Un pequeño homenaje a un gran maestro

Alejandro Martín me reclamó implícitamente el abandono (parcial, siempre creemos) de este blog. Eso fue hace unos pocos días. No sabía por qué no había vuelto, no lo sé; tal vez no importa (o tal vez sí, pero no ahora, no aquí).

Esta semana pasaron muchas cosas extrañas, misteriosas, algunas muy bellas y otras muy tristes.

Hoy por la mañana me llamó Alejandro Martín. Con Alejandro hablamos en realidad muy poco por teléfono; no es nuestro medio favorito de comunicación. Por eso cuando vi su nombre, en llamada a la hora del desayuno, pensé «qué raro». Al iniciar la conversación me preguntó si ya sabía la noticia. Y claro, al oír la pregunta, ya la supe, pero aún así le pregunté. Me anunció la muerte de su padre, Jesús Martín Barbero.

Yo no había visto noticias ni anoche ni ayer por la mañana. La noticia de la muerte de Jesús estaba en toda la prensa nacional, y seguramente en muchos lugares más. Alejandro me expresó que prefería que no me hubiera enterado por esos medios, sino con su llamada.

Y fue de nuevo ese vacío y esa orfandad, en este caso comunicados de manera breve y extraña vía celular, al amigo Alejandro. Y luego, pensar mil cosas. Recordar tantas conversaciones, y no poder abrazar a Alejandro y Laura, y a Olguita en esta época. Ese inasible actual (que de tanto jugar a ser virtuales como que nos hizo convertir los ritos que no eran virtuales – las despedidas y el acompañar a los amigos – en virtuales).

Podría contar muchas conversaciones, pero no va eso al caso aquí, ahora. Prefiero recordar momentos, momentos de un día bellísimo de 2018 en que fuimos a almorzar con Jesús, Elvira y Olguita (Alejandro estaba en Cali).

Fue en almuerzo pausado, con tiempo. Elvira estaba lentamente despidiéndose del mundo, y seguramente estaba la angustia de qué pasaría con Jesús luego. Pero no se habló de eso; se habló de la infancia de Jesús en su pueblo de Castilla, de su juventud en Lovaina y su llegada a América Latina, de su colección-collage de fotos gloriosa, de sus mil proyectos.

(Pero tal vez más que los temas, lo que me pasaba a mí con Jesús era que me enseñaba a pensarme como latinoamericano, a abrazar el significado inmenso de serlo, a jugar con mil posibilidades. Era siempre irónico que él, que nunca dejó su acento tan castellano, fuera de alguna manera más profundamente latinoamericano que muchos de nosotros, y de alguna manera abarcara y abrazara todas las posibilidades de este continente que casi siempre nos duele. Que haya dejado este mundo en Cali, en el epicentro de la lucha más importante de este momento en Colombia y acaso en muchas partes del mundo, no deja de ser altamente simbólico.)

Además de todas sus enseñanzas (a muchos nos enseñó a ver lo que hay ahí), quedan en nuestras memorias sus gestos. Intenté (probablemente con resultados muy limitados) captar en ese almuerzo algo de los gestos de sus manos. La fotografía se queda corta, en todo caso.


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