pasaportes – corte

Esta semana andaba medio clavado escribiendo dos o tres cosas. Aún así, renové pasaporte (una vez más, pero tocó). Es de esas vueltas que duran diez o quince minutos y que lo dejan a uno pensando ¿por qué no son todas las vueltas burocráticas así de fáciles? ¿qué le impide a los demás burócratas hacer las cosas bien, como se ve que las pueden hacer los de Pasaportes en Colombia – donde renovar pasaporte toma 10 minutos?

Arroz negro. Arròs negre, en realidad. Preparé esa receta para una cena con amigos un viernes por la noche. Ahora se consigue fácilmente en este barrio el arroz bomba necesario. Y en Hipermar hace unos días conseguimos las sepias y todo lo necesario. Etcétera. Pocas recetas tan festivas para un viernes nocturno. Se trataba de volver a ver amigos que queríamos ver desde hace rato, y de cerrar una semana muy pesada. En realidad esas recetas de arròs valenciano son fáciles, una vez uno les coge el tiro – y son festivas, de verdad.

Irse a cortar el pelo en cualquier ciudad del mundo siempre es extraño. El mundo de los barberos y peluqueros es muy peculiar. Me decía el peluquero (en Chapinero) hace unos días que ellos son muy inestables. Que se ponen bravos y abandonan el puesto de una. Que no les interesa tener prestaciones y cosas de esas que los amarran a puestos, que prefieren clavarse a trabajar y ganar su salario integral y poder largarse cuando quieran, poder desaparecerse quince días si se les da la gana, poder salir corriendo en cualquier momento. En cierto sentido son personas muy libres. El señor este me hablaba de lo importante que es entender los ángulos de la cabeza de cada hombre, cada mujer. Me contaba que la gente llega con expectativas absurdas (llevan fotos de Cristiano Ronaldo, de Beckham, y les dicen “córteme que me quede esta raya de Cristiano así – o déjeme como esta foto de Beckham, etc.”). Yo no podía creerlo. El pobre peluquero tiene que explicarle al cliente que su cabeza es distinta, etc.

En Lyon los que afeitan parecen ser todos turcos o armenios. Nunca me han afeitado tan profesionalmente como en esos lugares de gente del Medio Oriente. Hablan poco. De sus pueblos en esa meseta tal vez. O le dicen a uno on nous dit tout le temps que la France va se casser la gueule, mais ici nous çà va – çà va encore…

Vivir en Bogotá es relajante y divertido. Uno nunca se puede tomar demasiado en serio porque… pailas. Eso me gusta de esta ciudad. Siempre sale algún taxista, peluquero, señor del parqueadero, con algo que lo deja a uno pensando. Sea por absurdo, o simplemente porque nota uno que hay otro mundo ahí, gigantesco, y que uno puede aprender mucho simplemente escuchando. Escuchar a la gente en Bogotá es relajante y divertido.

Nada más difícil que conseguir buen desayuno en Francia. Sí: en Argentina es peor. Pero en Francia su formule petit-déj.  parece un chiste. Por 7 € le dan a uno un jugo demasiado concentrado, un café requemado y una “viennoiserie” (qué nombre tan ridículo) redulce – eso sí hecha con buena mantequilla. Pero mal. Peor aún en Argentina donde imitan ese mal petit-déj. francés (café recontrarequemado, jugo artificial y “medialuna” hecha con pésima margarina). Una vez en la CABA (así le dicen a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) cometimos el error de pedir huevos al desayuno, después de tres semanas de pésimo régimen en Patagonia y la misma CABA. Nos dijo el dueño del hotel “¡no! sólo los yanquis comen huevo al desayuno…” – los shaanquis… No tuvimos la energía de aclararle que los colombianos y los mexicanos no somos precisamente sshaaanquis y bien que comemos huevo al desayuno. Con los argentinos discutir es caso perdido. Ellos saben cómo es el resto del mundo, sobre todo cuando nunca han salido de Buenos Aires. Tocó esperar a llegar a Perú para empezar a comer bien.

Etc.

Museos de Buenos Aires (2): exactitud y coherencia.

Soient X un espace topologique et \mathcal{F} un préfaisceau d’ensembles de base X (Chapitre I, n° 1.9). On dit que \mathcal{F} est un faisceau d’ensembles lorsque les conditions suivantes sont vérifiées :

(F 1) : soient (U_i)_{i\in I} une famille d’ensembles ouverts dans X, U la réunion des U_i, et s',s'' deux éléments de \mathcal{F}(U); si les restrictions de s' et s'' à chaque U_i sont égales, on a s'=s''.

(F 2) : soit (U_i)_{i\in I} une famille d’ensembles ouverts dans X, de réunion U, et supposons donnés des s_i\in \mathcal{F}(U_i) de telle sorte que, quels que soient i,j\in I, les restrictions de s_i et s_j à U_i\cap U_j soient égales; alors il existe un s\in \mathcal{F}(U) dont la restrictions à U_i est s_i pour tout i\in I.

… D’autre part, si l’on applique (F 2) au cas où  I est l’ensemble vide, on constate que \mathcal{F}(\emptyset) est un ensemble à un élément …

Roger Godement, Topologie algébrique et théorie des faisceaux, Paris 1958

Fotorrastrillo/Photorake

“En el campo nadie verr nada, no hay borrde… hay que recorrtar para verr. Fotogrrafiar es igual a rrastrear y rrastrillar”. Así hablaba Grete, con un acento fuertísimo. Me acuerdo que una vez nos puso juntas a mí y a mi hermana y nos sacó una serie de fotos y por primera vez se vio lo distintas que somos. “Solo se ve lo que se ha fotografiado”, decía. Fue amiga de Brecht y había vivido con él en Dinamarca. Decían que ella era la Lai-Tu del Me-ti.

(Ricardo Piglia, en Blanco Nocturno – su personaje Sofía hablando de Grete Berlau, la gran fotógrafa alemana que estudió en la Bauhaus)

“In the countrryzide, no boundarries… you need to crrop in orderr to zee. Photographing is akin to shkrratching and rraking”. Thus spoke Grete, with a very strong accent. I remember once she took us together, me and my sister, and made a series of photographs, and one could see for the first time how different we are.  “One can only see what has been photographed”, she used to say. She had been a friend of Brecht’s and had lived with him in Denmark. They used to say she was the Lai-Tu of the Me-ti.

(Ricardo Piglia, in Blanco Nocturno – his character Sofía describing Grete Berlau, the great German photographer who studied in the Bauhaus)

Canal de los témpanos – psicoanálisis como forma (¿modelo teórica?)

Uno de los canales laterales que salen del Perito Moreno hacia el Lago Argentino se llama Canal de los Témpanos. El nombre hace soñar. Navegación peligrosa entre esos témpanos, algunos mucho más grandes que los barcos que pueden navegar por ahí.

Mi guía de expediciones al universo Martha García sí me había avisado: lo más impresionante de los glaciares del Sur puede estar más allá de la vista. Puede estar, si uno está de buenas, en el sonido. El estruendo de los trozos de hielo (algunos bloques de varios metros de lado) cayendo, desprendiéndose del glaciar, en el lago, rompiendo, moliendo todo lo que se le atraviese, es brutal – pero además tiene mil ecos dados uno no sabe exactamente por qué: por el glaciar, por los Andes ahí detrás. Es imposible acotar eso en una foto, en un texto, en un video – de pronto algún cineasta con mil cámaras y equipos de grabación, y luego un teatro multiplex de última podría intentar capturar eso. Y aún así dudo mucho que lo logre, con la tecnología tan primitiva de nuestra época. El verdadero ruido – el de un glaciar rompiendo, el de un volcán, el de un terremoto – es otra cosa.

El hielo es azul. No es blanco, ni transparente. A ratos uno creería que lo tiñen – pero eso sería del orden de magnitud de pintar la luna. No – es azul, de un azul que las fotos medio capturan pero que lo alucina a uno: un azul que cambia a cada minuto, a cada segundo – como un helado gigantesco mágico. Como hay tanto viento en la Patagonia, constantemente, las nubes nunca permanecen iguales y su grosor va variando constantemente. Pasa uno de sol a oscuridad y a gris y a mil plateados en menos de un minuto. Mientras, el glaciar va registrando todos los cambios en sus azules que a ratos son aguamarinos, a ratos violáceos, a ratos cerúleos, a ratos blancuzcos, a ratos azul cobalto, a ratos azul Prismacolor de primero de primaria, a ratos incluso blanco o gris, luego de nuevo azul brillante.

Piglia me ayuda a entender mejor el rol (importantísimo) del psicoanálisis en nuestra cultura de hoy. Leía durante el viaje en sus Formas breves que “… En medio de la crisis generalizada de la experiencia, el psicoanálisis trae una épica de la subjetividad, una versión violenta y oscura del pasado personal. Es atractivo (…) porque todos aspiramos a una vida intensa; en medio de nuestras vidas secularizadas y triviales, nos seduce admitir que en un lugar secreto experimentamos (…) grandes dramas (…) Somos lo que somos, pero también somos otros, más crueles y más atentos a los signos del destino. …” Claro: el error con el psicoanálisis está (como señalan muchos) en el ponerlo a nivel de ciencia (algunos dirían “elevarlo” a nivel de ciencia – yo simplemente digo poner, sin arriba ni abajo). Pero eso no le quita un átimo su atractivo poderosísimo. Sigue Piglia comentando la relación íntima entre el arte del siglo XX y el psicoanálisis, y la manera como mutuamente se nutren. Pasa a mostrar cómo la literatura usa el psicoanálisis constantemente y el psicoanálisis a su vez retorna el favor usando él también a la literatura.

Me encanta este pasaje de Piglia: “… Quien sí constituyó la relación con el psicoanálisis como clave de su obra es quizás el mayor escritor del siglo XX: James Joyce. Él fue quien mejor utilizó el psicoanálisis porque vio en el psicoanálisis un modo de narrar; supo percibir en el psicoanálisis la posibilidad de una construcción formal, leyó en Freud una técnica narrativa y un uso del lenguaje. (…) No en los temas: no se trataba para Joyce de refinar la caracterización psicológica de sus personajes, como se suele creer, trivialmente (…) No: Joyce percibió que había ahí modos de narrar y que, en la construcción de una narración, el sistema de relaciones que definen la trama no debe obedecer a una lógica lineal, y que datos y escenas lejanas resuenan en la superficie del relato y se enlazan secretamente. (…) Cuando le preguntaban por su relación con Freud, Joyce contestaba así: “Joyce, en alemán, es Freud.” Joyce y Freud quieren decir “alegría”; en este sentido los dos quieren decir lo mismo… “

Modos de narrar – Sistema de relaciones que definen la trama – (No) obedecer a lógica lineal – Datos y escenas lejanas que resuenan en la superficie de … – Se enlazan secretamente

Todas esas frases, esas nociones aparecen en el pasaje citado de Piglia. Si se aislan, uno podría pensar que está hablando de teoría de modelos, no de psicoanálisis ni de literatura. Obedecer (o no) a una lógica específica (lineal, o clásica, o intuicionista, o dependiente, o…). “Se enlazan secretamente” — en esos enlaces secretos (herencia o coherencia de tipos de Galois, si uno quiere, o en los groupes de liaison si uno modula) se juega parte de la teoría de una estructura también. “Sistema de relaciones que definen…” es casi demasiado obvio para comentar. Y finalmente “modos de narrar”: este es tal vez el punto más difícil para los que no sabemos escribir. Javier Moreno en su ensayo de Rondas de Sais da pistas muy buenas sobre narrativa y lógica.

La imagen (y el ruido primordial – nuestros ruidos humanos, toda nuestra música, parece un leve grito de pequeños animales) de los témpanos desprendiéndose del glaciar es lo más fuerte que me queda del viaje (al lado del vuelo de los cóndores, lo más majestuoso que he visto hasta ahora). Y el azul inesperado del hielo.

El paraíso por Corrientes y Callao

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Al salir del Zivals de la Avenida Corrientes esquina con Callao (ese especie de universo paralelo/paraíso al que uno puede tener acceso como premio por algo en esta vida si se ha portado “bien” – una de esas librerías y tiendas de discos a la antigua donde cada libro parece escogido por algún genio de Aladino que le estuviera a uno leyendo la mente antes de entrar, pero donde además aparecen editoriales mágicas que uno nunca había visto – ediciones argentinas increíbles que no se consiguen en ningún otro país, y que cuestan, al hacer cambio “blue”, la tercera parte de lo que costarían en Bogotá libros comparables – pero que además son todos distintos de lo que se consigue en cualquier otro país, en cualquier otra librería, como si uno al cruzar esas puertas cruzara un espejo de Alicia editorial) quería que cerráramos esa parte de la visita a la ciudad de los libros con un paso por la pequeña librería de la editorial Corregidor. Resulta que queda, como en el paraíso, a cuadra y media de Zivals, siguiendo por la Avenida Corrientes hacia el obelisco, doblando por una callecita oscura que parece la Calle 22 en el centro de Bogotá.

Si parar en Zivals me había parecido uno de esos regalos de la vida (¿quién carajos escoge esos discos y por qué los ponen ahí, como tentaciones de músicas del siglo XXI, del siglo XX, compositores argentinos, compositores rusos, polacos, fineses, neoyorquinos, persas, japoneses, músicas del XVI que normalmente tengo que encargar a oscuros sellos daneses, expuestas ahí como si se vendieran como empanadas, además con la posibilidad de escucharlas y a precios bajos? ¿en qué momento me salí de nuestro comercial siglo XXI con sus librerías buenas en vías de extinción, y entré en un 1925 imaginario en una ciudad con librerías de verdad?), ir a ese casi-sótano que es Corregidor sí fue la tapa.

Ahí estaba todo Macedonio Fernández (a excepción del Museo – la mujer que atiende sonríe cuando le pregunto y me dice con ojo de quien sabe “sí, mirá, lo estamos editando de nuevo, vas a ver, vení por ahí en 2015 en invierno que ya estará listo – la nueva edición nos va a quedar preciosa” – le creo). Pero además toda Clarissa traducida, todo Arlt. Nada de Gombrowicz – nos cuenta la señora de la librería que ellos editaron también todo eso, la traducción argentina (que no meramente “al español”) de Gombrowicz – existe una traducción “argentina” hecha a varias manos en el Rex de Corrientes (dice Piglia) por Gombrowicz mismo que nunca dejó de hablar en polaco y por sus amigos porteños – pero sí, lo reeditarán, “volvé pronto, qué se yo, en dos o tres años, ya verás que lo tendremos”.

Corregidor tiene todo un estante dedicado también a la teoría del tango y a la historia del tango – aparentemente eran los primeros que publicaron esos estudios cuando no “era tema” de librerías de Buenos Aires.

Tienen también – además de tanta literatura de verdad; en pocas librerías me pasa que quiera tener y haber leído y poder leer todo el estante de un muro – crónicas de todo tipo – hasta boxísticas (tema del que no sé nada, pero estábamos hospedados en el barrio de Almagro, y nuestra estación de metro está decorada con baldosines de boxeadores bastante bien logrados – resulta que la Federación de Box está ahí, en Castro Barros, como cuenta Piglia – esa Buenos Aires aún está viva y parece resistir fuertemente la homogenización de otras zonas – está uno lejos del universo Palermo Soho o Palermo Hollywood ahí en Almagro), históricas – pero sobre todo, extrañas. Si Zivals me había parecido un universo de Alicia detrás del espejo, en Corregidor sentí algo que pocas veces me ha pasado – que una librería entera es de gente que sólo publica lo que se le da la gana y porque se le da la gana sin dejar percibir el olor del Excel en ningún momento, como si no fuera necesario en este mundo estudiar mercados, mirar qué vende y qué no – armar ediciones buenas del Museo de la Novela de la Eterna, demorarse dos o tres años pero hacerlo como nadie más lo hace ni lo hará nunca en este mundo. Un poco José Corti de París, pero acaso aún más extrema en su locura y su belleza y su irreverencia con el resto del mundo. O mejor: como si uno tuviera tiempo infinito, medios infinitos, y pudiera dedicarse con un grupo de amigos a publicar exactamente lo que uno quisiera, como quisiera, cuando quisiera – como en un cuento de sueño de algún escritor argentino.

Tocaba irse. Un aguacero porteño nos obligó a quedarnos más, y mirar más libros y departir con la señora de Corregidor, y postergar la salida del universo paralelo de felicidad. Salimos finalmente a la Calle 22 llena de basura y en la esquina apareció de nuevo una esquina parisina, y luego trozos de Barcelona y finalmente Callao camino a la Avenida Santa Fe.

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(Por la noche fuimos a comer con los amigos de María Clara de la Red de Conceptualismos del Sur – al llegar Marcelo Expósito nos sucedió algo muy extraño. Conté que habíamos estado en Corregidor, y él dijo que había estado esa misma tarde allá. Buscaba a Macedonio, preguntó por la edición del Museo, vio las otras ediciones, habló con la señora de Corregidor sobre Gombrowicz. Tuvo exactamente la misma vivencia que nosotros en Corregidor esa misma tarde. Preguntó lo mismo a la misma señora, pidió los mismos libros, habló de los mismos autores. Alucinados, completábamos casi la frase del otro: Marcelo vivió con hora y media de diferencia exactamente lo mismo que nosotros en el mismo lugar. Él a las cuatro, nosotros hacia las dos y media. La historia misma es de las que suelen ocurrir… en Macedonio. Esa vivencia repetida sin saberlo, con alguien a quien hasta esa noche no conocíamos personalmente, fue nuestro cierre de estadía en Buenos Aires.)

Guillermo Kuitca. Siete últimas canciones. De la serie homónima. 1986.
Guillermo Kuitca. Siete últimas canciones. De la serie homónima. 1986.

Ciudad de los reflejos

Reducir (resumir) la cantidad de conexiones mentales, impresiones, recuerdos, referencias, notas laterales o de pie de página, que evoca Buenos Aires en meros cuatro días de visita es imposible. La cantidad de referencias a autores (porteños o no) que vienen a la mente al ir a cualquier café de esquina (Las Violetas y Piglia), andar por los barrios cuyos nombres uno ha oído o leído mil veces, es absurda. La ciudad además refiere constantemente a otras ciudades. Una cuadra es barcelonesa, la siguiente parece la Carrera 9 de Bogotá en el centro, la siguiente un trozo (pequeñísimo) de París, la siguiente es chapineruna, la siguiente Chicago, hasta el infinito. Y los reflejos, y los espejos.

Fragmentos de témpanos

Finalmente hay red decente, en Buenos Aires. Ya llegamos físicamente a la ciudad, ya no estamos en el Sur Sur del planeta y del continente, pero creo que seguimos por allá dando vueltas en la Laguna de la Torre, o recibiendo el agua helada en el Salto del Chorrillo, o viendo los témpanos que dejan los glaciares y que poco a poco se van derritiendo, muy lentamente, bajo la acción del sol (que en este verano en El Chaltén apenas llegaba a 3° C, y nos dio un par de nevaditas pequeñas de mitad de verano, a solo 400 msnm), y que quedan como la marca, el recuerdo del glaciar absolutamente inmenso y tan poderoso que muele montañas enteras abriendo valles (y deja trazas visibles fuertes: las morenas glaciares y la cantidad absurda de ripio (piedras molidas) en el fondo de los ríos, en el piso de los valles en forma de olleta, base plana).

Las fotos me hacen pensar en esos témpanos: meros testigos desprendidos de algo muy grande, meros recordatorios de la existencia de un glaciar por ahí, gigante, arrollador. Para nosotros los días en El Chaltén están aún ahí, y fueron inmensos – las fotos son témpanos desprendidos: hay un cóndor volando altísimo (aunque la foto no deja saber qué tan alto ni qué tan grande es – todo está en el recuerdo y la foto es una mera seña), un aguilucho que nos saludó en una laguna, vistas de témpanos flotando).

Sur: ruta del Chaltén

[La conexión a internet aquí en El Chaltén es demasiado lenta para fotos.]

Aunque anduvimos 220 km hoy hacia el norte, seguimos en esa esquina sur-occidental de la Patagonia argentina, esta vez metidos de llenos en los Andes. El escenario es increíble, y dedicaremos estos últimos días de 2013, si todo va bien, a caminatas por aquí. Hoy no vimos el Fitz Roy (el monte más alto de por aquí), por las nubes. Pero estuvimos todo el tiempo en el bus embobados viendo el Lago Argentino, el Lago Viedma, el Glaciar Viedma, y los Andes nevados ahí detrás.

  • Libros: esperaba (y espero) ver muchas librerías en Buenos Aires. Como en Ciudad de México, o como más recientemente en Bogotá. No esperaba, para nada, ver librerías en ciudades perdidas de la Patagonia. Pero hay. Y buenas. Suficientes para provocarlo a uno, hacerle más pesada la maleta, tener muchos títulos “canónicos” (los de la generación del 90, muchos) y muchos no (jóvenes autores argentinos, o de otras partes de Latinoamérica), y filosofía. Pensé encontrar vademécums sobre la Patagonia, libros de fotos y paseos, libros sobre fauna y flora local, libros históricos y pues… todo eso está, pero metido entre cantidad de literatura, filosofía, humor. Ahí sí parece haber una diferencia fuerte entre esta esquina de América del Sur y la opuesta: en Colombia hay buenas librerías en Bogotá, Medellín, Cali… una en Cartagena y un puñado más. Pero si uno va a un pueblo que no tenga casi ni internet (y no tenga celular, como El Chaltén), será bien difícil que haya una librería que lo haga detener a uno un rato. Que Buenos Aires tenga buenas librerías es lo que espero ver, y lo obvio. Como Ciudad de México o Bogotá. Pero que El Calafate, un villorrio lejano, tenga libros, es un poco como si en Pitalito hubiera librerías decentes. Sería distinto el país.
  • Animales: por aquí abundan los cóndores. Y ciertas águilas que los atacan (olvidé el nombre). Y dos tipos de ciervos. Y guanacos (parientes de las llamas – abundantes). Y huemules (otros mamíferos con cuernos, locales, pero en peligro de extinción – protegidos). Y tucutucus (creo recordar el nombre así): ciervos pequeños locales. Y pumas, que algunos inviernos aparentemente pueden aparecer aquí muy cerca del pueblo. Impresionante esa abundancia, ante tal carencia de plantas.
  • Plantas: llegando de Colombia al principio todo parece un desierto. Desde el avión se ve todo completamente yerto en la pampa. Luego descubre uno que hay vegetación: matorrales, espumas casi, de 30 cm de alto. Deben mantener agua. Más cerca a los Andes aparecen bosques, pero de árboles pequeños – parientes de árboles que llamaríamos robles, o araucarias pequeñas. Un poco como en Laponia con los abedules pequeñísimos. Álamos, por montones, y altos, pero deben ser sembrados. Poco a poco el ojo se acostumbra a que en realidad hay mucha vegetación, pero es pequeña y distinta de lo que uno recuerda.
  • Montañas: es raro, rarísimo, ver Andes tan alpinos. No son altos, comparado con lo que hay más al norte, en el Aconcagua, en Bolivia, Perú, Ecuador o incluso Colombia. El punto culminante aquí cerca está a 3400 m (el Fitz Roy). Pero son completamente verticales, como flechas, como agujas, como rocas de granito y basalto sueltas. Lo mejor, tal vez, es que hay que llegar de muy lejos para sumergirse ahí. Nada de ciudades de casas de muñecas ni pueblitos alpinos ni estaciones de esquí suizas ni nada de eso: simple pampa, centenares de kilómetros al este. Ese contraste entre la pampa plana y amarilla y los Andes azules, blancos, grises, negros, verdes, agujas, rocas alpinas surgidas de la nada, paredes de 3000 metros casi, es algo muy impresionante, y solo esa vista ya pagaría de lejos la venida hasta aquí. Creo que solo en Asia Central (imagino) se pueden ver montañas así, en medio de la nada. Fotos… después, cuando haya red decente.

Mañana iremos a la montaña – y creo que volveremos en estos días a los glaciares, pero esta vez al Viedma. Por ahora, simplemente la inmersión en medio del circo absurdo de montañas.

Sur 2: El Calafate, el Perito Moreno.

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Llegada, hacia las 11 de la noche, al Aeropuerto de El Calafate.

Tundra de la pampa aquí. Luego matorral pre-andino. Y finalmente bosque magallánico (tendré que revisar los nombres de los árboles: son especies de árboles altos muy australes, que crecen ya entrado uno en la Cordillera de los Andes).

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De El Calafate al Perito Moreno son 80 kilómetros, durante los cuales uno recorre inicialmente pura tundra (matas de 30 cm de alto si acaso). Algo similar a lo que vimos al norte de Laponia hace unos años, pero más desértico aquí, más lleno de tierra de la pampa. Luego el matorral pre-andino, colorido. Y finalmente los bosques magallánicos. Y los témpanos que desprende el glaciar, en uno de los brazos que bajan al Lago Argentino.

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Nada es dejado al azar, si de argentinidad se trata: la frontera con Chile está cercana, y aunque hoy en día no hay problemas aparentemente, se siente que cada país establece sus parques nacionales como estacas de poder, con bandera, con todo muy bien demarcado para que nadie se vaya a confundir entre Torres del Payne (Chile) y El Chaltén (Argentina).

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Frío veraniego: entre 0°C y 8°C hemos tenido aquí – claro, no es frío de verdad, pero es muy frío para estar en pleno inicio del verano austral. Buenos Aires se está asando a 38°C, nosotros recibimos viento helado al salir a ver la laguna, al ir a ver el glaciar, al salir a comer cualquier cosa. Viento y humedad y lluvia. En el Perito nos tocó ponernos varias capas, chaquetas, bufandas. Las manos las dejé por fuera para tomar fotos, y el viento las iba congelando.

Luego llegamos al hotel y la ventana no cierra bien – deja pasar chiflón helado. Hay una caldera que tenemos que prender para sacar el frío interior. Y tomar chocolate y comer alfajores, y devorar cordero a la parrilla patagónico, y completar con Malbec de más al norte, que aquí vale la tercera o cuarta parte de lo que cobran en Colombia.

Sur: pocas horas en Buenos Aires.

Andrés: ¿qué venís a hacer a la Argentina?

El oficial de aduanas en Ezeiza me hizo esa simple pregunta, amable y sonriente y mirando a los ojos. Le contesté (somnoliento y agotado tras una semana de ajetreo extremo en Bogotá, y un viaje nocturno durante el cual pude apenas dormir una hora o dos) que venía a Argentina a hacer turismo, esta vez. Como si viniera frecuentemente (es la primera vez), como si esperara volver a hacer algo distinto de turismo (eso espero, alguna otra vez).

Muy bien, poné el pulgar derecho en la máquina para la huella, y mirá la cámara aquí. Listo. Bienvenido.

A eso se redujo todo mi trámite de entrada, la visa, la explicación. No fue necesario hacer filas en Bogotá, ni armar (una vez más) un portafolio que muestre que uno “es solvente”, que tiene lazos económicos serios con Colombia, que uno no es un riesgo económico para el país que visita, que uno no representa una amenaza de algún estilo vagamente imaginado para el país que quiere visitar. La entrada a Argentina (hoy en día) se reduce a llegar y contestar a un ser humano como un ser humano. Ojalá esa decencia básica la pudiéramos vivir con otros países también. (Y ojalá esa decencia básica la hubieran vivido aquí quienes fueron interrogados durante los años espantosos de la dictadura – tema de fondo y de horror en todo el continente, difícil de separar de la realidad de hoy.)

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Relajate. Así me dice María Clara varias veces, repitiendo algo que oyó por ahí ese día de Buenos Aires.

De ahí en adelante, lentitud. El bus de Ezeiza al otro aeropuerto (Aeroparque) se demora hora y media. Sí – es el “tiempo normal”. Hay peajes urbanos (lentos), trancones (densos), semáforos (lentísimos), parada en una estación (Retiro) – todo en Buenos Aires parece ir despacio, sin el ritmo frenético y el acelere bogotano. Pasa el subte por fuera… lentísimo. Se mueve el tráfico… lentísimo. Para uno en un semáforo aparentemente normal… y lentísimo todo. Nadie parece inmutarse. Uno no sabe si es el calor o qué lo que genera ese ir despacio despacio de esa ciudad. Finalmente, uno termina disfrutando el saber que lo que debería tomar una hora tomará tres horas…

Buscamos el locker en Aeroparque para dejar la maleta e ir a caminar y comer algo. Pues bien: no hay “lockers”. Se deja la maleta en un depósito que requiere que uno espere 15 minutos al guardia de seguridad, que lo acompañe a uno a una máquina de rayos X que está a 200 metros con las maletas para qué hay dentro, regresar (en el calor, bajo el sol) a otro lado a otros 200 metros a finalmente consignar el depósito. Pasaportes, firmas, sellos. Todo para dejar las valijas (no son “maletas” aquí) en el depósito. Bien. Después de media hora estamos libres de nuestras valijas y podemos salir a descubrir la ciudad, después de casi tres horas pasadas entre la llegada y la ida al otro aeropuerto. Nada mal. Relajate.

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Mirá dónde vive el taxista…

Por todos lados letreros advirtiendo de los riesgos con los taxistas, por todos lados taxistas (remís) ofreciendo a viva voz sus servicios, en pleno Aeroparque, en todas partes. Salimos – un taxista viejo nos recoge. Le damos la dirección – él detecta que tal vez queremos cambiar dólares, aceptamos. Conduce al sótano de un edificio lujoso (y nos dice que él vive ahí, y agrega “quién lo diría, mirá dónde vive el taxista aquí”). Nosotros entre resignados y pendientes, esperamos a que salga de su “depósito”. Trae los pesos. Cuenta los dólares. Hasta ahora todo correcto. Sospechamos que tiene un arreglo con el administrdor del edificio lujoso, pero estamos demasiado agotados para ir al centro a cambiar. Funciona así la cosa. Como buen porteño, comenta todo. Dice que el parque hacia Palermo es “como Chapultepec, pero limpio”. Yo me aguanto las ganas de contestarle que Chapultepec es mucho más grande, tiene loma y es mucho más bonito que el parque de Palermo. Luego finge confundirse y nos abandona donde le parece a él. No tenemos la energía para discutir más con un taxista porteño que cree saberlo todo y que además “vive en un edificio muy lujoso de Palermo”.

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Buenos Aires se me parece ese día mucho a Chicago. No estoy siendo original – ya un amigo colombiano nuestro de Madison, a quien queremos mucho y que se había trasladado a vivir a la Buenos Aires loca de los años 1995, nos decía que Buenos Aires “era como Chicago, pero más cara, más loca, más creída”. Recordé a nuestro amigo al ver los barrios – el ambiente dominante de Chicago son barrios de inmigrantes… y el ambiente dominante de Buenos Aires son también barrios de inmigrantes. Cierto desparpajo, cierto igualitarismo en el trato (tan refrescante en América Latina). Con el toque porteño medio fatalista, claro – tal vez más New Jersey de las películas que Chicago.

Pero el calor pegajoso, las autopistas, la arquitectura medio desguarambilada en todas partes y europeizante en el centro, las torres, la presencia del río o del lago – un vago sentido de deyavú muy fuerte, mezclado con la felicidad de la novedad.

Trenes lentos desvencijados, puentes sin ton ni son, trancones y la lentitud bajo el calor – esa Buenos Aires de suburbio y cansancio entre vuelos y entre aeropuertos sí que parece Chicago: el desorden, el caos arquitectónico, las torres iguales a los projects en los suburbios de Buenos Aires (mezcladas con tugurios estilo Bogotá), raro todo, y fascinante a la vez. Y la promesa de muchos placeres, muchos barrios, muchas callecitas, muchos libros.

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Hacé la fila donde es.

Después de un almuerzo en Palermo (en un restaurante, restó les dicen ellos, que parece surgido de conversaciones con Alejandro Martín) regresamos entre el sopor de la tarde a 38° C y el taxi metido por eternos trancones en la ciudad con árboles y árboles y bicicletas y buses viejos y metros – subtes – aún más viejos rodando como zombis oxidados a 30 km/h (todo en Buenos Aires parece de 1930, no reparado, y eso parece ser parte del gran encanto de la ciudad), al Aeroparque – el aeropuerto de vuelos “locales”. Vuelo retrasado (sin excusas, es Argentina: ni se molestan como en Colombia en inventar que los vuelos se retrasan por mal tiempo – aquí dos horas tarde no inmutan a nadie, parece), aeropuerto con pésimo aire acondicionado, sopor mortal. Voy a buscar agua, hago fila en algún café. Fila estilo mediterráneo: nada del estilo colombiano de la persona atendiendo a tres personas afanadas al tiempo. Al llegar a mi turno pido el agua y un vaso. Hacé la fila que es. Voy a la otra fila… diez personas. A ritmo porteño me va a tomar media hora llegar a pedir mi agua. Me devuelvo y enfilo baterías: le digo que no me importa, que ya hice la fila, que no voy a hacer otra fila, que solo quiero una botella de agua y un vaso. Se lo digo en tono bogotano alzado, pues la sed y el calor y la impaciencia con las filas mal demarcadas me pueden. Me dice está bien, te voy a vender el agua, pero la próxima vez hacé la fila correcta. Calmo la sed.

Y salimos para la Patagonia (y el frío) esa misma tarde – felices con Buenos Aires, agotados con el viaje, felices de seguir 3000 km más hacia el sur, hacia el frío y la Patagonia desolada.

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This is one of these little gems one finds and cannot really pin down. Who plays? Youtube has no clear information. A group of young men from Argentina (at least, their accent would make one think so) sing in some kind of beach location a song by María Elena Walsh, the very famous songwriter from Argentina. She wrote songs (only nominally) for children – songs drawing from very vast sources of musical inspiration and very deep connections in her lyrics (among them, passing and serious references to the years of dictatorships in Argentina, people “disappearing” – kidnapped by the army during those dark years – all of this in children songs that do work also as children songs). My wife and many other people who actually heard these songs as children remember all of them – their lyrics might have seemed simpler back then and later in life they discover the network of connections.

Here these young men do an ad libitum version, a kind of improvised version, almost what you would hear in a party with good musicians. They enjoy singing Adivina Adivinador (Guess guesser). Enjoy too!