perspectiva / antipatía recordada

El narrador recuerda, en I-II de Du côté de chez Swann, la mirada de un señor que le pareció antipático con su padre. La descripción (trad. mía abajo) es impresionante: la perspectiva lejana, la distancia metafórica.

Implícito, un recuerdo extraño. Yo también recuerdo momentos de antipatía de otra gente con mis padres durante mi infancia. Los recuerdo más vívidamente que los de antipatía conmigo. De alguna manera era más ofensivo percibir antipatía hacia mis padres que hacia mí mismo (que hubiera gente antipática con uno era natural; en el colegio, en la calle – no sucedía mucho pero tampoco me desvelaba tanto el tema). Que la gente fuera antipática con mi padre o con mi madre entraba en el dominio de lo incomprensible, de lo imperdonable. Frases sutiles de alguna tía que denotaran desprecio hacia mi madre, momentos en que planeaba actitud burlona de alguien hacia mi padre.

Sobre todo cuando no se decía nada al respecto, quedaban plasmados en el recuerdo, de manera dolorosa.

Al crecer logra uno obviamente relativizar todo eso, y aprende que los padres también son antipáticos con otra gente. Sin embargo, el recuerdo de la sensación de extrañeza muy temprana ante la antipatía percibida hacia los padres queda. Y leer a Proust trae el recuerdo.

Comme M. Legrandin avait passé près de nous en sortant de l’église, marchant à côté d’une châtelaine du voisinage que nous ne connaissions que de vue, mon père avait fait un salut à la fois amical et réservé, sans que nous nous arrêtions ; M. Legrandin avait à peine répondu, d’un air étonné, comme s’il ne nous reconnaissait pas, et avec cette perspective du regard particulière aux personnes qui ne veulent pas être aimables et qui, du fond subitement prolongé de leurs yeux, ont l’air de vous apercevoir comme au bout d’une route interminable et à une si grande distance qu’elles se contentent de vous adresser un signe de tête minuscule pour le proportionner à vos dimensions de marionnette.

Al pasarnos cerca el señor Legrandin a la salida de la iglesia, caminando al lado de una castellana de la zona que no conocíamos más que de vista, mi padre le había dado un saludo a la vez amigable y reservado, sin que nos detuviéramos; el señor Legrandin a penas había respondido, con aire extrañado, como si no nos reconociera, y con esa perspectiva de la mirada típica de la gente que no quiere ser amable y que, desde el fondo súbitamente prolongado de sus ojos, parecen otearlo a uno como desde el extremo de una carretera interminable y una distancia tal que se contentan de dirigirle una señal de cabeza minúscula para proporcionarlo a sus dimensiones de marioneta.

más miradas

Otro peninsular (esta vez no catalán sino madrileño) escribe sobre las miradas. En el Quadern Gris de Pla me aterró y me encantó el pasaje sobre las miradas y la observación de éstas. Esta vez me encontré un pasaje impresionante en Tu rostro mañana / 1 – Fiebre y lanza de Marías (aprovecho para agradecer a Javier su insistente recomendación de algunos libros de Marías – estoy disfrutando enormemente la lenta lectura de Tu rostro mañana).

El pasaje en cuestión:

… Tenía ojos azules o grises según la luz y pestañas largas y demasiado tupidas para no ser envidiadas por casi cualquier mujer y receladas por casi cualquier varón. Su mirada pálida resultaba sin embargo burlona aun sin la intención de serlo -luego expresiva también en los momentos de inexpresividad-, y bastante acogedora o debería decir apreciativa, ojos a los que nunca es indiferente lo que tienen delante y que hacen sentirse dignas de curiosidad a las personas sobre quienes se posan, como si su disposición tan activa diera desde el primer instante la impresión de ir a desentrañar lo que hubiese en el ser u objeto o paisaje o escena avistado por ellos. Es un tipo de mirada que apenas si sobrevive en nuestras sociedades, se la reprueba y se la está desterrando. Desde luego en Inglaterra no abunda, donde la tradición ya antigua manda que sean veladas u opacas o ausentes; pero tampoco en España, donde sí se daba y ahora nadie ve nada ni a nadie ni tiene el menor interés en ello, y donde una especie de tacañería visual lleva a comportarse a la gente como si no existieran los otros, o sólo en tanto que bultos u obstáculos que deben ser sorteados o en tanto que meras apoyaturas para sostenerse o trepar por ellas, y si aplastándolas aún mejor, y donde parece que fijarse desinteresadamente en el prójimo sea concederle una inmerecida importancia que además menoscaba la de quien se fija en él. …

Así escribe Marías. Usa cualquier pretexto, ojo, pausa, expresión (inexpresiva o no) para divagar y mostrarnos pliegues del mundo.