Ratisbonne, camino a Rehavia.

00073Leer el post de Javier sobre Jerusalem y tener un día de correspondencia con él sobre las mil implicaciones y lecturas de ese libro me trajo una nostalgia brutal de trozos, de aspectos de Jerusalén. De la mayoría no tengo fotos – todo eso sucedió cuando uno andaba con cámara análoga, los rollos y el revelado eran costosos, e igual aunque me gustara mucho el tema, tenía yo mucho menos flexibilidad de manejo de cámara. Aún así, hay algunas fotos que sirven para enmarcar en la mente de uno un período que finalmente fue fuerte.

Ratisbonne es el nombre del colegio francés donde suceden esas escenas brutales iniciales con los curas que le decían a sus alumnos que “la gente civilizada hablaba francés e inglés incluso en casa” y uno de los primos Halaby contesta que ellos hablan hebreo y árabe y se gana una reprimenda — y luego las escenas increíbles de la revuelta en el colegio.

Ratisbonne quedaba a meras ocho cuadras de donde vivimos la mayoría del tiempo – nuestro apartamento quedaba en la calle Ramban (Ramban es el acrónimo hebreo de Rav Moshe Ben Najmán – el rabino Moisés Najmánides que vivió en Gerona en la Edad Media y participó en Barcelona en discusiones teológicas públicas con los obispos de la cristiandad), en Rehavia, un barrio muy judío alemán – hasta el punto de que la gente decía que había sido un barrio de Yekim hasta hacía poco – yekim por el alemán Jäcke (chaqueta), de las chaquetas que no se quitaban ni en verano los llegados de Alemania. En rojo se ve la línea recta entre el Ratisbonne del cómic y nuestro sitio.

JerusalemMap

También me hicieron recordar las preguntas de Javier (¿hay judíos árabes?) y la dificultad de dar una respuesta a esa pregunta – hay mil respuestas y ninguna parece dejar contenta a la gente, ninguna es plenamente satisfactoria.00090 La pregunta me hizo recordar trozos de novelas de Yehoshua en las cuales de alguna manera aborda caracterizaciones (¿justas o no? seguramente hay mil opiniones) de los judíos sefardíes de Israel, casi árabes en tantos sentidos. También me hizo recordar tiendas cerca del mercado de Mahane Yehudá, tiendas que podrían estar en algún barrio popular de Bogotá, con las cajas de cerveza, los dulces baratos, la gente tomando gaseosa de la botella, hablando en hebreo salpicado de español antiguo y de árabe (nada mejor que madrear en árabe, parece – juzgando por lo que se oía en el barrio de artesanos detrás del mercado – Najlaot, donde vivimos mes y medio – y donde los judíos de origen iraquí, marroquí, yemenita, egipcio, turco, hablaban y se insultaban jubilosamente en árabe – volaban los ibn sharmuta y demás madrazos seguramente irrepetibles pero que sonaban muy jugosos en esas bocas).

00034Me hace falta tener fotos de esos lugares, de esa gente. Me hace falta tener fotos del Museo Islámico de Jerusalén, donde vimos la mejor colección de caligrafía que recuerdo hasta ahora. Me duele no tener fotos de la gente religiosa caminando en familia a las tres de la mañana desde el muro hasta sus casas después de una noche pasada leyendo textos con niños de tres años que empezaban a poder entender, ahí en público en el muro, en esa noche de junio. No tener registro del aroma absurdo del muro a la salida del shabat, cuando lo repletan de hierbas – de hisopo, de romero silvestre, de más hisopo, de tomillo, de laurel – en verano ver esos metros y metros cuadrados de hierbas soltando aromas lo puede volver a uno loco. Algo que nunca he visto capturado en video ni en foto.

Vivir entre sabras durante año y medio también nos marcó. “Sabra” es el nombre de una fruta israelí, llena de púas y áspera por fuera, pero dulce y deliciosa por dentro. Los israelíes se definen a sí mismos como “sabras” – un “sabra” es (como los Halaby del libro) alguien nacido ahí, áspero inicialmente pero posiblemente muy dulce por dentro si uno logra pasar esa capa inicial. Al principio la falta de “politeness” de los israelíes nos daba duro: preguntan “¿qué hora es?” sin decir “disculpe” ni “gracias” en la calle cuando uno les contesta. Poco a poco fuimos aprendiendo a manejar ese mundo, y al final parecía muy fácil traspasar la primera capa.

00171Un vendedor de kebabs del mercado judío, malacaroso casi siempre, dando órdenes a sus empleados, serio, agitado – pero vendía los mejores kebabs de hígados de pollo del universo existente. Y era igualito al tío Álvaro de María Clara, el que fue profesor de química en la Nacional y luego puso su restaurante italiano en Tabio. Lo veíamos y nos daba risa – le escribía María Clara por carta a su tío que por qué no le había contado que tenía un doble en Jerusalén. Una vez nos atrevimos a contarle al doble de Jerusalén la existencia del tío de Tabio igual a él, y feliz se hizo fotografiar y nos preparó kebabs aún mejores (lo cual parecía imposible).

Obviamente, me pierdo en recovecos. Entre Ratisbonne y el apartamento en Rambán, meros 500 metros según google, uno podía, si quería, pasar por puros barrios yekim, oír gente interpretando cuartetos de Brahms o sonatas de Schubert al piano desde los apartamentos, y vivir por un instante fugaz el mundo judío europeo antes del horror de la guerra. O dar la vuelta por el barrio religioso francés super ortodoxo, y devolverse 200 años. O ir por Wolfson y ver un poco del valle de olivos donde está el monasterio griego ortodoxo desde hace 1300 años. Esas eran las tres posibilidades para esos 500 metros.

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