hoy tomé una foto

Hoy tomé una foto. En realidad eso es lo de menos. En realidad no tomé la foto en el sentido de “generar un documento en algún formato decente con ayuda de un lente” pues no tenía cámara a la mano – tenía un pinche celular pero las fotos tomadas con celular nunca salen bien. Pero eso es lo de menos.

Tomé una foto quiere decir que la vi, la enmarqué con la mente, la registré. Percibí de manera in-mediata, sin mediación, una luz y unas sombras, un enmarque y un significado. Estábamos a punto de empezar sesión del seminario de Geometría y Lógica y vi la persiana doblada que normalmente me parece ruinosa, en el 311 del edificio de la piscina (matemáticas). Algo de la luz y algo del viento, algo de las sombras y algo de la composición de esa persiana ruinosa (¿por qué se demoran varios semestres en cambiar las cosas que se dañan?) me pareció una foto hermosa para tomar.

Pero en realidad todo eso es lo de menos. (¿A quién le puede importar una foto más de una persiana ruinosa – aún si a mí me pareció hermosa y hubiera podido capturar tantos sentimientos mezclados con lente y buena cámara?) Sí, en realidad eso es lo de menos. Lo importante es que es la primera foto que logro tomar en mucho tiempo.


Desde hace dos meses, desde finales de Jerusalén, no había podido tomar fotos. Quiero decir, tomar fotos como la que “tomé” hoy.

Una multitud de circunstancias relacionadas con la llegada, con muchísimos afanes de salud de mi padre – que incluyeron una larguísima estadía en clínica y muchos momentos complicados – acaso el inicio abrupto de clases después de mi llegada, y la inmersión en referatos/completar artículos/trabajar en temas interesantes… todo eso dio al traste con mis fotos.

Me había acostumbrado a andar con la cámara frecuentemente como una extensión de mi percibir, como una extensión de ojo, brazo, cabeza – a veces tal vez el cuerpo entero. Y desde inicios de agosto no pude volver a andar con la cámara así.

Dejé de ver fotos. Dejé de percibir. Dejé de tomar fotos.

Me tocó oprimir botón de cámara unas pocas veces para fotografiar situaciones o documentos, pero ese fue un disparar sin alma, sin ver.

Me llegó a preocupar mucho el no ver fotos, el no poder tomar fotos.

Pensé en tanta gente que escribe sin escribir, que toma fotos sin tomar fotos, que sigue “siendo artista” sin percibir y sin ver, que sigue tocando piano sin tocar piano, que sigue haciendo matemática sin hacer matemática. Incluso profesionales plenos de cada actividad – o mejor dicho, sobre todo profesionales plenos a menudo siguen como por inercia, escribiendo novelas sin poder escribir (pero seguramente haciendo giras Planeta y apareciendo en Arcadia o lo que sea).

Me preocupó muchísimo la posibilidad de haber perdido el ojo.

Pero veía la cámara y el reflejo usual de llevármela como cómplice a todas partes y disparar cuando veía algo … eso no era posible pues no estaba viendo nada.

Llegué a dudar si mi fase de tomar fotos había sido eso, una fase no más, un momento de unos pocos años, un one-night stand con la fotografía. Me aterraba esa posibilidad, pues me hacía sentir que en realidad todo es así, la vida es así, una serie de one-night stands con actividades. Un poco como alguien que podía caminar, subir montañas, salir corriendo y ya no puede, como le pasa a mi padre en esta etapa de su vida. Como tarde o temprano nos tiene que pasar a todos.

Por eso esa foto que tomé mentalmente hoy me punzó tanto, me pareció un regalo de la vida, me despertó.

Tal vez por eso volví aquí también hoy.

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