el poema entero

Mencionaba en el título del post anterior el poema de Borges A un gato.

Aquí está entero:

No son más silenciosos los espejos
Ni más furtiva el alba aventurera;
Eres, bajo la luna, esa pantera
Que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
Divino, te buscamos vanamente;
Más remoto que el Ganges y el poniente,
Tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la amorosa
Caricia de mi mano. Has admitido
Desde esa eternidad que ya es olvido,
El amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
De un ámbito cerrado como un sueño.

 

El señor Shushani

MonsieurChouchaniEl caso del señor Shushani (Monsieur Chouchani, Mister Shoshani, מר שושני) es uno de esos que aunque no fueron contados por Borges hacen pensar inmediatamente en varios de sus cuentos. Pero no: la fuente no es Borges. La fuente (reciente, reconocida) está en personajes menos dados (por lo menos en la superficie) al cuento paradójico: el premio Nóbel Elie Wiesel, el filósofo Emmanuel Lévinas, y otros menos conocidos que ellos dos. Todos concuerdan en varios puntos:

  • Haber cruzado el camino del señor Shushani en momentos cruciales de sus vidas, durante la posguerra. En Francia, en el barco que iba de Francia a Israel, tal vez algunos en Nueva York o en Uruguay.
  • Sorpresa absoluta con sus frases. Aparentemente la inteligencia del señor Shushani era fenómeno. Decía frases que podían deconstruir todo un andamiaje. Marcó de manera brutal a Lévinas en esa etapa de su vida. Wiesel, que por entonces andaba reconstruyéndose, volviendo a armar su propia persona después de la experiencia lacerante de los campos de concentración, también cruzó el camino del señor Shushani, y quedó marcado de por vida por su lucidez y a la vez por su extrañeza.
  • El señor Shushani andaba como un vagabundo, casi en harapos, cuentan. Aparentemente era riquísimo, y todo su dinero iba a indigentes o a estudiantes en yeshivás. Dicen algunos que aún se sigue usando ese fondo de su dinero.
  • Aparecía y desaparecía “de la nada”. De pronto re-emergía en otro país. Nadie sabía bien de qué vivía. Las historias que sobre él cuentan los que lo cruzaban siempre tienen el sabor de las historias posiblemente apócrifas, posiblemente no. Si no fuera porque se trata de gente super-establecida como Lévinas o como Wiesel, que tienen mucho que perder y poco que ganar hablando de un personaje como Shushani, uno creería que es uno de esos inventos estilo Manrique Figueroa, que revelan inmediatamente sus costuras. Pero no: el caso de Shushani es algo mucho más lacerante y brutal. No dudo por un instante de la realidad de la existencia de Monsieur Chouchani. La foto (o el dibujo) son lo de menos. Hay algo en ver a Wiesel dando una entrevista de libro entero (Salomon Malka, Monsieur Chouchani – L’énigme d’un maître du XXe siècleEntretiens avec Elie Wiesel suivis d’une enquête – JCLattès, París 1994) sobre su maestro-amigo-compañero de estudios Shushani.
  • Wiesel dice que leer más tarde en su vida al Rabí Najmán de Bratslav le ayudó a entender a Shushani, aunque este último no era un “jasid”. Najmán contaba que en su viaje a Palestina pasó por Turquía y decidió hacerse el loco allá un poco: volteó su abrigo, quería parecer un marginal, un gamín – keejad jarekim, decía. Quería que se burlaran de él, que lo tomaran por un vagabundo. Parece que en el siglo XX, a mediados, otro hombre con formación intelectual descollante (algunos decían que debía haber estudiado física teórica en los años 30 con los grandes pioneros de la época – pero desafortunadamente al no conocer ni siquiera su nombre y apellido [Shushani es un nombre de uso para sus amigos-discípulos] es imposible verificar qué tan cierto era eso) hizo lo mismo que el Rabí Najmán: se vistió de harapos para que se burlaran de él, para que no lo tomaran en serio por lo que no era.
  • En Taverny sustituyó a Wiesel en una conferencia. Aparentemente con Shushani iba todo un método de enseñanza que sí recuerdan varios de sus discípulos. Wiesel dice en la entrevista: “de sa méthode, de montrer comment il enseignait, comment il déroutait, comment il démolissait, mais combien il fascinait en même temps. C’était un acrobate!” Era un acróbata.
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  • Aparentemente venía de Lituania. Sí se sabe que murió en Uruguay. Se instaló en Montevideo al final de su vida – murió en el mismo año de mi nacimiento, 1968. Montevideo: ¡qué lugar tan emblemático para finalizar su vida un judío errante y misterioso – una especie de Funes borgiano o de Aleph ambulante! Si es cierto que venía de Lituania, traía con él probablemente la tradición más intelectualizante del judaísmo de Europa Oriental.
  • Jeruzolemski hizo el dibujo a mano alzada que aparece aquí, de memoria, cuando Salomon Malka le pidió que dibujara qué cara tenía Shushani. No se me parece mucho a la foto tampoco. En la foto se ve un poco como uno de mis dos abuelos, un señor genérico de su época (desde nuestros ojos). En el dibujo parece tener mucho más carácter, mucho más espíritu. También se ve mucho menos “elegante”, mucho más deslavado.
  • Dice Wiesel cuando Malka le pregunta si él enseña como enseñaba Shushani. Wiesel dice que no. Que a pesar de la influencia enorme, absoluta, de Shushani en las vidas de ellos, también hay diferencias gigantes. Dice Wiesel que él mismo en su manera de enseñar es un discípulo de Maimónides. Que respeta a sus alumnos. Shushani no respetaba a los suyos. Los insultaba. Su método era partir al estudiante, romperlo, demolerlo, anonadarlo.
  • Shushani amaba a la gente, dice Wiesel en otro momento. Amaba a la gente que estudiaba, que venía a molestarlo, y que él molestaba a su vez (hablan del período largo que pasó Shushani en Jerusalén). A Shushani le gustaba incomodar. Era un personaje incómodo. Uno no estaba tranquilo con él. … fuera de Lévinas, ninguno de los discípulos de Shushani logró transformar la obra de Shushani en filosofía – Lévinas sí (dice Wiesel).
  • El hombre, que parecía un vagabundo golpeado, era un rey disfrazado, como el Rav Najmán, un príncipe en el exilio.
  • Pero no era un “luftmensch” (expresión yídish que se refiere a alguien suspendido en el aire): Shushani estaba suspendido entre dos cielos, no entre el cielo y la tierra (Wiesel). Todo lo que hacía era profundo – aún cuando contaba un chiste, o cuando era malvado (y qué malvado y humillante podía ser con quienes no le caían bien, o que deformaban su pensamiento, o el pensamiento de un autor antiguo).
  • Sigue Wiesel en otro momento: “… tal vez porque su vida personal era un misterio, porque viajaba, erraba, era una especie de meshulaj, un emisario lanzado al mundo … era un cabalista que recorría la tierra para salvar las chispas sagradas y restituirlas a la llama original, una especie de vagabundo místico, alguien que, con su mera presencia, lo obligaba a uno a buscar más a fondo en uno mismo quién es uno, quién se escapa de uno… el extranjero, la amenaza, la promesa…”
  • Hay página web dedicada a Shushani: http://www.chouchani.com/. Es interesante verla, pero no aclara absolutamente nada del misterio, obviamente.
  • En los campos de refugiados en Suiza o en Francia, en 1944, los jóvenes como Shushani o Wiesel parecían hablar y hablar y hablar. Luego en Francia siguieron viviendo y reconstruyendo sus vidas – alguna vez nuestro amigo Jacques Stroumsa (violinista en Auschwitz, que resultó ser una persona cercana a amigas nuestras de Jerusalén y una noche nos llamó casi a la media noche para ver las iluminaciones de la Ciudad Amurallada, luces que él había diseñado – en Francia se había transformado en ingeniero especializado en iluminación, después de Auschwitz) evocó esos años de posguerra en Francia con una nostalgia impresionante: dudo que alguien pueda querer más a Francia que esa generación de judíos que encontró la posibilidad de rehacer sus vidas en el país abierto y libre. Aparentemente Shushani estaba en esos campos de refugiados y hablaba y hablaba de la Biblia, pero también de ajedrez y de “matemáticas” (dice Wiesel – comillas mías). Me imagino la fiebre de hablar después de haber sobrevivido, saber que tenían la vida por delante, que atrás habían quedado en muchos casos sus familias, su esposa e hijos (caso de Stroumsa), su mundo. Los que tenían afán de sobrevivir debieron vivir muy intensamente ese momento.
  • Aparentemente jugaba en la Bolsa en Uruguay. Y explicaba cábala en términos de teoría de juegos.
  • Los rusos (y los franceses) también hablan mucho de su matemática. Al hablar se expone, se contrasta, se destila, se evapora lo que se debe evaporar, se llega a cierta ebriedad matemática importante para la creatividad. Otras culturas no hablan mucho. Me comentaba Zaniar que de las cosas que le hacían falta en Alemania era ese hablar [tan difícil de aprender en realidad – oír hablar matemáticos creativos, lograr hacer matemática hablando es una experiencia primaria crucial, complementaria al soñar matemática, ambas previas al duro quehacer de construcción] – que en Irán sí lo tenían, por la influencia cultural fuerte rusa en el mundo académico.
  • Al leer sobre esas conversaciones interminables entre Shushani y sus discípulos, Lévinas, Wiesel los más famosos, pero aparentemente muchos otros, desde París hasta Montevideo, desde Jerusalén hasta Nueva York – queda la impresión de un generador absoluto, de una fuente de ideas que terminaron siendo muy importantes para el siglo XX (y es inevitable pensar en varios colegas rusos). Ignoro los detalles recónditos de la teoría de Lévinas, pero sé que es referencia obligada en los estudios del concepto de “otredad” en las humanidades – concepto tal vez vilipendiado o trivializado por muchos hoy, pero importantísimo en el escenario de Europa después de 1945. Durante las décadas de reconstrucción, la otredad de Lévinas era lo nuevo, era lo que podía ayudar a repensar a esa Europa que había quedado vuelta nada por quienes querían imponer la no-otredad. Lévinas era absolutamente necesario – aparentemente su fuente fue en gran parte el señor Shushani.
chouchani
הכבד של רב וחכם שושני

Del amor a otros demonios: Dos supuestos errores matemáticos de Borges

Este es un _excelente_ post de Pedro Poitevin:

poitevin:

A fines del año pasado, en el blog de Tim Gowers, Barry Cunningham trajo a colación un supuesto error matemático de Borges, error que él detectara en alguna traducción al inglés de El Aleph en que aparece la siguiente acotación acerca del símbolo que da nombre al cuento: “… it is the symbol of…

Del amor a otros demonios: Dos supuestos errores matemáticos de Borges

Leyendo a Bloy

Voy despacio (reparto mi tiempo entre muchas – demasiadas – cosas). Y aparecen estos libros, como el de Neuman o como el de Bloy, que me rompen el mundo, que rompen mi hielo interno (como en esas frases de Kafka que dicen que necesitamos libros que nos golpeen como un infortunio muy doloroso, como la muerte de alguien que queríamos más que a nosotros mismos, que nos hagan sentir como si nos hubieran exiliado a los bosques, lejos de toda presencia humana, como un suicidio – un libro, dice Kafka, debe ser el hacha para nuestro mar congelado interno). O algo así (lo leí aquí).

Este de Bloy, la Exégesis de los lugares comunes, pinta muy bien. Me asusta que me hablen esos libros tan directo, como un golpe de boxeador a la mandíbula.

No puedo decir mucho, por ahora. Sólo que Benjamin dijo que “La Exégesis de los lugares comunes es una obra grandiosa”. Kafka dijo que “Bloy sabe vituperar de un modo absolutamente extraordinario. Está animado por un fuego que recuerda el ardor de los profetas. ¡Qué digo! Los aventaja en el vituperio, y esto se explica: su fuego se nutre del estercolero de nuestro tiempo”. Y Borges dijo que “Nuestro tiempo ha inventado la locución “humor negro”; nadie lo ha logrado hasta ahora con la eficacia y la riqueza verbal de Léon Bloy”.

Enfin. Eso es lo que dice mi edición (bellísima) de Acantilado en la solapa verde que le atraviesan. A mí me atrae un libro recomendado por ese trío de personajes.

Pero dejemos que sea Bloy mismo quien nos diga qué es su libro. En su prefacio dice lo siguiente:

“… Conseguir por fin el mutismo del Burgués, ¡qué sueño!

La empresa, bien lo sé, debe parecer insensata. Sin embargo, no desespero de demostrar que puede llevarse a cabo de una manera fácil e incluso agradable.

En un sentido moderno, el verdadero Burgués, es decir, el hombre que no hace ningún uso de la facultad de pensar y que vive o parece vivir sin haber sentido un solo día la necesidad de comprender cosa alguna, el auténtico e indiscutible Burgués está necesariamente limitado en su lenguaje a un pequeñísimo número de fórmulas.

El repertorio de las locuciones patrimoniales que le bastan es exageradamente exiguo y no alcanza más allá de algunos centenares. ¡Ah, si uno consiguiera arrebatarle ese humilde tesoro!, un paradisíaco silencio se extendería de repente sobre nuestro globo aliviado. …”

Y eso emprende. Cada capítulo breve lleva por título un lugar común, y en cada capítulo Bloy, con la ironía que señala ese otro maestro de lo irónico que era Borges, destroza el lugar común en cuestión.

Algunos de los (310) lugares comunes/capítulos que deliciosamente destroza son: Lo mejor es enemigo de lo bueno – Los negocios son los negocios – Estar en las nubes – No hay que ser más papista que el papa – Todas las opiniones son respetables – Poner el dinero a trabajar – La medicina es un sacerdocio – Yo no necesito a nadie – Hombre precavido vale por dos – Cada uno en su casa y Dios en la de todos – Muchos pocos hacen un mucho – Ha muerto como una santa – Quien quiere demostrarlo todo no demuestra nada – etc. etc. etc.

Lo brutal del asunto es que no se limita a mostrar lo ridículo/hipócrita/mentiroso/absurdo de esos lugares comunes. De alguna manera arma un retrato radiográfico no de la sociedad, sino de algo más profundo, de algo así como lo que llaman en inglés “the fabric of society”, el tejido mismo de muchos de nuestros convencionalismos.

Curioso que un pensador/escritor católico francés de hace un siglo pudiera ser tan radicalmente agudo a la hora de ver de qué estamos armados – hasta el punto de aterrar a Kafka, Benjamin y Borges.