soundtrack de un viaje

La intensidad de los viajes, de ciertos viajes, en mi caso casi siempre va acompañada de un especie de “soundtrack mental”. Los largos períodos pasados caminando, en la naturaleza, en el silencio (relativo) de los montes, o entre el oleaje o entre los grafitis hermosísimos de las ciudades despertando – todo eso requiere (y genera) en mi caso una música de fondo, una música muy distinta de la que suelo escuchar cuando estoy inmerso en el trabajo matemático o en las clases o en la correspondencia “usuales” en Bogotá. Si durante el semestre puedo tener una obsesión con alguna partita barroca o alguna sonata para piano del romanticismo o alguna música del siglo XX o incluso XXI, al viajar de alguna manera se reconfigura por completo todo.

Caminar en invierno por los lagos congelados de Finlandia para mí requirió una mezcla entre músicas de Carelia, de Ostrobotnia – y trozos largos de la Tercera de Sibelius repasados en la mente, o sencillamente su Concierto para Violín. Este último es para mí el soundtrack del Báltico, de un paseo hecho en 2004 a una isla/sauna a cuatro horas de velero de Helsinki en verano.

En otros momentos han sido músicas ancashinas, huaynos brutales de esos Andes centrales. O cierta música de Grebenshchikov. O sencillamente Brel y Stromae. O…

En este viaje a Chile obviamente los grupos impresionantes que ha dado ese país – mezclados con esos compositores de canción increíbles (Violeta Parra, Víctor Jara) estuvieron todo el tiempo ahí, de música de fondo. El grupo Inti Illimani ocupó mucho espacio mental: ellos cantan muchas músicas de Chile y también muchas músicas de otros lados – de Bolivia y Argentina, huaynos peruanos.

Por alguna razón peculiar enlacé con otro viaje, anterior, expresado en la canción Samba Landó de ese grupo – una canción que en realidad está anclada en la música afroperuana, una canción de la resistencia negra a la esclavitud.

La letra de esa canción es una invitación a liberarse, claro, pero sobre todo a tener cuidado con los nuevos negreros de la advertencia que hacen, tener cuidado con los nuevos esclavizadores que siempre acechan.

La fuerza instrumental y rítmica (cajón peruano, a veces con charango, siempre con guitarra y bajo) de la música afroperuana es algo difícil de capturar en frases. Simplemente hay que oírla – escuchar Toro Mata mil veces, escuchar A mí no me cumbén. Esta Samba Landó es sencillamente brutal.

Enlazo tres versiones: una de estudio de Inti Illimani, impresionante. Otra, en cover por Nano Stern y Manuel García (solo con guitarra y voz). Y por último una por MARKAMA y Rubén Rada, creo de un concierto en Buenos Aires, con imágenes impresionantes de grabados y documentos de venta de esclavos en Lima durante el siglo XVIII.

Si uno las escucha, las canta, se pueden volver parte de un soundtrack mental muy poderoso. (En realidad el soundtrack mental mío en Chile tuvo mucho, mucho más – decenas de canciones, huaynos, poemas de Violeta Parra, el increíble Galambito Temucano, y mucho de Víctor Jara. Pero reduzco de momento al increíble Samba Landó.)

waking up

2nd January 2020. As the city wakes up, I walk the streets. Loneliness… except at some point a cat joins me and follows for some three or four blocks. We converse. Then something attracts his attention and disappears. A moment later a male stray dog arrives. I am fearful, as he comes very close to me. But the dog is friendly. He follows me for some two or three kilometers – or rather than following me, he walks with me. We converse. Other dogs bark at him; I tell them I am walking with him (noname).

A slideshow.

The city is Valdivia, destroyed in 1960 by the most powerful earthquake ever recorded since they are recorded: 9.5 on Richter’s scale. Followed by a tsunami that created enormous bodies of water around the city. A city of dreams, of mist (not in summer, but somehow there are there), of the south. Of immigrants arrived from Germany around 1850.

A slideshow.

paredes de Chile (2): Santiago

La parte final de nuestras semanas en Chile fue en Santiago. Solo un par de días, que resultaron maravillosos por muchas razones (entre estas la exposición del MAC, Museo de Arte Contemporáneo, un edificio espléndido y museo manejado por la Facultad de Artes de la Universidad de Chile: nos hizo sentir agudamente la ausencia de un verdadero museo universitario [irreverente, transgresor, que haga pensar] aquí en Bogotá – las exposiciones del Museo de la Universidad Nacional se han vuelto cosas medio placenteras y se sienten brutalmente convencionales – ya llegará nuestro momento de (volver a) tener un museo universitario real)…

Si las paredes de Concepción, de Valdivia y de Puerto Montt (e incluso, tímidamente, de las turísticas y adineradas Pucón y Puerto Varas) hablaban vehementemente, las de Santiago fueron realmente superlativas.

Es difícil resumir la sensación de ver toda la capital, todas las ciudades de un país, casi completamente pintadas, con las fachadas de bancos, centros comerciales, supermercados, etc. tapadas por completo, todo pintado. Y leer tantos mensajes variados, admirar tanta gráfica (en Santiago sobre todo, la calidad de la gráfica es impresionante). Ver un país no meramente despertando sino literalmente sacudiéndose de encima el legado venido de una salida del horror pinochetista sin catarsis real, con transición muy suave a la (que algunos llaman) democracia (nombre que muchos cuestionan para estos últimos 30 años).

Lo que se ve en Chile tiene algo grandioso y a la vez preocupante. Grandiosa la sacudida de fantasmas enquistados, preocupante la incertidumbre ante el futuro.

La gráfica nos dejó admirados. Logra que bajo las capas y capas de mensajes uno pueda ver (cosa muy difícil en principio) y nos hace pensar en el impacto que tuvieron en grupos como Taller 4 Rojo en Colombia en los años 70.

Va una selección de pintadas en Santiago. Trato de mostrar en esta selección cierta variedad temática. Todas fueron tomadas en la zona entre la Alameda, Lastarria, el Parque Forestal, el Museo de Bellas Artes y Plaza Italia.

Puerto Montt, oh Puerto Montt…

Puerto Montt. Siempre me sonó sumamente exótica esa combinación de palabras, desde que la escuché por primera vez. Creo que fue cuando era estudiante de pregrado, hacia 1988 o 1989 (a estas alturas teclear fechas que empiezan por 19.. se está volviendo menos y menos común, y los dedos pueden fácilmente equivocarse y teclear 18..). Una prima de María Clara había hecho un recorrido mochilero por muchos países de Suramérica y mencionaba la llegada a Puerto Montt, y los fiordos del sur, y …

La sentía remota, azul y nevada, entre el Pacífico y los volcanes y la nieve y las casitas de colores. La imaginaba también un poco glamurosa, tal vez por leer que tantos cruceros hacia la zona magallánica, hacia Tierra del Fuego, hacia Puerto Natales y Punta Arenas, suelen zarpar de Puerto Montt. Sí: tenía la imagen de Puerto Montt como la Puerta del Gran Sur.

También había oído hablar mil veces del cruce de Puerto Montt a Bariloche por los lagos – no entendía muy bien cómo era posible eso pero sabía que cierta gente lo hacía. Todo eso no hacía más que aumentar esa aura de puerta al mundo, a la Patagonia, a la Argentina, al Sur, al Pacífico, a los Andes escarpados y nevados.


El sábado pasado llegamos por fin a Puerto Montt. Y sí es el Gran Sur, pero en un sentido mucho más hondo, mucho menos caricaturesco que en esa imagen mental de folleto de agencia de viajes que me había armado yo. Es todo lo anterior, claro (excepto el glamour – ese está en Puerto Varas y de otra manera en Frutillar – los chilenos parecen ser expertos en armar pares de ciudades una muy popular y otra muy glamurosa justo al lado – Valparaíso y Viña del Mar son el ejemplo más extremo de eso, pero lo mismo se ve en la zona – Puerto Montt es la popular, Puerto Varas la glamurosa…).

Puerto Montt es agradablemente áspera y dura, un puerto en todo el sentido de la palabra. Y todas esas conexiones que percibía yo, claro, están.

Pero además de todo eso es un lugar del Gran Sur político – además del Gran Sur geográfico. Puerto Montt en las pocas horas que la vimos nos recibió con aire de resistencia, mezclado con la traza de dolorosísimos momentos vividos ahí. El terremoto del 60, mezclado con los asesinatos – la masacre de Puerto Montt en el 69, que canta Víctor Jara.

No conocía (tampoco) esa canción tan impresionante. Paola Vargas la mencionó en un post en fb – ¡mil gracias por haber abierto mis ojos a esa canción tan increíble!


Al llegar a Puerto Montt, al divisar el mar ahí abajo, María Clara sugirió que nos bajáramos del colectivo y camináramos hasta el puerto por la avenida bajando, para degustar la llegada, para oler el mar y el aroma pútrido del puerto y detenerse ante el letrero que señala el Sur, la Carretera Austral.

Luego seguimos bajando. Ya en la Costanera, una tienda de música nos llamó la atención, por su nombre en parte (BorDeMar), pero también por la casa. Entramos a ver. No había nada que se viera muy interesante. Pero pasó algo muy curioso. Pregunté a la señora que atiende si tenía música de Víctor Jara. Me contestó “no, no…”. Al preguntar donde podría conseguir me dijo “no, si nadie oye esa música… o a lo mejor en Santiago…”.



La vuelta por los barrios de la isla de Tenglo, el encuentro con gente increíble, el canal, el ascenso a una montaña de la altura de la Valvanera, con casitas tan similares a las de la Comunidad Indígena en Fonquetá, y con una cima tan similar a la del descampado al frente de la Valvanera; una Cruz horrenda plantada para la visita de Juan Pablo II (el papa más opuesto a las luchas de Puerto Montt que uno podría imaginar), el premio de la vista de la Cordillera tras el mar… Fue un verdadero alud de sorpresas. También la conversación con los barqueros, con un par de personas encontradas por ahí, tan similares a gente de veredas cercanas a Zipaquirá o Fonquetá. Y luego Doña Silvia en un restaurante en la zona de Angelmó, un parador básico con la sopa de mar más impresionante que recuerdo…

La canción de Víctor Jara está más vigente que nunca, en Chile y en Colombia. El coro dice

“¡Ay! qué ser más infeliz
El que mandó disparar
Sabiendo como evitar
Una matanza tan vil

Puerto Montt oh Puerto Montt … Puerto Montt oh Puerto Montt”

(y ese refrán final se le queda a uno en la mente, y tiñe el recuerdo del día pasado allá)

Y nos topamos con la Avenida Salvador Allende. No está tachado, ni más faltaba (como sí lo están muchos otros nombres). Pero alguien recordó pegar un papelito que dice trabajadores de la patria uníos – no tienen nada qué perder, evocando tal vez el último discurso del presidente el 11 de septiembre del 73.

Y seguimos andando, y pasamos por el museo histórico (vidrios destrozados, cerrado), y conversamos con niños con cara de venir de los barrios más pobres, que hacen ejercicios en barras demasiado altas para ellos (y casi para mí también) y nos dicen que lo que se ha destruido hasta ahora no es nada, que puede llegar gente muy mala (y no contestamos, pero sabemos que tienen razón). Y atravesamos de nuevo el canal desde Tenglo y nos cuenta el pescador cómo hay que evitar el salmón de los restaurantes pues lo venden ya congelado, que busquemos congrio y merluza o cholgas y piures, que evitemos el ceviche que es de “puro ripio”. Y seguimos andando por Puerto Montt, y ahora escucho los acentos de Víctor Jara al evocar esa ciudad impresionante y ahora mucho más misteriosa para mí.

Paredes de Chile

Durante los días de SLALM, de Simposio Latinoamericano de Lógica Matemática, el énfasis fue en matemática, en mucha lógica matemática. En conexiones con álgebra, con mucha teoría de números y en el caso de mi charla y conversaciones con Xavier, en lógica infinitaria y en teoría abstracta de modelos.

Pero de alguna manera el trasfondo del movimiento chileno (me gusta que lo llamen “movimiento” y no “paro”, pues aunque las universidades están sin clases, lo que hay es realmente un movimiento muy profundo, muy inasible e irreducible a explicaciones simplonas) siempre estaba ahí, en las conversaciones, en las dificultades que tuvieron los organizadores con el lugar (Universidad de Concepción cerrada, lugar del evento en un hotel), en la energía de esperanza muy fuerte.

No hay explicación inmediata para lo que estas paredes nos quieren decir, nos dicen, nos gritan. Sí hay la sensación de algo muy hondo, un clamor contenido durante décadas.

Ahí están las imágenes, la mayoría en Concepción (el domingo posterior al congreso salí finalmente a dar una vuelta por el centro y mirar con cuidado). Hay algo en Santiago también, de nuestra vuelta con Carlos Di Prisco por el centro el día de nuestra llegada a Chile. Creo que las imágenes son sumamente elocuentes y no requieren sobre-explicación de ninguna clase.

[Nota: aunque es duro, y a veces feo, ver los muros así, de alguna manera se siente alivio – como que algo que estaba trancado se está destrancando. Lo que está pasando en Chile es de altísima importancia, no solo en Chile, sino en todos los países que se han metido por esa senda del demonio en la que Chile no fue más que el país-experimento.]

Urbes mutantes: radiografía de ciudades de América Latina

Visitar ciudades de América Latina siempre es a la vez emocionante, muy emocionante y decepcionante. A veces más, a veces menos, pero muchas veces ve uno en las otras ciudades reflejos dolorosos de la ciudad de uno (o soluciones espléndidas a cosas que no hemos podido resolver nosotros). Es una mirada al otro, pero a un “otro” que es casi uno mismo.

En la Ciudad de México he podido ver mundo exaltado y bajo mundo, acaso más que en Bogotá (por alguna razón, de noche por los alrededores del Centro Histórico, hacia el mercado o hacia San Juan de Letrán o hacia la colonia Hidalgo, me siento bien – también me siento bien trotando de madrugada en los Viveros de Coyoacán, que parecen casi un parque parisino (ideal, de novela de Flaubert), o deambulando por las librerías y tiendas de Coyoacán o La Condesa – zonas chic del magnífico DF). En Caracas, en Lima, en Medellín, en Cali, en São Paulo, en Salvador, etc. ve uno variantes de la misma ciudad latinoamericana, con sus centros deslabrados y con pocas cuadras cuidadas, con sus personajes que parecen extraídos de la misma tierra [Güicán, Cuauhtepec, Tadó, Mucuchíes, …] y siempre se ven golpeados por la rudeza de la ciudad, en su fealdad repetida de talleres mecánicos, tlapalerías, ventas de empanadas, tugurios, casas sin acabar, letreros electorales, gente haciendo fila y haciendo fila…

La exposición Urbes Mutantes que está en la Luis Ángel Arango es exactamente eso: fotografía de ciudades latinoamericanas entre los años 1940 y ahora. El momento de la gran mutación de nuestras urbes – que pasaron de ser villorrios y puebluchos (sí, claro – villorrios y puebluchos con sus plazoletas aristocráticas y su arquitectura de trianones transplantados) miserables perdidos a ser urbes vibrantes, repletas de cultura, de salsa, de merengue, de escotes y pantalones ceñidos y gorduras a punto de estallar, y centros comerciales horrorosos casi todos y … los talleres mecánicos y buses/busetas/combis/peseros/colectivos/micros/guaguas/ejecutivos de horror, repetidos en su olor a exhosto y su sudor reconcentrado, a lo largo y ancho de toda América Latina, recorriendo con su melodía estéreo/salsa/merengue/champeta/reguetón todo el espectro de estas ciudades. Ciudades golpeadas por bogotazos/caracazos, asonadas, gente de ruana con mirada hueca, hijos sin ruana y con prendas chinas casi iguales a las de los fresa/gomelos/sifrinos/pijos/pitucos hoy en día.

El momento de mutación (de la ruana y alpargata a los bluyines cuasi-universales, a las pintas casi iguales en todas las clases sociales [pero con marcadores de clase super precisos para los chicos de colegio sifrino], del barro de los tugurios al exhosto de los buses, de parecer ciudades de quinta en Europa del Este [la Bogotá de los abuelos era como una ciudad polaca o moldava de quinta división] a parecer ciudades… latinoamericanas (de talleres y bodegas, transmilenios y zonas pijas, tugurios y favelas, autopistas y puentes llenos de grafiti, zonas de edificios impresionantes y vías férreas abandonadas, ciclovías de domingo con sus ventas de jugos y repuestos y aeróbicos, metrocables y desconfianza, Maseratis andando por calles trancadas a 3 km/h, zorras y burros y caballos al lado, barrios de los años 1930 y 1940 y 1950, atorados de decencia y pastelerías de inmigrantes judíos de Europa del Este y arbolitos y Parkways, y zonas de horror que parecen lo peor de lo peor de Houston o Los Ángeles).

La mutación retratada por 200 fotógrafos, muchos de ellos que no conocía, muchos grandes maestros. Graciela Iturbide, Sergio Trujillo, Leo Matiz, Fernell Franco, Gasparini, entre muchos, muchísimos otros testigos de toda esa mutación, de esa tristeza infinita (y alegría sorprendente) de las ciudades latinoamericanas.

La exposición estará expuesta hasta el 27 de mayo. Recuerde que la Luis Ángel Arango cierra los martes. Está en el tercer piso de la zona de Arte Contemporáneo. Es gratis la entrada. Y vale la pena – creo que volveré al menos una vez antes de que la quiten.

Urbes1
Nacho López: Huelga de maestros, Ciudad de México. Años 1950.

urbes2
Fernell Franco: Prostitutas. Cali, hacia 1970.

urbes3
Gasparini. Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1954.