sobre el río, mirando pasar las pinazas negras y rojas, sin que se me ocurriera pensar fotográficamente las escenas, nada más que dejándome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo. Y ya no soplaba viento.

Las babas del diablo – Julio Cortázar

(Llegué a este cuento por la película Blow Up de Antonioni, obviamente.)

[Agregado dos días después: releyendo (para mis alumnos) este pasaje del cuento de Cortázar me di cuenta que donde había escrito “con la Cóntax” debía naturalmente ser “sin la Cóntax”. Me sorprendió en mí mismo este error, que voltea completamente las cosas. Nadie me comentó nada – o bien conocían el pasaje y sencillamente lo registraron sin mirar detalles, o bien no lo conocían y les pareció extraño pero no sabían a ciencia cierta, o bien… ¿Cuántos errores aparentemente pequeños (dos letras) pero que cambian el significado habrán pasado en textos escritos por la humanidad?]


resonancia / reflejos

No he logrado entender por qué en esta época de confinamiento han sido tan fuertes los sueños (para mucha gente, según concluyo). Para mí han sido sobre todo semi-vigilia. El lento y dulce despertar y descubrir que hay aura, la naturaleza está ahí – la montaña – seguimos vivos, a pesar de la incertidumbre. Disfruto intensamente los aromas de los cuerpos medio dormidos, ese olor dulzarrón de seres humanos y los rastros de sus fluidos, tan similar a los aromas del pan horneándose. Y disfruto abrir la ventana y sentir el frío de la noche anterior al amanecer, y la luz que inicia lentamente mientras Abdul sale a cazar en la madrugada sabanera – y vuelvo a dormir, a semi-dormir, a medio-dormir y pienso en las fotos no tomadas (ese gris matutino, esa niebla, ese Abdul, el olor de nuestros cuerpos que me embriaga, la perspectiva de hornear el pan) y no pienso mucho en matemática a esa hora (aunque no es verdad: siempre pienso de alguna manera en algún fragmento de construcción o de prueba), y retomo etapas remotas de la vida: la presencia de mis padres, su protección, las rupturas con ellos, la salida.

Y arranca el día, semi-igual a todos. No habrá salidas, no habrá viajes, no habrá idas a cine o a restaurantes o a montar en bicicleta. No habrá nada de eso. No habrá salida a jugar a colgarse en las barras del barrio, no habrá ida a caminar/correr con María Clara por las calles de una ciudad. No habrá parada en ninguna tienda. No hay tiendas – o las que hay parecen más refugios de guerra. Carullas con ambiente de cooperativa polaca socialista de las películas (aunque con precios aún más caros que nunca), tiendas de vereda con lo básico, y sobre todo nada de flâner, nada de lingering, nada de detenerse a mirar y comparar frutas o productos: entre el tiempo limitado de salida, el fastidio con tanta máscara y tanto cuidado con cualquier moneda, cualquier roce, cualquier pago con tarjeta, no quedan ganas de mirar muchos productos, comparar, imaginar.

Arranca, pues, el día semi-igual a todos. Hay belleza también en la no-salida, en las vueltas por el pequeño jardín, repetidas igual siempre, corriendo intervalos o caminando y caminando y caminando y contándonos lecturas y sueños y libros. Y parar a tratar de hacer “calistenia” en suelo, difícil (los burpees me dejan los tobillos inservibles) sin las maravillosas barras de los parques bogotanos. Y ver a Abdul por fin libre revolotear entre árboles y tratar de concentrar la mirada y empezar a notar nudos y zarcillos.

Saber que las fotos serán siempre fotos de lo mismo: la comida preparada, la vegetación siempre sorprendente. No serán fotos de ciudad, pues no hay ciudad en este momento. No serán fotos de gente pues la gente no está para fotos – entre máscaras y nerviosismo, cierta tristeza implícita se deja ver en las fotos que ve uno estos días (veía unos videos de gente haciendo ejercicio en la Barceloneta y gente en la playa – nadie se ve muy contento pese a estar en principio en sitios muy ideales).

Entrar a clase en zoom – y aprender a percibir a los estudiantes a través de sus voces, sus dudas, sus frases, sus silencios. Qué difícil. (Pero qué maravilla algunos estudiantes.)

Y odiar zoom al final del día largo. Y agradecer que zoom existe porque ¿cómo habría sido el desayuno tal con amigos en Nueva York sin zoom? ¿cómo habría sido el seminario tal, el curso tal, la reunión de amigos, sin zoom?


De nudos (zarcillos, trenzas, poleas)

El confinamiento trae mucha introspección. Hay muchas ventanas al mundo, en forma de seminarios, clases, conversaciones a veces sumamente interesantes – pero tal vez lo más extraño es la atención a detalles que normalmente uno tiene como secundarios.

En el jardín hay universos enteros. Hace unos días María Clara me pidió que le ayudara a cavar un hueco para enterrar una estaca y lanzar una cuerda, pues una calabaza que nació silvestre se estaba enredando en un peral y lo iba a asfixiar. La idea era que la calabaza se enredara en el hilo y la estaca nuevos.

Nunca imaginé que a los muy pocos días el enredo nuevo de la calabaza iba a ser de ese orden. Tampoco imaginé que en lo que uno podría llamar “gratitud” de manera un poco antropocentrista, la calabaza empezó a arrojar flores y frutos. Y todo en muy pocos días.

Los nudos (y los zarcillos y urilos, trenzas y verdaderas poleas) trazados por la calabaza en meros días han sido aterradores. Si esa planta fuera grande lo podría asfixiar a uno fácilmente.

[Hoy celebramos con unas flores de calabaza rellenas (receta judía romana – se rellenan con ralladura de pan, queso parmesano rallado y anchoa y se sofríen, después de haberlas pasado por un poco de huevo y harina).]