(addendum: cambió de actitud)

Al otro día el antipático apareció cuando estaban regresando de un paseo largo. Le pregunta al narrador con la mano estirada: « Connaissez-vous, monsieur le liseur, me demanda-t-il, ce vers de Paul Desjardins:

Les bois sont déjà noirs, le ciel est encor bleu.

N’est-ce pas la fine notation de cette heure-ci? Vous n’avez peut-être jamais lu Paul Desjardins. Lisez-le, mon enfant ; aujourd’hui il se mue, me dit-on, en frère prêcheur, mais ce fut longtemps un aquarelliste limpide…

Les bois sont déjà noirs, le ciel est encor bleu… »

Sigue hablándoles, deseando que “el cielo permanezca siempre para azul para usted, mi joven amigo…”.

De alguna manera quedan sorprendidos en la familia con la nueva actitud del antipático de la víspera. No dice más Proust, salvo que el padre y todos quedan con la impresión de un malentendido anterior.


Proust superpone la hora del encuentro con la evocación de los versos, pero de alguna manera ese cielo aún azul con los bosques ya negros evoca además de la hora del día la diafanidad de la acuarela de Desjardins con que se limpia la incomodidad de la víspera, la de la mirada lejana.


¿Cuántas veces nos pasa que nos imaginamos cosas de la gente y al día siguiente las limpian con frases como esa?

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6:30 pm, borde de un río (Cundinamarca, Colombia)

redes del cielo

Este es un post para Fernando Zalamea, principalmente. Para María Clara, claro, también, y para Alejandro Martín y Alex Cruz. La conversación mental con ellos fue muy intensa durante cuatro días de salida forzosa de la zona Schengen por un tema de visa (como todos los temas de visas, a posteriori completamente trivial y fútil pero mientras se vive angustiante y omnipresente). Cuatro días de vueltas y caminatas por Petersburgo, por la colección de libros pintados de Bashmakov, por los vericuetos de las propiedades de levantamiento (teoría de modelos pura y crudamente homotópica) de Gavrilovich, de Arca Rusa extendida, de ensoñaciones en el jardín de Ana Ajmátova, de saber que estaba viviendo en la isla de Raskolnikov, la zona de la universidad, la zona más antigua de esa ciudad artificial rusa.

Fernando viajó ahora a Nueva York a lanzar nuevas redes, a dejar volar nuevas conexiones. Trajo una bocanada de aire fresco, abrió nuevas compuertas para quienes felices intentamos seguir a trozos la pista trazada por él. Y recordé los cielos de Petersburgo al ver sus imágenes. Hay geometrías, desde Tales hasta Mumford, ahí trazadas por cables ignaros (?), para quien quiera detenerse a verlas – hay incluso una trazada sin cables, por las nubes, para los que la puedan ver: