Más sobre Michaux

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Los textos de Michaux son extraños, un poco Magritte (otro belga – bueno, Michaux se volvió francés, pero nació y creció en Bélgica). Un trozo: Los deseos satisfechos. Nunca en la vida le hice mal a nadie. Sólo tenía deseos de hacerlo. Luego ya no sentía esos deseos. Los había satisfecho. En la vida nunca realizamos lo que queremos. Si por un feliz asesinato hubieras suprimido a tus cinco enemigos, seguirían causándote molestias. Y es el colmo, tratándose de muertos para cuyas muertes uno se ha tomado tanto trabajo. Pues siempre hay en la ejecución algo que no ha resultado perfecto, mientras que a mi modo puedo matarlos dos veces, veinte veces y más. Cada vez el mismo hombre me ofrece su boca aborrecida que le hundiré entre los hombros hasta causarle la muerte y, una vez realizado ese crimen y el hombre ya enfriado, si algún detalle me molestó, lo levanto en el acto y vuelvo a asesinarlo con los retoques apropiados. Por eso en la realidad, como suele decirse, no le hago mal a nadie; ni siquiera a mis enemigos. …

Henri Michaux – Sin título

Buscando un libro para Alejandro el otro día en Casa Tomada (una librería que no conocía, en Palermo, y que resultó mucho mejor de lo que esperaba) me encontré con una maravilla de libro de Henri Michaux – una Antología poética entre 1927 y 1986, en edición bilingüe español-francés, publicada por Adriana Hidalgo.

Michaux me trajo a la memoria otra librería – la Oma gloriosa de los años ochenta, con sus cuatro pisos repletos de libros en inglés, en francés, en alemán, en italiano, en español, ahí en plena Carrera 15 con Calle 82 en Bogotá. Además de buenos libros (qué refrescante fue la llegada de esa librería en esa época) traían discos de acetato que me encantaban.

El olor a cera de esa Oma aún invade mi recuerdo. Era el olor de la promesa de muchos libros de Alfaguara, de Siruela, de Folio, de nfr, de Penguin – en épocas en que la ventana al mundo externo estaba ahí.

Un libro de Michaux muchas veces me hizo guiños y nunca lo compré. Era el viaje a oriente. Leía trozos allá en Oma, varias veces – por alguna razón la gente no parecía muy interesada en comprarlo. Leí detalles sobre el sistema de direcciones de Japón, ahí de pie oliendo la cera, detalles que aún recuerdo muy vívidamente, y en los que pensé mucho en viajes muy posteriores a Kobe, a Osaka, a Kioto y a Tokio.

Cuando encontré este librito de Michaux en Casa tomada, después de mil años y un recuerdo muy anclado ahí dentro, me puse muy feliz. Es como si por fin, después de mucho tiempo, el libro (en otra versión) hubiera llegado por fin a mis manos, que tantas veces lo cortejaron en el Oma de mi adolescencia.

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Además de los libros, estaba el Café Oma (el verdadero – no la versión vulgar que armaron después en todas las esquinas). El primer sitio que recuerdo donde tostaran y molieran tanto café. Oscuro, con iluminación baja. Uno se sentaba ahí a comer un sandwich, a leer, a compartir un pie de chocolate helado (con brandy – cosa única en esa época – compartíamos con María Clara ese pie que nos descuadraba el presupuesto de almuerzos). Veía de lejos las mesas con los remanentes de los poetas, y al Salomón Kalmanovitz de entonces reunido con los intelectuales que citaba allá, ceñudo y serio. Allá entendí por primera vez qué diablos era un inaccesible, un conjunto de Vitali, una descomposición paradójica de la esfera, la jerarquía boreliana y la jerarquía proyectiva – balbuceos en el largo camino – que en la Bogotá de entonces sonaban a música de las esferas.