El par Edimburgo/Glasgow

Hoy María Clara pasó el día entero en Glasgow – básicamente cogió el tren, y en menos de una hora llegó allá y visitó dos museos (Arte Moderno y Arte Contemporáneo). No alcanzó a hacer el tercer plan, que consistía en ir a conocer la Escuela de Arte de Glasgow, diseñada por Mackintosh y ver parte de una exposición que estaba allá.

Yo no fui: hoy era un día particularmente lleno de charlas interesantes y hubo toda clase de encuentros impresionantes e inesperados, para mí, en el sitio del congreso de la European Science Foundation.

Llegó feliz María Clara de Glasgow. Le encantó. Sintió que respiraba aire móvil en el ambiente un poco desvencijado de Glasgow (que le recordó mucho a Bogotá).

Glasgow: el centro

El centro de Glasgow – entre las calles Bath y Sauchiehall

Edimburgo es bellísima, y uno puede pasar días y días descubriendo mil secretos que van apareciendo, pero sufre un poco de ser una ciudad europea demasiado bonita. Toda la zona medieval del centro, con arquitectura espléndida, sufre con cierto exceso de nostalgia por algo que en realidad nunca existió (pues cuando armaron esas ciudades pasaban los caballos a toda, los pobres que se atravesaran eran espichados y nadie se mosqueaba, todo olía a estiércol de caballo y mierda humana, los veranos traían plagas y pestes, los inviernos muertos de frío o escorbuto – la mayoría de la gente no leía y el mundo era mucho más desigual que el de hoy) – sin embargo, estas ciudades antiguas bellísimas parecen tener nostalgia de ese pasado, y son comercio en el presente.

Glasgow es otra cosa. La primera impresión mía cuando fuimos el domingo pasado fue similar a la de ciudades del Rust Belt norteamericano – Cleveland, tal vez. Un edificio modernista muy bello seguido de un bloque cincuentero seguido de otra torre. Como en Bogotá también. Pasamos las dos horas almorzando y viendo una parte de The Clock, antes de venir a Edimburgo.

The Clock - imagen al vuelo

Hoy María Clara la vio con más calma, en plan menos apurado. Igual caminó mucho y fue a varios lugares del centro. Me trajo de regalo el librito de Paul Lafargue, escrito en 1883, The Right to Be Lazy, and other articles, en una publicación sencillísima de “the Socialist Party of Great Britain” (£ 1.50) en cartulina rojo vivo. Una respuesta espléndida al Derecho al trabajo de 1848), repleta de frases agudísimas como Their capitalist morality, a pitiful parody of divine morality, has excommunicated human passions; their ideal is to transform the producer into a machine turning out work without pause or pity … The Gambettas, the Gallifets, … such paragons of virtue, will whine at the immorality of this, so much the better. When we are the masters, we will let them enjoy the pleasures of abstinence and forced labour that they impose on all the producers…. let us launch an assault on the morality and social theories of capitalism; may our criticism demolish bourgeois prejudices …

Esa es Glasgow también – un día en Glasgow. La arquitectura de Mackintosh – los salones de té. El despelote (MC me decía que se sintió transportada al centro de Bogotá caminando por el centro de Glasgow, después de un mes en Europa). La vitalidad. El ambiente post-industrial. Las obras críticas críticas de esos artistas jóvenes británicos (intervenciones interesantísimas en el espacio público – que como en Bogotá se siente torturado y es objeto de reflexión, etc. etc.). Y algo de The Clock – me contaba MC que vio ahora el pedazo que arranca a las 4 pm, hasta que cerraron el museo. Parece que los trozos de The Clock que ocurren hacia las 5 pm están repletos de salidas de oficina de miles de película.

The Clock - fragmento

Tal vez lo clave es que existan ambas, a menos de una hora. Que la asfixia de la belleza de Edimburgo se vea compensada por la vitalidad de Glasgow. Que el despelote visual del centro de Glasgow se vea compensado por la armonía impresionante de Edimburgo, con su piedra, con su zona georgiana, con su bahía, con su monte. Edimburgo es casi perfecta (y es difícil irse mañana), pero la presencia y posibilidad de ir a Glasgow (con carácter) son claves.

El par Edimburgo/Glasgow me hace acordarme del par Tel Aviv/Jerusalén. Ambas a una hora entre sí, Tel Aviv despelote puro, intelectualidad, bogotanidad, mucho concreto, cuadras enteras iguales al campus de la Universidad Nacional (y la playa) – Jerusalén mirando el pasado, hermosísima, de piedra en zonas antiguas y nuevas, jardines, aromas a jazmín – pero a veces, muchas veces asfixiante de lo bella. Allá también es clave que estén las dos ciudades.

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