Vasos comunicantes: ROMA.

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Sergio Pitol al describir lo esencial de la novela rusa del siglo XIX usó la palabra polifonía. Aunque mucho se ha escrito acerca de las novelas de Tolstói, de Dostoyevski, de Gógol, el uso del concepto polifonía por Pitol me sorprendió, al pensar en lo específico de las novelas rusas. Pitol pasa entonces a describir las multiplísimas voces que se escuchan en esas novelas. Voces de la acción principal, claro, pero también una cantidad de voces al fondo, comentando, contradiciendo, repasando el momento histórico, hablando del siguiente baile en la corte. Voces. Superpuestas. Pitol lo achaca a la estructura de esos palacios o apartamentos, habitados por muchos familiares y siervos, con divisiones delgadas entre cuartos; apartamentos donde las peleas y eructos del vecino se escuchaban siempre, donde siempre se escuchaban los gemidos de placer cuando hacían el amor en los cuartos de al lado o las escenas conyugales, los nacimientos y las llantos por muertes, la vida entera.

Tal vez la primera impresión al ver ROMA, la de Cuarón, es análoga. Ha sido descrita por Magola Delgado como muchas películas en una. No solamente muchas historias superpuestas, sino realmente muchas películas puestas juntas en una sola, como si la transparencia increíble del blanco y negro, la ausencia de opacidad lograda mediante la ausencia de color lograra la primera magia: comunicar las “superficies” de las muchas películas en una sola, mediante vasos comunicantes / pasajes / singularidades / transparencias.

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El rol de las ventanas en la película hasta ahora no lo he visto en comentario escrito. María Clara, que siempre es sensible a esos temas, me lo hizo notar desde la primera vez que la vimos. Las ventanas, la mirada a través de las ventanas, es casi un personaje de la película. También las múltiples simetrías formales (como las manijas en la foto, o la presencia del avión reflejado al inicio y visto directamente al cierre de la película).

Constantemente estamos pasando de un paraje de la memoria a otro, como en una realidad medio soñada, medio irreal pero vuelta mucho más real por esa posibilidad de vasos comunicantes entre distintos tiempos. La metáfora del güerito, el niño menor, constantemente hablando de vida adulta en pasado, es la metáfora de la película ahí también.

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Hay muchos momentos de “cápsula del tiempo” en la película – un poco como en la otra película del espacio que van en familia a ver. En un carro van, con el chofer de la familia, atravesando una manifestación de estudiantes, histórica, antes de tornarse violenta ésta. El carro anda despacio, y la transparencia de nuevo se abre para evocar las durísimas manifestaciones de los años 70 en América Latina (en la de Corpus Christi en 1971 en México mataron a más de 100 manifestantes), pasan al lado de policías preparados para pegar duro, y luego llegan a una tienda de muebles a… comprar una cuna.

La cotidianidad, la familiaridad de esa tienda (que podría ser en la Calle 26 de Bogotá de los años 70) y la calle afuera al tiempo me trajeron memorias muy fuertes de mi propia infancia (yo tenía dos/tres años en la época de esos eventos) en un lugar cercano a la Universidad Nacional en Bogotá. Desde el apartamento, tercer piso, se podía ver a la policía de Colombia persiguiendo a los estudiantes en desbandada por una carrera paralela a la 30. Más de una vez algunos estudiantes se refugiaron en casa de mis padres.

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En la película la situación llega a ser más trágica – afortunadamente en lo que tuve que presenciar en esos años no llegué a ver disparos, pero sí vi policías armados golpeando a los estudiantes, claro que sí – y supe del miedo de mi madre al saber que a Química (donde estábamos) se podían entrar en cualquier momento los policías.

Sí – polifonía era para Pitol la palabra para la novela rusa. Aquí sería algo así como poliiconia, como muchas imágenes al tiempo, superpuestas pero no de manera física sino comunicadas mediante transparencias, como un haz de espigas desplegándose.

Una de esas muchas películas, una muy importante, es la de Cleo. La historia de Cleo, la primera película que la gente ve en ROMA (y que a algunas señoras emperifolladas torpes de entendimiento en el cine bogotano causó rabia – salieron diciendo “qué horror una película en honor a la empleada de la casa”), la que molesta a algunos por “condescendiente” y fascina a otros. A mí la historia me pareció contada de manera directa y llana, y espléndidamente actuada. Los reseñistas gringos se ponen bravos porque Cleo “no habla” (lo cual no es cierto; habla mucho, pero con su amiga Adela en mixteco) y no está “empoderada” (pero habría sido falso el recuerdo si hubieran puesto a Cleo como una mujer del siglo XXI).

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Las miradas de Cleo son otro de los vasos comunicantes de la película. El temor ante el futuro, la comunicación con los niños, la mirada de entendimiento tácito con la otra mujer, la madre de la familia, los silencios y los gestos. Todo eso hace parte orgánica del recuerdo de quienes nacimos en América Latina en los años anteriores a 1970, dolorosamente. La película lo pone ante nosotros sin emitir palabras.

Hay escenas misteriosas en la película. Una de esas es, durante un incendio en una finca en Año Nuevo, el gringo disfrazado de monstruo cantando borracho una balada en inglés. Presiento alguna referencia a algo ahí; la borrachera de Nerón mientras Roma se quema, alguna metáfora a Estados Unidos. Misterio (para mí). Otra es en Ciudad Neza (Netzahualcóyotl, la Ciudad Bolívar de Ciudad de México, parte del cinturón de miseria común a todas las grandes urbes de América Latina). Al llegar, lanzan a un hombre como un cohete en un espectáculo de circo de barrio…

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en una imagen poderosísima y cargada de algún significado metafórico. Es la época de las películas de viajes al espacio, de los Apollos visitando la luna, los hombres gringos o rusos perdidos en el espacio. En ese barrio de calles de barro esa imagen del hombre disparado parece algún homenaje al Fellini de Amarcord o de La Strada, traspuesto a Neza y visto (de nuevo) desde la lejanía del recuerdo reconstruido, desde el vaso comunicante, la singularidad de cierta incoherencia.

Mientras tanto, Cleo está buscando a su novio Fermín desaparecido—desaparecido al contarle Cleo que será padre. Fermín el practicante de artes marciales de Ciudad Neza, que salió huyendo de un cine cuando Cleo le contó que “tenían encargo”, que estaban esperando a un hijo.

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Desaparece Fermín (que solo conocíamos por su escena memorable meses antes—desnudo haciendo movimientos de kendo con una vara arrancada de una cortina en un hotel y contando a Cleo su historia: muerta su madre, lo llevan a vivir a Neza y lo salvan las artes marciales de la delincuencia…

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… mientras de nuevo las ventanas del hotel y el espejo nos dan ese doble reflejo del mundo (la fotografía es impresionante ahí – no es solamente la corporeidad de Fermín, el encarnar su ser de manera tan directa, sino el reflejo de todo un universo ahí en esas ventanas)).

Fermín (que todo el mundo parece odiar, pues encarna el machismo más básico – muy agresivo con Cleo cuando esta le cuenta en Neza que están embarazados) en realidad es una víctima doble. Crece en un lugar desgraciado de América Latina y realmente encuentra en la práctica de las artes marciales, como tantos jóvenes del mundo, una salvación… para ser luego usado por el mismo gobierno mexicano como fuerza de choque contra los estudiantes. Fermín encarna la historia de tantos paramilitares de América Latina, de tantos guerrilleros o militares que encuentran un respeto a sí mismos en la práctica de artes marciales – pero terminan siendo convertidos en máquinas de muerte por el mismo sistema que generó (genera) las Ciudades Neza de América Latina.

La muerte aparece en varios momentos, con fotografía muy anclada en la gran tradición de México, en Juan Rulfo y Tina Modotti. En uno de los momentos centrales de esa película que no tiene momento central único (pues son muchísimas películas comunicadas) aparece esta escena casi aislada del resto, casi sin comunicación con nada…

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… casi sin comunicación con nada pero a la vez con todo. La abuela, Cleo y el chofer salen de la tienda, no ven este primer plano pues están viviendo su propia otra película en paralelo… y México en 1971 está viviendo desangres como este.

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Una historia muy personal (y que no sucedía en todas las familias) es la solidaridad entre dos mujeres, las dos mujeres principales, la señora Sofía y Cleo – ambas abandonadas, aunque de maneras distintas, por sus hombres. Pese a las diferencias de clase inmensas entre las dos, hay un vínculo de cierta empatía entre ambas.

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En muchas familias latinoamericanas la reacción inmediata en esa época habría sido expulsar a Cleo apenas esta cuenta que está embarazada. De hecho, es lo primero que pregunta Cleo—¿no me va a correr? Hay cierta sutileza en la respuesta y un entendimiento de la situación de Cleo; tal vez causada por el saber que su esposo la había abandonado.

Era tan común tanto la primera como la segunda historia—esposos que se “iban a Quebec” a congresos para nunca volver (en mi familia no inmediata sucedió algo similar, y los hijos quedaron con traumas fuertes), empleadas que quedaban preñadas por sus respectivos “Fermines”, que aquí la parte de memoria es realmente directa y tal vez menos mediada por las ventanas y reflejos.

Fernando Zalamea ha escrito inmensas páginas sobre otro tipo de vasos comunicantes en el cine, en Tarkovsky — y en la matemática, en Riemann o en Grothendieck. La película es manifold, es multiplicidad/variedad repleta de pliegues, memorias de otras películas (¿cómo no pensar en Buñuel al ver a los ricos de la finca disparando al vacío, siendo el vacío?…

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… ¿cómo no recordar escenas similares vividas en fincas donde primos ricos en épocas de infancia?), repleta de ramificaciones, de singularidades que intercomunican distintas películas independientes – pero que Cuarón logra mediante sus ventanas, reflejos y ojos—la mirada de Cleo sobre todo, y repleta de escaleras espléndidas (las de la casa y sobre todo las de la hacienda, que conectan el mundo “de arriba”, de los ricos y sus pistolas y su whisky y sus cigarrillos y sus criadas, con el “de abajo”, el del pulque y las historias de los ejidos y la música popular).

Pero sobre todo, ¿cómo no soñar con esta imagen? (Tal vez la más emblemática: ¿las cabezas conectadas, el niño que recuerda y la mujer que quiere estar muerta, los techos de Roma y la ropa como un haz de transparencias – lavada de las miserias humanas que se adivinan, las secreciones, sudores y humores de nuestra condición humana en manchas en calzoncillos y medias y brasieres – y la luz difusa infinita?)

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Bélgica – les bourgeois – cine

Nunca he entendido de verdad qué diablos es Bélgica. Viví allá durante el inicio de mi adolescencia, ni siquiera mucho tiempo (cuatro años, que en tiempo actual parecen nada pero que entonces parecieron ser una época muy portentosa, intensa y profunda). Dicen quienes me conocen que quedé muy marcado por ese país. Algunos llegan incluso a creer que “soy belga”, cosa extraña para haber vivido en realidad tan poco tiempo allá. Yo realmente no sé qué es Bélgica.

Todos tenemos cierta noción de “Francia” (y aunque siempre será parcial, corresponde a alguna versión de Francia), o de China, o de Japón, o de Egipto, o de México. Incluso de Argentina. Aunque esas nociones pueden ser constituidas por clichés, en muchos casos están ancladas en cine, en literatura, en poesía, en imágenes fuertes, en lecturas de noticias, en canciones populares. La Francia de algunos será más militarista (Juana de Arco, Napoleón, Lafayette, Dassault), la de otros más científica (Laplace, Legendre, Pasteur, Jussieu, Grothendieck, Cartan), la de otros más literaria o musical o arquitectónica o vodevilesca o cosmética o glamurosa o de luchas sociales… pero en ningún caso puede uno decir que una de esas variantes “no es” Francia – a lo sumo puede uno decir que es solo parte de un entramado mucho más complejo que lo que la gente quiere ver.

Con Bélgica no hay nada de eso. El país fue armado a retazos hace menos de 200 años (¡es más nuevo aún como país que Colombia!). Claro, los retazos incluyen trozos de Borgoña, del condado de Flandes, de ducados y arzobispados medievales como Lieja o Luxemburgo o Brabante – trozos que fueron parte del mismo Imperio Español que aquí en Bogotá, y al mismo tiempo (Bogotá fue en algún momento, por poco tiempo, gobernada desde Bruselas o Gante, al igual que el resto del imperio) – son retazos complejísimos. Tan complejos que quedan retazos de Bélgica dentro de Holanda, que incluyen retazos de Holanda dentro del retazo de Bélgica.

El país nunca ha podido unificarse. Son dos (¿tres?) países pegados, además de maneras superpuestas (regiones de Flandes y Valonia y Bruselas, Comunidad francófona y flamenca, zona de lengua alemana, etc.) que no viene al caso detallar aquí. La historia de superposiciones de comunidades terminó generando múltiples clientelismos superpuestos – parte de la tragedia de Bélgica.

La tragedia de Bélgica: un sistema de clientelas paralelas y celosas de sus minúsculos espacios, de corrupciones entronizadas (y muy católicas y con sello de los très honorables notaires). Hasta ahí, no sería tal vez tan grave la cosa. Lo que agrava todo es quedar en el centro de Europa, desde su concepción misma (país-protección entre Francia y Holanda, país siempre ideado por otros europeos y luego país-con-capital-de-Europa disfuncional), haber tenido tanto dinero (cuando hay desastre y además hay dinero el desastre puede ser mucho peor),… y ser un país ideado por banqueros, vendedores de armas, autoridades eclesiásticas (católicas en su origen).

Los intelectuales franceses del siglo 19 iban a Bélgica por razones políticas (muchas veces exiliados de Francia)… y se desesperaban ahí. Verlaine, Baudelaire, Victor Hugo tienen textos maravillosos sobre Bélgica, sobre sus bellezas y sus horrores. El país parecía inspirar mucha curiosidad en ellos. Venían de su Francia muy convulsa y violenta, que no lograba completar su revolución, que seguía con el Antiguo Régimen dando espasmos, con sus militarismos viejos y sus modernidades repletas de peleas, regímenes de terror o de persecución política, restauraciones y des-restauraciones… y se exiliaban en el próspero país pequeño vecino, armado por burgueses y banqueros. Como un país donde la revolución de 1848 sucedió antes del hecho, en 1830, por constitución. Un país burgués, inventado por personas de salones de té y juntas directivas de bancos, notarios de familias francófonas de apellidos flamencos, bienpensantes, católicos y muy convencionales – nada de esos extremos de Napoleón o Talleyrand o los Luises o Robespierre.

Y al par de años Baudelaire, Victor Hugo, no sabían qué hacer con su exasperación con la pequeñez de espíritu belga. Apreciaban la calma, agradecían el exilio, pero se aburrían miserablemente en ese país pequeño-burgués.

Los textos sobre Bélgica de esos autores son bellísimos, llenos de dibujos y observaciones aún muy vigentes. Cartas de amor a un país difícil de atrapar y de entender, cartas de amor a un país que está ahí a pesar de los banqueros convencionales aburridísimos que se lo inventaron. Un país que sobrevive pese a tener las rencillas más nimias y ridículas del planeta, entre comunas flamencas o francófonas – un país donde se viven a diario conflictos intensísimos… por razones lingüísticas, conflictos tan imposibles de explicar fuera de Bélgica como una pelea de niños por canicas en un patio de recreo.

Pero Bélgica produce a Magritte y a Delvaux, a Brel y ahora a algunos de los cineastas más extraños, ácidos y a la vez lúcidos, que hay.

Brel viene de una familia de esas belgas, otros de esos católicos bienpensantes moderados jamásextremos biencomportados (su padre tenía una industria – tal vez vendían armas para conflictos en otros lugares del mundo o simplemente extraían recursos del Congo, ese otro lado de Bélgica que permite empezar a entender por qué ese país…). Brel viene de ahí, se casa con alguna otra hija de una familia similar, en alguna gran iglesia de Bruselas, hace su pequeño servicio militar, sus estudios de… ¿leyes? ¿ingeniería? ¿qué más estudian los chicos de esas familias? … y algo lo despierta. Cuando eso sucede, abandona violentamente su mundo de Bruselas y emprende esa huida hacia París y luego hacia las Islas Marquesas – como una búsqueda de libertad y aire después del sofoco de su formación inicial en su colegio católico, en su familia acomodada y como siempre estrecha de mente.

Les flamandes, Les Biches… – solo alguien que los conoce muy bien puede cantar como lo hace Brel les bourgeois c’est comme les cochons, plus çà devient vieux plus çà devient bête, les bourgeois c’est comme les cochons, plus çà devient vieux plus çà devient… con.

De ese país inventado por notarios y funcionarios salió también otro lúcido, Magritte. Su historia, la historia de sus temas es fascinante y apasionante como la de Brel – pero sobre eso no quiero escribir hoy. Delvaux también salió de ahí, y los Dardenne.

Lo que me llevó a pensar tanto en Bélgica hoy fue la película Le tout nouveau testament que vimos anoche. El nuevo nuevo testamento. Dios como belga, como bruselense mediocre (y francamente horrible: se dedica en un computador todo el día a inventarse las miserias del mundo, y disfruta con eso). Y su hija… que finalmente sale y trata de no cometer los errores de su hermano mayor. Se dedica a conseguir 6 apóstoles nuevos. Y surge una comedia/fábula intelectual digna de lo mejor de Bélgica, repleta de matices sorprendentes, de ese absurdo que solo puede surgir de una sociedad con una historia riquísima (Borgoña, Flandes, Josquin, Mercator, Brueghel y El Bosco, van der Weyden, Delvaux, Vesalius – una lista larguísima de contribuciones fabulosas a la pintura, la música, la cartografía) … que parece atrapada desde hace 200 años en un país nimio, lleno de rencillas idiotas por idiomas, un país asfixiado por la mentalidad de notarios y banqueros (gros de Wavre es el término que usaba mi padre cuando vivíamos allá para referirse a ese presente de mediocridad absurda belga – sigue siendo el término en nuestro léxico familiar cuando aparecen esos horrorosos notarios bienpensantes por ahí).

La tragedia de Bélgica: un país con una historia interesantísima, con mentes supremamente juguetonas y creativas (¡El Bosco, nada menos! el surrealismo inventado en pleno siglo 15)… atrapado en un presente de financieros y notarios, desde su creación hace 200 años.

Si le quedó interesando el tema, lea las cartas de Victor Hugo desde Bélgica, o los textos de Baudelaire y Verlaine. Ellos sí lo explican bien.

Varasanta: 200 años – libertad en proceso.

Casi dos horas de vértigo: el teatro Varasanta en Bogotá nos invita a revisitar momentos de la conformación del “ser colombiano” a través de mil actos, gritos, golpes, invitaciones al público a “paredones” de preguntas sobre el país durante los últimos 200 años, batallas, actos de conquista, de rebelión, de castigo (José Antonio Galán, por ejemplo), de euforia y borrachera de libertad, de superposición de trajes.

Como es imposible reducir a simples líneas la intensidad de hierro al blanco vivo de la interpretación teatral, la sensación de estar “jugándosela” que se percibe, el milagro del tener actores vivos ante uno usando pocos recursos materiales pero brutalmente expresivos con sus voces, con sus cuerpos, con sus ritmos, con sus melodías, con sus trajes, con su coreografía/escenografía, me limito a señalar al vuelo aspectos que me impactaron (tenue reflejo de una obra que simplemente hay que ver):

  • El uso muy dinámico de una cantidad impresionante de fragmentos de documentos importantes (discurso de José Antonio Galán, acto de las autoridades coloniales contra el mismo, condena a muerte, autos de ventas de esclavos, discursos de Gaitán, textos del manifiesto paramilitar (¿Castaño?) estridentísimamente declamados por una voz con acento antioqueño, absolutamente escalofriante – y muchos otros textos sueltos que seguramente los historiadores saben reconocer.
  • El uso lúdico de un poco de participación del público (la sala se presta bien para eso) a través de un supuesto “paredón tricolor” de colombianidad. Bien manejado.
  • La poesía (Nocturno de Silva, por ejemplo) en momentos claves de transición y cierre.
  • La música (músicas indígenas, músicas de origen africano, canciones de la Independencia, salsa caleña, etc.). Usada inteligentemente – insistentemente, duramente.
  • El espejo de la cruz/yelmo del conquistador – la destrucción de los indígenas por el reflejo.
  • La transposición de textos (canto del himno nacional traspuesto, trastocado, el himno a la bandera, etc.).
  • Las mujeres presentes en mayoría y abundancia. Indígenas, negras esclavas, mujeres de los conquistadores – y en momentos clave, Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos, María Cano, Manuela Sáenz, las Ibáñez. Las mujeres agresivísimas en la Colombia “de bien” paramilitar de años recientes. La mujer cirujana del escudo, con el sagrado corazón en vivo: un verdadero corazón (¿de cerdo?) casi latiendo ahí dando vueltas junto al público – y la operación del escudo/Colombia a corazón abierto.
  • Los trajes superpuestos: desde los brazaletes de oro precolombinos hasta los chaquetones del siglo 19, de colores fuertes y brillantes, con consignas tejidas.

Fue una noche de teatro en la que se sentía fuerte la valentía del director, de los actores. Se supone que el sábado fue la última representación, por lo menos por ahora. Pero si reaparece en algún festival o ciclo, realmente vale la pena.

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Vuelvo después de un hiato de un mes largo en que estuve bastante alejado de internet. Cosas maravillosas pasaron (nació Laia, Javier se salió de twitter y está dedicado a tocar un instrumento musical, con María Clara viajamos a visitar amigos – un periplo intenso y hermosísimo que incluyó una semana de trabajo muy buena con el maravilloso John Baldwin, reencuentros con David y Stella en Madison, conversaciones y un buen almuerzo con María Monterroso allá también, regreso a Chicago a recorrer museos y la ciudad con Don y Margarita – terminamos yendo a blues con John y Sharon también, comiendo buenas cosas y disfrutando de la ola de calor intensísimo – y finalmente bajamos en carro pasando por un pueblo shaker de Kentucky (primera utopía), visitando a Don y Margarita en Knoxville y las Smoky Mountains (segunda utopía en un valle perdido que fue secreto) y bajando con MC hasta Savannah (tercera utopía – socialismo del siglo 18 en plenas colonias del sur) y Charleston, y una playa de parque estatal (Hunting Island) que es uno de los lugares más hermosos que he visto recientemente).

Mientras tanto, el país siguió su curso extraño, con el cuasi-colapso del gobierno (no entiendo aún qué pasó entre el congreso y el país y la famosa reforma a la justicia.

Y en el Cauca, las comunidades indígenas decidieron sacar al gobierno y a la guerrilla. No puedo no admirar a quienes son capaces de tomar su destino en sus manos, en un lugar donde han sido eternamente vapuleados, desde mucho antes de tiempos de la República. Creo que en el fondo los indígenas del Cauca tienen la razón en lo que están haciendo (aunque sea duro ver las imágenes de enfrentamientos con el ejército), y que si el gobierno quiere, puede aprovechar esta oportunidad de hacer algo de verdad. Pero ante todo, admiro enormemente la valentía de los indígenas que se atreven a intentar sacar a los actores armados de su territorio – sin armas.

Algunas lecturas se beneficiaron de la lejanía de la red: Evelio Rosero (tanto La Carroza de Bolívar como Los ejércitos – libros que ayudan a ver con ojos distintos lo que está pasando), O’Neill (con su Netherland, que recomendó Javier para palpar el ambiente en Estados Unidos en la época del 11 de septiembre – aunque a veces la novela patina un poco, de verdad capta mucho de ese hastío, esa desorientación, esa sensación de absurdo de 2001, 2002 y 2003). Y luego el espléndido Aharon Appelfeld (de lejos lo mejor que he leído recientemente) a quien llegué por culpa de (gracias a) Philip Roth.

No hay mejor escritor del desplazamiento humano, de los sueños despierto y de las conversaciones que uno tiene con sus cercanos, estén vivos o no, de los cuentos que se arma uno para sobrevivir, que Aharon Appelfeld. Quedé anonadado (como le pasó a Roth antes) con la escritura absolutamente prístina, clara, precisa y profunda de Appelfeld. Para mí fue una revelación impresionante.

De resto, fotos (muchas), caminatas, montañas, mar, libros, conversaciones, comida.

Utopías norteamericanas: los shakers y la igualdad hombre/mujer mucho tiempoavant la lettre, Savannah en su primera encarnación y el experimento social de redención de los presos ingleses a través del trabajo, sin esclavitud en pleno sur en el siglo 18, y la realización de la ciudad ideal de arquitectos italianos del siglo 16 – ciudad ideal para el biencomún- un especie de socialismo real que se vivió en medio de una de las regiones con peores récords de desigualdad en la historia (y que fue completamente suplantada – la Savannah que vemos es la ciudad lujosa esclavista sureña del siglo 19 – pero armada sobre planos idealistas del siglo 18). Otra casi-utopía: la música de Joe Hill, de finales del 19 y principios del 20, hecha para apoyar los movimientos obreros de Estados Unidos. Baladas escocesas transplantadas a la lucha obrera de esa época – hermosísimas y según Joe Hill, mil veces más efectivas que los panfletos (que se olvidan apenas nos leídos, a diferencia de canciones bien compuestas).

Las fotos enlazadas arriba recuentan lo mismo que este post, pero tal vez mejor.

Un poco de esto…: Viaje al fondo de Cuervo

alemartin:

Viaje al fondo de Cuervo
Alejandro Martín Maldonado

La exposición se trata de un múltiple juego de reflejos: Rufino José Cuervo, su Biblioteca y su Diccionario; y a través de los tres, la lengua castellana, su historia y el mundo (nuestro mundo) que por entre ella se habla y se…

Un poco de esto…: Viaje al fondo de Cuervo

Conversaciones de un hijo con su padre

Por razones de la vida, me he encontrado en estos últimos meses con películas maravillosas que exploran la relación hijo-padre. Pero esta vez no es una película, esta vez es un trozo de Tu rostro mañana. Es, sencillamente, lo más profundo y conmovedor, y a la vez intelectualmente honesto que leído sobre la guerra civil española.

Marías logra mezclar el plano intelectual/histórico con el plano crítico (crítico con ambas Españas, la roja y la azul-gris) y éstos a su vez con el plano emocional personal (historia de sus familiares durante el cerco de Madrid, su tío muerto siendo muy joven, y su padre encarcelado por traición de algún amigo).

Deza hijo habla con su padre, periodista y ensayista del Abc republicano (había dos periódicos Abc en esos años: el republicano en Madrid, el falangista en Sevilla), y luego encarcelado y casi asesinado como miles (no se sabe cuántos) después de esa derrota. Quiere saber por qué no sospechó nunca de su amigo. El padre nunca habló de eso durante la infancia de Deza, y aún en tiempos recientes (la novela parece suceder durante los años noventa) es tema difícil de hablar. El hijo habla con el padre – el padre finalmente da su posición:

… Hay personas cuyos móviles no merecen la indagación, aunque las hayan llevado a cometer actos terribles o precisamente por eso. Esto, lo sé, va totalmente en contra de la tendencia actual. Hoy en día todo el mundo se pregunta por lo que conduce a un asesino reiterado o masivo a asesinar masiva o reiteradamente, a un coleccionista de violaciones a incrementar siempre su colección, a un terrorista a despreciar todas las vidas en nombre de alguna primitiva causa y a acabar con el mayor número posible de ellas, a un tirano a tiranizar sin límites, a un torturador a torturar sin límites, lo haga burocrática o sádicamente. Hay una obsesión por comprender lo odioso, en el fondo hay una malsana fascinación por ello, y a los odiosos se les hace con esto un inmenso favor. Yo no comparto esa curiosidad infinita de nuestro tiempo por lo que en ningún caso tiene justificación, aunque se le encontrasen mil explicaciones distintas, psicológicas, sociológicas, biográficas, religiosas, históricas, culturales, patrióticas, políticas, idiosincrásicas, económicas, antropológicas, lo mismo da. Yo no puedo perder mi tiempo en indagar sobre lo malo y lo pernicioso, su interés es mediano siempre en el mejor de los casos y a menudo nulo, te lo aseguro, he visto mucho. El mal suele ser simple, a veces no _tan_ simple, si eres capaz de apreciar el matiz. Pero hay indagaciones que manchan, y hasta las hay que contagian sin dar nada valioso a cambio. Hoy existe un gusto por exponerse a lo más bajo y vil, a lo monstruoso y a lo aberrante, por asomarse a contemplar lo infrahumano y por rozarse con ello como si tuviera prestigio o gracia y mayor trascendencia que los cien mil conflictos que nos asedian sin caer en eso. …

La “casa Marías”, pienso, debía ser un lugar bien complejo. Leí al padre, Julián Marías, hace muchos años, cuando estaba en el colegio. El profesor de filosofía, un aspirante a jesuíta que lograba comunicar el asombro, el abismo y la admiración de las preguntas más primordiales a nosotros quinceañeros, nos ponía de vez en cuando a leer trozos de ese otro Marías. Casi, casi, creo que puedo oír ecos de conversaciones de Javier Marías con su padre filósofo en estos trozos.

Julián y Javier Marías

Hoy en día parte de mi trabajo, parte de mis inquietudes, son conversaciones con mi padre – iniciadas en tiempos inmemoriales para mí, contrastadas, abandonadas por décadas, miradas con la arrogancia adolescente en algunos momentos, y recientemente redescubiertas de maneras novedosas y sorprendentes.

Los temas de la charla de Cali tendrán que ver indirecta (pero muy directa)-mente con conversaciones hijo-padre, en otros ámbitos.

Lo malo es que casi nunca se puede hablar de verdad. Lo que logra Deza-Marías en la novela lo logra después de casi acorralar a su padre con la pregunta que el padre sabe evitar, y siempre ha estado ahí.