hablar con los estudiantes

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Auditorio León de Greiff, 6 pm. Foto: Andrés Villaveces

Alejandro Martín una vez nos dio una lección de entereza y seriedad académica a un grupo de profesores del Departamento de Matemáticas. El contexto era el siguiente: una Cátedra Mutis (esos eventos académicos espléndidos que ocurren en el León de Greiff, en este caso la Cátedra fue organizada por el Departamento de Matemáticas y varios profesores nos turnamos para hablar ante el León de Greiff en pleno (unos mil o mil quinientos estudiantes) en sesiones de tres horas a la semana, sobre temas diversos de “Matemática y el resto de cosas”). Hubo algunas charlas sumamente interesantes, donde se explicaba a estudiantes de todo el campus, muchos de ellos primíparos, qué matemática puede haber en movilidad, en salud, en muchos otros temas – con invitados de Transmilenio, de institutos de salud, etc. que desarrollan proyectos con profesores del departamento. Yo hablé sobre Música y Matemática (explicando, ayudado por gente del Conservatorio en un piano de cola y un piano electrónico, usando el software de Dmitri Tymoczko, y algo de teoría de grupos básica y nociones super-elementales de homotopía, cómo ahora se puede usar una rama de la matemática [Topología Algebraica] para entender conexidades, caminos y clasificar armónicamente muchas obras de muchos períodos musicales – como ciertos caminos ocurren en Chopin y en Hendrix pero no en Brahms…).

Alejandro debía dar la charla suya un par de semanas después. Había mucha tensión esa tarde: la MANE decidió ocupar el León de Greiff justo a la hora de la charla de Alejandro. El departamento en pleno estaba ahí, con miedo. Empezamos – hice la presentación. Movimiento de estudiantes – surgió alguien gritando cosas – muchos otros le chiflaban y le decían “déjenos empezar la clase”. Alejandro empezó. En ese mismo instante entró el grupo que más vocalmente quería cerrar el auditorio, tomárselo para exponer ellos sus propias ideas. La entonces directora del departamento de matemáticas nos llamó a Alejandro y a mí – nos dijo “caminen, vámonos, esto está feo”. Otros profesores que estaban ahí la secundaban – con buenas intenciones (seguridad) querían cerrar la sesión. Yo dudé – le pregunté a Alejandro qué hacíamos.

Alejandro no soltó el micrófono. Le gritaron algunos “somos mayoría”. Alejandro les dijo “sí, es verdad, pero este país escogió a un presidente que no queremos (era 2009) muchos de nosotros, por mayoría – hay que tener cuidado con ese argumento”. No sé bien cómo ni a qué horas, Alejandro logró convencer a los estudiantes que querían el micrófono para ellos que lo turnaríamos. Dos minutos “nosotros” (o sea, él y yo, puesto que los demás profesores desafortunadamente desaparecieron) y dos minutos “ellos”. El “ellos” obviamente era muy indefinido, puesto que la mayoría eran realmente estudiantes que querían escuchar la clase – la verdadera mayoría silenciosa. La “mayoría autoproclamada” muy vocal aceptó turnar el micrófono. Duramos unos 30 o 40 minutos hablando turnando micrófono Alejandro-estudiante-yo-estudiante-Alejandro-estudiante… cuando en un momento dado el estudiante se pasó de dos minutos le dijimos y muchos apoyaron – también a mí me reclamaron que no me pasara de mis dos minutos.

En realidad no recuerdo los detalles de lo dicho (algo les dije sobre la importancia de no privatizar un espacio público – no hacerlo rehén de intereses de un grupo específico). Y no creo que sean lo más importante. Lo que sí recuerdo son pocas cosas, pero que me quedaron muy grabadas:

  • Uno no sale corriendo, así haya mayoría en contra. Si uno es profesor debe mantener cierta entereza, aún si algunos le avisan que “es peligroso”. Puede que a veces lo sea, pero la inmensa mayoría de las veces no lo es. Si son estudiantes, no es “peligroso” – si son infiltrados claro que sí lo es. Agradezco infinitamente a Alejandro el haberse quedado ahí – yo habría salido (ahora tal vez no – me impresionó lo que puede hacer cierta calma y entereza).
  • Muchos estudiantes parecían de hecho muy contentos con que nos hubiéramos quedado ahí. Otros eran más crudos, más “groseros” – pero en realidad no mucho, nada que uno no haya oído en otros lados. De hecho, ellos ejercieron mucho auto-control también.
  • El ejercicio tiene su tiempo. No es salir corriendo pero tampoco es eternizarse ahí. A nivel simbólico es fuerte quedarse pero la fuerza del acto se diluye si uno se queda mucho tiempo.

Después de ese día, otros estudiantes escribieron, que querían en todo caso escuchar la clase de Alejandro, que cuándo la reprogramaban – el departamento dijo que sentían pena con él por no haber podido dar su clase, pero que él no tenía ninguna obligación de volverla a dar. Sin embargo, Alejandro sí quería dar su clase otro día. Pero finalmente organizaron la clase unas semanas después, con asistencia reducida – yo estaba fuera del país ese día y por lo tanto me la perdí.

Recordaba eso hoy por la visita de Santos ayer a la Universidad, al mismo recinto. Una estudiante, Sara Abril, le contestó duro. En los foros hay mucha gente muy indignada -que qué pena haber “faltado el respeto” al presidente, que cómo habla de mal Sara Abril, etc.

Mi posición al respecto:

  • Primero que todo, celebro que el presidente haya estado en el Aula Máxima de la Universidad Nacional. Es el recinto académico por excelencia de este país – ningún lugar como el León de Greiff simboliza para Colombia el pensamiento académico del país. Habrá muchos recintos con charlas, disquisiciones mucho más sofisticadas pero el León de Greiff es un topos máximo, un lugar de importancia crucial para el país – así muchas veces lo olvidemos. El presidente parece tener muy claro eso. Hace mucho tiempo no se daba esa presencia presidencial.
  • El diálogo entre el país y su universidad es crucial, y se da de mil maneras distintas, a través de representantes, de proyectos, de veinte mil cosas. Pero hay una expresión inglesa que cabe bien aquí: press the flesh. Apretar la carne. Saludar a alguien mirando a los ojos y dando la mano siempre es distinto de hacer un clic en una máquina. La presencia presidencial (y no de delegados o máquinas que igual siempre llegan) en el recinto hace que arranque un ejercicio difícil para los estudiantes y para el gobierno: hablar mirando a la cara.
  • Sara Abril habla duro. Para mí tanto ella como el gobierno están buscando un lenguaje, buscando una manera de hablar después de décadas de no hacerlo. Sí, suena destemplado todo. Lo grave sería que sonara todo igual de destemplado en el siguiente encuentro. Lo grave sería que no hubiera siguiente encuentro.
  • Si el presidente Santos es avieso, logrará ver que logró cosas inmensas ayer, con su presencia, con su retórica (mala pero al menos directa). Y que para el país es bueno (es vital) que esté mejor la Universidad suya, la de Colombia. En este momento confío en el presidente en ese sentido (puedo estar equivocado, como con cualquier político).
  • Si los estudiantes (¿Sara Abril?) son aviesos y despiertos, se darán cuenta de la oportunidad inmensa que se abrió ayer. Fácil no será que continúe el diálogo, pero cuando se abre es un crimen dejarlo ir. Yo confío en los estudiantes en este momento. Aquí sí no creo equivocarme: la Nacional tiene entre sus estudiantes lo mejor que da este país. De ahí saldrá algo, ojalá muy bueno.
  • Los profesores podemos ponernos bravos, indignarnos, recriminar a Sara Abril o a otros estudiantes. Seguro está bien que algunos lo hagan – como mi colega Fabián Sanabria, que en su tuiter denuncia el bajo nivel del léxico de Sara Abril. Pero lo que no podemos hacer – como nos mostró ese día en el mismo recinto Alejandro Martín – es salir corriendo. Hay que estar ahí en este momento.

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