Sobrevolar São Paulo

Siempre tiene algo vertiginoso sobrevolar ciudades enormes que se ven hasta el horizonte. Tokio, Nueva York (en realidad, la zona metropolitana que incluye New Jersey, los cinco boroughs llamados Nueva York y muchos suburbios más hacia el noreste)… y São Paulo.

El avión va buscando Guarulhos (un aeropuerto que no hace honor a semejante ciudad – con sus olores a frituras y al horrible queso rancio del pão de queijo) y mientras tanto sobrevuela, con las alas torcidas, ese mar de torres blancas, casitas, favelas, torres y más torres que no parecen desaparecer nunca. La densidad parece mucho más alta que la de Nueva York (salvo Manhattan) – de cerca las torres parecen versiones altas de los edificios de la Carrera Décima en el centro de Bogotá, alternados con edificios como de la Calle 72.

La ciudad sigue y sigue – el avión baja y se acerca peligrosamente a las puntas de los edificios, mientras está aún volando muy rápido.

Uno piensa brevemente en el desastre que esas aglomeraciones crean, en el trancón de todo (parece que atascos de 4 horas quietos no son infrecuentes en esa ciudad). Pero también en la cantidad de posibilidades que ciudades así ofrecen. Japoneses (del orden de medio millón) conviven ahí con millones de descendientes recientes de italianos, turcos, alemanes, polacos, gallegos … hasta portugueses hay en esa mezcla.

Del aeropuerto (feo, con olor a frituras y queso rancio – olores que me generan asco y malestar si tengo que estar un rato largo, y me tocó esperar un vuelo durante más de cuatro horas ahí) salen vuelos a muchas ciudades de América (obviamente), a cantidades de ciudades europeas (también obviamente) pero también a ciudades africanas (Luanda en Angola, Johannesburgo en Suráfrica vi) y… a Singapur (mismo avión vía Barcelona, hay que decir). Me encantó esa sensación de estar conectados con el mundo, mirando hacia Norte y Sur América y Europa, pero también a África y Asia.

(Nota: todas estas son imágenes tomadas directamente de la red. No las tomé yo – no hubiera podido, pues todos los aparatos electrónicos están apagados en el momento de empezar a aterrizar… pero se ve y se siente más o menos así.)

¿Para dónde?

Es extraño visitar por unos días uno de los (pocos) países que nos son presentados (afuera) como uno de los posibles futuros del mundo. Ahora que nadie cree en la viabilidad a largo plazo de la Unión Europea (y que esta hace agua por todos lados rapidísimo), que Norteamérica se siente más estancada que dinámica, que los problemas serios no parecen bajar en lugares tipo Colombia, lugares como Brasil, India, China, son vistos con mezcla de esperanza y atención.

Publicaciones moldeadoras de cierto tipo de conciencias como The Economist, o simplemente el mundo académico latinoamericano tienen desde hace rato a Brasil como una especie de nueva meca. “El país donde  entienden que la investigación es importante (y contratan a sueldos muy altos a ciertos profesores y pagan bien a sus postdocs)”, “el país donde el sistema financiero  funciona, a diferencia de Europa”, etc., etc.

Visto desde fuera, Brasil se siente hoy un poco como ese lugar utópico que puede crecer, resolver sus problemas, no ser tan rígido como Europa ni tan pasado de moda como Estados Unidos, ni tan atrasado como Colombia, etc. Brazil envy, en hablar pseudo-freudiano, parece ser la condición mental de mucha gente hoy, tan variada como académicos latinoamericanos y lectores/editorialistas de The Economist.

Sólo que aquí mismo, en el nordeste brasileño, no es para nada claro nada de éso. La misma miseria (y según me dicen, se siente en aumento) de todas partes. La misma sensación de no saber a dónde va todo. El alivio de no tener más a un presidente demasiado populista, con demasiado culto a su personalidad (como en cualquier Colombia, y ojalá pronto, en cualquier Venezuela). La sensación de desorden perpetuo, de miles de posibilidades malgastadas entre la corrupción de los políticos, la desidia de la población que simplemente espera recibir, las fallas de infraestructura (sí – aquí dicen que fuera del estado de São Paulo las carreteras son casi todas un desastre, etc. etc.).

Es raro todo éso, vivido superficialmente desde las costuras rotas de un congreso. Es extraño, sumergido en lo increíblemente pintoresco de la ciudad de Salvador, de la geografía de la Bahía de Todos los Santos (creo que no imaginaron Gaspar de Lemos y Américo Vespucio que al dar ese nombre por ser 1 de noviembre de 1501 en realidad estaban haciendo algo que correspondería muy precisamente a un lugar repleto de “santos” – pero del santoral de otro lado: Xangó, Eleguá, Oxum – los orixás de por aquí, de los que la ciudad se siente repleta), pensar en lo simbólico de este Brasil de 2012 como el país de las posibilidades que tantos quieren ver.

Las fotos modernistas que puse antes corresponden a otro Brasil, sobre todo anclado en ciudades como São Paulo y Rio. Esa energía del arte modernista de aquí es una de las cosas más conmovedoras que he vivido.

Otro de Clarice

Sin aviso

Tanta cosa que no sabía yo. Nunca me habían hablado, por ejemplo, de este sol duro de las tres de la tarde. Tampoco me habían advertido sobre este ritmo tan seco del vivir, de este martilleo de polvo. Que dolería, vagamente me habían advertido. Pero que lo que viene a mi experiencia del horizonte al acercarse se revela abriendo alas de águila sobre mí, eso no lo sabía. No sabía lo que es quedar bajo la sombra de grandes alas abiertas y amenazadoras, con un pico agudo de águila inclinado sobre mí y me rindo. Y cuando en los álbumes de adolescente yo respondía con orgullo que no creía en el amor, era entonces que más amaba; eso lo tuve que aprender sola. Tampoco sabía lo que implica mentir. Empecé a mentir por precaución, y nadie me advirtió del peligro de ser tan precavida; pues después la mentira nunca se despegó de mí. Y tanto mentí que empecé a mentir incluso contra mi propia mentira. Y eso – bien confundida estaba – eso era decir la verdad. Hasta que decaí tanto que la mentira la decía cruda, simple y corta: yo decía la pura verdad.

Clarice Lispector. Aprendendo a viver.

Clarice Lispector

Una carta que envió a su hermana desde Berna hace unos sesenta años, y que resumía el absurdo suizo de manera que resonó fuertemente en mi interior. Éso fue lo primero que leí de Clarice Lispector, en alguna revista literaria hace mil años (el Magazín Dominical del Espectador tal vez). Luego trozos sueltos, sin coherencia. Un ensayo de Fernando Zalamea que me dejó con ganas de seguirle la pista ahora sí bien a Clarice.

Y claro, estando en esta ciudad tan extraña, tan “de la Bahía de Todos los Santos” en el centro y a la vez tan oceánica, con ese mar brutalmente azul en todas partes y esa luz y ese clima delicioso, y esas playas y las torres modernistas felices del Brasil… empezó a resonar en mi mente esa escritora que aún no conocía y que me tiene embelesado.

No ônibus, da Barra ao Pelourinho.

A través de la utopía modernista brasileña – versión Salvador de Bahía. Esta es una parte de la ciudad que atraviesa el bus yendo hacia el centro – construida toda en el siglo XX, con una arquitectura muy aérea, donde la brisa del Atlántico se deja pasar entre torres. No es ésta la ciudad “de la bahía de todos los santos” que sí es la parte antigua. (Ésa requiere otro tipo de fotos.)