La gravedad y la gracia (Simone Weil)

Me ha sorprendido el libro. Había leído a Weil (Simone – los matemáticos debemos aclarar esto pues si decimos “leer a Weil” se sobreentiende que nos referimos leer a André Weil, el hermano mayor de Simone) exactamente dos veces antes: una vez en el colegio, unas pocas frases sueltas en clase de francés en sexto (no sé bien por qué aparecía en ese texto, pero sabía quién era Simone Weil, mucho antes de tener preocupaciones que me llevaran a su lectura, y mucho antes de conocer la obra de su hermano André), y una vez en el doctorado, en Wisconsin (conseguí en una librería de segunda de Madison un libro que leí a trozos, por curiosidad, un poco fascinado por su fascinación por el griego y la liturgia ortodoxa) … pero debió ser a finales del doctorado. Abandoné desde entonces esos temas.

Hace unos días compré una edición de Trotta con escritos de Weil llamada La gravedad y la gracia. Es una selección de La pesanteur et la grâce, obra publicada por Plon en 1947, cuatro años después de la muerte de Weil. Contrario a mi costumbre de comprar siempre en idioma original cuando lo puedo leer, algo en el libro me llevó a comprarlo de una en español (dejando abierta la puerta para leer a Weil en francés después), pues fue un poco como esas veces que el libro parece pan recién salido del horno en un lugar maravilloso, y uno no puede dejar de probar bocado de manera instantánea.

Weil me desbalancea. Pone a prueba mi creencia en no-creencia, mi intento de lejanía de todo lo religioso, de manera inteligentísima y a la vez sensibilísima. Donde espera uno misticismo aparece racionalidad, pero racionalidad que da la vuelta a cualquier asomo de ironía en uno, que se le adelanta por completo. Imaginar las conversaciones de infancia y adolescencia entre Simone y su hermano André ya da para mucho – cuando ambos andaban descubriendo la complejidad del mundo, él debatiéndose entre la matemática y el sánscrito (contempló la posibilidad de ser un filólogo e incluso se inició simultáneamente en el tema), ella entre socialismo, misticismo, filosofía cercana a los estoicos y a Platón, a los dramaturgos de la Francia del 17 (Racine sobre todo), a Rousseau y a Spinoza, a Alain y Marco Aurelio y Lucrecio, acaso a Schopenhauer – debía ser algo muy fuerte esa mesa de discusión entre esos dos hermanos.

Simone es famosa sobre todo por su absoluta coherencia: llevó a la práctica su teoría del conocimiento del mundo, del abrazo al mundo a través del hacer – se metió de obrera en Francia para vivir en pleno, sin ambages, la condición de los trabajadores. Más tarde durante su exilio en Inglaterra durante la invasión nazi, comía tan solo la ración que sabía que sus conciudadanos podían comer en la Francia invadida – es posible que su muerte temprana, a los 34 años, se haya debido a esas limitaciones.

Algunas frases del libro:

Todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción la constituye la gracia.

No juzgar. Todos los defectos son iguales. No hay más que un defecto: carecer de la facultad de alimentarse de luz.

Tendencia a extender el sufrimiento más allá de uno mismo. Si por un exceso de debilidad no puede provocarse la compasión ni tampoco hacer daño al prójimo, se daña la representación del universo en uno mismo.

La búsqueda del equilibrio es mala porque es imaginaria.

Toda forma de recompensa supone una degradación de energía.

Necesidad de una recompensa, necesidad de recibir el equivalente de lo que se da. Pero si, al forzar esa necesidad, se deja un vacío, entonces se produce una especie de corriente de aire, y surge una recompensa sobrenatural. Esta no aparece mientras se posea otro salario: el vacío logra que aparezca.

Es necesaria una representación del mundo en la que exista el vacío, con el fin de que el mundo tenga necesidad de Dios. Eso entraña dolor.

Amar la verdad significa soportar el vacío y, por consiguiente, aceptar la muerte. La verdad se halla del lado de la muerte.

Matar con el pensamiento todo cuanto se ama: única manera de morir. Pero sólo lo que se ama.

La imaginación trabaja continuamente tapando todas las fisuras por donde pueda pasar la gracia.

Nada poseemos en el mundo -porque el azar puede quitárnoslo todo-, salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea destruir. No hay en absoluto ningún otro acto libre que nos esté permitido, salvo el de la destrucción del yo.

Las contradicciones con que topa el espíritu, las únicas realidades, el criterio de lo real. No hay contradicción en lo imaginario. La contradicción constituye la prueba de la necesidad.

Es un error desear ser comprendido antes de explicarse uno ante sí mismo. Como el caso del que busca placeres en la amistad sin merecerlos. Se trata de algo todavía más corruptor que el amor.

No dejes encarcelarte por ningún afecto. Preserva tu soledad.

El amor es un indicio de nuestra miseria. Dios no puede sino amarse a sí mismo. Nosotros no podemos sino amar algo distinto de nosotros.

De todos los seres humanos, sólo reconocemos la existencia de aquéllos a quienes amamos.

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