De nudos (zarcillos, trenzas, poleas)

El confinamiento trae mucha introspección. Hay muchas ventanas al mundo, en forma de seminarios, clases, conversaciones a veces sumamente interesantes – pero tal vez lo más extraño es la atención a detalles que normalmente uno tiene como secundarios.

En el jardín hay universos enteros. Hace unos días María Clara me pidió que le ayudara a cavar un hueco para enterrar una estaca y lanzar una cuerda, pues una calabaza que nació silvestre se estaba enredando en un peral y lo iba a asfixiar. La idea era que la calabaza se enredara en el hilo y la estaca nuevos.

Nunca imaginé que a los muy pocos días el enredo nuevo de la calabaza iba a ser de ese orden. Tampoco imaginé que en lo que uno podría llamar “gratitud” de manera un poco antropocentrista, la calabaza empezó a arrojar flores y frutos. Y todo en muy pocos días.

Los nudos (y los zarcillos y urilos, trenzas y verdaderas poleas) trazados por la calabaza en meros días han sido aterradores. Si esa planta fuera grande lo podría asfixiar a uno fácilmente.

[Hoy celebramos con unas flores de calabaza rellenas (receta judía romana – se rellenan con ralladura de pan, queso parmesano rallado y anchoa y se sofríen, después de haberlas pasado por un poco de huevo y harina).]