Mi lectura de Pérec siempre ha sido tortuosa, nunca una lectura rápida y engolosinada. La vie mode d’emploi lo leí en las carpas de un viaje que hicimos con María Clara en carro de Madison a San Francisco, en una época en que así no más nos aventurábamos a salir con un carro que podía tener problemas graves a recorrer casi diez mil kilómetros (el viaje no fue por autopistas a la ida sino por rutas pequeñas, entre esas la famosa 66, y miles de paradas en lugares (pueblos perdidos que parecían haber sido abandonados y olvidados desde el siglo 19, Silverton y la plata oculta detrás de las montañas rojo tiza) de Colorado, Nuevo México, Arizona y California).

En la carpa de noche yo leía La vie mode d’emploi con una linterna, mientras recapitulábamos un día entero de álamos, bosques, lagos, montes colorados, ríos, sopaipillas, maíz morado.

Los pasadizos entre las chambres de bonne, los étages nobles y los estudios improvisados de ese inmueble parisino están atados para siempre en mi mente a esa noche en June Lake (California, un poco al oeste de Yosemite, a la altura de Bogotá, helado en verano) cuando el viento casi se lleva todas las carpas y nos lanzó ramas de los árboles circundantes encima. El aroma increíble de esos bosques de la Sierra Nevada de California está revuelto en mi mente con el descifrar los pasadizos y corredores del inmueble de La vie mode d’emploi.

Otras novelas/obras de Pérec leí pero por lo visto me impactaron menos.

La foto de Pérec me encanta. Su cara, con el pelo revuelto y la barba hirsuta, los ojos saltones. El niño judío de Belleville de los años 30, espiègle seguramente y luego enviado por su madre viuda a salvar la vida donde algunos cristianos caritativos (la madre enviada a Auschwitz y muerta allá – el padre muerto en alguna escaramuza inicial con Alemania en 1940) – luego el oulipien, y finalmente el parisino emblemático intelectual (e irreverente) que representa – todo ahí revuelto en esa foto.

Más que leer directamente sus obras, me gusta pensar en todo ese universo de posibilidades, de juegos, de miradas y ardides combinatorios que nos dejó Pérec. Me parece que lo que abren es aún más fuerte, si cabe, que sus propias obras.

Pérec/Peretz/Pérez

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