Aguas estrechas / El cordón umbilical

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Con los libros franceses clásicos (y los modernos editados por gente como José Corti) la expectativa de la lectura se hace muy fuerte por las páginas no cortadas: se supone que uno va cortando a medida que va leyendo (y por ende puede uno saber, si suspendió la lectura hace meses o años, exactamente hasta qué punto había llegado). La sensación física de las páginas (sensual, olorosa) es aún más intensa con estos libros que uno tiene obligatoriamente que ir cortando, rasgando, trozando, para poder seguir leyéndolos.

Ésta es una novela muy corta (74 páginas, regalo maravilloso que me dio Fernando Zalamea el jueves antes de entrar al minicurso de Álex Cruz) escrita por Julien Gracq, el autor de Le rivage des Syrtes, esa novela que algunos describen como de lo mejor de todo el siglo XX. Aún no he iniciado su lectura, pero promete ser fascinante. Inicia con la frase siguiente:

[Pourquoi le sentiment s’est-il ancré en moi de bonne heure que, si le voyage seul — le voyage sans idée de retour — ouvre pour nous les portes et peut changer vraiment notre vie, un sortilège plus caché, qui s’apparente au maniement de la baguette de sourcier, se lie à la promenade entre toutes préférée, à l’excursion sans aventure et sans imprévu qui nous ramène en quelques heures à notre point d’attache, à la clôture de la maison familière?]

(¿Por qué  se instaló en mí  tempranamente el sentimiento de que, si solo el viaje — el viaje sin idea de retorno — abre para nosotros las puertas y puede cambiar de verdad nuestra vida, un sortilegio más oculto parecido al manejo de la varilla del zahorí, se enlaza con el paseo preferido entre todos, con la excursión sin aventuras ni imprevistos que nos lleva en pocas horas a nuestro punto de amarre, a la clausura de la casa familiar?)

La frase inicial pone a este texto inmediatamente al lado de textos como Aurélia de Nerval, donde se inicia la segunda vida que es el sueño: Le rêve est une seconde vie. Je n’ai pu percer sans frémir ces portes d’ivoire ou de corne qui nous séparent du monde invisible. Les premiers instants du sommeil sont l’image de la mort ; un engourdissement nébuleux saisit notre pensée, et nous ne pouvons déterminer l’instant précis où le moi, sous une autre forme, continue l’œuvre de l’existence. C’est un souterrain vague qui s’éclaire peu à peu, et où se dégagent de l’ombre et de la nuit les pâles figures gravement immobiles qui habitent le séjour des limbes. Puis le tableau se forme, une clarté nouvelle illumine et fait jouer ces apparitions bizarres : – le monde des Esprits s’ouvre pour nous. — Trad. libre mía: El sueño es una segunda vida. Jamás he podido atravesar sin temblar esas puertas de marfil o de cuerno que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes del sueño son la imagen de la muerte; un embotamiento nebuloso se apodera de nuestro pensamiento, y y no podemos determinar en qué instante preciso el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia. Es un subterráneo baldío que se aclara poco a poco, del cual se desprenden de la sombra y de la noche las pálidas figuras gravemente inmóviles que habitan la morada de los limbos. Luego se forma el cuadro, una claridad nueva ilumina y hace que jueguen esas apariciones extrañas: se abre para nosotros el mundo de los Espíritus.

Tengo que conseguir el cortador para ir abriendo el libro, literalmente.

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La otra compra reciente de libros es otro regalo (este, mío, a María Clara): El cordón umbilical de Jean Cocteau. Parece ser también un libro de ensayos, mezclado con dibujos hechos por Cocteau y trozos de diarios, con fotos de la gente que cruzaba el camino de Cocteau y de él mismo.

En el viaje, el primer día de carretera cruzando el Norfolk saliendo de Norwich, yendo primero hace Ely, luego hacia Cambridge y finalmente poco a poco hacia Oxford (qué revoltijo de carreteras pequeñas, de auténticos mazes ingleses como los laberintos de las iglesias románicas, parece ese tramo: en el mapa se ve cercano pero toma horas y horas – un poco como la película que vimos con Alejandro y María Clara anoche, basada en Los anillos de Saturno de W. Sebald), compré un disco de Delius en la tienda de la catedral de Ely.

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A Ely llegamos indirectamente por una conversación con Fernando, también en el Departamento de Matemáticas, justo antes de nuestro viaje (tan paralelo, cuasi-sincrónico, con el de ellos) a Inglaterra y Escocia. Primera parada importante después de Norwich (la ciudad de las 350 iglesias románicas – o por lo menos así se siente), en Ely hay sencillamente una catedral sumamente imponente. Describirla está un poco fuera de lugar para mí aquí. Creo que lo mejor es imaginar algo que requiere la pluma de un Proust – y por ahora dejarlo así.

En la tienda de esa catedral compré un par de discos: uno de Delius (el compositor británico de principios del siglo XX que inspira el capítulo 2 de Cloud Atlas de Mitchell – no he visto la película, pero el libro me impactó mucho) y otro que tal vez no me impresionó mucho pues no lo recuerdo ahora mismo. El de Delius es increíble, como toda su música. Un poco inclasificable, como buen inglés: fuera de los grandes movimientos vieneses/franceses de su época. El paisaje de la campiña de Norfolk (tan bien evocado en la película sobre Sebald) me hizo dar ganas de escuchar de nuevo a Delius. A Delius lo había escuchado en Educación musical – un curso obligatorio del Colegio Réfous, tal vez el mejor curso que se impartía en ese colegio, junto con MM7 [un inicio de análisis vía topología básica repleta de dibujos en verde y rojo – análisis hecho con topologías raras, la “usual” no era particularmente usual en ese curso]… pero Delius entonces me había aburrido infinitamente. Por Mitchell lo volví a escuchar y ahora me impresiona mucho. Fue el mejor companion sonoro de la campiña inglesa del sur.