Ribeyro – sincronicidad(es)

Me pasaba más frecuentemente antes durante los viajes: el encontrar como por arte de magia obras para ir leyendo mientras pasa el viaje, mientras uno absorbe la luz, el aire del lugar y se deja llenar del pulso peculiar de cada sitio. No esperaba particularmente que sucediera en esta parte del viaje (la subida de la Costa del Pacífico peruano a la sierra de Áncash, ese viaje que sentí casi mítico mientras manejábamos por la bruma subiendo desde 0 hasta 4300 metros después de recorrer 250 kilómetros junto al mar por un desierto impresionante y haber tenido que ser rescatados de quedar casi completamente hundidos en la arena de una duna). No lo esperaba, y me impresionó ir leyendo algo que me permitió entender a dónde estábamos entrando, qué es realmente este lugar, este topos mágico de la sierra de Áncash, donde el quechua y el español conviven y muerden fronteras, donde uno puede estar a 4000 m de altura y aún sentir que hay cosas mucho, muchísimo más altas, alrededor. Donde hay tantos parecidos con lugares familiares (el altiplano cundiboyacense) pero a la vez tantos extremos distintos, en alturas, en presencia de otro idioma. Tantas similitudes dentro de tantas diferencias (o tantas diferencias dentro de tantas similitudes).

Al iniciar el viaje paramos por una librería en Trujillo, a ver qué llevábamos para esos momentos del viaje en que uno quiere leer algo. Era una librería estándar, una especie de pequeña sucursal de la Librería Nacional o algo por el estilo, nada del otro mundo. Pero ahí estaba la Crónica de San Gabriel, de Julio Ramón Ribeyro, un autor peruano que en principio no asociaba yo con esta región (y que en realidad no conocía sino por referencias externas – varios amigos dicen que es el mejor cuentista de toda la literatura latinoamericana) y que en realidad no lograba asociar ni con el boom, ni con lo anterior al boom, ni con nada… pensaba que debía ser un limeño de París (y estaba engolosinado con la poesía del otro peruano de París, Vallejo, de la que sí conocía algo ya).

Abrí la Crónica, y ahí estaba justo el viaje que estábamos iniciando. Por la costa peruana, por el desierto inclemente y brutal, hacia un lugar desconocido de la sierra. Nosotros, hacia Caraz en Áncash, él (o mejor dicho, el adolescente limeño medio perdido de la novela) hacia la hacienda San Gabriel, por Santiago de Chuco, en la parte de la sierra que correspondería a subir desde Trujillo.

En las paradas del viaje cuando se puede leer (esperando un desayuno, o tarde en la noche, o en alguna tarde después de caminata) devoré literalmente la Crónica. Fue crónica paralela de un viaje, pero fue a la vez [y aún más profundamente] la primera vez que logré establecer un vínculo sólido entre los autores anteriores al boom y esa avalancha de modernidad que llegó con los contemporáneos de Ribeyro.

La Crónica me trajo a la mente (de manera desordenada) 4 años a bordo de mí mismo de Zalamea (Eduardo), obra muy modernista para haber sido escrita hacia 1940, La Educación Sentimental (de Flaubert), las crónicas de Maupassant, muchos trozos de Ana Karenina de Tólstoi – cuando están en esas haciendas de miles de verstas y hay siervos y jóvenes y viejos y grandes comidas y reuniones y peleas y tensiones, el Retrato del artista adolescente de Joyce, con el joven dudando y tratando de armar su vida (pero con matices sexuales y sociales más latinoamericanos, de ahí la cercanía a 4 años), pero curiosamente la sentí muy moderna – como una narrativa con la energía y la apertura de posibilidades del siglo XIX, pero ubicada en esta geografía de la sierra peruana (valles, minas a 5000 m, cuchillas y precipicios absurdos, terremotos, nieve para donde mire uno, chacras, chicha de jora, maíz y tunas, quebradas y punas) y en un contexto social que no debía ser muy distinto del de ciertos ancestros míos, gente de tierras de Boyacá pero con la hacienda disgregándose por mil razones nunca muy claras. Aspectos sociales del país atisbados durante la adolescencia fogosa, nunca entendidos de verdad, pero sí intuidos (en la Crónica, una revuelta de mineros indígenas, que asusta y siembra dudas en el personaje principal, pero no trae mayor consecuencia, como tantas revueltas que ha habido en estas sierras, o sus variantes del altiplano allá).

Ribeyro era amigo (o enemigo, o polemizaba con, o criticaba a, o …) de muchos de los autores consagrados del boom. Su maestría narrativa es reconocida por muchos (cuando dicen que es el mejor cuentista o mejor narrador latinoamericano pueden no estar exagerando mucho), pero a la vez no parecía estar situado en los grandes ríos de García Márquez o Vargas Llosa o Alejo Carpentier o Lezama Lima. Parecía estar situado en cierta marginalidad muy parisina, muy irónica y a la vez sencilla, que hizo que lo sintiera increíblemente fresco y novedoso para leer en 2015. Lejos de la grandilocuencia y el armar mundos inmensos de sus contemporáneos del boom, Ribeyro (o por lo menos el de la Crónica que es un Ribeyro muy inicial) parece tener la clave para entender cómo se puede pasar de La Vorágine a Cien Años de Soledad, o de 4 años a bordo de mí mismo a El Coronel no tiene quien le escriba: Ribeyro escribe algo que habla de tú a tú con los anteriores [a través de los rusos y franceses del siglo XIX, tal vez] y con los posteriores, sus contemporáneos.

Fuimos caminando a un pueblo que resultó ser absolutamente idílico – un pueblo donde tal vez el 80% de lo que se habla es quechua, y está ahí subiendo por un valle lateral mágico, subiendo desde el Callejón de Huaylas. Llegamos a ese pueblo y nos regaló un señor unas tunas rojas, unas naranjas, unas limas, unas paltas minúsculas (con sabor a anís), unas manzanas. Hablaba con su mamá en quechua mezclado con español, con nosotros en español con inflexiones y conjugaciones que muestran que no es su primer idioma. Nos invitó a volver cuando quisiéramos a su pueblo pequeño de casas de adobe que parece anterior a todo.

La caminata a ese pueblo implicó el paso por el infierno: un basurero y una mina (no sabíamos que estaban ahí), saliendo de Caraz. Baja uno bastante para pasar el cañón del Río Santa y deja uno arriba el verde increíble, se mete uno pasando por la basura entre una mina de carbón. Un escenario para una escena macabra de película de policías corruptos en Arizona en la frontera con México. Y sube uno y abandona el infierno y empieza a encontrarse con las chacras y las tunas y los bosques y las quebradas y el sonido del quechua y el fluir extrañísimo del tiempo en la parte alta de esos valles.

La Crónica de San Gabriel captura algo que me permite ver todo eso de manera articulada, como una lectura paralela ubicada en los años 40, de vivencias en un lugar muy privilegiado del mundo en este (duro, se ve) 2015.

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