Gandini

Dejemos que Piglia hable de Gandini:

Cuando lo conocí, el compositor Gerardo Gandini tenía su estudio en un viejo departamento de la calle Cochambamba que había sido (y volvió a ser luego) de un amigo común (…) Gandini tocaba para mí la música que había terminado de componer. Eran fragmentos de una compleja obra en marcha, cuya realización me parecía cada vez más milagrosa. Como era verano las ventanas estaban abiertas y la música surgía en medio del rumor de la ciudad. Siempre que pienso en Gandini, lo recuerdo en ese cuarto en el que sólo había lugar para el piano, componiendo una obra extraordinaria en medio de las voces y los rumores de la calle. (…) Nadie encarna mejor que los músicos la doble relación del arte con el presente y con la tradición. (…) la deuda con un pasado de altísima perfección como es el de la herencia musical y, por otro lado, la tensa relación con la carga de cinismo, trivialidad y demagogia de la cultura actual.

(…) La música debe más a la tradición musical que a cualquier otra experiencia y esa tradición a veces actúa como un legado que paraliza toda innovación. Al mismo tiempo, los músicos contemporáneos comprueban y dicen lo que nadie sabe: que la cultura de masas no es una cultura de la imagen, sino del ruido [itálicas y negrillas mías – AV]. (…)

(…) Por la ventana abierta del estudio de Gandini llegaban los rumores del mundo. Una confusa profusión de sonidos inarticulados, cortinas musicales, alaridos políticos, voces televisivas, sirenas policiales, anuncios de conciertos internacionales de rock and roll. (…)

(…) La risa de Gandini, cuando dejaba de tocar, me hacía pensar que la mítica sordera de Beethoven había sido la primera elección de un artista [itálicas mías – AV] ante la creciente presencia de la cultura de masas como infierno sonoro. (…)

(…) Las piezas para piano de Gerardo Gandini me hacen pensar en esa imagen; un pianista insomne busca, en la noche, los restos de una música que se ha perdido. (…)

Ricardo Piglia – Formas breves – extractos de págs. 43 a 45.

Gandini tocó muchos ámbitos distintos de la música contemporánea. Trabajó en la orquesta de Piazzolla. Es autor también de obras muy “abstractas” de música contemporánea (Eusebius, Soria moria, etc.). Compuso una ópera (La ciudad ausente) con libreto de Ricardo Piglia – no la he escuchado. Debe ser interesantísima, pero quién sabe en qué circuitos aparece. Y finalmente, tiene una serie increíble llamada Postangos, de tangos muy “deconstruidos” – tocando él mismo al piano, tal vez ad libitum en algún concierto, va a la estructura pura de obras como La Cumparsita. Qué vaina no haber descubierto a Gandini cuando aún estaba vivo, hasta hace menos de un año. Habría sido fantástico ir en alguna parte del mundo a uno de esos conciertos suyos al piano.

Y sí, Piglia da en el clavo sobre el ruido de la cultura de masas contemporánea (mucho más que la imagen).

Varios amigos recientemente han comentado que el derecho al silencio será la próxima frontera a conquistar – muy análogo a la conquista del derecho a aire sin humo. Los fumadores hasta hace pocos años se sentían con pleno derecho a fumar donde quisieran, e imponían su ceguera a los demás. Finalmente se ha ido logrando conquistar aire sin humo, en casi todos los países (curiosamente, es de las cosas que funcionan sin mayor problema en América Latina, y en general menos bien en Europa o Estados Unidos – nadie ha explicado convincentemente por qué la adopción de la ley anti-humo fue tan efectiva en países como México o Colombia, comparando con países usualmente más seguidores de las leyes, como Alemania – allá ha costado más trabajo esa conquista). El siguiente paso será convencer a los ruidosos del derecho de los demás al silencio. La analogía es perfecta. Aún es difícil, y lo miran a uno como si estuviera loco cuando reclama que los ruidosos escuchen sus cosas en privado y sin imponer a los demás. Pero ya empezamos esa conquista.

De Gandini, dos piezas muy distintas:

(Nostalgias), y también

(El choclo).