corazones cicatrizados

En un vuelo vi la película Corazones cicatrizados de Radu Jude — obviamente, no era parte del “sistema de entretenimiento” del vuelo; la tenía en una tablilla vía Mubi; no es el tipo de película que se pueda llamar “para ver en entorno de trabajo” pero en los vuelos largos puede pasar que el letargo generalizado le permita a uno ver en la modesta tablilla cine muy bueno, con escenas posiblemente fuertes.

Y qué fuertes algunas escenas: en un sanatorio rumano junto al mar, en los años 30, un joven termina internado pues tiene tuberculosis ósea – básicamente, parte de su columna vertebral carcomida por el bacilo – una de las escenas iniciales es tal vez la mejor representación del dolor físico que recuerdo haber visto en cine. En efecto, uno de los síntomas (o consecuencias) de la tuberculosis ósea del joven es la formación de abscesos enormes en la región lumbar.

En esa escena (que creo, vale la pena ver, aunque no es fácil, y no es de sistema de entretenimiento de avión, pero vale la pena por la honestidad, la mirada lúcida no amarillista y sí muy humana del dolor) al joven le amarran las manos al borde de la cama, pues la punción y extracción de pus de un absceso lumbar enorme que tiene se debe hacer inmediatamente y sin anestesia (por lo menos eso dice el médico de mediados de los años 30). El padre está sentado al lado (lo acompañó desde otra ciudad para el inicio de su internamiento en el sanatorio), el joven está con las manos amarradas, solo se ve su cara y parte de su torso y medio borrosas un par de enfermeras y el médico y tal vez otro asistente – y sin miramientos le clavan la aguja sin anestesia en la barriga y succionan el pus. La expresión de dolor brutal, la fuerza que hace pero sin lograr separar las manos de las barras a las que están amarradas, la apertura de la boca, el grito casi sofocado de lo brutal de todo, es algo que merece ser visto alguna vez. Al final el médico le muestra la cantidad enorme de pus que salió, el muchacho se empieza a recuperar, el médico felicita al joven por su valentía y el padre le dice “casi me desmayo cuando te vi gritar así del dolor”.

Y sí – viendo eso en el avión sentí muy profundamente lo justas que eran esas palabras del padre.

Así arranca todo, pasan muchas cosas – algunas conversaciones entre los jóvenes pacientes, tarde o temprano los temas gravitan hacia la muerte, hacia el sentido de la vida, hacia lo que estarían estudiando en la universidad si no estuvieran en el sanatorio, hacia la posición rumana frente a Hitler – hay en el sanatorio tanto jóvenes fascistas como jóvenes antifascistas. El protagonista principal es judío, y es ya consciente del peligro de Hitler; otros parecen ver a Hitler como un payaso, lo imitan – algo desafortunadamente muy similar a cosas de hoy.

No daño a quien la quiera buscar el placer de ver ese cine. Hay también una historia de amor, y escenas de sexo supremamente bien jaladas en ese sanatorio, entre los enfermos y los convalecientes. Hay también muchísima carga hormonal en ese lugar lleno de jóvenes hombres y mujeres de dieciocho, veinte, veinticinco años. A veces el sexo parece cobrar una importancia vital, un aferrarse a algo de la vida, ligeramente trágico pero también profundamente importante (y a veces ridículo, como siempre).

Es eso: conversaciones, relaciones, algunas peleas por un bully, muerte de algunos, curación de otros.

Y el mar. Y la libertad de escaparse. Y la rigidez de un yeso en la columna vertebral. Y las condiciones un poco chapuceras de la Europa de antes de la guerra. Aunque en ese sanatorio seguramente iba gente más o menos acomodada y se ve que tenía médicos buenos para su época, a la vez da una sensación que hoy en día correspondería a un hospital de tierra caliente en Colombia. Hay un manejo de jeringas, de aparatos que hoy en día parecería inadmisible pero que seguramente era el estándar en Europa hace ochenta años.


The seam / la costura / la ruptura

Vivir en Jerusalén (bueno, así sea por un mes) lo confronta a uno con estar sobre una frontera. De maneras a veces duras, otras veces maravillosas, otras veces dolorosas, pero siempre interesantes. Así uno no la cruce (por razones de convicción o de conveniencia), la frontera está ahí muy cerca, siempre. Y es una frontera muy porosa, muy inestable, muy sutil a veces, muy poco sutil otras veces.

Es una frontera entre modos de ver, entre momentos históricos, entre naciones (asimétrica), entre idiomas, entre sistemas de producción.

A mí me atrae mucho la sensación de estar “en el borde de” algo. El no estar a miles de kilómetros de los cambios, sino estar precisamente junto a una costura o a una ruptura. Me atrae y me aterra, puesto que simultáneamente lo que ocurre es una guerra durísima, siempre presente de alguna manera, así la dulzura de tantos aspectos de la vida diaria, o la concentración intelectual altísima que se da en Givat Ram, el campus de Ciencias de la Universidad, uno de los lugares que prefiero en el mundo entero, hagan pasar a un aparente segundo plano esa frontera.

Pero por ejemplo, la fachada, dejada intencionalmente bombardeada, del Museo “Sobre la Costura” (On the Seam):

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Museo “En la costura”, Jerusalén. Entrada principal.

Se trata de un museo de arte contemporáneo, situado justo al frente de la avenida Jeil haHandasa, que era hasta la Guerra de los Seis Días (1967) frontera entre Israel y Jordania, ubicada en un “no-man’s land” y ahora es una avenida amplia con el tranvía que une la Jerusalén occidental, judía, con la Jerusalén oriental, árabe. La exposición que vimos estaba interesante. Más aún, los documentos y materiales que tienen en su biblioteca; un verdadero archivo de las acciones de artistas israelíes y palestinos en torno a los conflictos (que son muchos distintos, y superpuestos; ciertamente no reducibles a un mero conflicto binario) de esa tierra.


La Puerta de Damasco es el inicio de la Jerusalén árabe, si uno llega desde el centro y desde fuera de los muros de la Ciudad Vieja. Es claramente perceptible en el aire el cambio de atmósfera al acercarse a ese lugar emblemático.

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Con frecuencia pasa uno por ahí – al salir de la Ciudad Vieja, por el mercado árabe, o sencillamente porque una de las estaciones del tranvía está justo al lado. Con frecuencia se oye que fue acuchillada una persona (por lo general alguien con atuendo judío) en ese mismo lugar. Al pasar no se percibe nada particularmente extraño, fuera de la presencia de policías o militares israelíes armados – y probablemente temerosos de algún otro atentado. Pero miles y miles de personas pasan por ahí todo el tiempo. Es extraño y muy triste saber que ocurren esos atentados aislados contra gente en ese lugar.


Desde la Cinemateca (un lugar de encuentro de intelectuales judíos y árabes, muy cercano también a una de las líneas de frontera) la vista de la Ciudad Vieja es impresionante.

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También se ve la ciudad árabe, la zona de Silwan, si uno mira hacia el otro lado. Se ve mucho menos arborizado todo, se siente mucho más la presencia del desierto gigante (en realidad, ese desierto que asoma atrás sigue y sigue hasta la península arábiga, y conecta por el Sinaí con el Sahara – es básicamente el mismo desierto gigantesco). Detrás del borde, la bajada abrupta hacia el Mar Muerto y al otro lado Jordania y el Moab.

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Si uno mira con cuidado ve ésto:

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Y ésto:

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Es el muro que separa Cisjordania de Israel (aunque sigue una línea distinta de la frontera oficialmente reconocida por Naciones Unidas). De nuevo la frontera es extraña, puesto que lo que está del lado de acá de ese muro también son barrios árabes. Es decir, es un muro que pasa por el medio entre dos zonas árabes, pero una con estatus “dentro de Israel” y la otra no.


Son fronteras muchísimo más porosas de lo que uno normalmente supone. El muro en realidad sigue una línea muy complicada. Uno quisiera que no hubiera muro, que el país fuera una construcción común con todos sus pueblos. Pero muchos no quieren eso, y países relativamente lejanos se meten en ese conflicto. El muro posiblemente tranca algunos de los peores atentados que podrían ocurrir; seguramente resuelve a corto término varias cosas. ¿Pero a largo plazo?


Otro punto de contraste — también tiene que ver con la frontera pero en este caso de manera feliz, sin alusión a bombardeos de 1948, el no-man’s-land terrible que dividió la ciudad en dos entre 1948 y 1967, la retoma complicada de la ciudad en junio de ese año, el estado tan distinto aún del este y el oeste de Jerusalén (pese a estar bajo la misma administración, la misma alcaldía), la presencia del campo de refugiados de Shuafat a meros dos kilómetros de la ciudad vieja. En el video que se ve a continuación, tomado durante la proyección de Cinema Paradiso en la Plaza Muristán de la Ciudad Vieja una bellísima noche de verano se ve otro tipo de convivencia, a mi modo de ver ideal. Hay familias árabes y judías, hay público mezclado, no se siente tensión. A menos de un kilómetro de ese lugar están las mezquitas y esa misma semana había mucha tensión allá. Durante el día miles de palestinos estaban haciendo una protesta contra los detectores de metal – protesta finalmente pacífica frente a la Puerta de los Leones, pero muy tensionante estando allá. En la plaza, en el video, nada de eso. Simplemente, la magia de la convivencia tranquila posible.


Y finalmente, en uno de los días más complicados de todo el episodio de los detectores de metal, uno de esos días con amenaza de volverse todo más complicado, me encontré por azar con una manifestación de mujeres árabes y judías en un lugar desde donde se ve maravillosa la Ciudad Vieja, desde el sur. Cantaban y daban discursos por la paz, en hebreo y en árabe. La frontera difícil también tiene esos momentos maravillosos. Las imágenes tal vez cuentan más…

 

(cine superpuesto) superpuesto

Anoche fuimos a la Cinemateca a comer. Queda justo al frente de la Ciudad Vieja – en realidad con un valle intermedio (el del Hinón, también conocido como la Gehena). Después fuimos a dar una vuelta por la Ciudad Vieja. Un lugar difícil y maravilloso. Todo lo contrario a un museo, a una de esas ciudades preciosas europeas que ya no tienen vida fuera del turismo. La Ciudad Vieja de Jerusalén está completamente viva, es tan preciosa como las ciudades más bellas de Europa pero tiene ese elemento extra que la hace a la vez dificilísima e interesantísima: cada metro cuadrado sigue ocupado por gente de verdad, por gente que quiere estar ahí o no soltar lo de generaciones atrás o no soltar lo recientemente tomado. No conozco otro lugar con tantas capas superpuestas y aún vivas. Eso hace que sea difícil visitarla – la historia sigue sucediendo, y cometer un error (o ser víctima de una simple confusión) en la Ciudad Vieja se puede pagar muy caro. Por otro lado, es el corazón vibrante de toda la ciudad grande, de todo el país, de todo el Medio Oriente casi. Visitarla es difícil y arriesgado (mientras más conoce uno más sabe lo peligroso que puede ser), no visitarla sería absurdo.

En una plaza llamada Muristán en plena mitad del trozo cristiano de la Ciudad Vieja (o sea árabe cristiano superpuesto con griego, superpuesto con sirio con uno que otro francés católico o anglicano inglés, uno que otro irlandés, rastros de rusos y uno que otro edificio etíope) les dio por hacer proyección gratuita y al aire libre de la película Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore – dentro del contexto del Festival Internacional de Cine de Jerusalén – al lado del cine más experimental o más de festival hacen proyecciones más “suaves” para la gente, gratuitas, y en espacios diferentes de la ciudad.

La superposición resultó divertidísima. Muristán es una plazuela en la zona árabe, repleta de niños corriendo, de madres que los persiguen, de discusiones familiares, de niños judíos en bicicleta que viven por ahí cerca – todo mezclado con gente de Jerusalén occidental, de los comerciantes. La plazuela siciliana de Cinema Paradiso en los años 40 y 50 era así también – la arquitectura es similar. Era curioso ver en una plaza árabe del siglo 21, con público mezclado (niños, madres, vendedores de helados, gente del festival de cine, árabes, judíos, turistas) las proyecciones de ese mundo siciliano en otra plaza, con momentos en que también proyectan afuera en la plaza, con los gritos sicilianos – las expresiones tan árabes en Sicilia – y ver esos niños de tres o cuatro años corriendo y tan parecidos finalmente al Totò de la película.


N.B.: La versión que pasaron era el “corte de director” de Cinema Paradiso. No recordaba tantas escenas de sexo (de juventud siciliana) en la versión oficial que había visto en Colombia hace muchos años ya. Era un poco extraño ver esas escenas proyectadas a un paso del Santo Sepulcro – Muristán es la plaza casi justo al lado, con los patriarcas rusos y griegos, los monjes etíopes, las monjas francesas, las viejitas rezanderas del Egeo. Pero de alguna manera todo quedaba ahogado entre los gritos de los helados, los niños jugando con sus patinetas. Parejas sicilianas probando por primera vez el sexo proyectadas arriba, la vida real abajo – y los monjes y patriarcas por allá en sus celdas del Santo Sepulcro…

finde denso – Kertész en la BLAA

Como la semana pasada estuvimos trabajando duro en varias cosas (charlas para CUNY y UCLA en mi caso, pero también finalización de la página web de nuestro proyecto Topoi con María Clara y Roman y Wanda, fuera de cosas de aquí), este fin de semana parecíamos seres sin energía. El viernes preparé un arròs negre para unos amigos – acompañado por alioli. Quedó todo oliendo mucho a ajo, azafrán, aceituna, calamar y pimientos. Tanto que amanecí completamente deshidratado el sábado, sin energía para caminar.

Por primera vez en mucho tiempo no salí en todo el día. No salimos ni siquiera a caminar. Últimamente si no vamos a La Vieja hacemos la vuelta corta de Las Delicias, o en su defecto caminamos por el barrio hasta la 72 o 74 o hacia el sur hasta la 53, en caminatas cortas pero a veces con intervalos. Ayer, nada. Fue día de leer cosas, terminar de arreglar detalles del Proyecto Topoi, enviar abstracts y armar charlas en esas universidades, ver un par de capítulos de House of Cards (adictiva para mí – María Clara no aguantó ni 15 minutos del episodio 1 de la temporada 1 – dice que con ver eso ya sabe uno qué va a pasar en todo el resto de la serie… y creo que tiene razón).

También tomé una buena serie de fotos nocturnas estilo Rear Window. Chapinero es lugar ideal para ese tipo de fotos.

Hoy sí teníamos ánimo y fuimos a desayunar a Kayser – los huevos estrellados que preparan ahí son buenos. ¡Y saben hacer croissants de verdad!

El día (y en realidad el finde) arrancó con Kertész. En la Luis Ángel Arango hay exposición de su obra, y realmente es estimulante ver buena fotografía, de verdad buena. Si tiene tiempo y está en Bogotá, dese ese placer de ver esa exposición.

Me sorprendió mucho lo juguetón que es. Lo había visto en exposiciones más pequeñas, junto con muchos otros fotógrafos, pero no había visto una exposición grande de su obra. La etapa temprana, en Hungría, en los barrios periféricos de Budapest, en pueblos y en el campo, con su hermano haciendo piruetas para las fotos, con su esposa en los cafés, con la gente – los violinistas callejeros por ejemplo, es algo que me queda a mí en la cabeza – una energía de vivir, una despreocupación. Se supone que le tocó ir a la guerra en 1914, a sus veinte años, pero a diferencia de muchos de sus contemporáneos, Kertész no parece registrar lo más trágico o dramático de esos eventos – lo que se desprende de su fotografía de esa época es una mirada robusta, feliz y a la vez irónica del ser humano. Me lo imagino haciendo caminatas con energía, bañándose con su hermano o sus amigos en los ríos en verano, nadando y corriendo. Me lo imagino también observando el batallón, su miseria, su locura. Pero sin dejarse apabullar del todo – a pesar de haber sido herido en el frente.

El resto de su vida fue lo que le tocaba a sus contemporáneos – hijo de familia judía de clase media, le tocó emigrar primero a Francia buscando algo de fortuna y luego a Nueva York. Sus fotos nunca parecen perder la vitalidad inicial, aunque obviamente su estilo cambiaría fuertemente. No conocía sus trabajos más tardíos, sus fotos a color, su obra hecha en Estados Unidos (fuera de las emblemáticas series en Washington Park o en el Bowery de Nueva York).

Lo que más me impresionó hoy, fuera de lo experimental y vital que se siente Kertész, es su ojo para componer las fotos. Tenía un ojo impresionante para cortar las fotos, para componer sus temas, para incluir algún detalle, una huella, una flecha del pavimento, algo, que hace que esas fotos literalmente vibren. Por ejemplo, esta abajo del cuarteto de cuerdas.

Fotografiar músicos es dificilísimo – supongo que fotografiar deportistas y transmitir lo que pasa, el esfuerzo, la tensión, el estiramiento, debe ser similarmente difícil (no lo he hecho – pero Kertész en un momento dado fotografía nadadores en las piscinas de Budapest y realmente se ve que le interesaba trasmitir la respiración, la apnea, la tensión de las piernas). Fotografiar músicos debe hacer que suene un poco de lo que estaba oyendo el fotógrafo. A mí esta foto de un cuarteto de cuerdas me llega con sonido. No sé exactamente qué sonido, pero ahí está. El primer violín interrumpiendo la línea del violonchelo, la viola haciendo un ritmo más folclórico al tiempo, algo así. No una melodía concreta, sino algo de lo que pasa cuando uno oye un cuarteto.

Jamás se me habría ocurrido cortar la foto así. Al dejar las caras, como lo haría cualquiera, esta habría sido otra entre miles de fotos de cuartetos que uno ve. Esta no. Solo están los cuatro instrumentos (incompletos), el atril con la partitura ahí en el centro, las manos, trozos de arcos y las piernas. El atuendo de los músicos. Creo que lo que hace que suene de manera tan intensa esta foto tiene que ver con el corte. Así pasa con muchas fotos de Kertész. Me conmovió muchísimo ver esa exposición hoy.

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Cuarteto de cuerdas – foto de André Kertész, 1930

 

María Clara quería que también fuéramos a ver la exposición de Nicolás París, pero esa estaba cerrada hoy. La obra de París me ha parecido interesante – vi algo de él en el MUAC hace unos años, y me llamó la atención. Alejandro Martín me lo ha recomendado varias veces.

Vimos de Roman Polanski la película Carnage. Buenas buenas actuaciones, de Jody Foster, de Kate Winslet. Casi teatro puro. Una delicia ver algo así un día de aguacero fuerte. Sobre todo después de lo genéricas que están las series últimamente.

Starling’s “Black Drop” – common roots of films and astronomic imaging.

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Until Wednesday 5 February, Simon Starling’s movie Black Drop will be available to watch for free on vdrome (the link will probably continue to work but will lead to different movies after that date).

Starling filmed in 2012, in 35 mm film, the transit of Venus – as he says, “probably the last time this phenomenon will ever be recorded in film”. Next transit of Venus will happen in more than a century from now.

The movie is startling – it explores the common roots of cinematography and astronomic imaging – especially through the device invented by French astronomer Pierre Janssen around the time of the 1874 transit of Venus – the “astronomic revolver” – way before the Lyon experiments.

Apparently, no remnants of Janssen’s plates of the transit of Venus remain. But here is a plate with Janssen himself, as photographed (filmed?) by one of the members of his team.

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http://www.tumblr.com/audio_file/andresvillaveces/25306037012/tumblr_m5rylhj6Li1qa73qh?plead=please-dont-download-this-or-our-lawyers-wont-let-us-host-audio

Lokki – Annikki Tähti.

La canción Lokki (gaviota), aparentemente un romance ruso pero aquí en versión finlandesa, juega un papel importante en la película de Kaurismäki “El hombre sin pasado”.

Aquí la canta nada menos que la gran Annikki Tähti (que actúa y canta en la misma película la canción Muistatko Monrepos’n – canción de nostalgia por la Viipuri (Vyborg) finlandesa perdida.

Varus 1976, Anselm Kiefer.

I would like to see Sophie Fiennes’s Over your cities grass will grow, her movie on Anselm Kiefer.

Somehow the movie itself seems to sip in the general mood of contemplation of destruction that pervades Kiefer’s works. According to The New York Review of Books, The camera merely takes in, accompanied by astringent music by György Ligeti and Jörg Widmann, the world of ruination that Kiefer has been creating in various buildings, set in fields and forests, in Barjac, in southern France, where he has lived since 1992.

Kiefer’s work was brought to my attention by a lecture Fernando Zalamea gave in Bogotá, before 2007. We then saw with MC an enormous collection of Kiefer’s works (installations, mostly) in Berlin and over the years have had the chance to reencounter several times his work.

I must say that I find his paintings more abstract, less immediate, more challenging than his installations. The installations, in their materiality, seem to “give away” abstraction, seem to give away the game. The paintings, strewn across huge canvasses, with crevices and chunks of paint, with their almost monochromatic hue, work almost like a magnet to me. I am attracted to them, have a hard time leaving them, want to plunge in them.

Amator – Kieślowski

Hay algo inquietante para mí en esta película de Kieślowski, el Aficionado, sobre un obrero que trabaja no lejos de Cracovia, en la Polonia muy gris de hace treinta años, y un día empieza a filmar. Su vida se vuelca literalmente dentro de su cámara.

Los avatares externos de la película (relaciones de poder, corrupción del sistema pseudo-socialista del ámbito soviético y miedo a la denuncia, relación entre el pueblo industrial rural y la culta y cinematográfica Varsovia) son todos interesantes, y hay que verlos.

Pero los desarrollos, vericuetos, travellings internos son tal vez lo más impactante. Las miradas (de nuevo). Los rostros de la esposa de Filip, el obrero que se va volviendo cineasta. Sus amigos.

El grupo de amigos y la manera como entre todos van lanzando a Filip como por entre un carretel de proyección – terminan proyectándose todos fuera de esa grisalla de la vida polaca de esa época, dando tímidamente un espacio a la filmación no oficial, de la vida misma, de las supuestas pequeñeces que tanto asustan al director de la fábrica y que terminan siendo la posibilidad de ver el mundo para Filip y su combo.

También hay drama, obviamente. Y catolicismo (no es raro: es Polonia – y además el socialismo real era tan parecido a la iglesia católica que terminan apareciendo diálogos en que uno no sabe si el director de la fábrica está defendiendo alguna versión oficial de materialismo dialéctico o si está catequizando).

El ritmo de la película en muchos trozos es el de una persona feliz con una cámara Super 8, descubriendo a su vecino llegando en camioneta y saludando orgulloso a su madre, o la construcción y los obreros descansando, o sencillamente filmando la vida de un enano obrero de la fábrica.

escritores fílmicos

Entre los escritores con ritmo cinematográfico hay que poner a Irène Némirovsky. Su Film parlé es exactamente lo que dice el título: una película hablada. Es una nouvelle (ese género intermedio entre el cuento y la novela, que en francés no es ni conte ni roman) agilísima sobre una prostituta (Éliane) y su hija (Anne) – Anne ha vivido hasta ahora con una tía que la maltrata, y va a buscar a su madre en París. La madre está en ese punto terrible de la vida en que empieza a perder el control de todo, y no quiere que su hija Anne siga esa misma vida. Pero Anne tiene toda la energía de la primera juventud, y Éliane no puede trancarla. Éliane ve venir todo, entiende todo, pero no puede trancar nada. Anne no entiende nada, pero tiene toda la energía del mundo. Pasan muchas cosas – pero lo que más me queda de esa nouvelle es el ritmo, hecho de clips muy ágiles, de viñetas cortadas, de fragmentos y sobre todo de luz: de cámara enfocando, de luz azul o blanca, de sombras en la noche.

¿Cuál es su escritor fílmico preferido?