Densidad

Mi profesora de dibujo en primero de bachillerato (ya no recuerdo su nombre) era muy sensible a las texturas. Alguna vez me dijo que los Alpes en Francia no le gustaban tanto, que prefería de lejos los Alpes en Suiza. Yo a la sazón andaba también muy enamorado de los Alpes del Valais, del Matterhorn. Sabía en mi fuero interior que viniendo de los Andes, había montes mucho más altos que los Alpes, lugares mucho más inaccesibles no muy lejos de casa (esa “casa” lejana allá en Bogotá que a la sazón se sentía mucho más lejana que siempre, en la era en que mis padres (estudiantes) no tenían ni teléfono y el único contacto con “Bogotá” eran las cartas de la familia, la carta ocasional de algún amigo del colegio, las noticias (entonces muy escasas) sobre La Colombie (tan escasas que casi todos los belgas la confundían con La Bolivie y no tenían muy claro qué podía haber en esos lugares tan exóticos y remotos)) y que todo ese enamoramiento de los valles del Valais sería pasajero.

Le pregunté a mi profesora por qué prefería los Alpes suizos a los Alpes franceses. Me dijo: “son más densos”.

Me quedé pensando. Sabía, intuía un poco, lo que podía haber en esa respuesta. Son montañas muy densas, con una densidad de postal de panadería dirían algunos; para mí evocaba chocolate delicioso, caminatas, mucha nieve y muchos árboles y fauna (que otro profesor, de un curso anterior, nos hizo aprender durante un par de semanas de Classe de neige en St-Luc, un pueblo ínfimo en el Valais).

Una respuesta de dibujante. Densidad.

Hoy, casi cuarenta años después, aún recuerdo su frase – incluso el tono de voz con que decía “ah, les Alpes en Suisse, c’est dense, beaucoup plus qu’en France…”.


Recordé todo eso por una conversación que tuve en Varsovia hace un mes. El hijo de Roman Kossak, Kuba, es un amante de la montaña y un gran caminante, de esos que van con una carpa y acampan y suben, en la nieve, como sea. Nos habló en una cena de un lugar en los Tatras al que le encanta ir a “perderse” a veces. Luego agregó… bueno, pero es los Tatras, no es los Alpes … y lo dijo como excusando lo pequeños que son los Tatras. Le pregunté a qué altura era el lugar – me dijo “algo así como 2500 o 3000 metros”. Roman se rió y dijo … “¡ah, Andrés vive a esa altura!” … después de algo de risa comenté “sí, en Colombia montaña alta es de 5000 para arriba, pero no es fácil llegar allá, y no se ven con frecuencia; hay muchas nubes”. Roman pasó entonces a sus valles favoritos alpinos y describió los Alpes como las montañas de “altura perfecta” … ni tan altas que sean inabarcables ni tan pequeñas que sean triviales. Yo defendí apasionadamente nuestros Andes, obviamente. Se me salió algo de chovinismo andino – evoqué la remota Sierra del Cocuy, el Nevado del Huila y luego el mucho más alto Callejón de Huaylas, Áncash, el Huascarán. Yo quería decir algo como “sí, los Alpes son preciosos, pero si quiere ver montaña de verdad le toca ir a Perú, o incluso en Colombia hay mucho más”.

El joven Kuba mordió el anzuelo – tal vez mi mirada remota pensando en esos montes peruanos lo convenció – y me dijo “yes, I have to see those mountains, I definitely have to”.


Pero pocos días después sobrevolé los Alpes en un vuelo Varsovia-Barcelona, una mañana despejada. Y volví a ver la densidad. Sí, mi profesora de dibujo tenía razón: los Alpes en Suiza tienen densidad. Esto fue lo que vi desde el avión:

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Souvenir de Belgique – Dessin à l’encre – Victor Hugo

El libro La Belgique selon Victor Hugo me lo regaló Manu Heuse, un compañero de colegio en Lovaina-la-Nueva, cuando regresó la familia a Colombia, a mis trece años.

Es un compendio armado por Víctor Hugo durante sus muchas visitas a Bélgica (varias durante su exilio que duró veinte años – entre 1851 y 1871) – repleto de anotaciones, cartas y dibujos en tinta maravillosos.

Curiosamente, en la red casi no se consiguen esos dibujos. El compendio es increíble, lleno de torres de campanarios, de casas semi-derruidas, molinos, castillos, puentes, escaleras. Una joya de la producción de Víctor Hugo, relativamente poco conocida. Algún día con tiempo escanearé algunos de esos dibujos.

Trozos de texto en cartas:

Je l’aime votre Belgique, elle a pour moi cette beauté suprême: la liberté.

(Quiero a su Bélgica, pues tiene para mí esa belleza suprema que es la libertad.)

(en carta a Paul Voituron – claro: en ese momento Francia era tierra de represión y persecución, y Bélgica ofrecía refugio a muchos intelectuales franceses)

… Je ne suis parmi vous qu’un passant, mais un passant ami de votre histoire, de votre art et de votre pays. Vous le savez, j’aime cette terre libre où il y a tant de belles choses et tant de nobles coeurs; ce n’est pas la première fois que je l’écris, et que je le dis hautement…

(… Solo estoy entre ustedes de paso, pero aún así soy amigo de su historia, de su arte y de su país. Ya lo saben: me gusta esta tierra libre con tantas cosas bellas y corazones nobles; no es la primera vez que lo escribo y lo digo en voz alta… )

(en carta a Luesemans – de nuevo la admiración por la tierra de libertad que era Bélgica para él)

En las cartas a Adèle, su esposa, varía más el tono: muchas veces se entusiasma con campanarios, naves góticas, detalles – pero también adopta tono crítico con algunas costumbres flamencas (esta, de la limpieza de las fachadas y la suciedad de las mujeres, es deliciosa):

Quant à la propreté flamande, voici ce que c’est: toute la journée, toutes les habitantes, servantes et maîtresses, duègnes et jeunes filles, sont occupées à nettoyer les habitations. Or, à force de lessiver, de savoner, de fourbir, de brosser, de peigner, d’éponger, d’essuyer, de tripoliser, de curer et de récurer, il arrive que toute la crasse des choses lavées passe aux choses lavantes; d’où il suit que la Belgique est le pays du monde où les maisons sont les plus propres et les femmes les plus sales.

(En cuanto a la limpieza flamenca, de esto se trata: todo el día, todas las habitantes, criadas y señoras, dueñas y muchachas, están ocupadas limpiando las habitaciones. Así, de tanto remojar, enjabonar, trapear, cepillar, exprimir, esponjar, limpiar, encerar, curar y recurar, termina pasando que todo el mugre de las cosas lavadas se pasa a las cosas lavantes: de aquí se sigue que Bélgica es el país del mundo donde las casas son más limpias y las mujeres más sucias.)

Uno sigue leyendo y leyendo los detalles en las cartas – las cosas que le ocurren al intentar ir a caballo o en diligencia de una ciudad a otra, la sorpresa maravillosa de Lovaina o de Bruselas, las mujeres (Víctor Hugo debía ser un gran seductor – era aparentemente un verdadero fauno – cuentan él y su esposa Adèle que la noche de bodas la “llenó” nada menos que ocho veces, “para compensar el tiempo perdido”), la burguesía brabanzona (que a Hugo le debía parecer bien provinciana), las playas de Ostende (una descripción deliciosa de la manera como al mojarse el traje de cuerpo entero de las mujeres se les queda pegado y revela formas –…il y avait une jeune femme qui était fort belle ainsi, trop belle peut-être. Par moments c’était comme une de ces statues antiques de bronze avec une tunique à petits plis. Ainsi entourée d’écume, cette belle créature était tout-à-fait mythologique. – había una joven que se veía muy bien así, tal vez demasiado bien. Por momentos parecía como una de esas estatuas antiguas de bronce con una túnica de pequeños pliegues. Así rodeada de espuma, esta bella criatura era totalmente mitológica.).

Pero los sesenta y pico dibujos de Bélgica de la pluma de Víctor Hugo son la delicia máxima.

Más sobre Michaux

Hay más sobre Michaux:

http://www.i-voix.net/article-prolongements-henri-michaux-62981743.html

Los textos de Michaux son extraños, un poco Magritte (otro belga – bueno, Michaux se volvió francés, pero nació y creció en Bélgica). Un trozo: Los deseos satisfechos. Nunca en la vida le hice mal a nadie. Sólo tenía deseos de hacerlo. Luego ya no sentía esos deseos. Los había satisfecho. En la vida nunca realizamos lo que queremos. Si por un feliz asesinato hubieras suprimido a tus cinco enemigos, seguirían causándote molestias. Y es el colmo, tratándose de muertos para cuyas muertes uno se ha tomado tanto trabajo. Pues siempre hay en la ejecución algo que no ha resultado perfecto, mientras que a mi modo puedo matarlos dos veces, veinte veces y más. Cada vez el mismo hombre me ofrece su boca aborrecida que le hundiré entre los hombros hasta causarle la muerte y, una vez realizado ese crimen y el hombre ya enfriado, si algún detalle me molestó, lo levanto en el acto y vuelvo a asesinarlo con los retoques apropiados. Por eso en la realidad, como suele decirse, no le hago mal a nadie; ni siquiera a mis enemigos. …

Henri Michaux – Sin título

Buscando un libro para Alejandro el otro día en Casa Tomada (una librería que no conocía, en Palermo, y que resultó mucho mejor de lo que esperaba) me encontré con una maravilla de libro de Henri Michaux – una Antología poética entre 1927 y 1986, en edición bilingüe español-francés, publicada por Adriana Hidalgo.

Michaux me trajo a la memoria otra librería – la Oma gloriosa de los años ochenta, con sus cuatro pisos repletos de libros en inglés, en francés, en alemán, en italiano, en español, ahí en plena Carrera 15 con Calle 82 en Bogotá. Además de buenos libros (qué refrescante fue la llegada de esa librería en esa época) traían discos de acetato que me encantaban.

El olor a cera de esa Oma aún invade mi recuerdo. Era el olor de la promesa de muchos libros de Alfaguara, de Siruela, de Folio, de nfr, de Penguin – en épocas en que la ventana al mundo externo estaba ahí.

Un libro de Michaux muchas veces me hizo guiños y nunca lo compré. Era el viaje a oriente. Leía trozos allá en Oma, varias veces – por alguna razón la gente no parecía muy interesada en comprarlo. Leí detalles sobre el sistema de direcciones de Japón, ahí de pie oliendo la cera, detalles que aún recuerdo muy vívidamente, y en los que pensé mucho en viajes muy posteriores a Kobe, a Osaka, a Kioto y a Tokio.

Cuando encontré este librito de Michaux en Casa tomada, después de mil años y un recuerdo muy anclado ahí dentro, me puse muy feliz. Es como si por fin, después de mucho tiempo, el libro (en otra versión) hubiera llegado por fin a mis manos, que tantas veces lo cortejaron en el Oma de mi adolescencia.

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Además de los libros, estaba el Café Oma (el verdadero – no la versión vulgar que armaron después en todas las esquinas). El primer sitio que recuerdo donde tostaran y molieran tanto café. Oscuro, con iluminación baja. Uno se sentaba ahí a comer un sandwich, a leer, a compartir un pie de chocolate helado (con brandy – cosa única en esa época – compartíamos con María Clara ese pie que nos descuadraba el presupuesto de almuerzos). Veía de lejos las mesas con los remanentes de los poetas, y al Salomón Kalmanovitz de entonces reunido con los intelectuales que citaba allá, ceñudo y serio. Allá entendí por primera vez qué diablos era un inaccesible, un conjunto de Vitali, una descomposición paradójica de la esfera, la jerarquía boreliana y la jerarquía proyectiva – balbuceos en el largo camino – que en la Bogotá de entonces sonaban a música de las esferas.

Alexander Schellow – Storyboard – depuis 2001

Biennale de Lyon 2011

Voici une des oeuvres qui m’ont plu le mieux pendant ma visite à la Biennale de Lyon en décembre dernier. 1500 dessins faits point par point, qui ont l’air de photos en noir et blanc et de loin ont l’air de vignettes.

Hedda Sterne – Untitled – 1985-90

I am mesmerized by her work. Amazingly, this 100-year old artist (born in Romania, studied Art History and Philosophy in Bucharest, then drawing in Léger’s atelier in Paris before emigrating to New York) who was at some point a kind of muse to the Abstract Expressionists managed to keep her independence from art movements and never let fashion dictate her work. She was abstract before abstraction was so much in vogue, she painted American machines during the heyday of Abstract Expressionism, then turned really abstract when Pop Art “was debunking” abstraction. I would very much like to see her white on white works, done when she was about ninety years old and almost blind.

I read a very interesting article by Sarah Boxer on the NYRB, The Last Irascible. It has a lot of interesting descriptions of Hedda Sterne’s formative years, of her relationship to Rothko, to Barnett Newman, and to her husband for 16 years, Saul Steinberg, the author of the famous New Yorker cartoon with the view of the world from a New Yorker’s perspective. Reading it made me want to check her work carefully.