Puerto Montt, oh Puerto Montt…

Puerto Montt. Siempre me sonó sumamente exótica esa combinación de palabras, desde que la escuché por primera vez. Creo que fue cuando era estudiante de pregrado, hacia 1988 o 1989 (a estas alturas teclear fechas que empiezan por 19.. se está volviendo menos y menos común, y los dedos pueden fácilmente equivocarse y teclear 18..). Una prima de María Clara había hecho un recorrido mochilero por muchos países de Suramérica y mencionaba la llegada a Puerto Montt, y los fiordos del sur, y …

La sentía remota, azul y nevada, entre el Pacífico y los volcanes y la nieve y las casitas de colores. La imaginaba también un poco glamurosa, tal vez por leer que tantos cruceros hacia la zona magallánica, hacia Tierra del Fuego, hacia Puerto Natales y Punta Arenas, suelen zarpar de Puerto Montt. Sí: tenía la imagen de Puerto Montt como la Puerta del Gran Sur.

También había oído hablar mil veces del cruce de Puerto Montt a Bariloche por los lagos – no entendía muy bien cómo era posible eso pero sabía que cierta gente lo hacía. Todo eso no hacía más que aumentar esa aura de puerta al mundo, a la Patagonia, a la Argentina, al Sur, al Pacífico, a los Andes escarpados y nevados.


El sábado pasado llegamos por fin a Puerto Montt. Y sí es el Gran Sur, pero en un sentido mucho más hondo, mucho menos caricaturesco que en esa imagen mental de folleto de agencia de viajes que me había armado yo. Es todo lo anterior, claro (excepto el glamour – ese está en Puerto Varas y de otra manera en Frutillar – los chilenos parecen ser expertos en armar pares de ciudades una muy popular y otra muy glamurosa justo al lado – Valparaíso y Viña del Mar son el ejemplo más extremo de eso, pero lo mismo se ve en la zona – Puerto Montt es la popular, Puerto Varas la glamurosa…).

Puerto Montt es agradablemente áspera y dura, un puerto en todo el sentido de la palabra. Y todas esas conexiones que percibía yo, claro, están.

Pero además de todo eso es un lugar del Gran Sur político – además del Gran Sur geográfico. Puerto Montt en las pocas horas que la vimos nos recibió con aire de resistencia, mezclado con la traza de dolorosísimos momentos vividos ahí. El terremoto del 60, mezclado con los asesinatos – la masacre de Puerto Montt en el 69, que canta Víctor Jara.

No conocía (tampoco) esa canción tan impresionante. Paola Vargas la mencionó en un post en fb – ¡mil gracias por haber abierto mis ojos a esa canción tan increíble!


Al llegar a Puerto Montt, al divisar el mar ahí abajo, María Clara sugirió que nos bajáramos del colectivo y camináramos hasta el puerto por la avenida bajando, para degustar la llegada, para oler el mar y el aroma pútrido del puerto y detenerse ante el letrero que señala el Sur, la Carretera Austral.

Luego seguimos bajando. Ya en la Costanera, una tienda de música nos llamó la atención, por su nombre en parte (BorDeMar), pero también por la casa. Entramos a ver. No había nada que se viera muy interesante. Pero pasó algo muy curioso. Pregunté a la señora que atiende si tenía música de Víctor Jara. Me contestó “no, no…”. Al preguntar donde podría conseguir me dijo “no, si nadie oye esa música… o a lo mejor en Santiago…”.



La vuelta por los barrios de la isla de Tenglo, el encuentro con gente increíble, el canal, el ascenso a una montaña de la altura de la Valvanera, con casitas tan similares a las de la Comunidad Indígena en Fonquetá, y con una cima tan similar a la del descampado al frente de la Valvanera; una Cruz horrenda plantada para la visita de Juan Pablo II (el papa más opuesto a las luchas de Puerto Montt que uno podría imaginar), el premio de la vista de la Cordillera tras el mar… Fue un verdadero alud de sorpresas. También la conversación con los barqueros, con un par de personas encontradas por ahí, tan similares a gente de veredas cercanas a Zipaquirá o Fonquetá. Y luego Doña Silvia en un restaurante en la zona de Angelmó, un parador básico con la sopa de mar más impresionante que recuerdo…

La canción de Víctor Jara está más vigente que nunca, en Chile y en Colombia. El coro dice

“¡Ay! qué ser más infeliz
El que mandó disparar
Sabiendo como evitar
Una matanza tan vil

Puerto Montt oh Puerto Montt … Puerto Montt oh Puerto Montt”

(y ese refrán final se le queda a uno en la mente, y tiñe el recuerdo del día pasado allá)

Y nos topamos con la Avenida Salvador Allende. No está tachado, ni más faltaba (como sí lo están muchos otros nombres). Pero alguien recordó pegar un papelito que dice trabajadores de la patria uníos – no tienen nada qué perder, evocando tal vez el último discurso del presidente el 11 de septiembre del 73.

Y seguimos andando, y pasamos por el museo histórico (vidrios destrozados, cerrado), y conversamos con niños con cara de venir de los barrios más pobres, que hacen ejercicios en barras demasiado altas para ellos (y casi para mí también) y nos dicen que lo que se ha destruido hasta ahora no es nada, que puede llegar gente muy mala (y no contestamos, pero sabemos que tienen razón). Y atravesamos de nuevo el canal desde Tenglo y nos cuenta el pescador cómo hay que evitar el salmón de los restaurantes pues lo venden ya congelado, que busquemos congrio y merluza o cholgas y piures, que evitemos el ceviche que es de “puro ripio”. Y seguimos andando por Puerto Montt, y ahora escucho los acentos de Víctor Jara al evocar esa ciudad impresionante y ahora mucho más misteriosa para mí.

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