La difícil relación del bogotano con lo público

Facultad de Derecho – Universidad Nacional – Bogotá – 2012 (foto: Andrés Felipe Suárez)

Por razones que caen fuera de mi campo de acción y de estudio, pero que seguramente incluyen historias largas de marginalidad e intentos de pertenencia y ascenso social de mucha gente, los bogotanos de 2012 tenemos una relación sumamente complicada y conflictiva con “lo público”. Esta relación complicada y conflictiva con temas como espacio público, educación publica, expresión pública de ideas, salud pública, se da prácticamente en todos los niveles de la sociedad, y sale a la luz de mil maneras – desde palabras presidenciales hasta grafitis en el campus, pasando por actitudes problemáticas con los colegios públicos y privados, la dificultad absurda de articular bien sistemas de transporte público, la huida en masa de los lugares públicos de salud.

Asistimos en estos días a un evento singular, de toma de conciencia de un grupo de estudiantes (inicialmente algunos del postgrado de matemáticas, pero ahora muchos otros) de la Universidad Nacional de Colombia – toma de conciencia de la importancia y la urgencia de retomar un espacio público que demasiadas veces ha sido víctima de actitudes egoístas y estrechas: el campus de la Universidad Nacional.

El mensaje de desprecio hacia lo público viene de muchas fuentes. Viene de los padres de familia que muchas veces hacen hasta lo imposible por endeudarse con tal de que sus hijos puedan ir a universidades privadas de mayor prestigio en ciertos círculos (de todos los estratos). Viene de la cuasi-no existencia de hospitales públicos de alto prestigio (cosa impensable en otras latitudes). Viene de la inexistencia de universidades públicasde élite intelectualen Colombia (y la consiguiente inexistencia de universidades realmente excelsas en este país).

En muchos otros países del mundo la mejor universidad, el mejor hospital para curar al presidente de una enfermedad grave, el mejor instituto de investigación, los mejores colegios (en Europa y Japón e incluso en algunos estados de Estados Unidos), son públicos de alguna manera, o coexisten en algunos casos de maneras más sanas con muy buenas instituciones privadas. Incluso en nuestra frágil y débil América Latina, la situación es menos terrible que en Colombia en casi todos los países de referencia. La UNAM, la UBA, la USP, la UCV son las universidades de referencia en sus países respectivos. Lo mismo sucede con los Institutos de Investigación de la UNAM, el IVIC en sus mejores tiempos, el IMPA.

Colombia es una anomalía en la cual el desprecio de casi todos hacia lo público se nos está convirtiendo en algo muy problemático y muy caro.

Nunca he visto los extremos de destrucción al espacio público que hay en el campus de la Universidad Nacional en ninguno de los sitios siguientes: la UNAM o la UAM en México, la UCV en Caracas, la Universidad Nacional en Costa Rica – mucho menos en las universidades públicas de Europa – sin hablar de Japón donde lo público siempre es lo más cuidado, lo más respetado, lo más querido. Los extremos de agresividad con el espacio público de la Nacional de Bogotá no tienen parangón. ¿Por qué tienen que ser las cosas así? ¿Tienen que ser así?

Existe una línea defendida por algunos, según la cual la verdadera universidad pública de Colombia es la Universidad de los Andes. El verdadero hospital universitario público es la Fundación Santa Fe. Los argumentos (que en algunos casos han sido retóricos, para incitar a la reflexión) de pensadores (ambos ex-profesores de la Universidad Nacional, y ambos muy preocupados por el tema de lo público) como Mockus (“la verdadera universidad estatal es los Andes”) o J. L. Villaveces (“la Universidad Nacional es estatal pero no es pública”) pueden ser sofisticados y no quiero entrar aquí en discusión de detalle al respecto. Solo quiero señalar que un país donde algunos pensadores preocupados por el tema y claramente alineados con lo público se permiten decir semejantes frases es un país donde lo público está en serios problemas.

Pero más allá de lo que digan unos u otros me quiero referir aquí a otra forma de desprecio de lo público, que creo que podríamos llamar “privatización interiorizada”. Para mí en este momento el problema más grave. Más allá de la toma de decisión difícil para un padre de familia sobre el colegio al que enviará a sus hijos o el hospital en el que acudirá cuando sea necesario, existe una forma de desprecio de lo público que es muy fuerte en Colombia y aún más brutal en Bogotá: el odio a lo público por parte de quienes más lo viven, la privatización interiorizada.

Ir a un pueblo colombiano de tierra caliente puede ser una experiencia de privatización de espacio terrible, cuando las tiendas compiten por ser la que pone la música más duro con equipos de sonido enormes. Espacio público absolutamente negado, el pequeño yo personal ensalzado a su máxima expresión. ¿Dónde quedan los músicos ahí? ¿Y nuestros oídos? ¿Alguien ha estudiado la correlación entre decibeles y violencia en Colombia?

¿Qué historia de odios/desafectos/resentimientos/marginalidades llevan a un joven a destruir su propio campus como lo vemos en la Universidad Nacional hoy en día? Grafitis sin imaginación, que probablemente le permiten desfogar algún problema personal a quien los hace pero cae en lo mismo que hacen los dueños de tiendas que ponen equipos a todo volumen en pueblos generando una cacofonía extrema? ¿Cómo podemos corregir eso, qué podemos hacer quienes estamos en esta jugada, para al menos disminuir ese coctel terrible de odio, resentimiento, libertad de expresión entendida como “puedo joder al otro con mi grafiti como se me dé la gana y si me dice que no lo haga es porque es un fascista”? ¿Cómo podemos volver a escuchar músicos de verdad en los pueblos, que canten tranquilos con una guitarra – cosa absolutamente imposible hoy – y ver en la universidad murales escritos por estudiantes y no eslógans de odio?

El movimiento que se inició entre ayer y hoy en facebook (hasta ahora solo en facebook – ojalá pronto rebase esas fronteras y toque positivamente a mucha más gente) es un movimiento fuerte en pro de lo público – algo muy difícil y valiente en este país con su historia de irrespeto brutal. Los apoyo completamente y me honra ser parte (pequeña) de ese movimiento. Más allá de la pintada de las paredes de la Universidad (para poder ver los murales, para poder pensar de verdad, para dejar la cacofonía de las paredes análoga a la competencia tristísima de los bafles gigantes, para desprivatizar nuestros muros) creo que las frases de Campo Elías son las que mejor resumen lo que se está buscando:

“En este evento queremos fortalecer la pertenencia universitaria. Mas allá de los graffitis, queremos decirles a todas las personas que han agredido a la universidad (destruyendo su patrimonio, sus instalaciones, sus pupitres, sus andenes, sus tableros, sus paredes, y hasta incluso quemando automóviles de propiedad privada) que ya no vamos a permitir mas este tipo de actos. Somos una comunidad de decenas de miles que vamos a desenredar este Jaque en el que nos tiene un pequeño grupo de personas que no nos representa. Este Domingo vamos a dejar este precedente, vamos a construir una universidad mas diversa, mas justa, mas libre, una universidad donde se pueda respirar aire puro e ideas innovadoras. Como lo dije anteriormente vamos a hacernos parte de la universidad por que cada uno de nosotros PERTENECEMOS a esta comunidad. No vamos permitir mas atropellos. Este Domingo con las brochas en mano dejaremos claro que no admitimos mas vandalismo en la universidad.”

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