Hoy María Clara me invitó a ver la exposición de Fernell Franco en el Museo Nacional. Nos encontramos poco después de su clase, en Wok junto al museo, a almorzar. Estaba Pablo Kalmanovitz – fue muy simpático saludarlo (desde ese almuerzo increíble en un restaurante de Kerala en Nueva York no lo veíamos).

Las fotos de Fernell Franco me llegaron muy hondo – no esperaba algo así. Ampliaciones extrañas, grano, montones de experimentos formales, pero ante todo una sensibilidad que hace que las imágenes (sean grupos de gente en un estadio o grupos de prostitutas bañándose, o ruinas de demoliciones) parezcan lacerantes e inevitables. Terminé volviendo a muchas fotos, recorriendo la sala varias veces, sin querer irme de ahí.

El gran personaje es Cali. Esa Cali que conozco realmente poco, pero que tuve la gran suerte de ver brevemente durante la semana del congreso de filosofía en octubre pasado – pero vista en las fotos de Fernell Franco antes de la vorágine de riqueza y decadencia que la asolaron. La Cali de Mayolo, de los teatreros, de los nadaístas, de los fotógrafos, de la calle dura y cruda y puesta en valor por esos artistas, pensadores, comunicadores, cineastas que empezaron a mirar de frente su ciudad – y nos enseñaron a ver tantas cosas que no veíamos.

Esa Cali a la que quiero volver, con María Clara, con Alejo y Olga si logramos organizar un viaje.

Conversaciones de un hijo con su padre

Por razones de la vida, me he encontrado en estos últimos meses con películas maravillosas que exploran la relación hijo-padre. Pero esta vez no es una película, esta vez es un trozo de Tu rostro mañana. Es, sencillamente, lo más profundo y conmovedor, y a la vez intelectualmente honesto que leído sobre la guerra civil española.

Marías logra mezclar el plano intelectual/histórico con el plano crítico (crítico con ambas Españas, la roja y la azul-gris) y éstos a su vez con el plano emocional personal (historia de sus familiares durante el cerco de Madrid, su tío muerto siendo muy joven, y su padre encarcelado por traición de algún amigo).

Deza hijo habla con su padre, periodista y ensayista del Abc republicano (había dos periódicos Abc en esos años: el republicano en Madrid, el falangista en Sevilla), y luego encarcelado y casi asesinado como miles (no se sabe cuántos) después de esa derrota. Quiere saber por qué no sospechó nunca de su amigo. El padre nunca habló de eso durante la infancia de Deza, y aún en tiempos recientes (la novela parece suceder durante los años noventa) es tema difícil de hablar. El hijo habla con el padre – el padre finalmente da su posición:

… Hay personas cuyos móviles no merecen la indagación, aunque las hayan llevado a cometer actos terribles o precisamente por eso. Esto, lo sé, va totalmente en contra de la tendencia actual. Hoy en día todo el mundo se pregunta por lo que conduce a un asesino reiterado o masivo a asesinar masiva o reiteradamente, a un coleccionista de violaciones a incrementar siempre su colección, a un terrorista a despreciar todas las vidas en nombre de alguna primitiva causa y a acabar con el mayor número posible de ellas, a un tirano a tiranizar sin límites, a un torturador a torturar sin límites, lo haga burocrática o sádicamente. Hay una obsesión por comprender lo odioso, en el fondo hay una malsana fascinación por ello, y a los odiosos se les hace con esto un inmenso favor. Yo no comparto esa curiosidad infinita de nuestro tiempo por lo que en ningún caso tiene justificación, aunque se le encontrasen mil explicaciones distintas, psicológicas, sociológicas, biográficas, religiosas, históricas, culturales, patrióticas, políticas, idiosincrásicas, económicas, antropológicas, lo mismo da. Yo no puedo perder mi tiempo en indagar sobre lo malo y lo pernicioso, su interés es mediano siempre en el mejor de los casos y a menudo nulo, te lo aseguro, he visto mucho. El mal suele ser simple, a veces no _tan_ simple, si eres capaz de apreciar el matiz. Pero hay indagaciones que manchan, y hasta las hay que contagian sin dar nada valioso a cambio. Hoy existe un gusto por exponerse a lo más bajo y vil, a lo monstruoso y a lo aberrante, por asomarse a contemplar lo infrahumano y por rozarse con ello como si tuviera prestigio o gracia y mayor trascendencia que los cien mil conflictos que nos asedian sin caer en eso. …

La “casa Marías”, pienso, debía ser un lugar bien complejo. Leí al padre, Julián Marías, hace muchos años, cuando estaba en el colegio. El profesor de filosofía, un aspirante a jesuíta que lograba comunicar el asombro, el abismo y la admiración de las preguntas más primordiales a nosotros quinceañeros, nos ponía de vez en cuando a leer trozos de ese otro Marías. Casi, casi, creo que puedo oír ecos de conversaciones de Javier Marías con su padre filósofo en estos trozos.

Julián y Javier Marías

Hoy en día parte de mi trabajo, parte de mis inquietudes, son conversaciones con mi padre – iniciadas en tiempos inmemoriales para mí, contrastadas, abandonadas por décadas, miradas con la arrogancia adolescente en algunos momentos, y recientemente redescubiertas de maneras novedosas y sorprendentes.

Los temas de la charla de Cali tendrán que ver indirecta (pero muy directa)-mente con conversaciones hijo-padre, en otros ámbitos.

Lo malo es que casi nunca se puede hablar de verdad. Lo que logra Deza-Marías en la novela lo logra después de casi acorralar a su padre con la pregunta que el padre sabe evitar, y siempre ha estado ahí.