et in Arcadia erat

La caída del paraíso para Canetti tuvo que ver con su madre, con cierto fastidio que le cogió ella a Suiza y que terminó haciendo que cortara de tajo con la pensión idílica de Zúrich donde vivía el adolescente Elias mientras estudiaba miles de temas.

Él andaba feliz con lo que iba leyendo, las conferencias en la Universidad, el colegio con algunos profesores muy buenos, remar en el lago, vivir mimado por las cuatro señoritas suizas que regentaban la pensión y por las estudiantes suecas, inglesas, checas, etc. que ahí residían. Vivía engolosinado con los valles alpinos – sobre todo con sus paseos arduos al Val d’Anniviers en el Valais donde se podía escuchar aún un francés muy arcaico, o el valle al lado de ese donde se podía escuchar alto-alemán también muy antiguo.

La madre, mientras, estaba en su sanatorio de Arosa. En un momento dado vuelve a Zúrich y en plena pensión le pega una reorganizada completa al hijo de dieciséis años que se sentía tan independiente y tan libre. Le dice que nunca ha trabajado, que él desprecia a los tíos por negociantes pero que él no tiene ni idea de dónde viene la plata que lo sostiene; básicamente le dice que es un parásito de la sociedad. En varias páginas cuenta Canetti la impresionante rabia de su madre primero con él (adolescente mimado, lector que nunca ha trabajado y se permite despreciar lo que no conoce) y su incapacidad de dar respuesta seria a la vaciada. Su caída de su propio pedestal.

La madre le dice que lo tiene que sacar de Suiza ya, pero YA mismo. Que se tienen que ir ipso facto a Alemania, a un país en posguerra con inflación y pobreza, donde la gente ha vivido cosas y donde la actitud complaciente suiza sencillamente no tiene cabida. Que se dio cuenta de que su hijo en tanta aparente libertad y tanto primor se está convirtiendo en un pequeño monstruo, que en Suiza será imposible trancar ese horror. Que ella vio en Viena lo que era pasar hambre por la guerra y ser refugiado, y que le parece que a su hijo adolescente le hace falta vivir en un país así.

Y se lo lleva a vivir en condiciones de semi-penuria económica a Frankfurt, a una pensión repleta de gente bastante golpeada y curtida por la guerra aún reciente.


Algunas veces en la vida hemos tenido personajes que han logrado sacarnos, pese a nosotros mismos, de nuestra falsa sensación de libertad, de primor, de tener el mundo ante uno. Muchas personas, en distintos momentos.


Yo aún no tengo las agallas de Canetti de contar en primera voz la manera como me han destruido el ego en el pasado (cosa que agradezco a posteriori pero que no es agradable). Este relato de la caída de Arcadia de su ego es impresionante y se siente que le fue doloroso a él llegar ahí. La voz de la madre es muy cortante, muy contundente. Uno sabe que él sabe que uno sabe que la madre tenía razón, pero como está contado en la primera persona del adolescente uno también siente el dolor del orgullo herido, del entender que pese a sus mil lecturas y proyectos y temas, la mamá le lleva una ventaja inmensa en vida. La mamá definitivamente lo salva de algo que lo habría trancado ahí en Zúrich – probablemente ella tampoco puede articular exactamente de qué lo salva, pero lo hace.


Canetti regresaría mucho más tarde a vivir en su Arcadia, en Suiza, en Zúrich. La ciudad aparentemente lo recibió muy bien y él, ya curtido por su Auto-da-fe, logra regresar de otra manera. Aún así, se siente algo como la caída del paraíso terrenal, el fin de Arcadia. Dice Canetti que salir de Suiza a los dieciséis años e irse a vivir a esa Frankfurt empobrecida, con gente sumamente golpeada por la guerra y la inflación de los años veinte en Alemania, es de lejos el traslado en que más le costó adaptarse.

PB111603.jpg

profesores de colegio / Madame Paul / libertad

… La diversidad de los profesores era asombrosa, es la primera diversidad consciente en una vida. El hecho de que pasen tanto tiempo delante de uno, expuestos en cada una de sus reacciones, sometidos a una constante observación, siendo el verdadero objeto de nuestro interés hora tras hora, y, dado que no podemos ausentarnos, siempre el mismo período de tiempo; su superioridad, que los alumnos no quieren reconocer de una vez para siempre y que los vuelve críticos y malévolos; la necesidad de responder debidamente a sus exigencias sin complicarnos demasiado la vida, el secreto en que se halla envuelto el resto de sus vidas durante todo el tiempo que no están ante nosotros como actores de sí mismos, y luego el hecho mismo de sucederse unos a otros, siempre en el mismo lugar y desempeñando el mismo papel, con la misma intención, es decir, expuestos abiertamente a la comparación: todo esto, tal y como actúa conjuntamente, constituye también toda una escuela, muy diferente de la destinada a la enseñanza, es decir, una escuela en la que se aprende a conocer la multiplicidad de la naturaleza humana y, si se la toma medianamente en serio, es también la primera escuela consciente del conocimiento del ser humano.

Elias Canetti, en La lengua salvada – trad. de Genoveva Dieterich

El anterior pasaje de la autobiografía de Canetti refleja muy bien ese libro (triple): en lenguaje llano va observando, va describiendo lo que ve desde la infancia. Aquí está ya iniciando su bachillerato en Zúrich. El padre había muerto en Manchester, vivía Elias con sus dos hermanos y su madre, pero esta decide internarse en un sanatorio en los Alpes y deja al hijo mayor, Elias, en una pensión de cuatro señoras suizas para que siga yendo al colegio. En esa libertad impresionante que empieza a vivir el joven Elias Canetti se la pasa yendo a conferencias, escribiendo cosas (de las cuales se arrepentiría después), discutiendo temas, remando en el lago, yendo en tren o a pie al colegio.


De alguna manera leer a Canetti me hace revivir ese año y pico de libertad que tuve en Bélgica cuando a los doce años iba en tren, o como pudiera, al colegio. Tomaba materias de griego y latín con Madame Paul (ese era su apellido); ella tenía un 2CV en el que a veces me acercaba a Lovaina la Nueva donde vivía yo con mis padres y hermanas – ella había vivido en Italia muchos años y durante buena parte de la clase mostraba diapositivas mientras nos enseñaba sutilezas del latín y el griego – su hija era un poco mayor y parecía muy libre – Madame Paul era distintísima de los demás profesores en que a la vez lo trataba a uno como mayor y no exigía mucha disciplina; de alguna manera podía ser exigente de maneras más serias que los demás profesores – con ella aprendí mis primeras declinaciones, pero hablando en el carro tranquilamente como con alguien grande… no contaba yo mucho en la casa los detalles de ese regreso con Madame Paul; de alguna manera intuía yo la posible prohibición de tanta cercanía a una mujer de unos 35 o 40 años y su hija grande que parecía tan libre – me limitaba a decir que “una profesora de griego nos pidió que compráramos el Enchiridion o el Neaí Odoí” … Hoy en día tanta cercanía, tantas conversaciones, paradas a comprar comida – recuerdo que Madame Paul paraba en el Delhaize a comprar ingredientes para su comida con su hija y me iba describiendo lo que prepararía – serían probablemente medio ilegales. Yo sencillamente quedé adorando esa visión de Italia y Grecia y la libertad. Conservo un librito que me regaló: una Guía Verde Michelin de la Roma antigua, hecha como si fuera una de las guías modernas pero con recomendaciones para ir al Foro, al Senado, a miles de edificios – describía “restaurantes” de la Roma antigua como si uno fuera a visitarlos, describía las posibles llegadas por la Via Appia, los posibles trancones de carretas en los puentes del Tíber, la especulación inmobiliaria (salía incluso el precio en denarii de pensiones o de la primera propiedad horizontal que hubo en Roma), daba las distancias en millas y pies romanos…


Leer a Canetti es así. Él tenía profesores increíbles algunos, terribles otros (como me pasó a mí también). Probé esa libertad que él también tuvo, durante mi primer año de bachillerato. Regresar a Colombia (al Réfous) fue perder esa libertad durante un tiempo, ir en bus al colegio …  la libertad recobrada más tarde ya fue algo muy distinto.

PA237846
los trenes de la libertad (para mí), en Bélgica – foto en 2016