Fragmentos de témpanos

Finalmente hay red decente, en Buenos Aires. Ya llegamos físicamente a la ciudad, ya no estamos en el Sur Sur del planeta y del continente, pero creo que seguimos por allá dando vueltas en la Laguna de la Torre, o recibiendo el agua helada en el Salto del Chorrillo, o viendo los témpanos que dejan los glaciares y que poco a poco se van derritiendo, muy lentamente, bajo la acción del sol (que en este verano en El Chaltén apenas llegaba a 3° C, y nos dio un par de nevaditas pequeñas de mitad de verano, a solo 400 msnm), y que quedan como la marca, el recuerdo del glaciar absolutamente inmenso y tan poderoso que muele montañas enteras abriendo valles (y deja trazas visibles fuertes: las morenas glaciares y la cantidad absurda de ripio (piedras molidas) en el fondo de los ríos, en el piso de los valles en forma de olleta, base plana).

Las fotos me hacen pensar en esos témpanos: meros testigos desprendidos de algo muy grande, meros recordatorios de la existencia de un glaciar por ahí, gigante, arrollador. Para nosotros los días en El Chaltén están aún ahí, y fueron inmensos – las fotos son témpanos desprendidos: hay un cóndor volando altísimo (aunque la foto no deja saber qué tan alto ni qué tan grande es – todo está en el recuerdo y la foto es una mera seña), un aguilucho que nos saludó en una laguna, vistas de témpanos flotando).

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