Saint-Loup

La ambigüedad que permea las visiones y descripciones de Proust es algo que ha sido muy comentado, muy estudiado. Estoy en este momento con el narrador en la playa veraniega de Balbec, en algún lugar mítico entre Normandía y Bretaña. En un lugar de luz marítima y oscuridades sociales, de gente pobre mirando el hotel iluminado de noche repleto de gente rica que se observa, se trata según título o posición social, según provincianismo o parisianismo.

Después de mucha observación acompañada de mucha reticencia, mucha compañía de damas ancianas (la abuela, su amiga noble Mme de Villeparisis – lo de noble es importante en el contexto del comedor del hotel, donde observan siempre quién saluda a quién), mucha conversación y ensoñación simbólica (los tres árboles en el paseo en carro con las dos ancianas – trío de árboles que parece anunciar mucha sensualidad a futuro – que parece enredado al encuentro con el grupo de campesinas que atraen al narrador).

Ahora llegó Saint-Loup, el joven sobrino-nieto de Mme de Villeparisis al hotel. Al principio antipático con el narrador, no le pone atención – y el narrador está embobado con el pelo rubio, la claridad de los ojos, el porte a la vez altivo y despreocupado de Saint-Loup.

[Leer este pasaje justo un día después de escuchar la entrevista a Aciman hace ver la influencia muy fuerte de Proust, de este momento, del encuentro del narrador con el marqués de Saint-Loup sobre el encuentro inicial de Elio y Oliver…]

Finalmente se lo presentan y Saint-Loup pasa de la antipatía extrema a una cercanía enorme con el narrador. Empatía fuerte en gustos literarios e inclinaciones políticas hacia el socialismo en el joven aristócrata.

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noche – parque

Los parques en la noche pueden ser lugares de ensueño, de frontera entre el mundo racional normal y otros mundos que uno apenas atisba. Son lugares posiblemente inseguros (incluso en ciudades muy seguras) pero a la vez son lugares donde de alguna manera puede uno quedar “por fuera de la grilla” durante un rato breve. No hay carros, no hay que estar pendiente de semáforos peatonales, no hay recorrido obvio. Hay cierta libertad (seguramente usada por algunos para encuentros que no podrían darse a la luz del día, en lugares transitados). Pero sobre todo, hay árboles, prados, a veces animales (chacales en el Parque del Valle de la Cruz en Jerusalén, ululando no muy lejos de donde camina uno, o jabalíes en algunos parques de lugares del Mediterráneo), poca gente – y la posibilidad de imaginar el lugar anterior a la ciudad, de escapar de lo urbano.

El viernes por la noche pasado llegué tarde a Madrid, y tenía conexión de vuelo a Bogotá a mediodía el sábado – muy pocas horas en Madrid para hacer gran cosa. Buscar comida buena (algo fácil allá, y realmente muy barato comparado con Jerusalén e incluso con Bogotá) y caminar. Pero la ciudad se veía un poco monótona (sobre todo llegando de Jerusalén), un poco demasiado urbana estándar. Caminando de noche por las calles de Madrid la sensación (fuera del calor absurdo) era la de estar caminando por un lugar muy genérico, muy normal. Seguramente tiene magia pero no de manera tan apresurada. Decidí bajar hacia el Parque del Retiro – eran las 11:30 de la noche.

Al principio, la reja inmensa y nada adentro. Pensé que estaría cerrado – yo en esa vía desalmada que es la Calle de Alcalá, típica de una ciudad muy carrocentrista (Madrid de verdad optimiza demasiado todo para los carros y no lo suficiente para los peatones – los carros van raudos por avenidas inmensas con andenes muy estrechos) y el parque, misterioso, tras la reja.

Pero un par de cuadras adelante vi que estaba abierto el parque. Entré al lugar de ensueño, de maravilla, de felicidad, de misterio que es un gran parque urbano a esa hora.

Me dediqué a tratar de captar con la cámara esa atmósfera de gran felicidad y tranquilidad (y misterio).

El epílogo fue ligeramente traumático: cuando fui a salir, tal vez hacia las 12:30, habían cerrado la puerta. Me puse a andar y me encontré con un grupo de franceses y otro de argentinos que también buscaban la salida. Pasaron unos ciclistas españoles también buscando la puerta. Que si por Atocha, que si por la Puerta de Alcalá, que todo cerrado. Nos tocó pasar la reja (puntuda – qué susto) entre varios, ayudándonos a no resbalar. Nunca apareció ni un guarda, ni un policía, ni nada. Tampoco parece haber información de ninguna clase. España no es un país bien señalizado.

 

self perception

Spectral Selfie

this “spectral” selfie is another one of those photograph taken in the middle of the night, with extreme sensitivity and exposure of almost ten seconds

I allow myself to breathe normally and move a little; the result is somewhat akin to an x-ray, at least in the arms

of course none of this is visible to the naked eye – the camera can, though, “see” all these things

66.5457 m

According to Google Maps, that’s the distance between this apartment and our neighbors’ building in front (I doubt Google Maps’ accuracy, to the tenth of millimeter – but I do believe 66.5457 plus or minus 5 meters must be correct.)

66.5457 m is a great distance to feel, in Bogotá, as in some version of Rear Window: most neighbors have virtually no curtains. The area would perhaps be called “creative class” in other cities, I don’t know exactly what to call it. Chapinero Alto consists of not too rich, not poor people, who seem to travel a bit around the world, some involved in academia, some in fashion design, arts and crafts, writing, journalism, or just plain business. It is also considered “the gay” area in Bogotá – I still wonder exactly why (what I see is just a mix of families, couples, male-female, male-male or female-female, or single people, not too many questions asked in general – and a few enclaves considered “classically gay”: the supermarket on 63rd and 7th – quite a colorful and exciting place, I must say, the gym in front of it). For the most part, however, it seems to be an area where people like doing their own things and letting other people enjoy life as it comes, without much fuss. After almost two months living here, what I like best is perhaps walking (many nice walks near the mountains) or hiking into the Quebrada de la Vieja – where you can actually reach páramo altitudes if you have the energy – or just walking or running on Carrera 3A – all the way from 53rd to 72nd, and watching the super-eclectic architecture (40s, 50s, 60s, 70s, 80s, 90s, 00s and even 10s all mixed up). I have come to like this mix quite a lot.

While I write I can see a neighbor dancing (she seems to be doing contemporary repertoire – from what I can judge). Two other neighbors seem to be discussing, perhaps enjoying some drinks. Someone has a computer screen on, with code. From 66.5457 m, all I can see is the unix-terminal-like screen, multicolored, and the guy typing code and going up and down screens. Someone else (not clear if a he or a she) seems to be playing violin. People sitting on couches, relaxing. Dogs or cats visible during the day, people with uncurtained windows at night.

Oh – of course, we have no curtains yet. We have not decided what to put. We must be watched by those people, from those 66.5457 m. I wonder what they see.

Luz sin cámara

No traje la cámara buena esta vez a Chía. No sé bien por qué. Y me ha pesado por dos razones: por un lado, hoy sembramos el árbol para Mauricio Arturo – tomamos registro con otra cámara, pero no es lo mismo 😐 Por otro lado, como desde las 5.20 de la tarde la luz se puso extrañísima, absolutamente increíble (son las 6 y sigue, cambiando cada segundo, pero muy extraña). Hacia las 5.30 la luz estaba de un amarillo filtrado bellísimo, como una película de los años 70, con una llovizna breve y suave y mucho sol, y las montañas (la Valvanera, la Cruz, el Manjuy de Chía, etc.) pintados todos con un tono verde amarillo que parecía de esas películas o sencillamente de una acuarela mezclada de manera extraña. Luego siguió cambiando – ahora está de un vinotinto mezclado con azul claro y amarillo claro en los sitios aún iluminados por rayos de sol (ya detrás de las montañas).

No es claro que (incluso) con la (buena) cámara hubiera podido captar esos tonos. La verdad es que son nuevos para mí, aún habiendo estado aquí muchas veces. Es extraño el efecto que un cambio de luz puede tener en uno. Al tiempo salimos con María Clara a ver qué pasaba, por qué estaba tan bella la luz, por qué estaba tan extraño todo, como si el paso del tiempo se hubiera detenido.

El árbol que sembramos para poder recordar a Mauricio Arturo Moreno Guzmán es un feijoo (fraijoo – no sé bien cómo se escribe) pequeño, con un verde bellísimo. Ahí lo vendremos a cuidar.