luz, nieve / pasajes internos

Helsinki me recibe con esa luz impresionante del invierno y con un poco de nieve en el suelo (no mucha pero lo suficiente para que se vea todo engalanado de invierno). Ayer había colapso de varios aeropuertos europeos por la nieve, pensé que mis maletas no llegarían. Pero en Helsinki la nieve parece ser uno de los estados naturales. Arranco hoy una semana de trabajo distinto e intenso.


Alejandro me había dicho que el inicio de À l’ombre des jeunes filles en fleurs era difícil de leer, que el libro podía perder impulso. No me ha pasado así, no lo he percibido así. Lo que pasa con Proust (creo, por experiencia personal) es que cada lectura lo coge a uno en un momento de la vida y le habla distinto según lo que uno esté haciendo. Eso no es exclusivo de En busca del tiempo perdido pero es particularmente intenso con ese libro. Como es tan introspectivo, tan atento a la superficie de las cosas y a la vez a las pulsiones subyacentes que no vemos pero que están ahí, el libro se convierte casi como en un manual de percepción o en una guía hacia el conocimiento de sí mismo, de una manera muy peculiar. En ese sentido puedo imaginar perfectamente que el pasaje que para alguien en un momento de su vida sea difícil para otros sea fácil – y que pase lo contrario con otros pasajes.

He leído muy lentamente ese libro – alternando con lecturas rápidas de otros. Pero sigo ahí, admirando la red que va armando, la cantidad de vasos comunicantes entre distintas épocas de la vida de los personajes, entre distintos momentos de percepción, entre sus propias maneras de ver el mundo – que van evolucionando. Se siente además la evolución paralela con Proust mismo, y (creo) le permite a uno ir examinando su propia evolución o sus propias limitaciones.

Me encanta la capacidad de Proust de describir el autoengaño en que caemos con frecuencia – tal vez más aún durante la adolescencia. El protagonista se autoengaña, sabe que se autoengaña y a la vez no sabe que se está engañando cuando acepta tomar té en las onces de su amiga/amada Gilberte (en esa relación parece haber simbolismos fuertes que reaparecerán después) – el té que supuestamente le sienta muy mal para su salud pero que termina tomando como retándose a sí mismo sin hacerlo explícitamente. Transfiere su amor a Gilberte a un amor/admiración a sus padres, señor y señora Swann (la antigua Odette que lo maltrató tanto cuando este estuvo enamorado de ella, ahora convertida en dama respetable – aparentemente – en un gran apartamento). Transfiere su amor incluso a los objetos del apartamento Swann, al interior burgués – por momentos no sabe uno qué tan kitsch; a la pátina imaginada sobre estos. A veces otros personajes pueden sacarlo de su autoengaño (Norpois, el amigo del padre, o su mismo padre) pero es tan fuerte el engolosinamiento que tiene con Gilberte (por momentos erótico; la escena de la lucha adolescente entre él y Gilberte detrás de un seto en los Campos Elíseos es un momento fugaz de erotismo extremo delineado) que decide “enamorarse” de las onces en su casa, de los postres y bibliotecas y objetos e incluso dicción de los padres (nota que dicen “odieux” con lo o corta a diferencia de como pronuncian la misma palabra sus propios padres, con la o larga como si fuera “audieux” – nota que dicen “comment-allez vous?” sin hacer la liaison entre la t y la a, como si fuera commen allez vous …) y de alguna manera la simple atención/memoria de estos detalles termina siendo sello de un amor a algo – además de la persona Gilberte, a un estado de ánimo que permite ese tipo de sensibilidad.

Además como el narrador sabe que uno sabe (pues lo ha leído) que Mme Proust (el matrimonio problemático de Proust del cual no se habla en voz alta en su familia) puede tener un gusto muy distinto, una relación con las letras y la cultura mucho más simple (pero mucho más arribista) que la de su esposo, la ambigüedad es llevada al extremo con la impresionabilidad del adolescente aún ignorante con los perfumes, trastos, cuadros y tonos de esa casa. Hay un juego de ambigüedad brutal ahí – y muy clasista también (pero Proust apela al clasismo implícito de su lector para generar complicidad velada con la mirada hacia esa mujer fascinante que enamoró perdidamente a Swann y ahora reconvertida en su esposa aburguesada genera fascinación en el joven ingenuo pese a los silencios preñados de sus padres).

bóveda

tuve suerte el martes de la semana parisina: salí a caminar antes del amanecer, en busca de cierta luz, de cierta pulsación de la ciudad que en horas más tardías era elusiva – quería por así decirlo “tomarle el pulso” a la ciudad en las horas anteriores al tráfico, al gentío

completamente vacías estaban las calles de la zona de Odeón, subiendo hacia el río – escaparates de libros lujosos, de antigüedades, de diseñadores, todo muy chic y ahí con vidrieras sin protección – solo uno que otro furgón de reparto, pequeño, en mercadillos de frutas

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en el río – llegué por el Pont des Arts, el peatonal de madera – gente en bicicleta, gente haciendo ejercicio y las luces de la ciudad al amanecer, un poco fuera del tiempo

pensé que la París de Proust no debía verse (en este punto, con esa luz, a esa hora) tan distinta de lo que tenía ante mis ojos – excepto claro por la cantidad de gente corriendo o estirándose…

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Bajé a los muelles, caminé un poco subiendo hacia la catedral, viendo el lentísimo amanecer de octubre, sobre todo concentrado en el aumento imperceptible casi del rumor de la ciudad. Además de los corredores poco a poco más transeúntes afanados, acaso desembocados de lejanas banlieues – y gente limpiando calles, barriendo hojas. Y el río.

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Finalmente pasé frente a la catedral – justo en el momento en que la estaban abriendo al público. Había ido varias veces antes, a horas distintas, pero en los pasos más recientes por esa zona había filas interminables para entrar.

Esta vez no – estaba yo solo ahí.

Me dediqué a contemplar la bóveda central sobre todo, al igual que los rosetones. La bóveda.

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Traté de interiorizar ese tejido mil veces visto en libros, en ilustraciones, en vivo – y a la vez siempre nuevo. Me puse a hacer variaciones en tiempo muy lento, moviendo la cámara para tratar de capturar nervaduras.

Después lo mismo, pero con el rosetón (girando la cámara durante seis, ocho, diez, segundos):

En versión estable, el rosetón:

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En realidad quería hacer dos cosas: fuera de captar el “pulso” de una ciudad difícil (y maravillosa tal vez en parte por sus mil capas), quería también pensar en el tema del infinito de muchas maneras distintas, lo menos dirigidas posible. Obviamente es imposible lograr pensar en un tema así sin dirigir el pensamiento, sin dejarlo caer en la maraña de conexiones.

Pero necesitaba “limpiar la mente” en esa mañana anterior al congreso. Creo que el río y la bóveda ayudaron.

jalonot – ventanas

Aunque uno no sea religioso, aunque uno ni siquiera esté en este momento dentro de ninguna religión organizada, aunque uno dude de si ser creyente (¿creyente en qué exactamente? es la primera pregunta que parece no ser examinada con cuidado por muchos) o no, aunque uno sea agnóstico o decida que su dios es el de Spinoza (o sea, básicamente, el mundo – algo ya suficientemente complejo como para ir a buscar algo fuera), hay momentos y lugares de Jerusalén que llaman la atención. Sí, incluso a muchos que estén en los grupos descritos arriba (yo mismo oscilo entre el penúltimo y el último).

El momento más extraño es tal vez el inicio del shabat, que se recibe con felicidad y emana dulzura. Cuando suena la sirena (¿un minuto? ¿dos?) que marca el inicio de ese período en la ciudad, ya la ciudad empezó a calmarse desde hace un rato. El viernes inicia con actividad frenética (ir al mercado, al shuk, un viernes a mediodía, es la experiencia más loca del mundo – piense la densidad de Transmilenio en hora pico mezclado con gente angustiada comprando panes, encurtidos, vegetales, peces, jalva, humus y miles de cosas más para terminar de cocinar antes del momento en que no se puede, todo salpicado de turistas despistados, de gritos en hebreo y árabe, en curdo y ladino… Pero al rato se calma todo y entra la magia.

Cae la noche y si uno quiere ir caminando por ahí escuchará muchos cánticos en las casas o en sinagogas, muchos melismas y formas musicales que parecen conectarlo a uno directamente con tres mil años atrás, muchas casas con luces prendidas y ventanas abiertas y familias enteras en celebración. Si uno está de buenas, lo invitan a un shabat. Pero si no, queda la dulzura maravillosa de caminar por ahí, respirar las mil hierbas aromáticas de la ciudad, sentir la calma de muy pocos carros mezclada con la dulzura o la energía de esos cantos que parecen levantar por el aire zonas enteras de la ciudad.

No es posible trasmitir eso de manera jugosa. Pero sí puedo lanzar aquí las ventanas, las jalonot, y dejar que la imaginación ruede.

Un ejercicio de atención

Nelson el hijo de quienes cuidan esta finca mencionó unos pozos del río donde se puede nadar bien. Como vio mi interés, me dijo que podíamos ir después de almuerzo, que quedaban muy cerca. ¿Muy cerca, le dije, a cuánto, diez minutos? Bueno, un poco más, pero muy cerca.

Al rato después de almorzar me dispuse a ir, pero pensé que sería cosa de un rato, de pronto embarrar ligeramente los zapatos o el pantalón, nada del otro mundo. Arrancamos. María Clara está aún recuperándose de la rodilla; no nos acompañó esta vez (pero ojalá la próxima sí, aunque es complicada la ida a los pozos).

Muy pronto caí en cuenta de mi error de apreciación. Nelson creció en esta zona, y “muy cerca” y “muy sencillo” para él puede querer decir “bastante lejos” y “complicado” para este bogotano. No fue suficiente con remangar el pantalón para atravesar trozos del río: las piedras resbalosísimas (sobre todo para mis zapatos – unos Ecco perfectos para andar por prados londinenses, un poco menos apropiados para la subselva local) y la cantidad de lianas con púas hacían que realmente todo fuera absolutamente fuera de lugar en mi caso.

Aún así seguimos – Nelson adelante abriendo trocha, yo siguiendo por barro, lianas, bambú, matas con púas, agarrando con las manos troncos estrechos y probando resistencia – y pensando en posibles arañas o culebras o simplemente hormigas gigantes, pisando troncos podridos que cedían, piedras que sí se sostenían, subiendo la ladera del río y volviendo a bajar y volviendo a subir mil veces.

Un ejercicio de atención sostenida que duró casi una hora (me quité las medias para que no se empaparan tanto, pero igual en un momento dado caí de piernas enteras en el agua). Nelson es muy joven y andaba rápido: yo terminé sudando mucho, raspándome las piernas, subiendo a veces a puro pulso de brazos a piedras enormes pues de lo resbalosas no había punto de agarre para los pies, reptando por debajo de cercas. Nelson sin ningún problema pasando todo eso – solo en un momento dado lo vi dudar y decir “hubiera debido traer el machete; lo que viene está enmontado”.

Vi centenares de tipos de hojas, de superficies de troncos, de texturas de madera podrida, de piedras hundidas en barro, de rayos de luz en el fondo. Pensaba como es obvio en La Vorágine, en los relatos de Molano, en las tambochas, en que uno esos sitios los ve en películas con soldados o guerrilleros pasando con botas de campaña o pantaneras – ciertamente no con Ecco londinenses resbalosos.

Al cabo de una hora (sí, “un poco más de diez minutos” es una hora) llegamos al punto del río en que se arman pozos – profundos pero con corriente muy fuerte. Nelson contó que los viernes cuando estaba en el colegio venían ahí, pero que ahora mismo estaba menos hondo. Fue empezar a nadar luchar contra la corriente y vórtices mirar el punto de caída de la cascada atento a no tomar agua cuerpo desnudo sumergido entero en agua refrescante límpida corriente rápida peligrosamente fuerte vórtices peores en partes más pandas el río es bien profundo en esa zona pies no tocan el fondo o de pronto logran agarrarse de una piedra sol refleja entre árboles pero ni tiempo de pensar en luz simple mantenerse a flote y respirar y agradecer la felicidad del agua después de caminata asustadora larga sudorosa agotadora.

El regreso fue por un camino más fácil: atravesar una finca (afortunadamente no salieron perros: Nelson conoce el camino), salir a la carrilera y luego a la carretera y subir.

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el mismo río, ayer a las 6:30 de la tarde

envoûtement [fragm. incompl. ג]

[9 de agosto de 2015]

as in a vault – como en una bóveda – come in una volta

Dos meses pensando, escribiendo, hablando a ratos con colegas, discurriendo con algunos estudiantes por skype, pero sobre todo tratando de terminar un par de artículos y de pensar – fueron absolutamente agotadores.

Entre el verano interminable (por la luz, no por las temperaturas, que apenas se acercaban de vez en cuando tímidamente a los 18° C) y sobre todo la intensidad increíble del gran norte, resulté como en una bóveda, un poco anonadado, un poco violentado en la mente (pero feliz de que así fuera). Solo saliendo así de la ciudad usual, del sol usual, del mundo usual, puede suceder eso.

Fue ante todo un ejercicio de traducción.

Traducción constante de idiomas – con transcripción constante del ruso durante unos días pasados en Peterburgo.

Traducción

fotografiar gente…

… nunca es fácil.

Una amiga de tuiter (Aleyda, @leidymarmalade), expresa una posición con la cual yo estoy bastante de acuerdo: “A mí me parece de lo más ofensivo e invasivo tomarle fotos a alguien y subirlas a Internet, con el propósito que sea.” Yo entré en discusión a partir de su trino y agregué que lo antipático es poner un tag, una etiqueta a la gente, para que la encuentren. Alguien más entró y comentó que es terrible cuando sitios como las universidades entran y se roban las fotos de esos perfiles.

Hay distintos casos:

  • Caso 1 :: el robo institucional. Un sitio web horrible se robó fotos de varios matemáticos de América Latina para su perfil editorial. Los matemáticos que aparecen ahí dicen que no fueron consultados, que aparecen en perfil editorial en fotos de hace veinte o treinta años que seguramente no reflejan la imagen que quieren proyectar de sí mismos. Algunos terminan aceptando quedar ahí, porque tienen otros temas más importantes, pero de alguna manera quedan proyectando una imagen que no quieren dar de sí. Una institución maneja imagen (académica, profesional, deportista, algo) y en ese sentido siempre debería pedir permisos. Idealmente, la fotografía debería ser tomada directamente por la institución, si tiene los medios, y con fotógrafo razonable. Sé que la Universidad Nacional ahora hace eso (aunque por problemas presupuestales no hay suficientes fotógrafos).
  • Caso 2 :: la foto “paparazzi”. Esta busca explícitamente seguir a algún personaje y fotografiarlo en situación comprometedora. Aquí no puedo estar más de acuerdo con Aleyda.
  • Caso 3 :: la foto documental. Hay una marcha por la educación al frente de la Universidad Nacional. Tomo una foto al pasar el puente. Aparecen miles de personas, algunas en plano cercano, perfectamente reconocibles. Quiero documentar que está pasando eso, contar en tuiter para que mis (pocos, afortunadamente) seguidores la vean y recibir retroalimentación. Quiero documentar porque a veces los medios oficiales ignoran algo que me parece importante. Usted quedó en la foto, pues estaba en la marcha. Si la subo a internet, no pregunto – no tendría cómo. No siento que sea ofensivo – invasivo podría ser si después alguna agencia mira las fotos para ver quién estaba en la marcha. Creo sin embargo que esas agencias ya tienen sus drones, sus verdaderos ofensivos. En este caso lo documental prima sobre lo individual.
  • Caso 4 :: el retrato. Este es un obvio sí. Salgado dice que el retrato es una obra de colaboración entre quien aparece y quien dispara el obturador. No hay mucha discusión sobre el tema de privacidad ahí (aunque a posteriori muchas veces el retratado puede arrepentirse de haber participado así – ciertos retratos, como ciertas entrevistas, muestran mucho más de lo que a veces se quiere admitir).
  • Caso 5 :: la foto con pretensiones “artísticas”. Aquella que no es estrictamente documental (aunque la frontera es borrosa), ni institucional (aunque las instituciones se la pueden robar), ni de paparazzi – no se está “persiguiendo” a nadie. Aparece gente. André Kértesz, Cartier-Bresson en París, Robert Capa, etc. fotografían gente. Gente que queda fija, en muchos casos sin saberlo (el miliciano de la foto de Capa), en otros casos de manera icónica (los enamorados en París, que Cartier-Bresson dejó para que disfrutemos y que muy muy seguramente no fueron consultados). Sin subir a nombres famosos, suponga que uno hace un proyecto fotográfico en la calle de una ciudad. Le interesa capturar ritmos, expresiones, luces, texturas, matices. Le interesa palpar el ritmo de la ciudad, de una calle. Y aparece gente, gente que usted no verá probablemente jamás más allá de la fracción de segundo en que su camino y el de esa persona se intersectaron vía el rayo de luz que entró a su cámara. Ahí sí no sé – no puedo aplicar una lógica binaria. No es para mí el no contundente de los casos 1 y 2 (institucional ladrón o paparazzi), tampoco el sencillo sí del caso 3, documental. Usted en esas fotos de pronto, en casos fotográficamente felices, puede capturar algún fulgor muy íntimo de la persona que apareció, algún momento muy personal. Por otro lado, esas fotos las ve otro público, lejano del interés de quienes aparecen. ¡Es una absoluta zona gris! Aleyda puede tener algo de razón, pero… ¿qué se le dice a quien quiere captar esos pulsos?

Cierro con una miniserie en una ciudad ecuatoriana (aparecía también en el video que enlacé en post anterior) … allá aparecía velozmente, sin dar tiempo de detallar nada, con menos de un segundo por foto, tratando de capturar un ritmo. Aquí aparece como serie. Sé que estoy en zona “gris” con respecto al tuit de Aleyda. Pero al mismo tiempo quiero compartir estas fotos, cierto ritmo, cierta luz.

sin cámara, ante el arco-iris

Hoy entrando a Bogotá hacia las 3.30 pm, subiendo hacia Chapinero por la 80 el espectáculo de los cerros era éste:

20140907_161517Había pasado ya el aguacero y se abrió uno de esos trozos de cielo con rayos de sol que hace que uno se vuelva a enamorar de esta ciudad. El arco-iris se desplazó hacia el sur, hacia la Quebrada de la Vieja, como en una de esas leyendas mágicas.

20140907_161537Yo iba manejando, la cámara estaba guardada en el baúl del carro, íbamos veloces por una avenida: ni modo de parar a buscar la cámara. María Clara tomó fotos con un celular. Me pesó mucho no tener la cámara mejor a mano – las fotos de celular siguen siendo muy chistosas.

En todo caso, esos tres o cuatro minutos entre la Boyacá y la Calle 24 por la 80 yo estaba extasiado con la vista de los cerros, de las nubes, de la luz, del arco-iris – verdadero regalo del mundo a los cerros chapinerunos de esta Bogotá – una de las entradas más felices a la ciudad que recuerdo.