finde denso – Kertész en la BLAA

Como la semana pasada estuvimos trabajando duro en varias cosas (charlas para CUNY y UCLA en mi caso, pero también finalización de la página web de nuestro proyecto Topoi con María Clara y Roman y Wanda, fuera de cosas de aquí), este fin de semana parecíamos seres sin energía. El viernes preparé un arròs negre para unos amigos – acompañado por alioli. Quedó todo oliendo mucho a ajo, azafrán, aceituna, calamar y pimientos. Tanto que amanecí completamente deshidratado el sábado, sin energía para caminar.

Por primera vez en mucho tiempo no salí en todo el día. No salimos ni siquiera a caminar. Últimamente si no vamos a La Vieja hacemos la vuelta corta de Las Delicias, o en su defecto caminamos por el barrio hasta la 72 o 74 o hacia el sur hasta la 53, en caminatas cortas pero a veces con intervalos. Ayer, nada. Fue día de leer cosas, terminar de arreglar detalles del Proyecto Topoi, enviar abstracts y armar charlas en esas universidades, ver un par de capítulos de House of Cards (adictiva para mí – María Clara no aguantó ni 15 minutos del episodio 1 de la temporada 1 – dice que con ver eso ya sabe uno qué va a pasar en todo el resto de la serie… y creo que tiene razón).

También tomé una buena serie de fotos nocturnas estilo Rear Window. Chapinero es lugar ideal para ese tipo de fotos.

Hoy sí teníamos ánimo y fuimos a desayunar a Kayser – los huevos estrellados que preparan ahí son buenos. ¡Y saben hacer croissants de verdad!

El día (y en realidad el finde) arrancó con Kertész. En la Luis Ángel Arango hay exposición de su obra, y realmente es estimulante ver buena fotografía, de verdad buena. Si tiene tiempo y está en Bogotá, dese ese placer de ver esa exposición.

Me sorprendió mucho lo juguetón que es. Lo había visto en exposiciones más pequeñas, junto con muchos otros fotógrafos, pero no había visto una exposición grande de su obra. La etapa temprana, en Hungría, en los barrios periféricos de Budapest, en pueblos y en el campo, con su hermano haciendo piruetas para las fotos, con su esposa en los cafés, con la gente – los violinistas callejeros por ejemplo, es algo que me queda a mí en la cabeza – una energía de vivir, una despreocupación. Se supone que le tocó ir a la guerra en 1914, a sus veinte años, pero a diferencia de muchos de sus contemporáneos, Kertész no parece registrar lo más trágico o dramático de esos eventos – lo que se desprende de su fotografía de esa época es una mirada robusta, feliz y a la vez irónica del ser humano. Me lo imagino haciendo caminatas con energía, bañándose con su hermano o sus amigos en los ríos en verano, nadando y corriendo. Me lo imagino también observando el batallón, su miseria, su locura. Pero sin dejarse apabullar del todo – a pesar de haber sido herido en el frente.

El resto de su vida fue lo que le tocaba a sus contemporáneos – hijo de familia judía de clase media, le tocó emigrar primero a Francia buscando algo de fortuna y luego a Nueva York. Sus fotos nunca parecen perder la vitalidad inicial, aunque obviamente su estilo cambiaría fuertemente. No conocía sus trabajos más tardíos, sus fotos a color, su obra hecha en Estados Unidos (fuera de las emblemáticas series en Washington Park o en el Bowery de Nueva York).

Lo que más me impresionó hoy, fuera de lo experimental y vital que se siente Kertész, es su ojo para componer las fotos. Tenía un ojo impresionante para cortar las fotos, para componer sus temas, para incluir algún detalle, una huella, una flecha del pavimento, algo, que hace que esas fotos literalmente vibren. Por ejemplo, esta abajo del cuarteto de cuerdas.

Fotografiar músicos es dificilísimo – supongo que fotografiar deportistas y transmitir lo que pasa, el esfuerzo, la tensión, el estiramiento, debe ser similarmente difícil (no lo he hecho – pero Kertész en un momento dado fotografía nadadores en las piscinas de Budapest y realmente se ve que le interesaba trasmitir la respiración, la apnea, la tensión de las piernas). Fotografiar músicos debe hacer que suene un poco de lo que estaba oyendo el fotógrafo. A mí esta foto de un cuarteto de cuerdas me llega con sonido. No sé exactamente qué sonido, pero ahí está. El primer violín interrumpiendo la línea del violonchelo, la viola haciendo un ritmo más folclórico al tiempo, algo así. No una melodía concreta, sino algo de lo que pasa cuando uno oye un cuarteto.

Jamás se me habría ocurrido cortar la foto así. Al dejar las caras, como lo haría cualquiera, esta habría sido otra entre miles de fotos de cuartetos que uno ve. Esta no. Solo están los cuatro instrumentos (incompletos), el atril con la partitura ahí en el centro, las manos, trozos de arcos y las piernas. El atuendo de los músicos. Creo que lo que hace que suene de manera tan intensa esta foto tiene que ver con el corte. Así pasa con muchas fotos de Kertész. Me conmovió muchísimo ver esa exposición hoy.

KerteszQuartet
Cuarteto de cuerdas – foto de André Kertész, 1930

 

María Clara quería que también fuéramos a ver la exposición de Nicolás París, pero esa estaba cerrada hoy. La obra de París me ha parecido interesante – vi algo de él en el MUAC hace unos años, y me llamó la atención. Alejandro Martín me lo ha recomendado varias veces.

Vimos de Roman Polanski la película Carnage. Buenas buenas actuaciones, de Jody Foster, de Kate Winslet. Casi teatro puro. Una delicia ver algo así un día de aguacero fuerte. Sobre todo después de lo genéricas que están las series últimamente.

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