(addendum: cambió de actitud)

Al otro día el antipático apareció cuando estaban regresando de un paseo largo. Le pregunta al narrador con la mano estirada: « Connaissez-vous, monsieur le liseur, me demanda-t-il, ce vers de Paul Desjardins:

Les bois sont déjà noirs, le ciel est encor bleu.

N’est-ce pas la fine notation de cette heure-ci? Vous n’avez peut-être jamais lu Paul Desjardins. Lisez-le, mon enfant ; aujourd’hui il se mue, me dit-on, en frère prêcheur, mais ce fut longtemps un aquarelliste limpide…

Les bois sont déjà noirs, le ciel est encor bleu… »

Sigue hablándoles, deseando que “el cielo permanezca siempre para azul para usted, mi joven amigo…”.

De alguna manera quedan sorprendidos en la familia con la nueva actitud del antipático de la víspera. No dice más Proust, salvo que el padre y todos quedan con la impresión de un malentendido anterior.


Proust superpone la hora del encuentro con la evocación de los versos, pero de alguna manera ese cielo aún azul con los bosques ya negros evoca además de la hora del día la diafanidad de la acuarela de Desjardins con que se limpia la incomodidad de la víspera, la de la mirada lejana.


¿Cuántas veces nos pasa que nos imaginamos cosas de la gente y al día siguiente las limpian con frases como esa?

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6:30 pm, borde de un río (Cundinamarca, Colombia)

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