una década después

Esta vez me gustó mucho más Leeds que hace diez años. Estuve durante una semana agotadora pero hermosísima en un congreso de Categorías Accesibles y Conexiones (http://www1.maths.leeds.ac.uk/~pmtadb/AccessibleCategories2018/Schedule.html) con teoría de conjuntos, teoría de modelos y teoría de homotopía.

Y hubo de todos esos temas, bastante.

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Lo mejor fue la calidad de la interacción – gente como Tibor Beke (con un pie sólidamente en las categorías accesibles pero con excelente intuición y bastante formación tanto en grandes cardinales como en algo de estabilidad) hace que ir a esas charlas sea un placer por las preguntas y los comentarios finales – gente como Menachem Magidor le da una altura y visión a esas interacciones que realmente rara vez se vive.

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Para mí fue una manera de forzarme a pensar de nuevo en interpretación en teoría de modelos – un tema que considero muy importante (la tesis de mi estudiante Johan García sobre trabajos previos de Hrushovski y Kamensky, y los trabajos de algunos ahora me llevaron por ese camino) – con Zaniar Ghadernezhad logramos seguir un poco adelante en trabajos que iniciamos hace unos tres o cuatro años y que tenía medio abandonados/pospuestos.


¿Pero por qué me gustó tanto Leeds esta vez, comparando con la anterior hace diez años?

Tal vez las razones son más internas que externas. La ciudad ciertamente parece estar más afianzada en su espíritu post-industrial. Como buena ciudad inglesa, está excesivamente comercializada, la comida es relativamente poco imaginativa pero hay cosas buenas de India y ahora de China – aunque tampoco nada del otro mundo – y ocasionalmente un muy buen fish and chips. No es nada de eso.

Es más la presencia de tanta gente con tantas pintas de tantos lugares, y el no sentir tanta presión por que sean muy ingleses, ni muy nada todos. Francia (por contraste) siempre vive como obsesionada por decir que todo lo que les conviene es “francés” y (como pasó esta semana en esa carta absurda de un embajador a un comediante, a Trevor Noah) sigue armando debates patafísicos donde no los hay. En Leeds simplemente parecía haber ausencia de tanta bobada, y simplemente gente de decenas de orígenes ahí trabajando medio tranquilamente – me pareció.


Visualmente hay cosas tremendamente llamativas en Leeds (y también en Manchester). Pongo algo de eso a continuación. Es una profusión de espacios post-industriales, de canales, de antiguas fábricas reconvertidas, de máquinas decimonónicas que parecen flores y espigas, monstruos de manga y plantas carnívoras, de espacios comerciales que parecen un huevo por dentro – o evocan simultáneamente el Coliseo de Roma y el Panteón. Gente en un tren nocturno atestado (gente esa sí toda muy blanca y con decoraciones rosadas) saliendo de un concierto de una banda de mujeres jóvenes.

Y también una ausencia de foto (por razones de seguridad personal).

 

Luz sin cámara

No traje la cámara buena esta vez a Chía. No sé bien por qué. Y me ha pesado por dos razones: por un lado, hoy sembramos el árbol para Mauricio Arturo – tomamos registro con otra cámara, pero no es lo mismo 😐 Por otro lado, como desde las 5.20 de la tarde la luz se puso extrañísima, absolutamente increíble (son las 6 y sigue, cambiando cada segundo, pero muy extraña). Hacia las 5.30 la luz estaba de un amarillo filtrado bellísimo, como una película de los años 70, con una llovizna breve y suave y mucho sol, y las montañas (la Valvanera, la Cruz, el Manjuy de Chía, etc.) pintados todos con un tono verde amarillo que parecía de esas películas o sencillamente de una acuarela mezclada de manera extraña. Luego siguió cambiando – ahora está de un vinotinto mezclado con azul claro y amarillo claro en los sitios aún iluminados por rayos de sol (ya detrás de las montañas).

No es claro que (incluso) con la (buena) cámara hubiera podido captar esos tonos. La verdad es que son nuevos para mí, aún habiendo estado aquí muchas veces. Es extraño el efecto que un cambio de luz puede tener en uno. Al tiempo salimos con María Clara a ver qué pasaba, por qué estaba tan bella la luz, por qué estaba tan extraño todo, como si el paso del tiempo se hubiera detenido.

El árbol que sembramos para poder recordar a Mauricio Arturo Moreno Guzmán es un feijoo (fraijoo – no sé bien cómo se escribe) pequeño, con un verde bellísimo. Ahí lo vendremos a cuidar.