sobre un párrafo de NGD

Juan Fernando Mejía me ha enviado una página (maravillosamente subrayada, visualmente muy llamativa) de las Notas de Nicolás Gómez Dávila. En esa página hay un párrafo muy cargado de lecturas posibles, muy preñado de significados (aludidos, insinuados):

La página 343 de las Notas en la edición de Villegas es interesante por muchas razones, más allá de ese párrafo central sobre las matemáticas. Quedo sobre todo con muchos interrogantes, muchas dudas que planteo primero que todo a Juan Fernando – y naturalmente a quien quiera que se interese por los temas mencionados en ese texto.

Empiezo por los párrafos anteriores, los más subrayados por Juan Fernando.

Ninguna época es más rica que la nuestra en enseñanzas religiosas.

No tengo mucho qué agregar. Es imposible no estar de acuerdo, casi a priori, con Gómez Dávila en este punto. Uno de los temas más centrales de la cultura global del siglo XXI, como bien lo ha señalado otro filósofo de apellido Mejía, el ahora rabino Juan Mejía, es precisamente la cuasi-omnipresencia de variantes de la religión en el mundo actual, la definición de nuestras guerras culturales justamente en términos que funden lo religioso con lo “cultural” de maneras que tal vez logró vislumbrar con lucidez Gómez Dávila.

Negar en 1920 o en 1950 la preeminencia de lo religioso podía ser cómico a los ojos de alguien como Gómez Dávila, pero mentes también lúcidas de esa época lo hacían y lo justificaban en una finalidad (¿hegeliana? ¿marxista? ¿sencillamente kantiana?) de la historia y una racionalización de esta. Las excepciones (muy ilustres – Lévinas, Gómez Dávila aquí, y tal vez de manera muy extrema Simone Weil, Leibowitz) provenían o de pensadores que veían el racionalismo brutal (excesiva confianza en la razón, nos dice NGD precisamente en el tercer renglón de esta página 343 de sus Notas) presente en el catolicismo – en cierto catolicismo intelectual, o de pensadores que sabían la importancia arrasadora de lo místico (Simone Weil es uno de los casos más extremos). Negar en la primera mitad del siglo XX esa preponderancia era en todo caso la respuesta más común, más natural tal vez.

Negar en 2019 la preponderancia de lo religioso es casi imposible. Buscar sostener (como tantas veces lo intento) posiciones genuinamente a-teas o agnósticas o sencillamente ignorar a secas la cuestión religiosa, en 2019, es difícil. La realidad política, social, cultural del momento obliga a cualquiera que se preocupe por lo que está pasando en el mundo a no ignorar la cuestión. (En mi caso particular, he intentado mantener una posición distante de toda religión organizada, y cercana tal vez a la idea spinoziana de «Dios»; sin embargo, muchos atisbos de luz que he logrado han tenido lugar en conversación con rabinos (entre ellos Juan Mejía y sus parashot ha-shavua, sus «homilías» semanales).)

Y luego, el párrafo sobre las matemáticas en esa página, aparentemente invocadas fuera de contexto justo después de los párrafos iniciales sobre las enseñanzas religiosas:

Es radical NGD aquí: «nada es más exclusivamente propio al espíritu que el raciocinio matemático».

La primera pregunta que me hago al ver una frase así es: ¿a qué tipo de matemática se podría haber estado refiriendo Gómez Dávila? ¿qué tipo de matemática había tenido la fortuna de aprender formalmente? ¿qué tipo de matemática habría aprendido más como tema de su curiosidad cultural? ¿habrá alguna vez ensayado su pluma, su tablero, en una demostración propia de algún teorema, en la formulación de alguna teoría, o sencillamente en el trazar la equivalencia entre dos nociones?

Pero esas son preguntas iniciales, tal vez necias, de quien vive sumergido en un hacer, en un pensar, en un transmitir, en un aprender (frustrantes, como siempre lo es la matemática y como aprendemos a apreciar).

Más allá de la frase (que naturalmente resuena de manera muy fuerte con inquietudes propias), me preocupa que no sea obvio para casi todo el mundo, y sobre todo que no sea obvio para algunos matemáticos esa conexión entre el raciocinio matemático y «el espíritu» que con claridad meridiana expresa Gómez Dávila.

Precisamente hoy veía un video (muy interesante, por otras razones) de un matemático londinense que intenta promocionar una manera de hacer matemática verificada por computador, usando un lenguaje llamado Lean que le permitió formalizar recientemente uno de los logros más impresionantes de la matemática contemporánea, de la matemática de esta última década: los «espacios perfectoides». Ocho meses de trabajo arduo, 10.000 líneas de código, el trabajo de dos matemáticos profesionales y un postdoc para lograr… expresar una definición de espacio perfectoide en Lean. Más allá del tour de force obvio, está la pregunta de verificabilidad de la matemática y del temor de imperfección de muchos. Lo más aterrador del cuento es el final del video. Cuando el público le pregunta duro (y lo medio acorrala), el autor de ese código-definición de ocho meses y 10.000 renglones suelta su frase clave: I am a formalist. I don’t care about beauty, I care about correctness only.

El lugar del «espíritu» que reivindicaba NGD intenta ser brutalmente desplazado por ese matemático contemporáneo, y hace un llamado a las generaciones futuras a seguir ese «camino muy natural» abierto por su código.

Otro canto nos viene de Simone Weil. Si hay alguien que de alguna manera hizo concreto lo que NGD lacónicamente expresa en su frase, si hay alguien que en pleno auge y furor de materialismos adoptó una postura muy radicalmente mística y puso a la matemática en pleno y absoluto centro de su búsqueda del lugar del espíritu, esa fue Simone Weil, la hermana del impresionante matemático André Weil.

Es imposible no escuchar ecos de Simone Weil en las frases (tal vez demasiado cortas) de Gómez Dávila. Es imposible no evocar sus propias evocaciones (o no entonar sus propias entonaciones) de su paso y lidia y lucha con la matemática en sus años formativos, de la sed y frustración y dureza y sabor de piedra que le dejó la matemática en su camino al misticismo, a uno de los máximos misticismos del siglo XX.


Addenda: Mañana viernes a las 16:30 en la Cinemateca Distrital daremos con Ana Ruiz un «performance» (no encuentro mejor palabra) llamado Posponer la Emergencia, dentro de la Cátedra Performativa Geometrías ardientes asociada al 45 Salón Nacional de Artistas. Será (dice la descripción) un Performance-Diálogo entre lenguajes matemáticos y musicales. De alguna manera creo que algunos de los temas que (brevemente) dialogaremos (entre una violinista y un matemático) están entrelazados con los temas que evoca el pasaje de Nicolás Gómez Dávila.


Gracias, mil gracias, a Juan Fernando Mejía, por enlazar esa página. Sigo pensando en los múltiples significados (posibles) de esas frases.

La gravedad y la gracia (Simone Weil)

Me ha sorprendido el libro. Había leído a Weil (Simone – los matemáticos debemos aclarar esto pues si decimos “leer a Weil” se sobreentiende que nos referimos leer a André Weil, el hermano mayor de Simone) exactamente dos veces antes: una vez en el colegio, unas pocas frases sueltas en clase de francés en sexto (no sé bien por qué aparecía en ese texto, pero sabía quién era Simone Weil, mucho antes de tener preocupaciones que me llevaran a su lectura, y mucho antes de conocer la obra de su hermano André), y una vez en el doctorado, en Wisconsin (conseguí en una librería de segunda de Madison un libro que leí a trozos, por curiosidad, un poco fascinado por su fascinación por el griego y la liturgia ortodoxa) … pero debió ser a finales del doctorado. Abandoné desde entonces esos temas.

Hace unos días compré una edición de Trotta con escritos de Weil llamada La gravedad y la gracia. Es una selección de La pesanteur et la grâce, obra publicada por Plon en 1947, cuatro años después de la muerte de Weil. Contrario a mi costumbre de comprar siempre en idioma original cuando lo puedo leer, algo en el libro me llevó a comprarlo de una en español (dejando abierta la puerta para leer a Weil en francés después), pues fue un poco como esas veces que el libro parece pan recién salido del horno en un lugar maravilloso, y uno no puede dejar de probar bocado de manera instantánea.

Weil me desbalancea. Pone a prueba mi creencia en no-creencia, mi intento de lejanía de todo lo religioso, de manera inteligentísima y a la vez sensibilísima. Donde espera uno misticismo aparece racionalidad, pero racionalidad que da la vuelta a cualquier asomo de ironía en uno, que se le adelanta por completo. Imaginar las conversaciones de infancia y adolescencia entre Simone y su hermano André ya da para mucho – cuando ambos andaban descubriendo la complejidad del mundo, él debatiéndose entre la matemática y el sánscrito (contempló la posibilidad de ser un filólogo e incluso se inició simultáneamente en el tema), ella entre socialismo, misticismo, filosofía cercana a los estoicos y a Platón, a los dramaturgos de la Francia del 17 (Racine sobre todo), a Rousseau y a Spinoza, a Alain y Marco Aurelio y Lucrecio, acaso a Schopenhauer – debía ser algo muy fuerte esa mesa de discusión entre esos dos hermanos.

Simone es famosa sobre todo por su absoluta coherencia: llevó a la práctica su teoría del conocimiento del mundo, del abrazo al mundo a través del hacer – se metió de obrera en Francia para vivir en pleno, sin ambages, la condición de los trabajadores. Más tarde durante su exilio en Inglaterra durante la invasión nazi, comía tan solo la ración que sabía que sus conciudadanos podían comer en la Francia invadida – es posible que su muerte temprana, a los 34 años, se haya debido a esas limitaciones.

Algunas frases del libro:

Todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción la constituye la gracia.

No juzgar. Todos los defectos son iguales. No hay más que un defecto: carecer de la facultad de alimentarse de luz.

Tendencia a extender el sufrimiento más allá de uno mismo. Si por un exceso de debilidad no puede provocarse la compasión ni tampoco hacer daño al prójimo, se daña la representación del universo en uno mismo.

La búsqueda del equilibrio es mala porque es imaginaria.

Toda forma de recompensa supone una degradación de energía.

Necesidad de una recompensa, necesidad de recibir el equivalente de lo que se da. Pero si, al forzar esa necesidad, se deja un vacío, entonces se produce una especie de corriente de aire, y surge una recompensa sobrenatural. Esta no aparece mientras se posea otro salario: el vacío logra que aparezca.

Es necesaria una representación del mundo en la que exista el vacío, con el fin de que el mundo tenga necesidad de Dios. Eso entraña dolor.

Amar la verdad significa soportar el vacío y, por consiguiente, aceptar la muerte. La verdad se halla del lado de la muerte.

Matar con el pensamiento todo cuanto se ama: única manera de morir. Pero sólo lo que se ama.

La imaginación trabaja continuamente tapando todas las fisuras por donde pueda pasar la gracia.

Nada poseemos en el mundo -porque el azar puede quitárnoslo todo-, salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea destruir. No hay en absoluto ningún otro acto libre que nos esté permitido, salvo el de la destrucción del yo.

Las contradicciones con que topa el espíritu, las únicas realidades, el criterio de lo real. No hay contradicción en lo imaginario. La contradicción constituye la prueba de la necesidad.

Es un error desear ser comprendido antes de explicarse uno ante sí mismo. Como el caso del que busca placeres en la amistad sin merecerlos. Se trata de algo todavía más corruptor que el amor.

No dejes encarcelarte por ningún afecto. Preserva tu soledad.

El amor es un indicio de nuestra miseria. Dios no puede sino amarse a sí mismo. Nosotros no podemos sino amar algo distinto de nosotros.

De todos los seres humanos, sólo reconocemos la existencia de aquéllos a quienes amamos.