http://www.tumblr.com/audio_file/andresvillaveces/3323495120/tumblr_lgp6qnYclp1qa73qh?plead=please-dont-download-this-or-our-lawyers-wont-let-us-host-audio

En esa música popular israelí (siempre repleta de capas posibles rusas, polacas, de chanson française, de música pop inglesa, más canto yemenita, ecos de Enta Omri en voz egipcia de Oum Kalthoum, música marroquí, o simplemente canciones sefardíes de esas que marcaron también muchas músicas de “Latinoamérica”, con sus guitarras rasgadas) siempre me sorprende el tono brutalmente nostálgico de algo.

Si no fuera por la música popular, mi aprendizaje del hebreo se hubiera demorado aún más mientras vivía allá.

Hoy en día la música popular israelí es uno de mis refugios del alma – una de mis rupturas/suturas con otras músicas. Puedo escuchar (y cantar, a veces en el carro a todo volumen por Bogotá) por horas y horas a Shalom Chanoch, Arik Einstein, Shlomo Artzi, David Broza, Rita, Chava Alberstein, Gidi Gof. A veces la frontera con el klezmer se borra, y ahí sí se puede uno chiflar. O se mezclan el rap y Artzi con sus armonías extrañas (y su estilo tan polaco/israelí) o el mismo Artzi y Shimon Buskila (israelí de familia marroquí) con sus ‘ain guturales árabes bellísimas en su hebreo. Si escucho esas cosas en el momento que es, de la manera que es, el efecto puede transportarme al hummus de la Ciudad Vieja, o al shuk judío de Jerusalén (no hay mejor lugar para desayunar que yo conozca, salvo tal vez el suq árabe en Acco) o al té de menta (naanaa) refrescante en verano o a la nieve del desierto en Jordania que casi nos mata de frío a Alfonso Correa, a Francia Goenaga, a María Clara y a mí… o a los dátiles frescos donde Habiba en Muqqatam en El Cairo.

Para mí todo eso está mezclado en una red de conexiones que la música israelí logra evocar – red que cubre desde vivencias en El Cairo hasta la famosa nieve del desierto en Jordania – pasando por las tiendas de diseño hipster de Tel Aviv, la Tajaná Merkazit (espantosa) de esa ciudad con sus tiendas de música árabe, y Jerusalén (para mí muchas veces el centro del mundo, matemático y sensorial).

Shlomo Artzi, esta vez.

Me escribe desde Egipto

Un antiguo amigo egipcio (estudiante en Madison en los años 90) me escribe hoy desde El Cairo. Le escribí preguntando por la situación, un poco sin saber qué esperar (si podría leer el mensaje mío, si estaría bien, si tendría la paciencia de contestar un mensaje llegado desde otro continente, etc.). Había intercambiado correos con él pocas veces desde Madison; una de esas veces cuando yo vivía en Israel y viajé por Egipto. Ahora él es profesor en una universidad en El Cairo.

Entre otras cosas, me dice: I’m safe, but some of my friends were injured.

Agrega: What we are watching in Egypt is a real revolution, that was initiated on the net by the (mostly secular) youth.

Matiza: The regime here is much stronger than the Tunisian one.

Concluye el breve mensaje de respuesta con una frase que incluye las palabras …will change the whole world in a very profound way.

El tono del mensaje es (relativamente) optimista (cauteloso), dadas las imágenes que hemos visto, los mensajes de twitter, y la respuesta tan brutal de las fuerzas de choque (paramilitares) enviadas por Mubarak.

Yo le digo simplemente que aquí estamos muy pendientes, muy preocupados y a la vez con mucha esperanza.

Días en el Cairo (1997)

Aunque no he tenido tiempo de mirar prensa más de unos minutos, siguiendo los tweets de la gente, y viendo el blog de Javier, me he enterado de esa explosión de protestas tan extraordinaria que está viviendo Egipto.

Cuando vivíamos en Israel conocimos a una familia egipcia en el Sinaí – nos invitaron insistentemente a visitarlos en su apartamento del Cairo. Al cabo de un par de meses, aprovechando que nos visitaban en Jerusalén Alberto Baraya y Ana Elisa Martínez, decidimos ir a Egipto por una semana. Resultó ser uno de los viajes más interesantes que recuerdo haber hecho.

Fue en la semana en que mataron con ametralladora a un grupo de turistas griegos que confundieron con israelíes, a la entrada del Museo del Cairo, el día anterior a nuestra ida a ese museo. No sé con qué nos hubieran confundido a María Clara, a Alberto y Ana Elisa, y a mí. El hecho es que acabábamos de llegar de Israel y en la mente de los asesinos, hubiéramos sido probablemente un buen objetivo ese día.

El país estaba repleto de afiches inmensos que siempre mostraban a Mubarak y tenían letreros en árabe que no entendíamos. Lo que impresionaba era que siempre siempre aparecia Mubarak, un poco como el dictador de Sildavia (¿o era Moldavia?) en El cetro de Ottokar y en El asunto Tornasol.

Aunque era imposible hablar directamente sobre Mubarak con la gente (cuando lo intentábamos daban respuestas-cliché y nunca era muy claro qué pensaban realmente) que encontramos, era claro en 1997 que tarde o temprano la olla de presión tendría que estallar: aproximadamente un 10% (?) de la población era considerada “islamista radical” (lo cual puede ser un porcentaje altísimo), el gobierno mantenía un nivel de represión y control que (incluso como turistas) se sentía en todos los detalles de la vida. No nos dejaron tomar tren de segunda (ni de tercera clase) a Luxor: por decreto, los “no árabes” debíamos usar solo trenes de primera clase (parecía un tren de película, un Orient Express), custodiados por dos vagones repletos de soldados adelante y atrás. Cuando nos metíamos en los buses normales (mucho más repletos que cualquier bus que haya visto en cualquier otro lugar) la gente mostraba curiosidad, simpatía (simpatía estilo mencionar a Shakira Mebarak con orgullo apenas sabían que éramos colombianos, o preguntar por detalles de la vida del Pibe Valderrama), y siempre nos preguntaban si no teníamos “miedo” de estar en Egipto.

Con Alberto Baraya compramos galabiyas, los trajes tradicionales de los hombres en Egipto. María Clara y Ana Elisa decían que parecíamos Hernández y Fernández en El cangrejo de las pinzas de oro con esos trajes (andábamos por El Cairo con ese atuendo, creyendo erróneamente que podríamos visitar los sitios vedados a los no-musulmanes, como la Universidad-mezquita de Al Azhar, fundada hace un milenio, o simplemente ser menos visibles, en un lugar donde todo era tan distinto de lo que aparentaba ser, donde se sentía la tensión en el aire.

Por todo eso no me sorprende para nada que esté pasando lo de estos días en El Cairo. Lo siento con alivio – no se puede vivir para siempre con semejante tensión. A la vez me da mucho, muchísimo miedo de lo que pueda surgir de todo eso.