… pero cae en desgracia (y el tránsito)

Pocas páginas después la caída en desgracia de Swann en el círculo pequeño de los Verdurin parece resonar con cosas vividas. Los estrechos mentales se desesperan con las reticencias de Swann, con que no les celebre sus pequeños chistes de medicuchos o sus calambures. Swann a la vez admira ese mundo (por su lente-Odette) y muestra respeto, pero con distancia.

Parece que una de las cosas que más exaspera a la gente es que la traten con respeto pero con distancia.

Llega un conde, un “de”, alguien con apellido compuesto (de Forcheville), algo que atrae de manera irrevocable a los personajes del salón. El conde en realidad es medio vulgarote y seguramente mucho menos respetuoso que Swann. Pero se ríe genuinamente de los chistes malos, de las pendejadas – no genera la incomodidad de la distancia.

Los Verdurin empiezan a comparar a Swann con el conde de Forcheville, y empiezan a encontrar mucha más simpatía en éste, mucha más resonancia. Inexorablemente, Swann tendrá que salir de ese círculo.


¿Cuántas veces le puede pasar a uno algo análogo? Estar en una compañía durante un rato donde empiezan a aparecer chistes misóginos u homófobos, chistes clasistas o racistas – y tener que mantener distancia helada. En otra etapa de la vida (más inmadura tal vez o de pronto mucho más madura) uno confronta a los de los chistes tontos. Pero en la mayoría de los casos es esfuerzo perdido y lo mejor es salir corriendo. Sin embargo a veces puede uno estar en una reunión (algún comité de colegas, alguna reunión familiar) y al igual que Swann/Proust lo único es limitarse a cierta distancia.

Los Verdurin reaccionan finalmente un poco violentamente a eso. Creo que Proust empieza a dar con una de las raíces del paso de las veladas inocentes a los horrores de racismo, antisemitismo, antiislamismo, homofobia, misoginia, clasismo. Proust parece preocupado (sin hacerlo muy explícito) por los mecanismos de ese tránsito.