Ruralidades

Con Marcos, un señor maravilloso que trabajaba la tierra en Chía (murió hace tal vez veinte años) a veces hablábamos. Tenía la cara absolutamente cuarteada por la intemperie, como papel doblado – ojos rasgados del altiplano cundiboyacense. Podría haber sido alguna escultura de papel japonesa, plegada y replegada como origami hasta dar con su expresión de cara.

Una vez en 1991 fui a tomar un curso de Teoría Descriptiva de Conjuntos en Mérida, en los Andes venezolanos. Fuimos con María Clara – nuestra primera salida juntos fuera de Colombia. Al contarle a Marcos que nos íbamos lejos, a otro país – Venezuela – por unas tres semanas, no dijo nada. Luego resolvió que nos habíamos ido “a Europa” (le dijo a alguien). Para él, que probablemente nunca en toda su vida salió de Cundinamarca o tal vez Boyacá, la noción de “Mérida, Venezuela” era remota, como la noción de “Europa”. (Aunque los valles arriba de Mérida se parezcan tanto a Boyacá y Cundinamarca… pero eso no lo sabía Marcos, ni importaba que lo supiera. Mérida era esencialmente “Europa” pues era lejana, y remota, otro país.)


Recordé a Marcos porque en Europa nos volvió a pasar lo mismo hace unos pocos días. Casi igual.

Estábamos en Huesca, una capital provincial en Aragón, España. Fuimos en parte por la presencia del CDAN allá – un museo de arte contemporáneo muy interesante – y Centro de Investigación en Arte y Naturaleza. Con edificio impresionante de Moneo, con materiales de investigación aparentemente excelentes.

Fuera de eso, una ciudad chiquitica – como Zipaquirá tal vez.

Pero no nos quedamos en Huesca: decidimos quedarnos en una casa que conseguimos en las afueras, como a media hora de la “ciudad”. La idea era explorar un poco la región desde ahí. Pero terminamos hablando con los pocos campesinos que aún quedan (en ese país que parece haber sido atrapado por una crisis económica aterradora).

En un lugar de carretera en el que paramos, que parecía un parador de lechona por allá en el Tolima – solo que ofrecían asados de esa región – los campesinos, labriegos almorzaban, todos sudados, con camisa de trabajo, con su español de Aragón brutalmente áspero.

Me preguntaron de donde era, y dije inicialmente “de lejos”. Me dijeron “¿de Huesca?”. Yo dije “no, un poco más lejos – de Colombia”. “Ah…”. No hay mucho qué decir. Creo que para la gente de esos pueblos de Aragón, como para Marcos en Chía, la noción de “Huesca” evoca “gran ciudad”, gente que se viste “como nosotros”, gente que aparece en los paradores de carretera y no conoce los usos locales. Que sea Huesca o más allá (incluida Colombia) les dará lo mismo: estamos en la clase de equivalencia de los “urbanos”. Me pasó dos veces, en dos regiones rurales distintas. Al ver que claramente no éramos de ahí les llamaba la atención tal vez el hablar raro, y lo ubicaban (correctamente) en alguna ciudad. Huesca está bien.

I sei angoli del nulla (C. Magris)

Este texto sobre Képler, escrito por Claudio Magris dentro de su Danubio, me llega de manera muy profunda. Habla sobre el pequeño tratado que escribió Kepler sobre la nieve, sobre el vacío, sobre lo nulo.

Danubio es uno de los libros más increíbles que he leído. Lo estoy disfrutando, lenta y sinuosamente, como un viaje en barco lento por el río, bajando desde las fuentes (y la ambigüedad maravillosa sobre éstas), por Suavia, Baviera – donde voy faltan todavía nada menos que Austria, Eslovaquia, la llanura de Panonia en Hungría, Croacia, Serbia, Bulgaria, Rumania, Moldavia, Ucrania.

Al paso por Ratisbona (Regensburg), Magris habla de varias cosas – del vacío del Imperio (el Reich alemán antiguo, vacío de poder real central), y luego habla de nuestro Képler (“nuestro” lo digo como matemático).

Dejo que hable Magris (voy traduciendo libremente, imprecisamente y al vuelo, pues casi no reviso el diccionario – habrá imprecisiones y errores):

… Lo so, tu ami il nulla, e non per il suo minimo valore, bensì perché si può giocare con esso in maniera arguta e lieve, come un garrulo passero, e credo dunque che un dono ti giunga tanto più caro e benvenuto quanto più si avvicina al nulla… (… Lo sé, te gusta la nada, y no por su valor mínimo, sino porque se puede jugar con ésta de manera salaz y leve, como un capricho pasajero, y creo entonces que un regalo te será más grato y bienvenido mientras más se acerque la nada…)

… Il regalo che Keplero invia, per il Capodanno del 1611 al suo amico e protettore Johannes Matthäus Wackher von Wackenfels, è il piccolo trattato Strena seu De Nive Sexangula, che inizia con queste parole e si chiede perché la neve cada condensandosi in piccolissime stelle a sei angoli, giocando, durante la scherzosa e rigorosa indagine, nell’ironico spazio che balena fra il minimo e il nulla… (El regalo que envía Képler, para el Año Nuevo de 1611 a su amigo y protector Johannes Matthäus Wackher von Wackenfels, es el pequeño tratado Strena seu De Nive Sexangula, que comienza con estas palabras y se pregunta por qué la nieve cae condensándose en pequeñísimas estrellas de seis ángulos, jugando, durante la burlona y rigurosa búsqueda, en el irónico espacio que oscila entre lo mínimo y la nada… )

… La letteratura barocca è ricca di Elogi e di Glorie del Niente, di acutezze intellettuali e poetiche affascinate dall’impensabilità del loro oggetto, il Nulla, più difficile da afferrare di quanto lo sia l’eternità di Dio, e dal desiderio di sfidare o di aggirare quell’impossibilità concettuale. Keplero vuole spiegarsi la formazione del cristallo di neve a sei punte e nella rassegna delle varie ipotesi, vagliate accuratamente e scartate, attraversa una serie di sottrazioni e di negazioni, scivola fra minimi interstizi e dimensioni impercettibili, sì che il dono che egli porge all’amico rischia di disperdersi come l’acqua del Choaspes, che i persiani offrivano al loro re portandola nel cavo della mano… ( … La literatura barroca es rica en Elogios y Glorias a la Nada, en agudezas intelectuales y poéticas fascinadas con la impensabilidad de su objeto, la Nada, más difícil de atrapar que la eternidad de Dios, y en el deseo de desafiar o ahuyentar aquella imposibilidad conceptual. Képler quiere explicarse la formación del cristal de nieve de seis puntas y en la reseña de las varias hipótesis, abordadas con precisión y descartadas, atraviesa una serie de substracciones y negaciones, se desliza entre mínimos intersticios y dimensiones imperceptibles, hasta que el regalo que le lleva al amigo corre el riesgo de desvanecerse como el agua del Choaspes, que los persas ofrecían a su rey llevándola en la palma de la mano. …)

… È il geometra che si accosta al disegno divino. Sir Henry Wotton scriveva nel 1620 a Bacone di avere visto a Linz, nello studio di Keplero, un quadro di quest’ultimo, una veduta paesaggistica, e aggiunge che Keplero gli aveva detto: “Io dipingo i paesaggi da matematico”. … (… Es el geómetra el que se arrima al diseño divino. Sir Henry Wotton escribía en 1620 a Bacon que había visto en Linz, en el estudio de Képler, un cuadro de este último, una vista paisajística, y agrega que Képler le había dicho: “Yo pinto los paisajes como matemático.” …)

… I colori, le luci, le ombre, gli alberi, le macchie di cespugli, la varietà della natura che sembra verbosa e disordinata obbediscono a leggi, proporzioni, rapporti, sono un gioco di angoli e linee ed è il matematico che ne coglie l’autentico volto. Ma un matematico, scrive Keplero al suo nobile protettore, non ha nulla e nulla riceve; forse perché la sua tasca è vuota e la sua matita gioca con astrazioni, egli circoscrive un niente nel segno rotondo dello zero, conosce solo i segni e non le cose. Perciò gli si addice l’occuparsi della neve, che si scioglie in un niente e che in latino – nix, nivis – suona così simile al Nichts, al nulla. … (… Los colores, las luces, las sombras, los árboles, las manchas de prados, la variedad de la naturaleza que parece verbosa y desordenada obedecen a leyes, proporciones, relaciones, son un juego de ángulos y líneas y es el matemático quien captura su auténtico rostro. Pero un matemático, escribe Képler a su noble protector, no tiene nada y no recibe nada; tal vez como su bolsillo está vacío y su pluma juega con abstracciones, él circunscribe una nada en el signo redondo del cero, conoce sólo los signos y no las cosas. Por ésto le cuadra ocuparse de la nieve, que se desvanece en la nada y que en latín – nix, nivis – suena tan parecido al Nichts, a la nada. …)

… Ma nel suo garbato trattato su quel nulla della neve egli scarta, elimina, nega, procede per esclusioni, quasi a mimare il dissolvimento di un fiocco di neve. Il “Mathematicus, Philosophus et Historicus”, com’egli si considerava, viveva lietamente in un cosmo creato da Dio, ma la nostra esatezza si è fatta meno raccomandabile e forse non è il caso di dipingere da matematici il paesaggio della nostra vita. L’operazione potrebbe rivelarsi una sottrazione inesorabile e semplicissima, il cui risultato – uno zero tondo e bianco – sarebbe simile a quella neve, a un’informe cancellazione dell’intero paesaggio e del suo abitante. (… Pero en su aplomado tratado sobre aquella nulidad de la nieve él descarta, elimina, niega, procede por exclusiones, casi imitando el disolverse de un copo de nieve. El ”Mathematicus, Philosophus et Historicus”, como se consideraba él, vivía alegremente en un cosmos creado por Dios, pero nuestra exactitud se hizo menos recomendable y tal vez no va al caso que matemáticos pinten el paisaje de nuestra vida. La operación podría terminar siendo una substracción inexorable y simplísima, cuyo resultado – un cero lampiño y blanco – sería similar a aquella nieve, a una cancelación sin forma de todo el paisaje y de su habitante.)

lecturas, montañas, mar (tangencial)

Este septiembre ha sido un mes de encuentros y reencuentros – lecturas, montañas, mar (tangencial).

  1. Caracas con Carlos y su familia es un lugar encantador. La vista al Ávila desde esa cocina, las botellas, la luz. El queso telita, el casabe, los cuba-libres, el gin-tonic, el sashimi de atún. La pasta preparada con un cariño y un cuidado ejemplares – las historias de inmigrantes de pueblos perdidos del sur de Italia en pueblos perdidos de los Andes merideños, o una abuela de Chía, incluso. Caracas de conversación, de ir y venir entre clases de Ramsey, modelos de Solovay, el mercado de Chacao, el Café Arábica, los andenes (¡aceras!) remozados de Sabanagrande, la Academia de Ciencias, el IVIC perdido en los Altos de Pipe, casi mil metros arriba de la ciudad, con sus bosques de eucaliptos, su biblioteca envidiable. Caracas y la suavidad del hablar de los colegas, de ese mundo italiano de segunda o tercera generación que encuentra uno en medio de esas montañas. Ah – el Ávila. El norte de Caracas es el Ávila – o más precisamente, la cordillera costera con el Ávila, la Silla de Caracas aún más alta, el Naiguatá aún más alto. Montes de 2500 m al lado de la ciudad a 900 m – con el Caribe ahí atrás. Con la Cota Mil (1000 msnm) respetada y sin construcciones más arriba de los mil metros. La presencia del Ávila en Caracas para mí era reto diario, inspiración constante. Todo el tiempo pensaba en los cerros bogotanos, pero no – hay una diferencia de dimensión (relativa) brutal. Los cerros caraqueños – que la delimitan por el norte – son en promedio tres veces más altos que los cerros bogotanos, con respecto a la ciudad.
  2. Empanadas de cazón entre mil sabores más. Saben muy bien esas empanadas del mercado. Maíz frito y un relleno de guisado de cazón (tiburón pequeño) son tal vez las más ricas que probé. Grandes, con sabor a maíz pilao, con el relleno humeante de cazón (preparado con tomate, pimentón, cebolla). Con el queso telita y el casabe, sabores buenísimos que probé en Venezuela. Una noche fuimos al restaurante Palms, de la chef Helena Ibarra. Allá fueron platos mucho más elaborados – muchos basados en recetas de inspiración local de Venezuela, muchos muy buenos.
  3. Montañas y páramos andinos. Lo primero que hice el domingo en Mérida fue arrancar para el páramo a caminar. A encontrar cosas similares (pero distintas), muy similares (pero un poco distintas) de nuestros páramos aquí arriba, de nuestro Suesca y nuestro Chingaza. ¿Para qué me fui a buscar cosas similares en otro país? No sabría decir. Me sentía increíblemente bien allá arriba, en el Páramo de la Culata, metiéndose por uno de los valles de los Andes merideños, encontrando gente chapeada – con pómulos rojos del frío – recogiendo papas criollas, vendiendo pasteles de trucha, en casitas rosado Mérida (una variante del rosado Soacha), entre montañas esas sí distintas en su parte más alta (más afiladas, más “alpinas” tal vez allá en Mérida – tal vez parecidas al Cocuy – con sus cumbres nevadas a 5000 m, justo encima de uno). Necesitaba la caminata medio rápida, el sudar un poco y oler frailejones y la tierra andina de los tres mil y pico metros, el ver los aguiluchos y los chulos (zamuros allá).
  4. No encontré chavistas. Aunque preguntaba (sin mucha esperanza) en los taxis o a la poca gente no académica a ver si alguien salía a decir algo en defensa de Chávez, nadie, nadie salió hablando bien de ese personaje, nadie salió a decir nada que me obligara a mantenerme en calma espera. Los académicos, naturalmente, hacen oposición, y señalan la combinación brutal de ineptitud del actual gobierno – incluso si uno quisiera estar de acuerdo con alguna reforma, la manera tan increíblemente inepta e ignorante con que parecen hacer las cosas simplemente da al traste con todo – y corrupción – toda la plata inmensa se la están robando, se la siguen robando. Con múltiples ejemplos concretos sumamente articulados, ilustraban la letal combinación de esos dos males: ineptitud y corrupción (yo en muchos casos pensaba que en realidad parecían estar hablando de Colombia – mutatis mutandi la raíz de los males es similar, aunque la expresión de éstos sea distinta). Los taxistas, tal vez menos articulados pero más coloridos, simplemente decían indignados que “el país siempre ha sido de los mismos, incluso ahora, y la plata toda se la roban”. Hubo un par de excepciones: en la caminata por el Páramo, me puse a hablar con unos guías, y un amigo de éllos venido de Ciudad Bolívar, la entrada de la Gran Sabana. El amigo de los guías, un muchacho alegre y simpático, decía haber ido recientemente a Cuba y a la feria de Cali (?!?!?) con grupos que envía el gobierno, compuestos por jóvenes familiares de oficiales de ChávezContaba con perfecto desparpajo cómo los envían con gastos pagos a sitios de vacaciones en Cuba o en Colombia o dentro de la misma Venezuela. Al hablar, exhibía una sonrisa feliz, de gente que está en la cumbre de algo, la despreocupación de quienes no requieren angustiarse. Por su dicción, creo que no tuvo una educación básica buena – pero probablemente tampoco tan mala. Cuando le pregunté en concreto qué pensaba del actual gobierno, del futuro de Venezuela, se puso un poco más serio. Me dijo que realmente no pensaba que el país estuviera yendo para ninguna parte, que él veía todo muy mal administrado. Quedé perplejo. No esperaba esa respuesta de alguien que viaja con gastos pagados (mientras la situación económica de tanta gente en las universidades es tan desesperada). Tal vez desencanto es una palabra que resume lo que se siente en Venezuela, entre gente que de pronto hace unos años creía genuinamente que el país iba a cambiar para bien. Y claro, escepticismo enorme y lleno de datos concretos por parte de gente más cuidadosamente educada, más acostumbrada a desconfiar de esos mesías.
  5. La tricotomía de Zilber fue el tema de mi curso. Con veinte horas de clase, es realmente bastante lo que se puede hacer. Me advirtió Carlos que era mejor iniciar sin suponer que la gente supiera teoría de modelos, pero sabiendo que algunos estudiantes muy buenos tomarían el curso. Además los muy buenos saben bastante teoría de conjuntos (y algunos tenían buena geometría algebraica básica) – decidí seguir el reto e iniciar “casi desde cero” modelo-teóricamente hablando, pero ir a buen ritmo. Resultó muy divertido para mí (y espero que para éllos) el minicurso planteado así. Varios estudiantes llegaban con buenas preguntas cada día. Fue una experiencia muy intensa, pero muy gratificante para mí. Enseñar cuatro horas de teoría de modelos, durante cinco días seguidos, no es algo muy trivial. De noche, en las pequeñas horas de la madrugada, me despertaba en el hotel de Mérida pensando algún ejemplo que haría, algo que usaría de la víspera para enganchar temas, algo que sabía en ese momento (antes del amanecer, no antes) que los estudiantes apreciarían y les ayudaría a entender mejor el teorema de Morley, mejor Omisión de Tipos, mejor bifurcación, mejor tricotomía, mejor modelos de Zilber. Pensaba y pensaba – mientras hablaba en las cenas con los colegas de Chile, de Venezuela – mientras cuadrábamos detalles del SLALM en Bogotá, de futuros encuentros en Bogotá o Mérida o Pamplona o… El sábado al amanecer me sorprendí despertándome asustado porque no tenía claro cómo seguir. Claro, al momento recordé que ya había terminado el curso. Después de las horas y horas, sentí que se había pasado en un abrir y cerrar de ojos ese curso, y de hecho me hizo falta el seguir.
  6. La nieve de los Andes estuvo ahí todo el tiempo – el viernes mucha más después del aguacero del jueves sobre Mérida. El bus que nos recogía por la mañana fría subía raudo, atravesaba el Parque Milla (lugar que me hacía sentir en 1991, cuando estuvimos en un hotelito ahí con María Clara – recién habíamos empezado nuestra vida juntos), y enfilaba hacia la ULA, siempre con esos picos nevados ahí al lado derecho. Yo siento que durante esos cinco días volaba todo el tiempo, como algún cóndor perdido allá arriba dando vueltas, como algún aguilucho tal vez más bien. Volaba entre la tricotomía, el curso, el revivir 1991 con intensidad suprema, el hablar con los estudiantes y colegas – los dos Carlos fueron esta vez alumnos míos – yo fui alumno de ambos hace veinte años. Como no había tiempo para descansar (además asistí a buena parte de otro curso de veinte horas, de sistemas dinámicos topológicos – un tema super interesante y lleno de fenómenos de Ramsey) ni para pensar, quedé suspendido en una semi-vigilia que de noche se concretaba en mi pensar, acariciar, incubar los ejemplos del día siguiente – de manera semi-inconsciente, como a la altura de la nieve andina.
  7. Claudio Magris sigue ahí de lectura de cabecera, desde Mérida. Allá fue Otro mar, ahora es Danubio. Entre Trieste, la Patagonia, Ulm y Belgrado.
  8. Bogotá con los visitantes de Ecos-NORD, las charlas de Melleray, el encuentro con Mijares y Padilla, las pseudo-ortogonalidades abstractas, las clases de Fraïssé categóricas, las sutilezas que señala Melleray en las preguntas sobre esqueletos combinatorios en las construcciones topológicas, la química y el mundo.

Demasiados encuentros en este septiembre, tal vez.