El párrafo que me conmovió más

(en ésta, la sexta o séptima vez que leo Cien Años de Soledad – al quedar tan abrumado y triste por la noticia de la muerte de García Márquez – y tan extrañado de haber quedado tan abrumado – leí decenas de crónicas, notas – pero sentía que lo único que me permitía procesar la noticia era releer esa obra que leímos en diciembre de 1984 – ¡hace casi 30 años! en voz alta, entera, con María Clara – para mí era la segunda lectura ya – y que acompañó tantos momentos nuestros)… fue el del ascenso de Remedios, la bella.

Me pareció increíble que en apenas 15 renglones se vaya al cielo Remedios, la bella, así no más, como aspirada desde arriba por la luz, de una manera a la vez poesía pura y crónica llana. La muerte ya muy remota de una tía – la hermana menor de mi madre – muy hermosa, cuando yo tenía apenas 10 años, me vino a la mente. Y todas las muertes de personas que uno quiere, y ocurren de manera absurdamente rápida siempre.

– Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.

Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.

Este párrafo (danza pura) no fue más que uno entre muchos otros portentos (muchos revisitados, reconocidos, pero muchos que en realidad no recordaba a pesar de tantas lecturas) del libro. La arquitectura global esta vez me impresionó aún más que nunca – al igual que el tono de las respuestas de los personajes. Pero este párrafo fue tal vez lo que más me conmovió (junto con la decrepitud final del coronel Aureliano Buendía – lo recordaba menos terrible y más cercano).