bóveda

tuve suerte el martes de la semana parisina: salí a caminar antes del amanecer, en busca de cierta luz, de cierta pulsación de la ciudad que en horas más tardías era elusiva – quería por así decirlo “tomarle el pulso” a la ciudad en las horas anteriores al tráfico, al gentío

completamente vacías estaban las calles de la zona de Odeón, subiendo hacia el río – escaparates de libros lujosos, de antigüedades, de diseñadores, todo muy chic y ahí con vidrieras sin protección – solo uno que otro furgón de reparto, pequeño, en mercadillos de frutas

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en el río – llegué por el Pont des Arts, el peatonal de madera – gente en bicicleta, gente haciendo ejercicio y las luces de la ciudad al amanecer, un poco fuera del tiempo

pensé que la París de Proust no debía verse (en este punto, con esa luz, a esa hora) tan distinta de lo que tenía ante mis ojos – excepto claro por la cantidad de gente corriendo o estirándose…

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Bajé a los muelles, caminé un poco subiendo hacia la catedral, viendo el lentísimo amanecer de octubre, sobre todo concentrado en el aumento imperceptible casi del rumor de la ciudad. Además de los corredores poco a poco más transeúntes afanados, acaso desembocados de lejanas banlieues – y gente limpiando calles, barriendo hojas. Y el río.

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Finalmente pasé frente a la catedral – justo en el momento en que la estaban abriendo al público. Había ido varias veces antes, a horas distintas, pero en los pasos más recientes por esa zona había filas interminables para entrar.

Esta vez no – estaba yo solo ahí.

Me dediqué a contemplar la bóveda central sobre todo, al igual que los rosetones. La bóveda.

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Traté de interiorizar ese tejido mil veces visto en libros, en ilustraciones, en vivo – y a la vez siempre nuevo. Me puse a hacer variaciones en tiempo muy lento, moviendo la cámara para tratar de capturar nervaduras.

Después lo mismo, pero con el rosetón (girando la cámara durante seis, ocho, diez, segundos):

En versión estable, el rosetón:

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En realidad quería hacer dos cosas: fuera de captar el “pulso” de una ciudad difícil (y maravillosa tal vez en parte por sus mil capas), quería también pensar en el tema del infinito de muchas maneras distintas, lo menos dirigidas posible. Obviamente es imposible lograr pensar en un tema así sin dirigir el pensamiento, sin dejarlo caer en la maraña de conexiones.

Pero necesitaba “limpiar la mente” en esa mañana anterior al congreso. Creo que el río y la bóveda ayudaron.

espacios limeños

Lo primero que me asalta siempre al salir del aeropuerto de Lima es la calidad de la luz. Absoluta blancura, que lo obliga a uno a cerrar los ojos. El aeropuerto tiene vidrios ahumados – es solo al salir que percibe uno esa sensación de estar en un lugar con una energía vital que parece venir de otro tiempo.

Esta vez cuando fui a buscar un café al frente del aeropuerto para conectar el teléfono a la red, también me asaltó el olor a comida. Argentina con la comida es un sitio un poco duro: los desayunos parecen diseñados para que le dé diabetes a cualquiera, con su exceso brutal de dulce (todo es dulce a esa hora del día, y el café es torrado, no tostado – es decir, caramelizado con azúcar en el momento de la “tostión” – no tiene aroma de ninguna clase, las opciones de yogurt son “frutilla y vainilla”, redulces ambas), y luego los almuerzos son enormes pero sin variedad. Aunque a uno le encante la carne (y de vez en cuando me encanta), el tema de la comida es duro en un país donde fuera de carne muy bien preparada no hay mucha imaginación (y donde abundan las pastas blandengues, las pizzas con masa gruesa y grasosa). En Lima al ir a tomarme un café (que sabía a café) me asaltó el olor de algo que estaban preparando – olía a jengibre, a condimentos, a vida.

Lima en general no tiene fama de ser bonita – y no lo es. Demasiadas autopistas, demasiados edificios estilo Houston en las zonas ricas, demasiados montes grises cubiertos de tugurios igual de grises en las zonas pobres, un tráfico increíblemente agresivo (es peligroso incluso estar en el andén – la vereda – son frecuentes los casos de carros que atropellan peatones en el andén) y últimamente demasiados trancones – mucho peor que Bogotá la vimos esta vez en ese sentido. Pero tiene espacios maravillosos. Si en Buenos Aires el barrio (con sus árboles, su gente en los cafés y en la calle, sus tiendas de toda clase mezcladas – San Victorino de Bogotá codeando la Calle 82 o la Rue de Rivoli y rematando con el Soho neoyorquino, todo en la misma cuadra casi siempre) es la unidad básica de vida, en Lima parece ser el espacio cerrado, específico, bien definido (oficialmente, el centro de Lima aún se puede llamar el cercado de Lima – la palabra cercado corresponde muy bien al ambiente psicológico que define los espacios básicos allá). Las cortes del virreinato siguen vivas en Lima, pero se expresan en la habilidad peruana para armar espacios (jardines, plazas, casi siempre cuadrados – incluso patios de restaurantes increíbles) bien definidos y supremamente agradables hacia adentro – en los cuales siempre parece que el exterior no existe. Un parque público de fuentes mágicas, abiertas a peruanos pobres y ricos por igual: un espacio que podría ser parisino ahí en el centro de Lima, con fuentes para mojarse en el verano. El patio del MALI, el Museo de Arte de Lima – un patio de palacio limeño lujoso y bien mantenido. Los parques limeños: nada del mugre de Buenos Aires, perfectamente limpios y verdes (en medio del desierto).

El mejor espacio de Lima para mí esta vez fue (bueno: compite con el Océano Pacífico y la Costa Verde: el mar da a una muralla de barrancos sumamente bien mantenida y con miradores increíbles) la Huaca Pucllana. Una pirámide en mitad de Miraflores, como de tres cuadras de ancho. Como si en Bogotá junto a la Calle 72 hubiera una ruina del tamaño de seis manzanas, que se pueden escalar. Hasta mediados de los 80 eso era una loma donde la gente iba a hacer motocross (se imagina uno a los pitucos peruanos, los personajes de novelas de Vargas Llosa, los amigos de Jaime Baily en sus motos ahí). Luego descubrieron (o admitieron que habían descubierto) las ruinas de una verdadera pirámide de adobe pre-incaica. Pasaron a conservarla y a excavar más. Lo que se ve hoy es alucinante, y justifica per se (además de la comida) un viaje a Lima. Poco conocida (comparada con Cusco, Machu-Picchu, etc.), es un lugar misterioso, con tumbas de muchas épocas (incluidos los chinos que no podían enterrar en cementerio cristiano). La estructura de los ladrillos de adobe parece una biblioteca enorme, pero la macro-forma genera bloques en forma de trapezio, como los bloques de piedra del altiplano.

Lo que va de Le Corbusier a Aldo Rossi, según Peter Stamm

Una de las compras felices de la Feria del Libro terminó siendo una novela de Peter Stamm publicada por Acantilado: Siete años. Me agarró sin piedad, y no me logré soltar hasta terminar de leerla. La historia es aparentemente muy sencilla (un hombre llamado Alexander – un arquitecto – casado con otra arquitecta (Sonja) exitosa, pila, bonita, perfeccionista) nunca logró zafarse de una historia de amor que le parecía un poco absurda, con una inmigrante polaca pobre, fea, desabrida, simplona – pero por alguna razón el escape del mundo “demasiado perfecto”, demasiado “beautiful people” del arquitecto. Sin embargo, la novela no se juega en ese plano, no tiene realmente lugar en los eventos externos: todo el jugo, la razón de ser de la novela está en el entramado de dudas, de fachadas, de certezas falsas o tal vez verdaderas – termina uno por no saber que se arma el personaje al ir tejiendo su vida. Ir leyendo su vida laboral, su vida sexual, su vida sentimental, todo eso va armándose ante uno – la manera como cuenta a una antigua amiga (también amiga de su esposa) los porqués cruzados, los porqués contradictorios de su relación con “la polaca” es una de las experiencias de lectura a la vez más placenteras, más angustiantes, más llenas de voces paralelas y más estéticamente satisfactorias que he tenido recientemente.

El estilo de Stamm es llano y directo. Va contando directa y sencillamente cosas que afectarían a cualquiera de manera muy fuerte, como quien ve su propia vida desde afuera. En ese no-énfasis logra Stamm una voz impresionantemente convincente. Podría ser uno, alguna versión de uno, ahí pensando al fondo, ahí mirándolo a uno mientras se da razones para hacer o no hacer o decir que va a hacer pero finalmente no hacer o hacer pero no querer en últimas hacer lo que se hace.

Siete años da duro si se lee a la edad de narración, que es más o menos mi edad actual. O sea, la de alguien que está en medio del enredo fuerte en su vida laboral/creativa y no ve por dónde desenredar las cosas – así estamos más o menos todos en esta etapa, seamos o no muy productivos. La sensación de riesgo alto, de estar jugando las cartas en un momento de trama muy violentamente agresiva y a la vez muy interesante (pero potencialmente muy destructiva) es vivencia de todos los que conozco que tienen más o menos esta edad – y la narración de Stamm en el libro tiene exactamente la misma voz interna. Ya somos víctimas de muchas decisiones tomadas antes (sobre las cuales a veces nos decimos que era una buena decisión, cosa que en realidad nunca se sabe como bien queda plasmado en Siete Años), de muchos errores, y a la vez estamos en etapas de muchas posibles reconstrucciones y muchas posibles reconversiones.

Proyecto de Étienne-Louis Boullée para la Biblioteca Real de Francia. 1786.

La arquitectura juega un rol muy poderoso en la novela – comparable tal vez al de la música en Vikram Seth y su Música constante. (Re-)descubrí a Étienne-Louis Boullée leyendo este libro – Boullée, arquitecto francés del siglo XVIII casi completamente mental de lo brutalmente idealista que era (con proyectos utópicos sociales impresionantes sobre los cuales había oído hablar, pero que en Siete años hacen parte de la configuración mental del arquitecto (su mundo de posibilidades, su ausencia de concreción comparado con su esposa modernista, su posibilidad de tender puentes).

La cité radieuse de Le Corbusier (por fuera es mucho más “normal” y parece un edificio genérico sesentero – en el libro Sonja insiste que esos edificios de Le Corbusier son increíbles por dentro, en los espacios interiores y la vista hacia fuera). Marsella.

Los otros dos arquitectos cruciales en la novela son Le Corbusier (que es el preferido de Sonja – hacen una visita espléndida a la Cité Radieuse de Marsella, edificio tan difícil de entender – mucho mejor desde adentro que desde afuera según la voz de Sonja) y Aldo Rossi (la inspiración inicial de Alexander, muy criticado por sus compañeros de universidad y por Sonja – creo que con toda la razón: Rossi me produce a mí también escozor y desazón, tal vez por mi propia reacción fuerte en contra del exceso postmoderno).

Algún proyecto de Aldo Rossi, realizado en Berlín. (Para mí esta arquitectura está irremediablemente ligada a nuestro esperpento bogotano del Centro Comercial Bulevar Niza.)

Dada esa tensión brutal entre Alex y Sonja (representada arquetípicamente en la tensión entre Aldo Rossi y Le Corbusier, pero triangulada de manera increíble por Étienne Boullée), uno podría concluir que la novela sucede en un plano arquitectónico perfecto. Y parte está, claro, ahí. Pero eso no es más que una proyección. La vida interna de Alex, la imposibilidad de entender de verdad a Sonja incluso después de más de quince años de vida en común, las conversaciones entre amigas que él no puede realmente entender (percibe el silencio e intuye que las amigas – su esposa y la amiga común – tienen un plano de amistad que le será siempre vedado), el rol de la lectura, todo eso da carne a una novela que ocurre con semejante trasfondo de tensión entre arquitectos-arquetipos.

Carne hay mucha más en la novela – hay que leerla para vivirla. Hay textura de rostros mal afeitados frotándose mutuamente, hay el olor a apartamento de soltero que se queda terminando un proyecto durante días de verano encerrado en el calor sin aire acondicionado de una residencia estudiantil en Múnich, en calzoncillos días enteros y probablemente sin bañarse y con salidas única y exclusivamente a traer cervezas y sándwiches, hay el ambiente muy preñado de misterio de un apartamento de una artista en Marsella y su mundo cuidado y a la vez muy experimental – hay una escena deliciosa en el Jardín Inglés de Múnich, un parque central donde es común como en tantos parques de Alemania el desnudarse completamente en público y darse un baño refrescante en el lago – escena del contraste entre la tranquilidad con que Alex y su amigo Rüdiger se desnudan y van a nadar – y los ojos arqueados aterrados de la polaca al verlos regresar desnudos ambos a hablar con ella (“…me miró con sus ojos perplejos y mi desnudez me resultó embarazosa, por lo que me puse los calzoncillos y el pantalón. Luego empecé a jugar con Rüdiger al frisbee”). Las chicas no parecían interesarse por nosotros, probablemente estuvieran hablando sobre lo que harían por la noche, y yo estaba seguro de que nosotros no jugábamos ningún papel en sus planes…”) – hay escenas tensas de clases sociales (Sonja es de una versión de clase alta, Alex es pequeñoburgués, de clase media), etc.

Y los contrastes entre la arquitectura soñada (hablan y hablan de Le Corbusier y de muchos otros, y Alex piensa siempre en Étienne Boullée y sus palacios dieciochescos imposibles) y la arquitectura real que terminan ejecutando (proyectos reales y concretos, repletos de dificultades y concesiones al precio de los materiales, a modas o ideas absurdas o muy sensatas de los clientes, etc.

Este trozo también me llegó muy de cerca: “Con el tiempo, empezó a parecerme divertido visitar pisos que ni siquiera podía permitirme. Cuando les decía a los arrendadores que era arquitecto, me trataban con respeto y se tomaban su tiempo conmigo. Algunos de esos pisos aún estaban ocupados, y era fascinante qué diferente era la manera de decorar de las personas y cuánto revelaban un par de objetos sobre ellas. Siempre resultaba un poco embarazoso que los inquilinos anteriores te mostraran la vivienda y mirar aquellos armarios repletos de cachivaches, o ver cocinas donde la vajilla estaba sin fregar, con restos de comida o plantas secas sobre los alféizares.”

No ônibus, da Barra ao Pelourinho.

A través de la utopía modernista brasileña – versión Salvador de Bahía. Esta es una parte de la ciudad que atraviesa el bus yendo hacia el centro – construida toda en el siglo XX, con una arquitectura muy aérea, donde la brisa del Atlántico se deja pasar entre torres. No es ésta la ciudad “de la bahía de todos los santos” que sí es la parte antigua. (Ésa requiere otro tipo de fotos.)