Sobre Margo Glantz. (En la foto aparece en Ciudad de México, de 19 años, en 1949.)

Hay muchos escritores mexicanos. La frase – tan obvia – adquiere tal vez algo de peso específico si uno modula “escritores” y agrega “escritores buenísimos”, “escritores pensadores”, “escritores que juegan con el idioma”, “escritores que retratan mundo”. En el viaje pasado a México regresé a Bogotá con una edición compendio enorme de obras de Margo Glantz, una escritora judía mexicana que entonces no conocía yo, pero me llamó la atención tal vez por la manera bellísima como estaban puestos sus libros en esa librería increíble del Fondo de Cultura, en la Condesa, o porque al ver algunos de los títulos y fragmentos hubo algo que me atrajo instantáneamente.

Fue fulminante. Un ensayo (conversación) con Álvaro Enrigue me empezó a dar las claves de Margo, de esa escritora impresionante del equívoco y lo fragmentario, de la inmigración judía a México hacia 1930, del crecer en el Mercado de La Merced y vivir en Coyoacán, de ser estudiosa de Sor Juana Inés de la Cruz y a la vez ser una de las observadoras más agudas de nuestro México contemporáneo (sí, digo nuestro pues es imposible no sentir empatía con país tan generoso, luminoso, matizado con el inteligente albur de los chilangos) y a la postre, del mundo.

La mejor tuitera del mundo también es Margo Glantz: una señora de Coyoacán de 82 años que lleva décadas armando novelas, ensayos, más novelas, como quien teje tuits y lleva enlazando pensamientos aparentemente disconexos, milagrosamente reconectados por vasos comunicantes que parecen obvios de lo naturales que resultan salidos de sus manos. Aguardo cada tuit de @Margo_Glantz como quien recibe rocío subiendo a la Quebrada de la Vieja en Chapinero y está acalorado y recibe una deliciosa gota con sabor a eucalipto o surgida de las bromelias.

Sus temas son (¿es posible, tiene sentido armar lista semejante en este caso?) la ironía, la viscosidad, el traslape, el error, la disconexión (disconexión brutal en Rimbaud entre su primera etapa heroica y su segunda etapa horrífica, que la Glantz intenta una y otra vez dilucidar), el brillo (las babas, la frontera en Bacon), la lucha interna (el Simulador que mata a un búfalo y luego preside una pelea a muerte entre su mano derecha y su mano izquierda – luego otra pelea entre él mismo y su propio culo), los zapatos de diseñador (Blahnik, Ferragamo y sus veleidades en los años 40), los suizos, los alemanes. Y claro, los judíos – judíos de su familia en México pero también Primo Lévi, Jean Améry y el horror de Auschwitz, y el horror de ser definido por otros a pesar de uno mismo. Y Scarlatti, el autor de las 555 sonatas para clavecín todas distintas unas de otras (ejercicios para la reina, realmente). La (homo-)sexualidad de Bacon, la sensibilidad a flor de piel volcada en brillos, siempre presente. Y Benares/Varanasi, la boñiga, la viscosidad de la mierda humana en que se hunde el caminante nocturno de esa ciudad – y finalmente todos nosotros al andar. Y la higiene de los verdugos y las historias de la manera como limpian la cuchilla de la guillotina entre ejecución y ejecución. Y (tema nunca acabable) el horror de esos nazis que en pleno juicio de Nuremberg respondían a la acusación “usted mató cuatro millones de judíos” con la frase “perdón, hice mis cuentas y solo fueron dos millones y medio” – dejándolo a uno absolutamente atónito ante la estupidez burocrática criminal.

No sé si tiene sentido seguir esas listas de temas de Margo. Creo que no. Llegaría al final de tumblr y no habría acabado. Lo más impresionante es su conciencia de la *recurrencia* de los temas. Como tehillim, como enumeraciones en los libros sagrados, los temas vuelven a aparecer, repetidos y cambiados un poco, como siempre sucede. Como ver a alguien tuitear durante 8 décadas y destilar y re-destilar y armar una obra gigante a partir de millones de fragmentos todos parecidos – una teselación gigante, no regular, del espacio humano.

Lo anterior podría ser inmamable si el tono fuera sabihondo o sobrado. Y no. Para nada. Al contrario.

El tono es aún un poco de mujer hija de inmigrantes que crecen en un barrio del mercado de una gran ciudad, maravillados y a la vez un poco espantados, siempre desconectados de lo local y conectados con familiares/amigos perdidos por allá en Rusia, o con primos más ricos en Nueva York. Es un tono de quien camina y camina por Madero, el Zócalo, 5 de septiembre, Guatemala – calles perdidas de ese centro de la metrópoli que deslumbró a Humboldt —- y ochenta años después sigue caminando por Coyoacán, la India, Suramérica, Chicago (y el blues), Europa Tal vez Israel (o tal vez no) – y pasa y pasa al lado de hombres grandes y ajetreados, camiones de repartición, mercaderes, cargueros, mujeres afanadas por la compra, uno que otro vago o melindroso de las calles. El mundo, visto por ojos que ven y registran.

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