fluidez – entrelazamiento – Márai

Las fronteras entre el yo de “uno” y los demás yos quedan borrosas en el libro que estoy leyendo ahora, La gaviota, de Sándor Márai. De alguna manera los personajes del libro terminan ocupando espacios de otros personajes, proyectando su espíritu (y su cuerpo) por entre los resquicios de los demás. Una mujer húngara que había muerto años atrás “reaparece” (sin saberlo) en una finlandesa joven en Budapest en medio de la guerra. Aunque ella no puede saber que está “ocupando” el espacio de otra persona (su cara, su cuerpo, de pronto algo que proyecta, sus gestos), un tercer personaje lo percibe y lo registra.

El Báltico, cerca de Helsinki (foto: AV)

Y está el espectro del día siguiente, en una ciudad que aún no ha entrado en guerra (pero Polonia, Francia, Finlandia, Rusia, Checoslovaquia, etc. ya todas están en medio del conflicto) y donde todavía la gente va a la Ópera y a restaurantes.

Снился мне путь на Север – amigos – Grebenshikov

Este es un post para María Clara – para recordar el invierno infinito que tuvimos en Finlandia, cuando surcábamos entre la nieve en tren los bosques y los campos entre Helsinki y Tampere, cuando íbamos a las charlas del otro seminario, a caminar por 30 grados bajo cero acompañados por Meeri hacia el museo de arte de Tampere, perdido en alguna casita sueca en medio de los lagos y la tundra de esa ciudad – cuando íbamos hacia Hanko y hacia Tammisaari buscando el Báltico congelado y sus mil formas, cuando tomamos ese tren mítico hacia San Petersburgo y nos encontramos con las canciones de Гребенщиков allá, y cuando volvíamos agotados y parábamos en Stockmann a comprar huevitos de trucha y de salmón y de esturión y no nos cansábamos de comer y comer blinis con esos huevos y crema smetana y cerveza y vodka.

Y este es un post para Alejo, ese amigo que se nos desaparece a veces por períodos largos y reaparece con cuentos siempre más extraños y más locos y nos invita a ir con él a Nueva York (no sabemos bien a qué – a pasarla bueno, porque qué más – con Alejo siempre es ese el plan – entre mil conversaciones y libros y exposiciones y proyectos y locuras y comilonas y caminatas por el frío o entradas al sauna navideño en Finlandia o discutir por mil temas etéreos y efímeros que pueden llevarnos a peñascos peligrosos en La Vieja o en los confines de Savonia – con paisajes como los de ese tren de Grebenshikov). Alejo podrá desaparecerse a veces, pero es finalmente el único que ha llegado a buscarnos hasta el fin de Europa, el fin del mundo casi, y además se aguantó que lo lleváramos de bienvenida a un lugar en la frontera rusa, completamente perdido y remoto.

Y este es un post para los demás – para Alex Usvyatsov con quien escucháramos en La Macarena hace mil años otra versión de esas canciones de Гребенщиков, tomando vino con Sharon y con Apolo (nunca logro expresar suficientemente el Спасибо, el תודה רבה adecuadamente por todos sus regalos increíbles que envía desde Israel o desde Portugal) – para Javier, que ve paisajes similares cuando va en tren en invierno allá en Ontario, y que hoy mismo está descubriendo de nuevo la nieve con su hija Laia (uno siempre vuelve a descubrir la nieve como si la viera por primera vez en la vida – me dan una nevada y me pueden poner feliz como si tuviera la edad de Laia), el Javier que siempre se aguanta mis mensajes largos llenos de disquisiciones medio absurdas y me da respuestas maduras y bien pensadas – para los muchos otros con quienes compartimos a Helsinki (virtual o real) o Rusia: Juan y Patricia de México (que fueron hasta allá también pero encontraron un invierno más brutal que lo normal y tuvieron que refugiarse en… San Petersburgo); Gabriel el caraqueño ahora bogotano más אינטנסיבי e inteligente que conozco (el Gabriel que me dice que más que venezolano es caraqueño, y más que caraqueño es de la Parroquia de La Pastora – a lo cual yo contesto que más que colombiano soy bogotano, y más que bogotano soy del corredor que hay entre la Universidad Nacional y los cerros), el músico que puede conjurar con su flauta los nigunim de Besarabia o la dulzura de un postre sefardí al improvisar con Alfonso – par de pseudo-cripto-sefardíes ambos ocultos en los corredores de la Universidad Nacional, dos de los seres más impresionantes que he conocido – tan similares y tan distintos – que lograron el mejor diálogo que he escuchado en mucho tiempo con una viola da gamba y una flauta – Alfonso el compañero junto con Francia y León de aventuras mentales y muy vívidas en otras nevadas, en el desierto de Jordania buscando a Petra como si fuera el arca perdida; y es un post para Fernando, el mosquetero principal de las batallas de ideas y síntesis y tríadas e imágenes retorcidas del románico (Fernando increíblemente enérgico siempre, con sus libros, sus batallas en la Universidad, sus viajes a los confines más remotos del Medioevo tardío, de la Modernidad, del Ampurdán románico o las bocas del Ebro, por los topoi y las homotopías de tipos, y mil otros temas que me tomaría el blog entero abarcar).

Sí: Grebenshikov genera esos estados de ánimo – un poco troika rusa, un poco embriagados de pura música y nieve y trenes y pensar en lo que Pitol llama la “enorme polifonía” de la novela rusa, el gran descubrimiento que hicieron esos autores: meter mil voces al tiempo en una novela, como los palacetes que tenían llenos de gente (familiares, visitantes, siervos) y con divisiones de madera delgada que dejaban pasar todos los ruidos con lo cual uno se enteraba siempre de toda la intimidad de todo el mundo, como en las obras de esos autores. Grebenshikov genera ese estado de ánimo. Tal vez la mención de la nieve en Ontario por Javier, tal vez el pedido de Alejo de pensar en la Macarena para su edición del diario (pero en vez de llegar a la Macarena llegué a Grebenshikov y a Finlandia y a la nieve)…

Decía yo en 2007, en otro blog:

La música de Boris Grebenshikov me acompañó (en la mente) durante todo el viaje a San Petersburgo, hace ya siete meses. Tal vez por las sonoridades repetidas de las difíciles vocales y consonantes rusas que oíamos por doquier y me recordaban las canciones de Grebenshikov, tal vez por los trozos en ruso de Après moi le déluge de Regina Spektor – tal vez porque Grebenshikov (Barís, no Boris, le grita varias veces el público feliz – como en la representación teatral de La guerra y la paz que vimos hace año y medio en Bogotá – Natasha y Sonia jugando con Boris, persiguiéndolo por la casa enorme, gritando Борис, Борис!, en algo que me sonaba a Barís, Barís, Barís!) tal vez porque Grebenshikov está tan íntimamente ligado con San Petersburgo (ahora bien – el video que colgué, Masha i medved, no sucede en San Petersburgo – me parece que tiene lugar en la (distintísima) Moscú). Recuerdo también que Alex Usvyatsov se puso muy contento de oir a Grebenshikov en la Macarena, en su primera ida a Colombia. Finalmente nos animamos: vamos la semana entrante a Laponia. Vimos el viernes pasado (por segunda vez, después de muchos años) Los amantes del círculo polar ártico. Cuando la vimos en Bogotá por primera vez, yo sentía que Laponia era lejísimos, y no la asociaba a ningún país real. Sencillamente sabía que parte de la historia tenía lugar en la porra. Fue muy simpático (y extraño) verla y notar que es realmente hecha en Finlandia, en Rovaniemi – que no es más que el inicio de Laponia, y que es a esa tierra que se sentía absurdamente lejana cuando la vimos en Bogotá (sin sospechar acercarnos jamás por allá, y menos vivir por un tiempo en el mismo país) que iremos la semana que viene. Cuando Ana le dice a la mamá en la película que se larga para Laponia, la mamá la mira incrédula como si no tuviera ningún sentido lo que Ana acaba de decir. La verdad, hace pocos años no me la hubiera creído.

Finlandia subversiva

Muchas de las frases que aparecen en este artículo de Anu Partanen en The Atlantic sobre lo que los gringos no entienden del sistema educativo finlandés son verdaderamente explosivas, en el mejor sentido de la palabra. Fantásticas.

Si fueran dichas por algún romántico del sesenta y ocho, o por algún colectivo de estudiantes idealistas de la Universidad Nacional mientras le regalan flores a los policías antimotines, no me sorprendería tanto. Son frases que yo mismo tiendo a apoyar, pero que siempre que son dichas en ciertos ámbitos aquí suenan casi a comunismo puro. Nos han vendido tanto la idea de la “accountability” (para la cual, dice el autor, no hay traducción al finlandés – agrego, tampoco al español), de la importancia de la competencia, de lo crucial de los exámenes estandarizados, que suena casi subversivo oponerse a eso. Son frases frente a las cuales las revoluciones que hemos tenido aquí (la revolución moral de Antanas Mockus, los procesos de paz) aún palidecen.

Pero en este caso no es ni un estudiante idealista en una marcha por la Carrera Séptima, ni un profesor de un colegio experimental (marginal), ni un gurú nueva era quien pronuncia las frases. Es nada menos que Pasi Sahlberg, director del Centro de Mobilidad Internacional del Ministerio de Educación de Finlandia. Algo así como el Cecilia María Vélez o el Carlos Vasco de Finlandia, en términos colombianos – solo que mucho más internacional y con un país que ostenta el récord número uno a nivel mundial en educación, no número 58 como el de Colombia (aclaro que respeto mucho el trabajo que hizo la exministra en cubrimiento, pero obviamente Colombia con sus obsesiones de seguir el modelo empresarial está lejos, lejísimos, de lograr algo verdaderamente revolucionario en educación; hemos sido demasiado tímidos).

Pasi Sahlberg suelta estas frases (escojo y traduzco algunas para creer lo que está diciendo, pese a que lo he oído y visto yo mismo allá en Finlandia) en un escenario que representa el epítome gringo del extremo opuesto: el Colegio Dwight en la ciudad de Nueva York. Algo que tampoco tiene equivalente aquí, pero es algo así como el San Carlos mezclado con el Nueva Granada mezclado con el Francés mezclado con el Réfous – solo que mucho mejor que esos cuatro juntos.

Las frases de Sahlberg – y las explicaciones de Partanen:

  • Oh, no hay colegios privados en Finlandia (hay solamente un puñado de colegios independientes, pero incluso esos están públicamente financiados – ninguno puede cobrar matrícula). Tampoco hay universidad privada. Prácticamente todo el mundo en Finlandia va al sistema público, desde prekínder hasta el doctorado. Compare eso con Dwight donde pagan más de 35.000 dólares al año en matrícula, o con las matrículas de algunos colegios bogotanos…
  • Los gringos se preguntan cómo lleva uno cuentas del desempeño de los estudiantes si uno no los evalúa constantemente. Cómo se mejora la enseñanza si no hay “accountability” para los malos maestros y premios (monetarios) para los buenos. Cómo se fomenta la competencia y se involucra el sector privado? ¿Cómo se provee selección de colegios? Respuesta: Finlandia NO tiene exámenes estandarizados – con la excepción del Examen Nacional de Matrícula, que todos presentan al final de una secundaria superior voluntaria. (Nota mía – el artículo dice que eso es “roughly the equivalent of American high school”, pero no lo veo así: mis estudiantes de un curso de primer año en Finlandia en la Universidad donde reemplacé por algunos días al profesor durante mi sabático eran estudiantes que tomaban Análisis en primer semestre, Topología en el segundo, de la carrera de matemáticas. Lejos del nivel típico high school de Estados Unidos o del de nuestros “magníficos” colegios en Colombia.)
  • Los maestros de colegios se entrenan en evaluar a sus alumnos mediante exámenes independientes que crean ellos mismos. Los niños reciben una tarjeta-informe al final del semestre, basada en evaluaciones creadas por su profesor. El Ministerio de Educación se limita a llevar a cabo muestreos aleatorios periódicos.
  • Accountability: no hay traducción en finlandés (tampoco la hay al español). Agrega Pahlberg una frase muy interesante, sorprendente y bella: “accountability” es algo que queda cuando la responsabilidad ha desaparecido.
  • Sahlberg: lo que importa es que en Finlandia a los maestros se les da prestigio, salario decente y mucha responsabilidad. Se requiere una maestría para entrar en la profesión, y los programas de selección de maestros están entre las escuelas profesionales más selectivas del país. Si un maestro es malo, es responsabilidad del rector darse cuenta de eso y hacer algo al respecto.
  • Sobre la competencia, Sahlberg cita al escritor finlandés Samuli Paronen: “los verdaderos ganadores no compiten”.
  • No hay listas de mejores colegios o mejores maestros en Finlandia.
  • Lo que mueve la educación en Finlandia no es la competencia entre colegios o entre maestros, sino la cooperación.
  • En Finlandia, elegir colegio o involucrar el sector privado no son temas prioritarios.
  • Hace décadas, cuando el sistema escolar finlandés estaba muy mal y requería reformas urgentes, el objetivo que Finlandia se propuso cumplir, y que ha resultado tan exitoso hoy, no fue la excelencia. Fue la equidad.
  • Desde los años 1980, el motor principal de la política de educación finlandesa ha sido que todos los niños tengan exactamente la misma oportunidad de aprender, independientemente de su origen familiar, ingresos o situación geográfica. La educación es vista primordialmente no como un sistema para generar estrellas en desempeño, sino como un instrumento para disminuir las desigualdades socioeconómicas.
  • Sahlberg agrega: en Finlandia, los colegios se ven como lugares que deben ser entornos saludables y seguros para los niños. Finlandia ofrece comidas gratis, acceso fácil a cuidado de salud, consejería psicológica y guía estudiantil individualizada.

El artículo de Partanen es jugoso. Hay mucho más ahí, pero me limito a extraer las frases que considero más fuertes.

En Colombia la respuesta típica es: “ah, claro, pero es que en Finlandia hay mucho más dinero…”. Es cierto. Ahora. Pero Finlandia era un país pobre hasta 1970, y buena parte del siglo XX fue un país muy pobre. Otra respuesta es: “pero es que son más organizados”. Tal vez. Pero no siempre lo fueron – entre los suecos los súbditos fineses tenían fama de borrachos, vagos, desorganizados, cuando eran una colonia sueca – y probablemente muchos cumplían esa descripción. Pero muchas razones los llevaron a tomar en mano su destino y cambiar la cosa – no convirtiéndose en suecos o alemanes (son muy distintos) sino aprendiendo a hacer bien lo que podían (música, diseño, trabajo en madera y más recientemente tecnología). Otra respuesta: “en Colombia tenemos una guerra…”. Claro. Finlandia pasó por tres guerras brutales en los últimos cien años, que involucraron a toda su población. Un horror de récord. Y claro, es posible que en Colombia mientras no resolvamos la situación bélica no tenga sentido pensar en educación. Pero es que las revoluciones mentales verdaderas hay que iniciarlas desde lo que hay, no desde condiciones ideales. Otra respuesta: “con Fecode es imposible…”. Y puede ser cierto. Mientras los maestros vean la educación como una manera de extraer beneficios personales, poco se va a avanzar. Me pregunto cómo pasaron en Finlandia a tener un sistema donde solo los mejores pueden ser maestros de primaria. Eso es realmente revolucionario.

Más que adaptar la receta X o Y que le sirve o no a tal otro país, sea Ecuador o sea Finlandia, lo clave es preguntarse qué estamos haciendo. Por qué copiamos (y tan flojamente) recetas de “excelencia” o de “accountability” o de “exámenes estandarizados”. Por qué es tan débil la verdadera responsabilidad de los maestros y tan fuerte la “accountability” (el castigo, las planillas).

Hay excepciones fantásticas en algunos maestros de aquí, que a pesar de un sistema terrible hacen un trabajo muy loable y muy bueno. Pero son excepciones.

Estas frases (casi subversivas) de Pasi Sahlberg en todo caso deberían poner a más de uno a pensar.

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