Снился мне путь на Север – amigos – Grebenshikov

Este es un post para María Clara – para recordar el invierno infinito que tuvimos en Finlandia, cuando surcábamos entre la nieve en tren los bosques y los campos entre Helsinki y Tampere, cuando íbamos a las charlas del otro seminario, a caminar por 30 grados bajo cero acompañados por Meeri hacia el museo de arte de Tampere, perdido en alguna casita sueca en medio de los lagos y la tundra de esa ciudad – cuando íbamos hacia Hanko y hacia Tammisaari buscando el Báltico congelado y sus mil formas, cuando tomamos ese tren mítico hacia San Petersburgo y nos encontramos con las canciones de Гребенщиков allá, y cuando volvíamos agotados y parábamos en Stockmann a comprar huevitos de trucha y de salmón y de esturión y no nos cansábamos de comer y comer blinis con esos huevos y crema smetana y cerveza y vodka.

Y este es un post para Alejo, ese amigo que se nos desaparece a veces por períodos largos y reaparece con cuentos siempre más extraños y más locos y nos invita a ir con él a Nueva York (no sabemos bien a qué – a pasarla bueno, porque qué más – con Alejo siempre es ese el plan – entre mil conversaciones y libros y exposiciones y proyectos y locuras y comilonas y caminatas por el frío o entradas al sauna navideño en Finlandia o discutir por mil temas etéreos y efímeros que pueden llevarnos a peñascos peligrosos en La Vieja o en los confines de Savonia – con paisajes como los de ese tren de Grebenshikov). Alejo podrá desaparecerse a veces, pero es finalmente el único que ha llegado a buscarnos hasta el fin de Europa, el fin del mundo casi, y además se aguantó que lo lleváramos de bienvenida a un lugar en la frontera rusa, completamente perdido y remoto.

Y este es un post para los demás – para Alex Usvyatsov con quien escucháramos en La Macarena hace mil años otra versión de esas canciones de Гребенщиков, tomando vino con Sharon y con Apolo (nunca logro expresar suficientemente el Спасибо, el תודה רבה adecuadamente por todos sus regalos increíbles que envía desde Israel o desde Portugal) – para Javier, que ve paisajes similares cuando va en tren en invierno allá en Ontario, y que hoy mismo está descubriendo de nuevo la nieve con su hija Laia (uno siempre vuelve a descubrir la nieve como si la viera por primera vez en la vida – me dan una nevada y me pueden poner feliz como si tuviera la edad de Laia), el Javier que siempre se aguanta mis mensajes largos llenos de disquisiciones medio absurdas y me da respuestas maduras y bien pensadas – para los muchos otros con quienes compartimos a Helsinki (virtual o real) o Rusia: Juan y Patricia de México (que fueron hasta allá también pero encontraron un invierno más brutal que lo normal y tuvieron que refugiarse en… San Petersburgo); Gabriel el caraqueño ahora bogotano más אינטנסיבי e inteligente que conozco (el Gabriel que me dice que más que venezolano es caraqueño, y más que caraqueño es de la Parroquia de La Pastora – a lo cual yo contesto que más que colombiano soy bogotano, y más que bogotano soy del corredor que hay entre la Universidad Nacional y los cerros), el músico que puede conjurar con su flauta los nigunim de Besarabia o la dulzura de un postre sefardí al improvisar con Alfonso – par de pseudo-cripto-sefardíes ambos ocultos en los corredores de la Universidad Nacional, dos de los seres más impresionantes que he conocido – tan similares y tan distintos – que lograron el mejor diálogo que he escuchado en mucho tiempo con una viola da gamba y una flauta – Alfonso el compañero junto con Francia y León de aventuras mentales y muy vívidas en otras nevadas, en el desierto de Jordania buscando a Petra como si fuera el arca perdida; y es un post para Fernando, el mosquetero principal de las batallas de ideas y síntesis y tríadas e imágenes retorcidas del románico (Fernando increíblemente enérgico siempre, con sus libros, sus batallas en la Universidad, sus viajes a los confines más remotos del Medioevo tardío, de la Modernidad, del Ampurdán románico o las bocas del Ebro, por los topoi y las homotopías de tipos, y mil otros temas que me tomaría el blog entero abarcar).

Sí: Grebenshikov genera esos estados de ánimo – un poco troika rusa, un poco embriagados de pura música y nieve y trenes y pensar en lo que Pitol llama la “enorme polifonía” de la novela rusa, el gran descubrimiento que hicieron esos autores: meter mil voces al tiempo en una novela, como los palacetes que tenían llenos de gente (familiares, visitantes, siervos) y con divisiones de madera delgada que dejaban pasar todos los ruidos con lo cual uno se enteraba siempre de toda la intimidad de todo el mundo, como en las obras de esos autores. Grebenshikov genera ese estado de ánimo. Tal vez la mención de la nieve en Ontario por Javier, tal vez el pedido de Alejo de pensar en la Macarena para su edición del diario (pero en vez de llegar a la Macarena llegué a Grebenshikov y a Finlandia y a la nieve)…

Decía yo en 2007, en otro blog:

La música de Boris Grebenshikov me acompañó (en la mente) durante todo el viaje a San Petersburgo, hace ya siete meses. Tal vez por las sonoridades repetidas de las difíciles vocales y consonantes rusas que oíamos por doquier y me recordaban las canciones de Grebenshikov, tal vez por los trozos en ruso de Après moi le déluge de Regina Spektor – tal vez porque Grebenshikov (Barís, no Boris, le grita varias veces el público feliz – como en la representación teatral de La guerra y la paz que vimos hace año y medio en Bogotá – Natasha y Sonia jugando con Boris, persiguiéndolo por la casa enorme, gritando Борис, Борис!, en algo que me sonaba a Barís, Barís, Barís!) tal vez porque Grebenshikov está tan íntimamente ligado con San Petersburgo (ahora bien – el video que colgué, Masha i medved, no sucede en San Petersburgo – me parece que tiene lugar en la (distintísima) Moscú). Recuerdo también que Alex Usvyatsov se puso muy contento de oir a Grebenshikov en la Macarena, en su primera ida a Colombia. Finalmente nos animamos: vamos la semana entrante a Laponia. Vimos el viernes pasado (por segunda vez, después de muchos años) Los amantes del círculo polar ártico. Cuando la vimos en Bogotá por primera vez, yo sentía que Laponia era lejísimos, y no la asociaba a ningún país real. Sencillamente sabía que parte de la historia tenía lugar en la porra. Fue muy simpático (y extraño) verla y notar que es realmente hecha en Finlandia, en Rovaniemi – que no es más que el inicio de Laponia, y que es a esa tierra que se sentía absurdamente lejana cuando la vimos en Bogotá (sin sospechar acercarnos jamás por allá, y menos vivir por un tiempo en el mismo país) que iremos la semana que viene. Cuando Ana le dice a la mamá en la película que se larga para Laponia, la mamá la mira incrédula como si no tuviera ningún sentido lo que Ana acaba de decir. La verdad, hace pocos años no me la hubiera creído.

Luz sin cámara

No traje la cámara buena esta vez a Chía. No sé bien por qué. Y me ha pesado por dos razones: por un lado, hoy sembramos el árbol para Mauricio Arturo – tomamos registro con otra cámara, pero no es lo mismo 😐 Por otro lado, como desde las 5.20 de la tarde la luz se puso extrañísima, absolutamente increíble (son las 6 y sigue, cambiando cada segundo, pero muy extraña). Hacia las 5.30 la luz estaba de un amarillo filtrado bellísimo, como una película de los años 70, con una llovizna breve y suave y mucho sol, y las montañas (la Valvanera, la Cruz, el Manjuy de Chía, etc.) pintados todos con un tono verde amarillo que parecía de esas películas o sencillamente de una acuarela mezclada de manera extraña. Luego siguió cambiando – ahora está de un vinotinto mezclado con azul claro y amarillo claro en los sitios aún iluminados por rayos de sol (ya detrás de las montañas).

No es claro que (incluso) con la (buena) cámara hubiera podido captar esos tonos. La verdad es que son nuevos para mí, aún habiendo estado aquí muchas veces. Es extraño el efecto que un cambio de luz puede tener en uno. Al tiempo salimos con María Clara a ver qué pasaba, por qué estaba tan bella la luz, por qué estaba tan extraño todo, como si el paso del tiempo se hubiera detenido.

El árbol que sembramos para poder recordar a Mauricio Arturo Moreno Guzmán es un feijoo (fraijoo – no sé bien cómo se escribe) pequeño, con un verde bellísimo. Ahí lo vendremos a cuidar.