una década después

Esta vez me gustó mucho más Leeds que hace diez años. Estuve durante una semana agotadora pero hermosísima en un congreso de Categorías Accesibles y Conexiones (http://www1.maths.leeds.ac.uk/~pmtadb/AccessibleCategories2018/Schedule.html) con teoría de conjuntos, teoría de modelos y teoría de homotopía.

Y hubo de todos esos temas, bastante.

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Lo mejor fue la calidad de la interacción – gente como Tibor Beke (con un pie sólidamente en las categorías accesibles pero con excelente intuición y bastante formación tanto en grandes cardinales como en algo de estabilidad) hace que ir a esas charlas sea un placer por las preguntas y los comentarios finales – gente como Menachem Magidor le da una altura y visión a esas interacciones que realmente rara vez se vive.

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Para mí fue una manera de forzarme a pensar de nuevo en interpretación en teoría de modelos – un tema que considero muy importante (la tesis de mi estudiante Johan García sobre trabajos previos de Hrushovski y Kamensky, y los trabajos de algunos ahora me llevaron por ese camino) – con Zaniar Ghadernezhad logramos seguir un poco adelante en trabajos que iniciamos hace unos tres o cuatro años y que tenía medio abandonados/pospuestos.


¿Pero por qué me gustó tanto Leeds esta vez, comparando con la anterior hace diez años?

Tal vez las razones son más internas que externas. La ciudad ciertamente parece estar más afianzada en su espíritu post-industrial. Como buena ciudad inglesa, está excesivamente comercializada, la comida es relativamente poco imaginativa pero hay cosas buenas de India y ahora de China – aunque tampoco nada del otro mundo – y ocasionalmente un muy buen fish and chips. No es nada de eso.

Es más la presencia de tanta gente con tantas pintas de tantos lugares, y el no sentir tanta presión por que sean muy ingleses, ni muy nada todos. Francia (por contraste) siempre vive como obsesionada por decir que todo lo que les conviene es “francés” y (como pasó esta semana en esa carta absurda de un embajador a un comediante, a Trevor Noah) sigue armando debates patafísicos donde no los hay. En Leeds simplemente parecía haber ausencia de tanta bobada, y simplemente gente de decenas de orígenes ahí trabajando medio tranquilamente – me pareció.


Visualmente hay cosas tremendamente llamativas en Leeds (y también en Manchester). Pongo algo de eso a continuación. Es una profusión de espacios post-industriales, de canales, de antiguas fábricas reconvertidas, de máquinas decimonónicas que parecen flores y espigas, monstruos de manga y plantas carnívoras, de espacios comerciales que parecen un huevo por dentro – o evocan simultáneamente el Coliseo de Roma y el Panteón. Gente en un tren nocturno atestado (gente esa sí toda muy blanca y con decoraciones rosadas) saliendo de un concierto de una banda de mujeres jóvenes.

Y también una ausencia de foto (por razones de seguridad personal).

 

bóveda

tuve suerte el martes de la semana parisina: salí a caminar antes del amanecer, en busca de cierta luz, de cierta pulsación de la ciudad que en horas más tardías era elusiva – quería por así decirlo “tomarle el pulso” a la ciudad en las horas anteriores al tráfico, al gentío

completamente vacías estaban las calles de la zona de Odeón, subiendo hacia el río – escaparates de libros lujosos, de antigüedades, de diseñadores, todo muy chic y ahí con vidrieras sin protección – solo uno que otro furgón de reparto, pequeño, en mercadillos de frutas

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en el río – llegué por el Pont des Arts, el peatonal de madera – gente en bicicleta, gente haciendo ejercicio y las luces de la ciudad al amanecer, un poco fuera del tiempo

pensé que la París de Proust no debía verse (en este punto, con esa luz, a esa hora) tan distinta de lo que tenía ante mis ojos – excepto claro por la cantidad de gente corriendo o estirándose…

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Bajé a los muelles, caminé un poco subiendo hacia la catedral, viendo el lentísimo amanecer de octubre, sobre todo concentrado en el aumento imperceptible casi del rumor de la ciudad. Además de los corredores poco a poco más transeúntes afanados, acaso desembocados de lejanas banlieues – y gente limpiando calles, barriendo hojas. Y el río.

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Finalmente pasé frente a la catedral – justo en el momento en que la estaban abriendo al público. Había ido varias veces antes, a horas distintas, pero en los pasos más recientes por esa zona había filas interminables para entrar.

Esta vez no – estaba yo solo ahí.

Me dediqué a contemplar la bóveda central sobre todo, al igual que los rosetones. La bóveda.

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Traté de interiorizar ese tejido mil veces visto en libros, en ilustraciones, en vivo – y a la vez siempre nuevo. Me puse a hacer variaciones en tiempo muy lento, moviendo la cámara para tratar de capturar nervaduras.

Después lo mismo, pero con el rosetón (girando la cámara durante seis, ocho, diez, segundos):

En versión estable, el rosetón:

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En realidad quería hacer dos cosas: fuera de captar el “pulso” de una ciudad difícil (y maravillosa tal vez en parte por sus mil capas), quería también pensar en el tema del infinito de muchas maneras distintas, lo menos dirigidas posible. Obviamente es imposible lograr pensar en un tema así sin dirigir el pensamiento, sin dejarlo caer en la maraña de conexiones.

Pero necesitaba “limpiar la mente” en esa mañana anterior al congreso. Creo que el río y la bóveda ayudaron.

fotografiar gente…

… nunca es fácil.

Una amiga de tuiter (Aleyda, @leidymarmalade), expresa una posición con la cual yo estoy bastante de acuerdo: “A mí me parece de lo más ofensivo e invasivo tomarle fotos a alguien y subirlas a Internet, con el propósito que sea.” Yo entré en discusión a partir de su trino y agregué que lo antipático es poner un tag, una etiqueta a la gente, para que la encuentren. Alguien más entró y comentó que es terrible cuando sitios como las universidades entran y se roban las fotos de esos perfiles.

Hay distintos casos:

  • Caso 1 :: el robo institucional. Un sitio web horrible se robó fotos de varios matemáticos de América Latina para su perfil editorial. Los matemáticos que aparecen ahí dicen que no fueron consultados, que aparecen en perfil editorial en fotos de hace veinte o treinta años que seguramente no reflejan la imagen que quieren proyectar de sí mismos. Algunos terminan aceptando quedar ahí, porque tienen otros temas más importantes, pero de alguna manera quedan proyectando una imagen que no quieren dar de sí. Una institución maneja imagen (académica, profesional, deportista, algo) y en ese sentido siempre debería pedir permisos. Idealmente, la fotografía debería ser tomada directamente por la institución, si tiene los medios, y con fotógrafo razonable. Sé que la Universidad Nacional ahora hace eso (aunque por problemas presupuestales no hay suficientes fotógrafos).
  • Caso 2 :: la foto “paparazzi”. Esta busca explícitamente seguir a algún personaje y fotografiarlo en situación comprometedora. Aquí no puedo estar más de acuerdo con Aleyda.
  • Caso 3 :: la foto documental. Hay una marcha por la educación al frente de la Universidad Nacional. Tomo una foto al pasar el puente. Aparecen miles de personas, algunas en plano cercano, perfectamente reconocibles. Quiero documentar que está pasando eso, contar en tuiter para que mis (pocos, afortunadamente) seguidores la vean y recibir retroalimentación. Quiero documentar porque a veces los medios oficiales ignoran algo que me parece importante. Usted quedó en la foto, pues estaba en la marcha. Si la subo a internet, no pregunto – no tendría cómo. No siento que sea ofensivo – invasivo podría ser si después alguna agencia mira las fotos para ver quién estaba en la marcha. Creo sin embargo que esas agencias ya tienen sus drones, sus verdaderos ofensivos. En este caso lo documental prima sobre lo individual.
  • Caso 4 :: el retrato. Este es un obvio sí. Salgado dice que el retrato es una obra de colaboración entre quien aparece y quien dispara el obturador. No hay mucha discusión sobre el tema de privacidad ahí (aunque a posteriori muchas veces el retratado puede arrepentirse de haber participado así – ciertos retratos, como ciertas entrevistas, muestran mucho más de lo que a veces se quiere admitir).
  • Caso 5 :: la foto con pretensiones “artísticas”. Aquella que no es estrictamente documental (aunque la frontera es borrosa), ni institucional (aunque las instituciones se la pueden robar), ni de paparazzi – no se está “persiguiendo” a nadie. Aparece gente. André Kértesz, Cartier-Bresson en París, Robert Capa, etc. fotografían gente. Gente que queda fija, en muchos casos sin saberlo (el miliciano de la foto de Capa), en otros casos de manera icónica (los enamorados en París, que Cartier-Bresson dejó para que disfrutemos y que muy muy seguramente no fueron consultados). Sin subir a nombres famosos, suponga que uno hace un proyecto fotográfico en la calle de una ciudad. Le interesa capturar ritmos, expresiones, luces, texturas, matices. Le interesa palpar el ritmo de la ciudad, de una calle. Y aparece gente, gente que usted no verá probablemente jamás más allá de la fracción de segundo en que su camino y el de esa persona se intersectaron vía el rayo de luz que entró a su cámara. Ahí sí no sé – no puedo aplicar una lógica binaria. No es para mí el no contundente de los casos 1 y 2 (institucional ladrón o paparazzi), tampoco el sencillo sí del caso 3, documental. Usted en esas fotos de pronto, en casos fotográficamente felices, puede capturar algún fulgor muy íntimo de la persona que apareció, algún momento muy personal. Por otro lado, esas fotos las ve otro público, lejano del interés de quienes aparecen. ¡Es una absoluta zona gris! Aleyda puede tener algo de razón, pero… ¿qué se le dice a quien quiere captar esos pulsos?

Cierro con una miniserie en una ciudad ecuatoriana (aparecía también en el video que enlacé en post anterior) … allá aparecía velozmente, sin dar tiempo de detallar nada, con menos de un segundo por foto, tratando de capturar un ritmo. Aquí aparece como serie. Sé que estoy en zona “gris” con respecto al tuit de Aleyda. Pero al mismo tiempo quiero compartir estas fotos, cierto ritmo, cierta luz.

redes del cielo

Este es un post para Fernando Zalamea, principalmente. Para María Clara, claro, también, y para Alejandro Martín y Alex Cruz. La conversación mental con ellos fue muy intensa durante cuatro días de salida forzosa de la zona Schengen por un tema de visa (como todos los temas de visas, a posteriori completamente trivial y fútil pero mientras se vive angustiante y omnipresente). Cuatro días de vueltas y caminatas por Petersburgo, por la colección de libros pintados de Bashmakov, por los vericuetos de las propiedades de levantamiento (teoría de modelos pura y crudamente homotópica) de Gavrilovich, de Arca Rusa extendida, de ensoñaciones en el jardín de Ana Ajmátova, de saber que estaba viviendo en la isla de Raskolnikov, la zona de la universidad, la zona más antigua de esa ciudad artificial rusa.

Fernando viajó ahora a Nueva York a lanzar nuevas redes, a dejar volar nuevas conexiones. Trajo una bocanada de aire fresco, abrió nuevas compuertas para quienes felices intentamos seguir a trozos la pista trazada por él. Y recordé los cielos de Petersburgo al ver sus imágenes. Hay geometrías, desde Tales hasta Mumford, ahí trazadas por cables ignaros (?), para quien quiera detenerse a verlas – hay incluso una trazada sin cables, por las nubes, para los que la puedan ver:

Bajos de Chapinero

Talabarterías, talleres, mercado, almacenes de “sólo maíz”, motos, carritos que antes tenían caballos y ahora son halados directamente por sus dueños, droguerías, tiendas de repuestos de muebles de baño en que se consigue desde lo último de Corona hasta modelos viejos desaparecidos, niños saliendo del colegio, buses, sol, cables y más cables, tiendas de repuestos de automóviles, bicicletas, motos, gente parada esperando quién sabe qué. Chapinero, abajo de la Avenida Caracas.

El Ocaso: plano único.

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El Ocaso, hacia el Río Apulo, tiene una cualidad visual muy peculiar: todo, literalmente todo (la selva, el río, el puente, los insectos, los bambús, los troncos, las hojas, las piedras), todo está pegado a la nariz de uno, en un plano único. Es imposible separar dos planos y ver perspectiva. La selva, la densidad de ruidos, la luz – todo conspira contra la idea de “vista abierta”, de perspectiva. Si Florenski nos enseñó a ver la perspectiva enrevesada (invertida) en los iconos rusos, y logró por ese medio (tan matemático) extraer tantos lazos con el resto del conocimiento de la teología ortodoxa, alguien habrá señalado ya la ausencia de perspectiva del trópico.

Todo se vive en el instante visual, sin escalamientos dramáticos. Incluso el balcón sobre el río Apulo parece carecer de perspectiva, al estar sumergido entre la selva, las piedras, el abismo vertical.

Al fotografiar al principio uno siempre busca planos de contraste. En El Ocaso, hacia el Río Apulo, hay que abandonar esa idea. Hay que buscar composiciones planas – lo más planas posible para ser fiel a lo que uno realmente ve ahí. Los puntos de fuga son un solo punto extendido, alrededor de todo el marco visual.

OJO sobre Bogotá: Susana Carrié

Siempre me ha impresionado el ojo de algunos fotógrafos, la manera como nos pueden hacer ver lo que cruzamos de manera cotidiana como algo distinto, algo lejano, algo más verdadero, algo más uncanny.

La fotógrafa venezolana Susana Carrié nos enseña a los bogotanos a ver nuestra ciudad con un ojo renovado, a través de las brumas, con contrastes curiosos. Ciertas fotos recuperan la imagen “años 40” (de esa Bogotá de antes del bogotazo, la Bogotá de los toldos europeos y el Hotel Granada y los tranvías, que tanto añoraba mi abuela) que aún existe en ciertas esquinas de la ciudad.

Varias series temáticas de Susana Carrié retoman temas a la vez familiares y sorprendentes: “Bogotá gótica” – del especie de gótico que apareció en algunas construcciones de Bogotá alrededor de 1900, series de lluvia y bruma, series de gente hablando por celular.

Uno de los pequeños milagros de los últimos años (para nosotros los bogotanos) ha sido el recibir en las universidades, en muchos ámbitos del sector empresarial, en restaurantes y producción de comida, en el mundo intelectual y artístico, parte de la diáspora venezolana. Aunque las razones para muchos de ellos han sido dolorosas, Bogotá se ha beneficiado de manera increíble con la presencia reciente de tantos caraqueños, tantos venezolanos que han llegado, que disfrutan mucho de las cosas buenas de Bogotá, que nos ayudan a ver un poco más allá de lo que normalmente notamos – en muchos ámbitos distintos.

Algunos de esos venezolanos nos han enseñado a ver lo que hay – tanto desde un punto de vista crítico (nos ayudan a ver defectos fuertes de Colombia – como en el artículo controvertido de Sinar Alvarado hace unos años – certero, doloroso, caricatura pero más real que todo) como desde un punto de vista de empatía fuerte (el blog de mi amigo y colega Gabriel Padilla, caraqueño “de raca mandaca”, es uno de los cantos de amor a Bogotá más sinceros, bellos y profundos que hay – Gabriel me ha enseñado cosas maravillosas sobre Bogotá que yo jamás había visto en mi vida aquí).

Susana Carrié está ahí: enseñándonos a ver esta ciudad con su ojo sorprendente. MUCHAS más fotos espléndidas de Bogotá, por Susana Carrié, en este enlace.

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Bicentenario
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El vértice
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Familia con perritos

Urbes mutantes: radiografía de ciudades de América Latina

Visitar ciudades de América Latina siempre es a la vez emocionante, muy emocionante y decepcionante. A veces más, a veces menos, pero muchas veces ve uno en las otras ciudades reflejos dolorosos de la ciudad de uno (o soluciones espléndidas a cosas que no hemos podido resolver nosotros). Es una mirada al otro, pero a un “otro” que es casi uno mismo.

En la Ciudad de México he podido ver mundo exaltado y bajo mundo, acaso más que en Bogotá (por alguna razón, de noche por los alrededores del Centro Histórico, hacia el mercado o hacia San Juan de Letrán o hacia la colonia Hidalgo, me siento bien – también me siento bien trotando de madrugada en los Viveros de Coyoacán, que parecen casi un parque parisino (ideal, de novela de Flaubert), o deambulando por las librerías y tiendas de Coyoacán o La Condesa – zonas chic del magnífico DF). En Caracas, en Lima, en Medellín, en Cali, en São Paulo, en Salvador, etc. ve uno variantes de la misma ciudad latinoamericana, con sus centros deslabrados y con pocas cuadras cuidadas, con sus personajes que parecen extraídos de la misma tierra [Güicán, Cuauhtepec, Tadó, Mucuchíes, …] y siempre se ven golpeados por la rudeza de la ciudad, en su fealdad repetida de talleres mecánicos, tlapalerías, ventas de empanadas, tugurios, casas sin acabar, letreros electorales, gente haciendo fila y haciendo fila…

La exposición Urbes Mutantes que está en la Luis Ángel Arango es exactamente eso: fotografía de ciudades latinoamericanas entre los años 1940 y ahora. El momento de la gran mutación de nuestras urbes – que pasaron de ser villorrios y puebluchos (sí, claro – villorrios y puebluchos con sus plazoletas aristocráticas y su arquitectura de trianones transplantados) miserables perdidos a ser urbes vibrantes, repletas de cultura, de salsa, de merengue, de escotes y pantalones ceñidos y gorduras a punto de estallar, y centros comerciales horrorosos casi todos y … los talleres mecánicos y buses/busetas/combis/peseros/colectivos/micros/guaguas/ejecutivos de horror, repetidos en su olor a exhosto y su sudor reconcentrado, a lo largo y ancho de toda América Latina, recorriendo con su melodía estéreo/salsa/merengue/champeta/reguetón todo el espectro de estas ciudades. Ciudades golpeadas por bogotazos/caracazos, asonadas, gente de ruana con mirada hueca, hijos sin ruana y con prendas chinas casi iguales a las de los fresa/gomelos/sifrinos/pijos/pitucos hoy en día.

El momento de mutación (de la ruana y alpargata a los bluyines cuasi-universales, a las pintas casi iguales en todas las clases sociales [pero con marcadores de clase super precisos para los chicos de colegio sifrino], del barro de los tugurios al exhosto de los buses, de parecer ciudades de quinta en Europa del Este [la Bogotá de los abuelos era como una ciudad polaca o moldava de quinta división] a parecer ciudades… latinoamericanas (de talleres y bodegas, transmilenios y zonas pijas, tugurios y favelas, autopistas y puentes llenos de grafiti, zonas de edificios impresionantes y vías férreas abandonadas, ciclovías de domingo con sus ventas de jugos y repuestos y aeróbicos, metrocables y desconfianza, Maseratis andando por calles trancadas a 3 km/h, zorras y burros y caballos al lado, barrios de los años 1930 y 1940 y 1950, atorados de decencia y pastelerías de inmigrantes judíos de Europa del Este y arbolitos y Parkways, y zonas de horror que parecen lo peor de lo peor de Houston o Los Ángeles).

La mutación retratada por 200 fotógrafos, muchos de ellos que no conocía, muchos grandes maestros. Graciela Iturbide, Sergio Trujillo, Leo Matiz, Fernell Franco, Gasparini, entre muchos, muchísimos otros testigos de toda esa mutación, de esa tristeza infinita (y alegría sorprendente) de las ciudades latinoamericanas.

La exposición estará expuesta hasta el 27 de mayo. Recuerde que la Luis Ángel Arango cierra los martes. Está en el tercer piso de la zona de Arte Contemporáneo. Es gratis la entrada. Y vale la pena – creo que volveré al menos una vez antes de que la quiten.

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Nacho López: Huelga de maestros, Ciudad de México. Años 1950.
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Fernell Franco: Prostitutas. Cali, hacia 1970.
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Gasparini. Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1954.

Retratos

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María Piedad y Luna, madre e hija – marzo de 2013
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María Clara Cortés – febrero de 2013
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Alejandro Martín – febrero de 2013
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Luna Muñoz – marzo de 2013
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Jaime Cortés – marzo de 2013

Es de las cosas más difíciles que hay.

¿Intentar destilar el “aura” de una persona que queremos? ¿Sacar una mirada de esas que solo le dedican a uno en ocasiones muy contadas? ¿Capturar los ojos tristes?

Nunca he sabido si es en realidad posible retratar a alguien a quien uno no conoce más o menos bien. Simétricamente, no sé si uno de verdad puede ver una fotografía o un retrato de alguien que uno quiere mucho o que lo quiere mucho a uno. Uno seguramente “ve” otra cosa, completamente distinta de la realidad física del retrato.

Los grandes retratistas (National Portrait Gallery de Londres, etc.) tal vez lograban ese desprendimiento que parece ser necesario: ir a retratar en varias sesiones a algún banquero holandés, algún rector de parroquia inglesa, alguna esposa de magistrado. Lograrlo sacando a la vez la cara – la vejez latente, las arrugas, la belleza de la mirada. Viendo lo que la persona no quiere proyectar, y tomando la decisión de enfatizarlo o anonadarlo. Y luego, la fotografía, superficialmente más objetiva, pero obviamente igual fruto de mil decisiones de ese estilo.

La luz de Lima

Capturar de verdad la luz de una ciudad a veces puede ser dificilísimo. Depende – hay ciudades que se dejan captar sin mayores esfuerzos (algunas incluso son más fotogénicas que de verdad estéticamente fuertes), pero otras son duras duras de iniciar. Fotografiar París bien, por ejemplo, me parece difícil – la luz directa la hace ver muy kitsch – funciona bien de noche o con luz muy lateral.

Lima es una caso aparte. La ciudad siempre está cubierta, aparentemente, por una capa de humedad rarísima que parece de arena (una novela francesa que leí cuando era niño hablaba de “la purée de pois” y pues sí, al aterrizar hace unos días por la mañana en Lima, después de sobrevolar los Andes luminosísimos, de pronto apareció una neblina verde que yo nunca había visto y el avión se metió entre ese puré de alverjas y aterrizó en El Callao). Debe ser algo de la mezcla entre la corriente helada de Humboldt (que hace que la gente se tenga que meter al mar con wetsuit a esa latitud, en verano), algo que tranca la humedad ahí, y esas montañas peladeros impresionantes, de arena gris (parece cemento) que rodean Lima.

En Lima no se ve el sol y no hay montañas verdes: las montañas, cuando se ven, parecen montones de cemento de una obra, con dimensiones andinas. Tal vez por éso cuidan los parques tan amorosamente en tantos barrios ricos y pobres de Lima. Sólo así se puede tener algo de verde y evitar un poco la grisalla del cielo y de esos montes de cemento enormes.

Todo ésto para decir que sentí que no podía hacer nada para capturar esa garúa limeña, ese ambiente de estar sumergido en medio de algo sin que uno sepa nunca qué es – en fotografía. Le echo la culpa al poco tiempo que estuve (de vuelta, llegué a las 9 de la noche y me quedé hasta la tarde del día siguiente).

Las fotos (las pocas que tomé, en la mañana del domingo desde donde mi primo) ahora me hacen pensar en mi recuerdo inducido de Bogotá de los años 70, pero todo diez veces más extenso (Lima es un poco como Los Ángeles – una ciudad de autopistas y edificios bajos y casas que siguen y siguen y siguen – Bogotá parece casi Manhattan comparada con Lima).

Pongo en todo caso mis (infructuosos) ensayos de capturar una luz que tal vez sea incapturable (ahora que lo pienso, nunca he visto a Lima en cine de verdad; claro, aparece en una que otra película pero no puedo recordar imágenes claras). Será por ese verde amarillento que está siempre presente.

Las (múltiples) menciones a la casa de Wittgenstein (post de DieGrausamkeit) en tuiteo cruzado con Javier Guillot terminaron trayendo a mi mente el aroma a piso de buena madera recién encerado del Departamento de Filosofía … una clase que daba allá arriba a las 8 de la mañana. Dar clase allá es muy distinto de dar clase en un salón usual. No sabría decir por qué exactamente, pero llegar, oler la cera, tener un grupo pequeño de estudiantes de filosofía, oler el tinto recién preparado, abrir la ventana y sentir el clima aún frío de esa hora… todo eso tenía algo delicioso. ¿Por qué?

El grupo era bueno – Javier era el monitor. Proponían películas, blogs, eran muy entusiastas. Lo que estudiábamos era material tal vez básico (Lógica I – una historia volando de la Lógica desde presocráticos hasta Boole … pasando por Aristóteles, Ibn-Sina, Leibniz, etc. etc. etc. para estudiantes de primer semestre de filosofía) … tal vez básico pero potencialmente muy poderoso (en manos de estudiantes que pudieran reconocer eso).

En esa casa lejanamente Bauhaus, con esa escalera… fue un semestre feliz.

Yo sí creo fuertemente que la arquitectura es poderosísima sobre el estado de ánimo, la visión de las cosas, la interacción entre la gente. En Bogotá hay recodos de felicidad arquitectónica/física (esquinas de la 39 junto al Arzopisbo, la luz de los cerros al atardecer, la fuente detrás de las Torres del Parque a las 5.30 de la tarde, la calle preferida de Álex en La Soledad (¿un par de cuadras en la carrera 18?), el Parque del Brasil en Teusaquillo, el Parque de Portugal en Chapinero, el Parque de la 11 con 70 al frente del Carulla, trozos de Quinta Camacho, el frente sur del Parque Nacional). Mucho de eso fue armado por la misma gente que armó ese edificio de Filosofía, por gente cuya formación en arquitectura y diseño no era muy lejana de la que motivó a Wittgenstein a hacer esas chapas, esos radiadores, esa casa tan maravillosa.

La foto fue tomada por Javier Guillot.