Vasos comunicantes: ROMA.

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Sergio Pitol al describir lo esencial de la novela rusa del siglo XIX usó la palabra polifonía. Aunque mucho se ha escrito acerca de las novelas de Tolstói, de Dostoyevski, de Gógol, el uso del concepto polifonía por Pitol me sorprendió, al pensar en lo específico de las novelas rusas. Pitol pasa entonces a describir las multiplísimas voces que se escuchan en esas novelas. Voces de la acción principal, claro, pero también una cantidad de voces al fondo, comentando, contradiciendo, repasando el momento histórico, hablando del siguiente baile en la corte. Voces. Superpuestas. Pitol lo achaca a la estructura de esos palacios o apartamentos, habitados por muchos familiares y siervos, con divisiones delgadas entre cuartos; apartamentos donde las peleas y eructos del vecino se escuchaban siempre, donde siempre se escuchaban los gemidos de placer cuando hacían el amor en los cuartos de al lado o las escenas conyugales, los nacimientos y las llantos por muertes, la vida entera.

Tal vez la primera impresión al ver ROMA, la de Cuarón, es análoga. Ha sido descrita por Magola Delgado como muchas películas en una. No solamente muchas historias superpuestas, sino realmente muchas películas puestas juntas en una sola, como si la transparencia increíble del blanco y negro, la ausencia de opacidad lograda mediante la ausencia de color lograra la primera magia: comunicar las “superficies” de las muchas películas en una sola, mediante vasos comunicantes / pasajes / singularidades / transparencias.

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El rol de las ventanas en la película hasta ahora no lo he visto en comentario escrito. María Clara, que siempre es sensible a esos temas, me lo hizo notar desde la primera vez que la vimos. Las ventanas, la mirada a través de las ventanas, es casi un personaje de la película. También las múltiples simetrías formales (como las manijas en la foto, o la presencia del avión reflejado al inicio y visto directamente al cierre de la película).

Constantemente estamos pasando de un paraje de la memoria a otro, como en una realidad medio soñada, medio irreal pero vuelta mucho más real por esa posibilidad de vasos comunicantes entre distintos tiempos. La metáfora del güerito, el niño menor, constantemente hablando de vida adulta en pasado, es la metáfora de la película ahí también.

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Hay muchos momentos de “cápsula del tiempo” en la película – un poco como en la otra película del espacio que van en familia a ver. En un carro van, con el chofer de la familia, atravesando una manifestación de estudiantes, histórica, antes de tornarse violenta ésta. El carro anda despacio, y la transparencia de nuevo se abre para evocar las durísimas manifestaciones de los años 70 en América Latina (en la de Corpus Christi en 1971 en México mataron a más de 100 manifestantes), pasan al lado de policías preparados para pegar duro, y luego llegan a una tienda de muebles a… comprar una cuna.

La cotidianidad, la familiaridad de esa tienda (que podría ser en la Calle 26 de Bogotá de los años 70) y la calle afuera al tiempo me trajeron memorias muy fuertes de mi propia infancia (yo tenía dos/tres años en la época de esos eventos) en un lugar cercano a la Universidad Nacional en Bogotá. Desde el apartamento, tercer piso, se podía ver a la policía de Colombia persiguiendo a los estudiantes en desbandada por una carrera paralela a la 30. Más de una vez algunos estudiantes se refugiaron en casa de mis padres.

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En la película la situación llega a ser más trágica – afortunadamente en lo que tuve que presenciar en esos años no llegué a ver disparos, pero sí vi policías armados golpeando a los estudiantes, claro que sí – y supe del miedo de mi madre al saber que a Química (donde estábamos) se podían entrar en cualquier momento los policías.

Sí – polifonía era para Pitol la palabra para la novela rusa. Aquí sería algo así como poliiconia, como muchas imágenes al tiempo, superpuestas pero no de manera física sino comunicadas mediante transparencias, como un haz de espigas desplegándose.

Una de esas muchas películas, una muy importante, es la de Cleo. La historia de Cleo, la primera película que la gente ve en ROMA (y que a algunas señoras emperifolladas torpes de entendimiento en el cine bogotano causó rabia – salieron diciendo “qué horror una película en honor a la empleada de la casa”), la que molesta a algunos por “condescendiente” y fascina a otros. A mí la historia me pareció contada de manera directa y llana, y espléndidamente actuada. Los reseñistas gringos se ponen bravos porque Cleo “no habla” (lo cual no es cierto; habla mucho, pero con su amiga Adela en mixteco) y no está “empoderada” (pero habría sido falso el recuerdo si hubieran puesto a Cleo como una mujer del siglo XXI).

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Las miradas de Cleo son otro de los vasos comunicantes de la película. El temor ante el futuro, la comunicación con los niños, la mirada de entendimiento tácito con la otra mujer, la madre de la familia, los silencios y los gestos. Todo eso hace parte orgánica del recuerdo de quienes nacimos en América Latina en los años anteriores a 1970, dolorosamente. La película lo pone ante nosotros sin emitir palabras.

Hay escenas misteriosas en la película. Una de esas es, durante un incendio en una finca en Año Nuevo, el gringo disfrazado de monstruo cantando borracho una balada en inglés. Presiento alguna referencia a algo ahí; la borrachera de Nerón mientras Roma se quema, alguna metáfora a Estados Unidos. Misterio (para mí). Otra es en Ciudad Neza (Netzahualcóyotl, la Ciudad Bolívar de Ciudad de México, parte del cinturón de miseria común a todas las grandes urbes de América Latina). Al llegar, lanzan a un hombre como un cohete en un espectáculo de circo de barrio…

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en una imagen poderosísima y cargada de algún significado metafórico. Es la época de las películas de viajes al espacio, de los Apollos visitando la luna, los hombres gringos o rusos perdidos en el espacio. En ese barrio de calles de barro esa imagen del hombre disparado parece algún homenaje al Fellini de Amarcord o de La Strada, traspuesto a Neza y visto (de nuevo) desde la lejanía del recuerdo reconstruido, desde el vaso comunicante, la singularidad de cierta incoherencia.

Mientras tanto, Cleo está buscando a su novio Fermín desaparecido—desaparecido al contarle Cleo que será padre. Fermín el practicante de artes marciales de Ciudad Neza, que salió huyendo de un cine cuando Cleo le contó que “tenían encargo”, que estaban esperando a un hijo.

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Desaparece Fermín (que solo conocíamos por su escena memorable meses antes—desnudo haciendo movimientos de kendo con una vara arrancada de una cortina en un hotel y contando a Cleo su historia: muerta su madre, lo llevan a vivir a Neza y lo salvan las artes marciales de la delincuencia…

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… mientras de nuevo las ventanas del hotel y el espejo nos dan ese doble reflejo del mundo (la fotografía es impresionante ahí – no es solamente la corporeidad de Fermín, el encarnar su ser de manera tan directa, sino el reflejo de todo un universo ahí en esas ventanas)).

Fermín (que todo el mundo parece odiar, pues encarna el machismo más básico – muy agresivo con Cleo cuando esta le cuenta en Neza que están embarazados) en realidad es una víctima doble. Crece en un lugar desgraciado de América Latina y realmente encuentra en la práctica de las artes marciales, como tantos jóvenes del mundo, una salvación… para ser luego usado por el mismo gobierno mexicano como fuerza de choque contra los estudiantes. Fermín encarna la historia de tantos paramilitares de América Latina, de tantos guerrilleros o militares que encuentran un respeto a sí mismos en la práctica de artes marciales – pero terminan siendo convertidos en máquinas de muerte por el mismo sistema que generó (genera) las Ciudades Neza de América Latina.

La muerte aparece en varios momentos, con fotografía muy anclada en la gran tradición de México, en Juan Rulfo y Tina Modotti. En uno de los momentos centrales de esa película que no tiene momento central único (pues son muchísimas películas comunicadas) aparece esta escena casi aislada del resto, casi sin comunicación con nada…

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… casi sin comunicación con nada pero a la vez con todo. La abuela, Cleo y el chofer salen de la tienda, no ven este primer plano pues están viviendo su propia otra película en paralelo… y México en 1971 está viviendo desangres como este.

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Una historia muy personal (y que no sucedía en todas las familias) es la solidaridad entre dos mujeres, las dos mujeres principales, la señora Sofía y Cleo – ambas abandonadas, aunque de maneras distintas, por sus hombres. Pese a las diferencias de clase inmensas entre las dos, hay un vínculo de cierta empatía entre ambas.

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En muchas familias latinoamericanas la reacción inmediata en esa época habría sido expulsar a Cleo apenas esta cuenta que está embarazada. De hecho, es lo primero que pregunta Cleo—¿no me va a correr? Hay cierta sutileza en la respuesta y un entendimiento de la situación de Cleo; tal vez causada por el saber que su esposo la había abandonado.

Era tan común tanto la primera como la segunda historia—esposos que se “iban a Quebec” a congresos para nunca volver (en mi familia no inmediata sucedió algo similar, y los hijos quedaron con traumas fuertes), empleadas que quedaban preñadas por sus respectivos “Fermines”, que aquí la parte de memoria es realmente directa y tal vez menos mediada por las ventanas y reflejos.

Fernando Zalamea ha escrito inmensas páginas sobre otro tipo de vasos comunicantes en el cine, en Tarkovsky — y en la matemática, en Riemann o en Grothendieck. La película es manifold, es multiplicidad/variedad repleta de pliegues, memorias de otras películas (¿cómo no pensar en Buñuel al ver a los ricos de la finca disparando al vacío, siendo el vacío?…

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… ¿cómo no recordar escenas similares vividas en fincas donde primos ricos en épocas de infancia?), repleta de ramificaciones, de singularidades que intercomunican distintas películas independientes – pero que Cuarón logra mediante sus ventanas, reflejos y ojos—la mirada de Cleo sobre todo, y repleta de escaleras espléndidas (las de la casa y sobre todo las de la hacienda, que conectan el mundo “de arriba”, de los ricos y sus pistolas y su whisky y sus cigarrillos y sus criadas, con el “de abajo”, el del pulque y las historias de los ejidos y la música popular).

Pero sobre todo, ¿cómo no soñar con esta imagen? (Tal vez la más emblemática: ¿las cabezas conectadas, el niño que recuerda y la mujer que quiere estar muerta, los techos de Roma y la ropa como un haz de transparencias – lavada de las miserias humanas que se adivinan, las secreciones, sudores y humores de nuestra condición humana en manchas en calzoncillos y medias y brasieres – y la luz difusa infinita?)

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Medellín: metro view of the downtown.

Towns with metro systems are so much easier to navigate! In Medellín there are just two metro lines (not too dense) but the city being essentially linear, with the exception of going west from the downtown, the metro system actually is quite useful.

The view from the metro is fascinating. Ville éventrée, the bowels of the city, especially around the Downtown area. The San Antonio, Cisneros, Suramericana stations and everything in between has a density character that seems high.

I was taking those pictures from the train, and a young guy told me that was “the only way of taking those pictures”. I looked in disbelief – he said the areas around Cisneros and San Antonio are just too dangerous for pictures. Not sure… but I didn’t try (I had to arrive to the Museum of Modern Art soon…).

The pictures were taken on Friday morning (when going from Industriales Station, near El Poblado to Suramericana Station, near National University) and on Saturday morning and at noon (again going back and forth). The first day, an undergraduate student, Juan Ruiz, accompanied me – I somehow felt more secure using my camera when he said it would be ok. On the second day, I was on my own, and felt completely safe taking those pictures.

Watching them back, I feel I have begun to like more and more Medellín and its metro.

OJO sobre Bogotá: Susana Carrié

Siempre me ha impresionado el ojo de algunos fotógrafos, la manera como nos pueden hacer ver lo que cruzamos de manera cotidiana como algo distinto, algo lejano, algo más verdadero, algo más uncanny.

La fotógrafa venezolana Susana Carrié nos enseña a los bogotanos a ver nuestra ciudad con un ojo renovado, a través de las brumas, con contrastes curiosos. Ciertas fotos recuperan la imagen “años 40” (de esa Bogotá de antes del bogotazo, la Bogotá de los toldos europeos y el Hotel Granada y los tranvías, que tanto añoraba mi abuela) que aún existe en ciertas esquinas de la ciudad.

Varias series temáticas de Susana Carrié retoman temas a la vez familiares y sorprendentes: “Bogotá gótica” – del especie de gótico que apareció en algunas construcciones de Bogotá alrededor de 1900, series de lluvia y bruma, series de gente hablando por celular.

Uno de los pequeños milagros de los últimos años (para nosotros los bogotanos) ha sido el recibir en las universidades, en muchos ámbitos del sector empresarial, en restaurantes y producción de comida, en el mundo intelectual y artístico, parte de la diáspora venezolana. Aunque las razones para muchos de ellos han sido dolorosas, Bogotá se ha beneficiado de manera increíble con la presencia reciente de tantos caraqueños, tantos venezolanos que han llegado, que disfrutan mucho de las cosas buenas de Bogotá, que nos ayudan a ver un poco más allá de lo que normalmente notamos – en muchos ámbitos distintos.

Algunos de esos venezolanos nos han enseñado a ver lo que hay – tanto desde un punto de vista crítico (nos ayudan a ver defectos fuertes de Colombia – como en el artículo controvertido de Sinar Alvarado hace unos años – certero, doloroso, caricatura pero más real que todo) como desde un punto de vista de empatía fuerte (el blog de mi amigo y colega Gabriel Padilla, caraqueño “de raca mandaca”, es uno de los cantos de amor a Bogotá más sinceros, bellos y profundos que hay – Gabriel me ha enseñado cosas maravillosas sobre Bogotá que yo jamás había visto en mi vida aquí).

Susana Carrié está ahí: enseñándonos a ver esta ciudad con su ojo sorprendente. MUCHAS más fotos espléndidas de Bogotá, por Susana Carrié, en este enlace.

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Bicentenario
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El vértice
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Familia con perritos

Urbes mutantes: radiografía de ciudades de América Latina

Visitar ciudades de América Latina siempre es a la vez emocionante, muy emocionante y decepcionante. A veces más, a veces menos, pero muchas veces ve uno en las otras ciudades reflejos dolorosos de la ciudad de uno (o soluciones espléndidas a cosas que no hemos podido resolver nosotros). Es una mirada al otro, pero a un “otro” que es casi uno mismo.

En la Ciudad de México he podido ver mundo exaltado y bajo mundo, acaso más que en Bogotá (por alguna razón, de noche por los alrededores del Centro Histórico, hacia el mercado o hacia San Juan de Letrán o hacia la colonia Hidalgo, me siento bien – también me siento bien trotando de madrugada en los Viveros de Coyoacán, que parecen casi un parque parisino (ideal, de novela de Flaubert), o deambulando por las librerías y tiendas de Coyoacán o La Condesa – zonas chic del magnífico DF). En Caracas, en Lima, en Medellín, en Cali, en São Paulo, en Salvador, etc. ve uno variantes de la misma ciudad latinoamericana, con sus centros deslabrados y con pocas cuadras cuidadas, con sus personajes que parecen extraídos de la misma tierra [Güicán, Cuauhtepec, Tadó, Mucuchíes, …] y siempre se ven golpeados por la rudeza de la ciudad, en su fealdad repetida de talleres mecánicos, tlapalerías, ventas de empanadas, tugurios, casas sin acabar, letreros electorales, gente haciendo fila y haciendo fila…

La exposición Urbes Mutantes que está en la Luis Ángel Arango es exactamente eso: fotografía de ciudades latinoamericanas entre los años 1940 y ahora. El momento de la gran mutación de nuestras urbes – que pasaron de ser villorrios y puebluchos (sí, claro – villorrios y puebluchos con sus plazoletas aristocráticas y su arquitectura de trianones transplantados) miserables perdidos a ser urbes vibrantes, repletas de cultura, de salsa, de merengue, de escotes y pantalones ceñidos y gorduras a punto de estallar, y centros comerciales horrorosos casi todos y … los talleres mecánicos y buses/busetas/combis/peseros/colectivos/micros/guaguas/ejecutivos de horror, repetidos en su olor a exhosto y su sudor reconcentrado, a lo largo y ancho de toda América Latina, recorriendo con su melodía estéreo/salsa/merengue/champeta/reguetón todo el espectro de estas ciudades. Ciudades golpeadas por bogotazos/caracazos, asonadas, gente de ruana con mirada hueca, hijos sin ruana y con prendas chinas casi iguales a las de los fresa/gomelos/sifrinos/pijos/pitucos hoy en día.

El momento de mutación (de la ruana y alpargata a los bluyines cuasi-universales, a las pintas casi iguales en todas las clases sociales [pero con marcadores de clase super precisos para los chicos de colegio sifrino], del barro de los tugurios al exhosto de los buses, de parecer ciudades de quinta en Europa del Este [la Bogotá de los abuelos era como una ciudad polaca o moldava de quinta división] a parecer ciudades… latinoamericanas (de talleres y bodegas, transmilenios y zonas pijas, tugurios y favelas, autopistas y puentes llenos de grafiti, zonas de edificios impresionantes y vías férreas abandonadas, ciclovías de domingo con sus ventas de jugos y repuestos y aeróbicos, metrocables y desconfianza, Maseratis andando por calles trancadas a 3 km/h, zorras y burros y caballos al lado, barrios de los años 1930 y 1940 y 1950, atorados de decencia y pastelerías de inmigrantes judíos de Europa del Este y arbolitos y Parkways, y zonas de horror que parecen lo peor de lo peor de Houston o Los Ángeles).

La mutación retratada por 200 fotógrafos, muchos de ellos que no conocía, muchos grandes maestros. Graciela Iturbide, Sergio Trujillo, Leo Matiz, Fernell Franco, Gasparini, entre muchos, muchísimos otros testigos de toda esa mutación, de esa tristeza infinita (y alegría sorprendente) de las ciudades latinoamericanas.

La exposición estará expuesta hasta el 27 de mayo. Recuerde que la Luis Ángel Arango cierra los martes. Está en el tercer piso de la zona de Arte Contemporáneo. Es gratis la entrada. Y vale la pena – creo que volveré al menos una vez antes de que la quiten.

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Nacho López: Huelga de maestros, Ciudad de México. Años 1950.
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Fernell Franco: Prostitutas. Cali, hacia 1970.
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Gasparini. Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1954.

Ayer y hoy

Ayer:

  • Brunch delicioso (con mil cosas caseras hechas con mucho sabor y cariño) donde los Kossaks. Conocí personalmente a Grigor (por fin – es amigo vía facebook pero eso no quiere decir nada).
  • Despelote en el aeropuerto – tiempo largo en inmigración, transporte medio enredado a la ciudad.
  • Caminata por la avenida que es casi casa nuestra ya – desfile – encuentro con Daniela y luego con Alejandro, en el Museo de Arte Moderno. Obvio: fuimos a ver los abstractos  –  una exposición con centenares de cuadros (muchos desconocidos, todos buenísimos) entre 1910 y 1920. Qué década tan escalofriante. Sonia Delaunay ilustrando a Blaise Cendrars, qué cosa más fuerte. No logramos ver ni siquiera ese piso: cuando nos empezaron a echar, me devolví a buscar a Alejo y un guardia prácticamente me sacó empujado. Me quedé inmóvil y el guardia se puso nervioso. Llegó otro y pidió “apologías” por el comportamiento de su compañero.
  • Re-caminata buscando el Deli de la Segunda Avenida (que queda en la Tercera y estaba cerrado). Terminamos yendo a la calle coreana. Nunca falla esa calle. Pablo y Aurora me llevaron por primera vez hace dos años y medio, y siempre guardo un recuerdo fantástico de esa vez.
  • Sueño absurdo todo el día.

Hoy:

  • Despertar tardío, festivo, sin desayuno.
  • Salida de MC al museo rampa a ver obras japonesas. Salida mía después de un rato, a trabajar (dejar flâner/pasear la mente, traducir trozos, pensar en las dos vías de la simplicidad, volver, terminar la charla).
  • Ida a la Calle 10 con Bredestraat a encontrar a Alejo y luego a MC. Caminata por el Pueblo Oeste, hasta el Asado Francés (donde Julieta y MC se tomaron felices una botella de vino). Almuerzo tardío (4 pm) en ese sitio – pato confitado, hamburguer aux frites buenísimo. Cerveza belga y luego vino (pinot negro).
  • Caminata por la lluvia bogotana.
  • Subida al elevado abandonado a ver el skyline – ese parque es lo mejor imaginable. Fotos. Españoles excitados hablando de “vehículos amarillos” al señalar los taxis. Se querían tomar fotos donde salieran en el fondo los vehículos amarillos. ¿Qué los habrá picado? Encontrar grupos de españoles de viaje siempre es chistoso – se ven como recién salidos de una zarzuela.
  • Librería Printed Matter, de manifiestos de arte y similares. Revistas artístico-eróticas, publicaciones de autores culto.
  • Encuentro con Daniela al final de la tarde – entrada a ver a Lady Macbeth pelear con Macbeth, ver a este matar a la familia Macduff, todo en un hotel abandonado hace como setenta años. Un hotel de lujo (Mac Kittrick) que fue abandonado y ahora está siendo usado de teatro-laberinto-instalación. Claustrofobia mezclada con sensación exquisita de estar viendo algo muy interesante.
  • Regreso con Daniela hasta su subte, en la Octava con 23, ida al León Rojo al bar donde estaban MC y Alejo oyendo blues en grupos alternados algunos muy buenos. Guiness de comida (casi).
  • Una mujer gorda bailando. Se divertía tanto que era contagioso verla. Alejo se quedó filmándola al final (cuando la música empezó a mejorar).
  • Frío bogotano, papeles por todos lados en la calle, mugre como siempre. Pintas interesantes, rodillas masculinas acariciadas por manos masculinas en los cafés, camisetas sin mangas, tatuajes, sombreros elevados, variedad para vestirse (más para uno, viniendo de la Bogotá de las niñas con botas iguales y caras iguales y peinados iguales). Frío bogotano. Mañana, el puente, si todo va bien. Y luego, la licuadora del congreso.

 

Reto treinta ciudades

Vía olaviakite. Tampoco le voy a dedicar 30 días a contestarlo a cuentagotas. 🙂

  1. Una con la que siempre soñaste / Samarkanda, Uzbekistán.
  2. Una donde te gustaría vivir / Atenas, Grecia.
  3. Una que quisiste conocer pero aún no lo logras / Shanghai, China.
  4. Una que no tuviste tiempo de conocer lo suficiente / San Petersburgo, Rusia.
  5. Una que te resultó una agradable sorpresa / Minneapolis, Estados Unidos.
  6. Una que esté sobrevaluada / Berlín, Alemania.
  7. Una que te decepcionó / Copenhague, Dinamarca.
  8. Una para sobrevivir 5 días con menos de US$ 25 / ???
  9. Una que te gustaría ver en una serie o telenovela / Tel Aviv, Israel.
  10. Una donde hayas tenido una experiencia inolvidable / Palermo, Italia.
  11. Una para llevar a esa persona especial / Kioto, Japón.
  12. Una para conocer de carreras / Inverness, Escocia.
  13. Una para encontrar al amor de tu vida / Suba, Colombia.
  14. Una donde te perdiste / New Brunswick, Estados Unidos.
  15. Una donde hayas perdido algo valioso/ Jerusalén, Israel.
  16. Una donde hayas encontrado algo valioso / Jerusalén, Israel.
  17. Una donde hayas pasado un chasco / Rotterdam, Holanda.
  18. Una con montaña que quieras recomendar / Edimburgo, Escocia.
  19. Una con mar que quieras recomendar / Helsinki, Finlandia.
  20. Una para regresar / Tokio, Japón.
  21. Una que visites recurrentemente/ Barcelona, Cataluña.
  22. Una para olvidar tus problemas / Sammatti, Finlandia.
  23. Una para rumbear / Callander, Escocia.
  24. Una demasiado fría / Rovaniemi, Finlandia.
  25. Una demasiado caliente / Córdoba, España.
  26. Una para ver sólo en cine / Los Ángeles, Estados Unidos.
  27. Una que te recuerde una anécdota / Ammán, Jordania.
  28. Una para trabajar / Bogotá, Helsinki, Barcelona, Jerusalén, etc.
  29. Una para no volver / San Antonio, Venezuela.
  30. Una para recorrer a pie / Guanajuato, México.

http://30ciudades.wordpress.com/