pasaportes – corte

Esta semana andaba medio clavado escribiendo dos o tres cosas. Aún así, renové pasaporte (una vez más, pero tocó). Es de esas vueltas que duran diez o quince minutos y que lo dejan a uno pensando ¿por qué no son todas las vueltas burocráticas así de fáciles? ¿qué le impide a los demás burócratas hacer las cosas bien, como se ve que las pueden hacer los de Pasaportes en Colombia – donde renovar pasaporte toma 10 minutos?

Arroz negro. Arròs negre, en realidad. Preparé esa receta para una cena con amigos un viernes por la noche. Ahora se consigue fácilmente en este barrio el arroz bomba necesario. Y en Hipermar hace unos días conseguimos las sepias y todo lo necesario. Etcétera. Pocas recetas tan festivas para un viernes nocturno. Se trataba de volver a ver amigos que queríamos ver desde hace rato, y de cerrar una semana muy pesada. En realidad esas recetas de arròs valenciano son fáciles, una vez uno les coge el tiro – y son festivas, de verdad.

Irse a cortar el pelo en cualquier ciudad del mundo siempre es extraño. El mundo de los barberos y peluqueros es muy peculiar. Me decía el peluquero (en Chapinero) hace unos días que ellos son muy inestables. Que se ponen bravos y abandonan el puesto de una. Que no les interesa tener prestaciones y cosas de esas que los amarran a puestos, que prefieren clavarse a trabajar y ganar su salario integral y poder largarse cuando quieran, poder desaparecerse quince días si se les da la gana, poder salir corriendo en cualquier momento. En cierto sentido son personas muy libres. El señor este me hablaba de lo importante que es entender los ángulos de la cabeza de cada hombre, cada mujer. Me contaba que la gente llega con expectativas absurdas (llevan fotos de Cristiano Ronaldo, de Beckham, y les dicen “córteme que me quede esta raya de Cristiano así – o déjeme como esta foto de Beckham, etc.”). Yo no podía creerlo. El pobre peluquero tiene que explicarle al cliente que su cabeza es distinta, etc.

En Lyon los que afeitan parecen ser todos turcos o armenios. Nunca me han afeitado tan profesionalmente como en esos lugares de gente del Medio Oriente. Hablan poco. De sus pueblos en esa meseta tal vez. O le dicen a uno on nous dit tout le temps que la France va se casser la gueule, mais ici nous çà va – çà va encore…

Vivir en Bogotá es relajante y divertido. Uno nunca se puede tomar demasiado en serio porque… pailas. Eso me gusta de esta ciudad. Siempre sale algún taxista, peluquero, señor del parqueadero, con algo que lo deja a uno pensando. Sea por absurdo, o simplemente porque nota uno que hay otro mundo ahí, gigantesco, y que uno puede aprender mucho simplemente escuchando. Escuchar a la gente en Bogotá es relajante y divertido.

Nada más difícil que conseguir buen desayuno en Francia. Sí: en Argentina es peor. Pero en Francia su formule petit-déj.  parece un chiste. Por 7 € le dan a uno un jugo demasiado concentrado, un café requemado y una “viennoiserie” (qué nombre tan ridículo) redulce – eso sí hecha con buena mantequilla. Pero mal. Peor aún en Argentina donde imitan ese mal petit-déj. francés (café recontrarequemado, jugo artificial y “medialuna” hecha con pésima margarina). Una vez en la CABA (así le dicen a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) cometimos el error de pedir huevos al desayuno, después de tres semanas de pésimo régimen en Patagonia y la misma CABA. Nos dijo el dueño del hotel “¡no! sólo los yanquis comen huevo al desayuno…” – los shaanquis… No tuvimos la energía de aclararle que los colombianos y los mexicanos no somos precisamente sshaaanquis y bien que comemos huevo al desayuno. Con los argentinos discutir es caso perdido. Ellos saben cómo es el resto del mundo, sobre todo cuando nunca han salido de Buenos Aires. Tocó esperar a llegar a Perú para empezar a comer bien.

Etc.