una década después

Esta vez me gustó mucho más Leeds que hace diez años. Estuve durante una semana agotadora pero hermosísima en un congreso de Categorías Accesibles y Conexiones (http://www1.maths.leeds.ac.uk/~pmtadb/AccessibleCategories2018/Schedule.html) con teoría de conjuntos, teoría de modelos y teoría de homotopía.

Y hubo de todos esos temas, bastante.

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Lo mejor fue la calidad de la interacción – gente como Tibor Beke (con un pie sólidamente en las categorías accesibles pero con excelente intuición y bastante formación tanto en grandes cardinales como en algo de estabilidad) hace que ir a esas charlas sea un placer por las preguntas y los comentarios finales – gente como Menachem Magidor le da una altura y visión a esas interacciones que realmente rara vez se vive.

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Para mí fue una manera de forzarme a pensar de nuevo en interpretación en teoría de modelos – un tema que considero muy importante (la tesis de mi estudiante Johan García sobre trabajos previos de Hrushovski y Kamensky, y los trabajos de algunos ahora me llevaron por ese camino) – con Zaniar Ghadernezhad logramos seguir un poco adelante en trabajos que iniciamos hace unos tres o cuatro años y que tenía medio abandonados/pospuestos.


¿Pero por qué me gustó tanto Leeds esta vez, comparando con la anterior hace diez años?

Tal vez las razones son más internas que externas. La ciudad ciertamente parece estar más afianzada en su espíritu post-industrial. Como buena ciudad inglesa, está excesivamente comercializada, la comida es relativamente poco imaginativa pero hay cosas buenas de India y ahora de China – aunque tampoco nada del otro mundo – y ocasionalmente un muy buen fish and chips. No es nada de eso.

Es más la presencia de tanta gente con tantas pintas de tantos lugares, y el no sentir tanta presión por que sean muy ingleses, ni muy nada todos. Francia (por contraste) siempre vive como obsesionada por decir que todo lo que les conviene es “francés” y (como pasó esta semana en esa carta absurda de un embajador a un comediante, a Trevor Noah) sigue armando debates patafísicos donde no los hay. En Leeds simplemente parecía haber ausencia de tanta bobada, y simplemente gente de decenas de orígenes ahí trabajando medio tranquilamente – me pareció.


Visualmente hay cosas tremendamente llamativas en Leeds (y también en Manchester). Pongo algo de eso a continuación. Es una profusión de espacios post-industriales, de canales, de antiguas fábricas reconvertidas, de máquinas decimonónicas que parecen flores y espigas, monstruos de manga y plantas carnívoras, de espacios comerciales que parecen un huevo por dentro – o evocan simultáneamente el Coliseo de Roma y el Panteón. Gente en un tren nocturno atestado (gente esa sí toda muy blanca y con decoraciones rosadas) saliendo de un concierto de una banda de mujeres jóvenes.

Y también una ausencia de foto (por razones de seguridad personal).

 

casi no logro llegar al punto maravilloso

de la novela de David Mitchell The Bone Clocks… Hubiera sido una pérdida no lograrlo. Por lo general me pasa que si arranco bien sigo con los libros y no me desanimo en la mitad (a menos que sean obras como Ulises de Joyce o À la recherche du temps perdu – donde la lectura parece entrelazarse tanto con lo que estoy viviendo que apenas hay un cambio fuerte (un viaje, o un inicio de nuevo proyecto, o simplemente un cambio de estado de ánimo global) puede pasar que las abandone por tiempos largos).

Con la novela de Mitchell me pasó algo extraño: empecé a leerla con mucho ánimo, con la historia de Holly Sykes, una joven británica más o menos de mi edad, viviendo su adolescencia en los años 80 – como me tocó a mí – aunque de manera mucho más accidentada a ella. Pero luego empezaron dos capítulos largos donde el eterno tema británico de las clases sociales se vuelve demasiado central: los acentos, la agresividad pasiva brutal de la gente de Oxbridge, el margen en que está la gente irremediablemente por su acento [así ganen buen dinero, jamás los dejan cruzar ciertos umbrales, cosa extraña para los que vivimos en este continente donde mal que bien la pertenencia social se puede comprar] o su lugar de nacimiento.

Un porcentaje brutal de obras británicas (sobre todo inglesas) de muchos siglos, de muchas épocas, gira en torno al problema de las clases sociales. Todo Jane Austen, parte de Charlotte Brontë, incluso buena parte de Chaucer y Shakespeare [aunque en esos casos con otro tipo de tensiones], luego todo Dickens y Wilde, Shaw y Wolfe, Orwell y Amis – los dos Amis y Byatt, e incluso en la literatura juvenil Rowling – todo es abrumadoramente, ensordecedoramente, bloody brutally, sobre clases sociales. Sobre quién asciende y sobre todo sobre cómo trancan a los que ingenuamente creen que pueden ascender. Nunca he estado en un país donde ese tema sea tan asfixiante (y vivo en una parte del mundo abrumada por la desigualdad pero el tema británico es cualitativamente distinto – allá saltar de clase es sencillamente inherentemente imposible, aún sí se tiene dinero [y tener mucho dinero puede ser un liability fuerte, allá no se puede como en Norteamérica y aún en Suramérica cambiar de clase ganando plata por el medio que sea]).

La parte central del libro de Mitchell tiene demasiado resentimiento causado por ese tema, demasiada fijación con los premios literarios – hay algo demasiado aburrido ahí.

De pronto es porque a Mitchell se le da bien escribir sobre el pasado (como en The Thousand Autumns of Jacob de Zoet, un libro maravilloso en el Japón del siglo XVIII) o sobre el futuro (como en partes de Cloud Atlas) … pero de pronto cuando describe el presente (la Cartagena del Hay Festival, seguramente bien descrita pero para nada interesante, la Shanghai contemporánea) es demasiado plano. Eso, mezclado con los tonos e inflexiones de las clases sociales, me tenía a punto de botar por la borda un libro después de haber leído 300 páginas.

Pero luego llega el futuro. Javier me advirtió que de pronto no me gustaría esa parte. Es dura. Pero de nuevo está el Mitchell supremamente inventivo, irónico, maravilloso. Reaparece de manera más interesante la joven coetánea mía ya en su edad madura y luego en su vejez, Holly Sykes, pero también la trama se torna más sorprendente y vertiginosa. Y Mitchell de verdad arma un mundo posible que hay que leer. Con referencias maravillosas al pasado (al crecer como niña de siervos en un condado remoto de la Rusia imperial hacia 1820, el horror de esa vida, y las peripecias de una niña que por razones de la novela sabe que está atrapada en un cuerpo femenino en el momento equivocado para salir al mundo), la reaparición del maravilloso Marinus de The Thousand Autumns of Jacob de Zoet, pero en 2025 y 2043. Y también la acumulación de errores de los seres humanos y el colapso brutal de parte de la civilización a mediados de nuestro siglo. La manera como lo escribe Mitchell es plausible, aunque horrífica.

Al final no pude soltar el libro – me tocó leer las últimas 200 páginas de una, sin parar, y como ante una verdadera revelación de la inteligencia de un escritor para vislumbrar e iluminar un futuro posible (brutal y no muy lejano en el tiempo).

Mitchell parece ser muy sensible a la evolución actual de Irlanda y de Europa. Sabe, por ejemplo, que la etapa de relativa laicidad y de relativa igualdad de condiciones para las mujeres, pueden ser muy vulnerables en caso de crisis seria, en caso de colapso de nuestro mundo como lo conocemos – aún en regiones del mundo hasta ahora orgullosas de sus posiciones de avanzada. Un personaje muy asustador es una candidata católica irlandesa a la alcaldía de un pueblo perdido – una candidata de “The Lord’s Party”. Su retórica manipulativa, sus amenazas veladas o no tan veladas a quienes se niegan respetuosamente a hacer parte de “the flock” hace temer un retorno a Europa (o a lugares como nuestra Bogotá que ha ido logrando avances sociales importantes) del oscurantismo religioso más perverso. Leer a Mitchell es un ejercicio de pensar el presente a través del pasado, el presente a través del futuro, el futuro a través del presente y del pasado.

Mitchell es un verdadero tejedor de tiempos, magistral. Logra que veamos trazas presentes ya de ese 2043 catastrófico que presenta en nuestro 2016 aún no (tan) catastrófico – que detectemos en nosotros la huella de nuestro pasado en nuestros abuelos, tataratatarabuelos en lugares muy dispersos. Lo hace de manera un poco hiperbólica – a través de una guerra entre seres que tienen la habilidad de percibir y manejar el tiempo de maneras mucho más hábiles que la nuestra.

Al hacerlo, Mitchell se convierte también en un detonador de pensamiento sobre nuestra propia mortalidad, sobre la traza que puede quedar en un par de generaciones aún después de la muerte física. De la permanencia posible y de su fragilidad.

Lean a Mitchell – dense ese gran placer – y no le pongan tanta atención como yo a sus problemas con las clases sociales. Y sobre todo, no dejen que el presente aburrido apabulle la lectura de una obra tan interesante, lúcida (y generadora de felicidad).

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en Skye (aún parte de Gran Bretaña)

Simon Schama: The Story of the Jews.

Llegó hoy ese pedido. Salió recientemente. La introducción es espectacular. Habla Schama, ese hijo inglés de inmigrantes judíos venidos de Amsterdam, de la París jacobina, de Carolina del Sur, de Skara Brae – de cómo sabía desde los años 1970 que tenía que escribir esa historia (inconclusa a la muerte de Cecil Roth) y cómo la pospuso y la pospuso, como Yona escapando a Tarshish vía Joppa evitando su Ninveh… cómo duró cuarenta años escribiendo otras historias (las historias de Inglaterra, de Holanda, de Schama son monumentales e inescapables para cualquiera que quiera imbuirse de saber, de detalle, de ironía – cualquiera que se haya visto afectado por el Rijksmuseum, por Vermeer, por la luz holandesa). Finalmente, después de cuarenta años, parece que Schama llega – por lo menos está llegando: este primer volumen es la historia de los judíos desde el año 1000 AEC hasta el año 1492 EC. Lo que Schama llama certeramente Finding the Words. Ciertamente, él ha estado encontrado palabras para hablar de un tema tan brutalmente difícil (y tan brutalmente central: finalmente, la historia de los judíos termina siendo la historia de todos nosotros, judíos o no judíos – de maneras extrañísimas y enrevesadísimas). Es, al decir de Schama, a great labour of love. Sí parece. Lee uno trozos – con Schama hablando de Babilonia o de Antíoco y su opresión o de Shapur I de Persia – y saltando a su propia Inglaterra de los años 20 o 30 del siglo XX – armando un fresco increíble que termina tejiendo todo ahí.

Creo que será buena lectura (y no necesariamente fácil – nuestra historia entera está ahí).

De spiritali amicitia (Aelred de Rievaulx)

El monje Aelred de Rievaulx (Elredo de Rieval, oficialmente en español) escribió durante el siglo XII, allá en el famoso monasterio del mismo nombre en Yorkshire, un tratado sobre la amistad espiritual – sobre una variante de la amistad según Cicerón seguramente marcada por su vida religiosa. Aparentemente el texto fue muy leído en toda Europa Occidental durante los siglos de Edad Media que siguieron a su escritura.

No es claro si Elredo se refería en clave a su amor por algún otro monje – ese tipo de interpretación también es mencionada en las referencias más recientes. En realidad no importa mucho éso: la noción de “amor” y la noción de amistad son distintas – aunque estén relacionadas y se puedan confundir tanto a veces. Es muy posible que alguien con la sensibilidad y la inteligencia de Elredo quisiera además mucho a algún amigo específico suyo, pero eso mismo no lo podemos saber simplemente con el texto que nos llegó.

Hay mucho material en ese libro – hay mucho qué pensar a partir de ahí. A mis manos llegó como regalo de mi amigo de infancia de Bélgica – ahora está en Jerusalén, con su familia, estudiando teología ecuménica. Es uno de los seres más singulares que he conocido en la vida – su regalo de un libro sobre la amistad espiritual es otro entrelazamiento de un tejido que se inició allá en Ottignies a principios de la década de 1980, y ha madurado (y envejecido) con nosotros – con mi vida de matemático y su vida de pastor, con mi vida con María Clara y su vida con su gran familia. Hablamos muy pocas veces – máximo una vez al año. Pero es extraño que haya alguien allá al otro lado del mundo que de alguna manera singular está conectado con uno. David parece entender aspectos míos que yo mismo he descubierto poco a poco, y creo que él sabe que en mi mundo tan dispar del suyo, de alguna manera hay cupo para imaginar las preocupaciones de ese amigo – amistad en la Edad Media, acercamiento entre el Judaísmo, el Protestantismo, el Catolicismo – tal vez incluso el Islam. Alguien que estudia teología en Estrasburgo pero se va a completar su formación en Jerusalén, leyendo textos en hebreo, en griego – alguien que llegó a Jerusalén por un camino tan distinto del mío (cosa que además ocurrió sin que jamás habláramos de eso: simplemente cuando pasamos por Bélgica camino a Jerusalén con María Clara, para visitarlo después de muchos años de no verlo – él nos contó que había estado poco tiempo antes viviendo allá, y nos conectó con personas que terminaron siendo significativas para María Clara y para mí).

David sabe que busco activamente cierta versión docta del ateísmo – no militante, pero sí nihilista y profundamente agnóstica – pero (en la medida de mis limitaciones fuertes de tiempo, de concentración, de conocimiento, de idiomas) intenta mi versión de ateísmo conocer algunos de los textos primordiales de nuestra propia cultura. Intento conocerlos un poco para no repetir sin saber la cantidad de moldes que traemos de ahí, para detectar cualquier rezago de creencia/automatismo. Veo que la mayoría de los ateos “soft” (que no conocen los libros, que no saben bien a qué se oponen) están en grave riesgo de caer en las peores versiones de religiosidades, tal vez no con el mismo nombre, pero igual religiosidades en el fondo. Es mi miedo a esa caída en la religiosidad por ignorancia que intento mantener cierto nivel de lectura de esos textos (aunque debo decir que he sido muy vago últimamente – muy preocupado por estas nuevas mezclas de geometría y teoría de modelos en las que me lancé de cabeza, y no me queda tiempo para leer tanto los textos como antes). A la vez, creo que David busca simétricamente ser más creyente. Cualquier pastor protestante intelectual debe terminar teniendo conflictos como los que pinta magistralmente Bergman en algunas de sus películas (Bergman era hijo de pastor protestante – algo crucial en todo su cine). Creo que David estudia teología, y va a mil fuentes originales (y consigue manuscritos antiguos, y sigue a los jansenistas y a los movimientos de resistencia que hubo en el sur de Francia – desde la noche de los siglos de persecución hasta recientemente la resistencia contra los nazis en las Cévennes – donde vive normalmente ahora David – región protestante fieramente independiente, pueblos donde escondían judíos de los nazis (entre ellos nada menos que a Grothendieck y su madre), pues están acostumbrados a resistir desde hace buen rato – por lo menos desde la matanza de San Bartolomé en 1572.) Resistencia, búsqueda del conocimiento y de la creencia a través de este, trabajo directo con comunidades vulnerables (inmigrantes, etc.), cierto nivel de decencia y auto-respeto impresionante (y raro raro hoy en día). De ahí me vienen estas palabras de Aelred:

1. Definición de Cicerón.

¡Bien! Dime entonces por dónde empezar nuestras indagaciones sobre la amistad.

Yves. Antes que nada, pienso que hay que definirla, por temor a parecer pintar en el vacío, si ignoramos el punto de partida de todo nuestro desarrollo.

Aelred. ¿No te es suficiente con la definición de Cicerón? La amistad, dice, es una acuerdo sobre las cosas humanas y divinas, acompañado de cuidado y caridad.

Yves. Si te sirve esa definición, quedo satisfecho.

(…)

Aelred. Por consiguiente, la amistad es esa virtud que liga las almas por una dulce alianza de predilección y, de varios, hace uno. Y he aquí por qué incluso los filósofos de este siglo no han situado la amistad entre los sentimientos fortuitos o efímeros, sino muy por el contrario, entre las virtudes eternas. (…) la amistad es eterna si es verdadera, si cesa, es porque no era verdadera, aunque lo pareciera.

Yves. Pero… ¿por qué sucede entonces que entre gente muy amiga se eleven a veces – la historia es testigo – graves discordias?

Queda ahí planteada por el amigo Yves una pregunta muy compleja, que Elredo no responde inmediatamente. Pasan a examinar la amistad por interés, la amistad falsa, los insultos, los coléricos (y cómo evitarlos), la ambigüedad, la maledicencia, la intimidad de la amistad, la capacidad de dar, la de recibir, el beso corporal, el origen de la amistad, la naturaleza y la divinidad. Las fuentes a las que se refieren son obviamente los antiguos paganos, y los textos bíblicos. David, Absalón, Nabal, Salomón, Yonatán, Saúl, Amnón. Un tratado escrito como conversación/discusión, salpicado de preguntas que creo que todo el mundo se hace, de una u otra manera, pero examinadas con el ritmo del siglo XII – a veces aparentemente ingenuo y de golpe más lanzado y más certero que volúmenes modernos.

En días como hoy, cuando las mismas preguntas de Elredo reaparecen en nuestro entorno, causadas por situaciones concretas vividas, sorprende la sabiduría que se destilaba allá en esos monasterios.

A Rievaulx mismo no alcanzamos a ir, como nos recomendó Fernando (ese amigo impresionante, que siempre está más allá de lo que uno ingenuamente espera, tanto a nivel intelectual como a nivel personal – ese personaje mítico que nos invita a todos a generar nuestra propia resistencia verdadera aquí – la de las ideas y los textos y las obras). Pero fuimos a Whitby, otra abadía cercana y de la misma época. Dos días enteros estuvimos recorriendo los recovecos de ese tiempo. Aquí va una foto de Whitby, de la abadía, con las columnas trabajadas por el viento marino.

Whitby Abbey, not far from Rievaulx

Glimpsing through silver

(probably) Philip Henry Delamotte - Opening Ceremony of the Crystal Palace at Sydenham - 1854
(probably) Philip Henry Delamotte – Opening Ceremony of the Crystal Palace at Sydenham – 1854

This daguerreotype opens the dreaming mind. Printed on 10 June 1854, at the re-opening of the famous Crystal Palace, with Victoria and Albert in the group of notables, this is one of the oldest “photographs” available to see (at the Victoria and Albert Collection).

I was truly moved by the collection of early photography there. Talbots, Delamottes, Kilburns – many of them with an amazing degree of detail given by enormous plates and the original emulsions.

Like water droplets from the far distance, like a conventional old photograph up close.

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De Botton lee a Proust, y yo pienso en twitter.

Neist Point, al oeste de la isla de Skye. Tierra de Breaking the Waves. Verano de 2013.
Neist Point, al oeste de la isla de Skye. Tierra de Breaking the Waves. Verano de 2013.

Uno de los libros que consigue uno en alguna librería genérica de la carretera en Inglaterra o en Escocia se llama How Proust can change your life, por Alain de Botton. Aunque proviene de un lugar genérico (librería de carretera) y aunque el título suena a libro de auto-ayuda (pero… ¿cuál libro no lo es? ya puestos en materia, hasta Classification Theory puede ser de auto-ayuda, tomado como es) terminé comprándolo. En viajes uno se topa con gente, libros, paisajes, baños absurdos (y máquinas extrañas dentro de los baños: en los baños de ciertos pubs escoceses hay las obvias máquinas de condones, pero hay selección múltiple, hasta con sabor a whisky en el baño de las mujeres, según reportó [divertida] MC). Y uno baja defensas: compra libros que de pronto ni miraría en una librería en la ciudad de uno. Como leer El Tiempo que regalan en el avión de Avianca, cosa que jamás hace uno en la vida real.

De Botton escribe ligero y sencillo sobre un autor de libros no ligeros y muy complejos. Es un placer de lectura rápida y ágil el libro de De Botton. Se enfoca en el problema de la amistad, de la hipocresía (o no), de hacer las cosas despacio y nunca precipitarse, de leer y encontrar todo el tiempo extensiones de la vida de uno en los personajes, o ir a un museo y ver que el personaje de un cuadro renacentista es alguien que uno conocía). Problemas aparentemente sencillos, pero que en realidad pueden esconder todo lo que uno quiera. En realidad bajo el estilo ameno y ágil de De Botton está un ensayo impresionante sobre cuál es finalmente el Arte Poética de Proust, problema evidentemente dificilísimo pues un autor que terminó plasmando los infinitos vórtices y sub-vórtices – y puntos de inflexión y ondinas y transición entre multiplísimas capas de realidad, como foliaciones y transversales, laminaciones y prehaces – de las relaciones humanas, de la amistad y lo que se espera (o no) de los demás, de la conexión entre envidia y cara de tranquilidad (falsa, pero verdadera), de la conexión entre tiempos remotos y tiempo presente – todo ese sistema dinámico humano que Proust como nadie se acercó a develar para nosotros.

En Mallaig (oeste de Escocia, al frente de la isla de Skye). Marineros preparan un barco, ¿pesquero?
En Mallaig (oeste de Escocia, al frente de la isla de Skye). Marineros preparan un barco, ¿pesquero?

De Botton tiene la genialidad de no hacer un ensayo pesado sobre un libro ya bien pesado (si se quiere) y así permitir el acceso a muchos más. Sabe escoger ejemplos deliciosos (literalmente) de las páginas de la obra de Proust, con ironía que devela la ironía suprema, y los salpimienta con ejemplos de la “vida real” de Proust, sus familiares y amigos, y luego concluye brevemente.

Uno de esos es el tema de la conversación entre Proust y Joyce. Proust normalmente vivía rodeado de gente mucho más “simple”, mucho menos sofisticada que él – y parecía disfrutar mucho eso. Una única vez los invitaron a una comida a ambos – imaginar estar en una comida con Proust y Joyce al tiempo en el Ritz suena casi imposible. ¿Qué diría uno? ¿Qué dijeron ellos? ¿Qué hablaron?

En realidad, nada. Joyce cuenta que Our talk consisted solely of the word `Non.’ Proust asked me if I knew the duc de so-and-so. I said, `Non.’ Our hostess asked Proust if he had read such and such a piece of Ulysses. Proust said, `Non’. And so on.

La velada siguió así: no tenían nada que hablar. De Botton indaga hondo en el concepto de amistad y conversación para Proust y marca el contraste entre lo generoso que era con sus amigos Proust y su escepticismo hondo con respecto al tema.

Pero lo más contundente es que en realidad uno (incluso Proust y Joyce, y hasta Grothendieck y Shelah – un par de grandes análogos pero ubicados en el otro extremo del siglo – probablemente una conversación matemática entre ambos no hubiera sido muy distinta de la conversación entre Proust y Joyce) casi nunca es interesante. Incluso si uno es Proust o Joyce en realidad es aburrido la mayoría del tiempo, con excepciones gloriosas (en los buenos casos) que cuestan sudor y trabajo duro. Lo interesante no se alcanza a decir en conversaciones, realmente. Se requieren esos tiempos larguísimos, aburridísimos para los demás, durante los cuales un autor está tan distraído o tan ensimismado como los dos grandes, para rumiar y pensar todo lo que da cuerpo (en el caso de esos gigantes) a obras como En busca del tiempo perdidoUlises donde están no solamente todas las respuestas a todas las dudas de todas las conversaciones posibles/pensables, sino las conexiones entre estas, las variantes negadas (Proust aparentemente se tragó muchas respuestas duras a gente que se las hubiera merecido – en vez de enfrentarse en peleas mantuvo la amistad… pero los personajes ofensivos probablemente fueron fundidos en fragmentos de sus personajes de En busca).

Apéndice, que no tiene nada que ver con el tema anterior: aunque la gente echa pestes de la comida inglesa o escocesa, creo que el problema es que esperan que sea lo que no es. No es comida mediterránea, no es comida japonesa, no es comida ligera, no es comida francesa, tampoco comida del Caribe. Pero es buena dentro de sí misma: la calidad del pescado es absolutamente excelente (cosa que aprecio muchísimo al gustarme tanto comer buen pescado pero vivir tan lejos del mar), y comen cosas que a mí me parecen exóticas: liebre, perdiz, venado, reno, muchos otros animales de cacería que me saben delicioso. Y mucha avena en Escocia (en las galletas de avena para comer con queso, que son excelentes – casi avena pura, en el porridge que es una colada de avena pero es rica, en el haggis, que es la morcilla/salchicha repleta de avena y vísceras y a mí me encanta ocasionalmente). Y buenas conservas (de naranja y otras frutas). Y finalmente, el whisky (que lejos de ser la bebida elegantosa que es en lugares como América Latina es parte del mismo continuo que va desde las galletas de avena… hasta el destilado de malta), que es uno de los aportes más increíbles a los sabores que hay. Esta foto de un lugar de fish and chips en Whitby (Inglaterra) muestra la variedad que hay en esa comida (barata, y toda recién pescada):

Bacalao, Haddock, etc. - todo muy fresco y bien frito en grasa de vaca a temperatura que deja todo crujiente.
Bacalao, Haddock, etc. – todo muy fresco y bien frito en grasa de vaca a temperatura que deja todo crujiente.

Fàilte gu Alba

Emotionally, entering Scotland this time (from England, via the M6 highway) was strong. Two years ago, the country surprised us in many more positive ways than we could have dreamed of. A few days of road wandering, all the way to Skye, with stops in Pitlochry, Callander, Lochalsh, etc. was an incredible way of steeping into a bath of lochs, glens, braes, mountains, moss, ferns, trees, forest that seem almost full of elves (if you allow yourself to see them), eagles, elk. The conference in Edinburgh arrived too soon – we kept the dream of coming back one day.

This time, after (great, full of cross communication and maths, maths and more maths (first, set theoretic connections in Norwich, then what is emerging more and more as “model theoretic geometry” [now with various kinds of j-invariants, sheaves, Shimura varieties, moduli spaces, motives – all analyzed model-theoretically]) and also a lot of art and photography [seeing the Talbot collection was a revelation for me, for instance – as was discovering Daido Moriyama – how could I not know him before?]) stays in Norwich, London and Oxford (Merton College is an amazing place to stay as a visiting guest – and walking with Roman, Wanda and Anna to Wolvercote in the evening light, stopping along the way in some pub, is also a great thing), we took the road up the island.

Near an abandoned nunnery, between Oxford and Wolvercote.
Near an abandoned nunnery, between Oxford and Wolvercote.

A first, whimsical and coventricarolian stop at Whitby, was the real start of this part of our trip: an abbey overlooking and overhanging the North Sea – one of those places of mixed (blessed and bloody) history, where the end of historic reality and the beginning of legend are lost in mist and shadows. The abbey itself – in ruins, really – is extremely dramatic: hanging arches, romanesque and gothic vaults (usually romanesque in lower levels, gothic in upper levels), spires, rose-windows of course without glass: you do see however the lace-like structure in windows, tatting-work made of stone. Vaults and architraves and columns and bridges – with their structure made more visible than when the church or abbey is not in ruins. Here, the absolute absence of decoration makes it possible to see structure more cleanly and clearly.

In Whitby Abbey
In Whitby Abbey

After you leave the Midlands you start driving among moors and woods, mountains and a rugged coastline. Even before hitting Scotland, the drive can be extremely scenic – albeit a bit slow (roads outside motorways seem to be on the narrow side here) – and slightly more exhausting (for me) than the equivalent roads in countries where you do not have to drive on the left (and negotiate roundabouts, and think twice before turning right).

Vowels as you travel also change. In the Midlands I got odd looks when I asked for a double espresso – the guy at Costa’s on the main highway (motorway) wouldn’t understand my English for double espresso – at last he said “oh, dubbel!” (with the u exactly as it would be in Spanish! my pronouncing /ˈdʌb.əɫ/ (as in what I would deem to be “standard English”, either side of the ocean) seemed to nonplus him – what I least expected was to hear /ˈdʌb.əɫ/ corrected to Spanish-like “dúbel”. And so forth. As you go North, vowels shift and shift and shift again. Fish and chips may become something like fashanchaps depending on where you stop, probably depending also on the self-awareness of the attendant, the clerk, the person at the B&B (guest or host), the fellow walker.

Finally, the sign Fàilte gu Alba appears on the road – Welcome to Scotland in Gaelic – and one leaves England behind. For us Latin American people, the idea of “leaving England behind”, especially when speaking in Spanish, sounds odd, as in many of our minds “England” is (wrongly) confused with “Britain” – in our unaware consciousness, “England” is an island that includes perhaps regions such as Scotland, Wales, Cornwall, Devon, etc. Nothing more wrong that that, as everybody knows (except the back of my mind, that has to self-correct utterances of “oh, we arrived to England 10 days ago”… which may sound from mildly offensive to just nonsense if you are in Scotland). We knew that, of course.

The rest is pure magic.

The Silver Swan – Orlando Gibbons (1583-1625)

The silver swan, who living had no note, When death approached, unlocked her silent throat; Leaning her breast against the reedy shore, Thus sung her first and last and sung no more: Farewell all joys; O death, come close mine eyes; More geese than swans now live, more fools than wise.

This was probably the first madrigal we ever sang with Robin Pemantle, Rosine Turner, Polly Kuelbs, two or three math graduate students, and María Clara. We had just arrived to Madison, and there was a sign posted in the corridors of Van Vleck Building, saying something “Like to sing? Renaissance to contemporary? Call this number…”. I called and we were ushered into a four-year fantastic experience.

During our four years in Madison we were part of the singing group led (mostly) by then young probabilist Robin Pemantle. It consisted of a few graduate students or postdocs – some would be there for just a few sessions, some like MC and me, would last our whole time in Madison singing there. And two sopranos – the wives of two math professors: piano teacher Polly Kuelbs and our dear friend, Italian Medievalist Rosine Turner.

The group went, as such groups do, through many phases. American contemporary composers (which we really had trouble following, being as they were full of cultural references to pop culture that had immediate appeal to the other members of the group, and were arcane to MC and I), jazz of course (The Three-Way Canon Blues, or You ain’t bee’n blue). I pushed a lot of Italian and Flemish Renaissance – some Josquin, some Jannequin. And of course Orlando Gibbons and William Byrd, and beloved Monteverdi.

Christmas would come – the first time for us, in 1992, the experience was strange and odd. Interrupting the usual repertoire of harder madrigals or chansons or syncopated polyphonic blueish canons, the group decided to go for a night of caroling. Fine, we though with MC. There we arrived, and all the group was singing very fast those four-voiced carols they knew by heart and we were hearing for the first time: In the bleak mid-winter by Holst, or some Praetorius or more basic ones. We had enormous trouble following them at that speed – before setting out, they rushed through ten or twelve of them, decided they “had been rehearsed” and off we went into the wintry Wisconsin night, dashing through snow, threading our way to homes where we would sing (outside) and then would be ushered in to drink a welcome hot tea or chocolate, or some eggnog.

Three hours of walking and singing in the snow, alternated with the warmth of those homes and the tea and chocolate, sometimes with some needed alcohol, was our way into the caroling world. By the end of those three hours our heads were full of those four-voiced carols – some medieval, some renaissance, some 19th century, some commercial ones even. The richness of that world made us feel sad by the contrast for our poor Spanish villancicos – songs that have lost all the emotional depth they could have had (and surely had at some point in history) but were monotonous and monophonic and commercialized beyond belief. Spain and Latin America seem to have lost everything, with our stupid Christmas songs – the English speaking world had instead rich polyphonic carols harking from the middle ages, always lively, always interesting. Was it the alcohol, the cold night, the four voices? I loved, and still love, English carols, in a way that to me is inextricably woven with Arnie Miller’s Descriptive Set Theory, the Hard Way, Alejandro Adem’s Algebraic Topology I, H. Jerome Keisler’s Stability Theory, David Crook’s Renaissance Music, long and hard homework I was always running to turn in, and our first encounters with the English language outside of the math world.

Here is another version of The Silver Swan, with voices. I love singing it – but with a lot of Renaissance music something weird happens: it is meant to be sung by yourself not to be listened to by an audience. The voices blend (and the verb here evokes the best blends one could think of when evoking Scotch Whisky – smoothly amalgamated, slowly pushing one flavor into another). This blend is something you can only perceive when singing. 

No sé por qué me emociona tanto Barry Lyndon. Seguramente es la música – los acordes de sarabanda repetidos, insistentes, lentos y a la vez galopantes. O la textura visual: cuadros que fluctúan entre representaciones post-isabelinas hasta romanticismo inicial – salidas a Gainsborough incluídas. O los Embajadores de Holbein, como me decía María Clara en la escena de la búsqueda de su hijastro a Barry para un duelo, con los personajes como congelados, en un café. O el mundo barroco lleno de convoluciones en las que navega ese personaje – a la vez despreciable y entrañable: un escalador social brutal enfrentado él solo a un mundo supremamente rígido de la Europa anterior a las revoluciones.

Kubrick logra que uno se sienta un poco como si fuera Barry Lyndon – como ese joven supremamente ingenuo que sale un día a tragarse el mundo para que el mundo no se lo trague, que se va (de la manera más torpe posible) de su pobreza irlandesa a luchar (literalmente) en Europa y luego se las tiene que apañar varias veces para salir de apuros, de convenciones, de traiciones, de tontería del mundo.

Luego se hunde Barry – y uno puede llegar a odiarlo por varias de las cosas que hace. Y uno nunca entiende cómo pudo querer tanto a Barry, y alegrarse tanto por sus salidas, sus soluciones casi desesperadas.

Barry Lyndon es una de esas películas en las que el corazón de verdad llora durante tres horas, sin que el dramatismo lo lleve a uno nunca a sacar lágrimas – el ritmo de la película logra simular de una manera inverosímil (uncanny) el paso del tiempo. Lento y a la vez brutal. Cada error, cada ingenuidad, cada jugada descuidada de Barry la paga, la paga durísimo como sucede en la vida real.

Desde 1993 no había vuelto a ver esta película, pero este año desde que la conseguí de nuevo la he vuelto a ver varias veces. Ahora la vimos con María Clara – yo tenía que hacer 50 mil cosas, pero no me podía, literalmente, despegar de esos cuadros, de esos pliegues, de esos acordes de sarabanda. Tiene algo que a mí me hipnotiza, casi, esa película.

Ahora tendré que verla en pantalla grande de verdad.

frases de Tony Judt

En el New York Review of Books han publicado en estas últimas semanas muchos textos de Judt (quien murió a principios de este mes). Ha sido un descubrimiento muy bueno para mí. Sus libros sobre historia del siglo XX parecen ser muy interesantes (no los he leído). Sus memorias (de su formación, de crecer en la austeridad de la posguerra en Londres, de su familia del este de Europa, emigrados en Inglaterra, de su encuentro con Estados Unidos en los años 70, de su Nueva York adoptiva, de su familia actual, de la enfermedad, de sus peleas con los burócratas) son una verdadera fuente de inspiración.

Hablando sobre los trabajos que le tocó hacer durante la tesis (desde cargaladrillos hasta chofer de una camioneta de pedidos de una tienda, pasando por “guía” de tours de señoritas gringas en Europa hacia 1968 o cocinero en un restaurante), dice acerca del trabajo tedioso para-académico las siguientes frases, que reflejan cosas que he pensado muchas veces, aunque nunca he articulado con esa elegancia.

Conversely, the para-academic drudgery normally forced upon impecunious scholars—high school history coaching, adjunct lecturing, or exam grading (I have done them all)—occupies the mind while offering no intrinsic satisfaction. You can think complicated thoughts while trundling a lorry-load of carpets around the suburbs; but working against the clock to grade exams by the page leaves room for little else.

I ended up doing what I had always wanted to—and getting paid for it. Most people are not so fortunate. The majority of jobs are tedious: they neither enrich nor sustain. All the same (like our Victorian predecessors), we once again regard unemployment as a shameful condition: something akin to a character defect. Well-paid pundits are quick to lecture “welfare queens” on the moral turpitude of economic dependence, the impropriety of public benefits, and the virtues of hard work. They should try it some time.