Densidad

Mi profesora de dibujo en primero de bachillerato (ya no recuerdo su nombre) era muy sensible a las texturas. Alguna vez me dijo que los Alpes en Francia no le gustaban tanto, que prefería de lejos los Alpes en Suiza. Yo a la sazón andaba también muy enamorado de los Alpes del Valais, del Matterhorn. Sabía en mi fuero interior que viniendo de los Andes, había montes mucho más altos que los Alpes, lugares mucho más inaccesibles no muy lejos de casa (esa “casa” lejana allá en Bogotá que a la sazón se sentía mucho más lejana que siempre, en la era en que mis padres (estudiantes) no tenían ni teléfono y el único contacto con “Bogotá” eran las cartas de la familia, la carta ocasional de algún amigo del colegio, las noticias (entonces muy escasas) sobre La Colombie (tan escasas que casi todos los belgas la confundían con La Bolivie y no tenían muy claro qué podía haber en esos lugares tan exóticos y remotos)) y que todo ese enamoramiento de los valles del Valais sería pasajero.

Le pregunté a mi profesora por qué prefería los Alpes suizos a los Alpes franceses. Me dijo: “son más densos”.

Me quedé pensando. Sabía, intuía un poco, lo que podía haber en esa respuesta. Son montañas muy densas, con una densidad de postal de panadería dirían algunos; para mí evocaba chocolate delicioso, caminatas, mucha nieve y muchos árboles y fauna (que otro profesor, de un curso anterior, nos hizo aprender durante un par de semanas de Classe de neige en St-Luc, un pueblo ínfimo en el Valais).

Una respuesta de dibujante. Densidad.

Hoy, casi cuarenta años después, aún recuerdo su frase – incluso el tono de voz con que decía “ah, les Alpes en Suisse, c’est dense, beaucoup plus qu’en France…”.


Recordé todo eso por una conversación que tuve en Varsovia hace un mes. El hijo de Roman Kossak, Kuba, es un amante de la montaña y un gran caminante, de esos que van con una carpa y acampan y suben, en la nieve, como sea. Nos habló en una cena de un lugar en los Tatras al que le encanta ir a “perderse” a veces. Luego agregó… bueno, pero es los Tatras, no es los Alpes … y lo dijo como excusando lo pequeños que son los Tatras. Le pregunté a qué altura era el lugar – me dijo “algo así como 2500 o 3000 metros”. Roman se rió y dijo … “¡ah, Andrés vive a esa altura!” … después de algo de risa comenté “sí, en Colombia montaña alta es de 5000 para arriba, pero no es fácil llegar allá, y no se ven con frecuencia; hay muchas nubes”. Roman pasó entonces a sus valles favoritos alpinos y describió los Alpes como las montañas de “altura perfecta” … ni tan altas que sean inabarcables ni tan pequeñas que sean triviales. Yo defendí apasionadamente nuestros Andes, obviamente. Se me salió algo de chovinismo andino – evoqué la remota Sierra del Cocuy, el Nevado del Huila y luego el mucho más alto Callejón de Huaylas, Áncash, el Huascarán. Yo quería decir algo como “sí, los Alpes son preciosos, pero si quiere ver montaña de verdad le toca ir a Perú, o incluso en Colombia hay mucho más”.

El joven Kuba mordió el anzuelo – tal vez mi mirada remota pensando en esos montes peruanos lo convenció – y me dijo “yes, I have to see those mountains, I definitely have to”.


Pero pocos días después sobrevolé los Alpes en un vuelo Varsovia-Barcelona, una mañana despejada. Y volví a ver la densidad. Sí, mi profesora de dibujo tenía razón: los Alpes en Suiza tienen densidad. Esto fue lo que vi desde el avión:

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día(s) – en bici al centro, lluvia, alivio

Hoy de mañana salí a correr intervalos en la Quebrada Las Delicias (la parte baja – teníamos que iniciar el día y no había tiempo para caminata larga). Es parte de una rutina que he ido estableciendo, esos intervalos de vez en cuando (correr a lo máximo que pueda uno dar, durante 45 segundos, luego caminar 45 segundos, luego de nuevo correr al máximo 45 segundos, etc. – claro, con entrenamiento esos 45 segundos pueden ser 50 o 60… pero es mucho más duro así).

Al bajar me alisté y leí en las noticias que “todas las avenidas estaban trancadas llegando al centro” por manifestaciones múltiples.

Preciso tenía reunión hoy con Pierre Simon en la Universidad de Los Andes a media mañana para hablar de NIP y la Conjetura de Pares Genéricos (un bello misterio semi-entendido en algunos casos – Pierre es un experto en descomposición de tipos y yo quería preguntar ciertos aspectos de la prueba) ahora que termina su visita.

Aunque no suelo ir al centro en bici, esta vez me dio tanta jartera meterme en el tráfico en un taxi que decidí ir en la bici. Tuve una buena sorpresa: la ciclorruta de la 13 ahora conecta al frente de Museo Nacional con la Carrera Séptima (peatonal/ciclorruta) y puede uno luego subir por la 23 hasta la zona de la Universidad de Los Andes. Una cosa buena de la alcaldía anterior esa conexión, ahora completada por esta alcaldía con páneles de plástico para algo de continuidad. Parquear ahí cerca la bici es medio aburrido si uno no tiene convenio con algún parqueadero.

El regreso fue marcado por el primer aguacero fuerte bogotano que veo en muchos meses: me lavé bajo lluvia torrencial desde la Calle 37 hasta la Calle 64. Con piso mojado me tocó ir despacio sobre todo en zonas de ladrillo. Estrené la ciclorruta nueva de la Calle 45 (estuvo lista hace unos pocos meses pero no la había usado) y luego seguí por Carrera 5 y 6 en zigzag hasta aquí. Tenía mucha hambre y ganas de llegar a cambiarme de ropa y almorzar: subí las cuestas de Chapinero Alto a toda.

Había un grupo de turistas europeos en un bicipaseo (“bike tour”) por la ciclorruta de la 13. Se debieron lavar también.

El ejercicio inusual para mí (los intervalos matutinos, más bici al centro y de vuelta), más el aguacero me dejaron medio agotado. Fue una tarde de Haydn mezclado con topoi mezclado con imaginación ensoñada. Uno de esos días que uno siente pasar ahí al lado.

Hubiera querido captar la lluvia (pero en bici y sin cámara ni modo). La sensación de alivio, la sensación de bogotanidad profunda. La atmósfera de ensoñación y nerviosismo mezclados.

La delicia de sentir que uno está, profundamente, en un páramo.

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(foto: AV – parte de Project Topoi)

unveiling, unravelling

El lento develarse de un monte (el Cotopaxi duró oculto las primeras dos horas que estuvimos ahí caminando alrededor de Limpiopungo, la laguna entre el Cotopaxi y el Rumiñahui; el aguacero lo reveló).

The slow unveiling of a mountain (the Cotopaxi remained hidded during the first two hours we were there, walking around the lake (Limpiopungo) between Cotopaxi and Rumiñahui; the downpour revealed it).

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Ribeyro – sincronicidad(es)

Me pasaba más frecuentemente antes durante los viajes: el encontrar como por arte de magia obras para ir leyendo mientras pasa el viaje, mientras uno absorbe la luz, el aire del lugar y se deja llenar del pulso peculiar de cada sitio. No esperaba particularmente que sucediera en esta parte del viaje (la subida de la Costa del Pacífico peruano a la sierra de Áncash, ese viaje que sentí casi mítico mientras manejábamos por la bruma subiendo desde 0 hasta 4300 metros después de recorrer 250 kilómetros junto al mar por un desierto impresionante y haber tenido que ser rescatados de quedar casi completamente hundidos en la arena de una duna). No lo esperaba, y me impresionó ir leyendo algo que me permitió entender a dónde estábamos entrando, qué es realmente este lugar, este topos mágico de la sierra de Áncash, donde el quechua y el español conviven y muerden fronteras, donde uno puede estar a 4000 m de altura y aún sentir que hay cosas mucho, muchísimo más altas, alrededor. Donde hay tantos parecidos con lugares familiares (el altiplano cundiboyacense) pero a la vez tantos extremos distintos, en alturas, en presencia de otro idioma. Tantas similitudes dentro de tantas diferencias (o tantas diferencias dentro de tantas similitudes).

Al iniciar el viaje paramos por una librería en Trujillo, a ver qué llevábamos para esos momentos del viaje en que uno quiere leer algo. Era una librería estándar, una especie de pequeña sucursal de la Librería Nacional o algo por el estilo, nada del otro mundo. Pero ahí estaba la Crónica de San Gabriel, de Julio Ramón Ribeyro, un autor peruano que en principio no asociaba yo con esta región (y que en realidad no conocía sino por referencias externas – varios amigos dicen que es el mejor cuentista de toda la literatura latinoamericana) y que en realidad no lograba asociar ni con el boom, ni con lo anterior al boom, ni con nada… pensaba que debía ser un limeño de París (y estaba engolosinado con la poesía del otro peruano de París, Vallejo, de la que sí conocía algo ya).

Abrí la Crónica, y ahí estaba justo el viaje que estábamos iniciando. Por la costa peruana, por el desierto inclemente y brutal, hacia un lugar desconocido de la sierra. Nosotros, hacia Caraz en Áncash, él (o mejor dicho, el adolescente limeño medio perdido de la novela) hacia la hacienda San Gabriel, por Santiago de Chuco, en la parte de la sierra que correspondería a subir desde Trujillo.

En las paradas del viaje cuando se puede leer (esperando un desayuno, o tarde en la noche, o en alguna tarde después de caminata) devoré literalmente la Crónica. Fue crónica paralela de un viaje, pero fue a la vez [y aún más profundamente] la primera vez que logré establecer un vínculo sólido entre los autores anteriores al boom y esa avalancha de modernidad que llegó con los contemporáneos de Ribeyro.

La Crónica me trajo a la mente (de manera desordenada) 4 años a bordo de mí mismo de Zalamea (Eduardo), obra muy modernista para haber sido escrita hacia 1940, La Educación Sentimental (de Flaubert), las crónicas de Maupassant, muchos trozos de Ana Karenina de Tólstoi – cuando están en esas haciendas de miles de verstas y hay siervos y jóvenes y viejos y grandes comidas y reuniones y peleas y tensiones, el Retrato del artista adolescente de Joyce, con el joven dudando y tratando de armar su vida (pero con matices sexuales y sociales más latinoamericanos, de ahí la cercanía a 4 años), pero curiosamente la sentí muy moderna – como una narrativa con la energía y la apertura de posibilidades del siglo XIX, pero ubicada en esta geografía de la sierra peruana (valles, minas a 5000 m, cuchillas y precipicios absurdos, terremotos, nieve para donde mire uno, chacras, chicha de jora, maíz y tunas, quebradas y punas) y en un contexto social que no debía ser muy distinto del de ciertos ancestros míos, gente de tierras de Boyacá pero con la hacienda disgregándose por mil razones nunca muy claras. Aspectos sociales del país atisbados durante la adolescencia fogosa, nunca entendidos de verdad, pero sí intuidos (en la Crónica, una revuelta de mineros indígenas, que asusta y siembra dudas en el personaje principal, pero no trae mayor consecuencia, como tantas revueltas que ha habido en estas sierras, o sus variantes del altiplano allá).

Ribeyro era amigo (o enemigo, o polemizaba con, o criticaba a, o …) de muchos de los autores consagrados del boom. Su maestría narrativa es reconocida por muchos (cuando dicen que es el mejor cuentista o mejor narrador latinoamericano pueden no estar exagerando mucho), pero a la vez no parecía estar situado en los grandes ríos de García Márquez o Vargas Llosa o Alejo Carpentier o Lezama Lima. Parecía estar situado en cierta marginalidad muy parisina, muy irónica y a la vez sencilla, que hizo que lo sintiera increíblemente fresco y novedoso para leer en 2015. Lejos de la grandilocuencia y el armar mundos inmensos de sus contemporáneos del boom, Ribeyro (o por lo menos el de la Crónica que es un Ribeyro muy inicial) parece tener la clave para entender cómo se puede pasar de La Vorágine a Cien Años de Soledad, o de 4 años a bordo de mí mismo a El Coronel no tiene quien le escriba: Ribeyro escribe algo que habla de tú a tú con los anteriores [a través de los rusos y franceses del siglo XIX, tal vez] y con los posteriores, sus contemporáneos.

Fuimos caminando a un pueblo que resultó ser absolutamente idílico – un pueblo donde tal vez el 80% de lo que se habla es quechua, y está ahí subiendo por un valle lateral mágico, subiendo desde el Callejón de Huaylas. Llegamos a ese pueblo y nos regaló un señor unas tunas rojas, unas naranjas, unas limas, unas paltas minúsculas (con sabor a anís), unas manzanas. Hablaba con su mamá en quechua mezclado con español, con nosotros en español con inflexiones y conjugaciones que muestran que no es su primer idioma. Nos invitó a volver cuando quisiéramos a su pueblo pequeño de casas de adobe que parece anterior a todo.

La caminata a ese pueblo implicó el paso por el infierno: un basurero y una mina (no sabíamos que estaban ahí), saliendo de Caraz. Baja uno bastante para pasar el cañón del Río Santa y deja uno arriba el verde increíble, se mete uno pasando por la basura entre una mina de carbón. Un escenario para una escena macabra de película de policías corruptos en Arizona en la frontera con México. Y sube uno y abandona el infierno y empieza a encontrarse con las chacras y las tunas y los bosques y las quebradas y el sonido del quechua y el fluir extrañísimo del tiempo en la parte alta de esos valles.

La Crónica de San Gabriel captura algo que me permite ver todo eso de manera articulada, como una lectura paralela ubicada en los años 40, de vivencias en un lugar muy privilegiado del mundo en este (duro, se ve) 2015.

sobrevolar montañas – Popocatépetl

Nunca tendré suficiente: sobrevolar montañas es uno de los momentos fugaces, difíciles de lograr – pero milagrosos cada vez que se vuelven a dar. Nunca son seguros: basta que el puesto en el avión sea sobre un ala, que uno no consiga ventanilla, que haya demasiadas nubes, que el avión salga tarde y vuele de noche para que la promesa increíble de ver montañas no se cumpla. Por eso cuando sucede [cuando aparece la Cordillera Blanca de Huaraz al volar de Bogotá a Lima, o la gigantesca puna de Bolivia al volar de Buenos Aires a Bogotá, o el Illimani (gigantesco, parece un monte de otro planeta más grande) al volar de Lima a São Paulo … o la espina dorsal de Aotearoa o los montes de Alaska o los siempre postalescos Alpes de Suiza (almanaque de panadería bogotana), o las montañas un poco salvajes del Peloponeso – o simplemente el Nevado del Tolima o la Sierra del Cocuy al salir de Bogotá o la Sierra Nevada al aterrizar en Santa Marta] aprovecho el milagro.

Recuerdo mucho una broma pesada que nos gastó un piloto venezolano en Mérida una vez, hace dos décadas, cuando volar todavía era medio informal. Mientras uno está en Mérida está constantemente abrumado por la cordillera: como tener el Cocuy a la distancia de Monserrate en Bogotá. Los picos de Mérida (el más alto se llama, oh sorpresa, Pico Bolívar) están a 5000 msnm, la ciudad está a la altura de Medellín, y uno todo el tiempo está pendiente de los picos: si amanecieron con más nieve, si se va a poder usar el teleférico. Es una presencia casi angustiante por las dimensiones absurdas de la cordillera allá. Al salir hacia Caracas, el avión debe buscar el único hueco entre los picos – como salir del Olaya en Medellín pero con montes 3000 metros más altos alrededor. El piloto (jovial venezolano, bromista) hablaba del pico tal a la izquierda, el pico tal a la derecha, que miráramos y disfrutáramos. Pero el pico Bolívar, el más alto de todos, estaba… de frente. Varios pasajeros nos pusimos nerviosos: estábamos volando directo hacia el Bolívar. Por unos segundos eternos callamos y preguntábamos a los pasajeros del otro lado “¿ustedes lo ven?” (“no, ¿y ustedes?”). Luego giró bruscamente y el piloto rió y dijo “ajá, tranquilos, ahora sí lo pueden ver”. Una escena impensable en los vuelos hoy en día.

Ya sé que si uno sale de Ciudad de México hacia Bogotá y tiene ventanilla del lado izquierdo (y está de buenas y no hay nubes y es de día y…) uno puede ver esa cadena mágica de volcanes nevados – el eje volcánico central, lo llaman allá. El Popocatépetl, el Iztaccíhuatl, a lo lejos el Orizaba, el más alto, y un montón de picachos de 4500 metros que definen completamente el espacio central mexicano. El Popocatépetl, que está tan cercano a la Ciudad de México pero casi nunca se puede ver – y sin embargo arroja de vez en cuando ceniza densa y pegajosa sobre la ciudad entera, aparece al despedirse, como recordándole a uno que finalmente es la razón principal por la cual apareció esa ciudad de lagos y canales y hoy paseos e insurgentes.

Tropical geometries

Rainy season in the tropics: when it starts you brace yourself. Floods, cold winds, greyness, long rainfalls, lasting one to two hours, when only the bravest or the neediest dare cross the streets and soak their feet, when being besides a fireplace is the only sensible thing you could imagine doing, when for many days you will see mountains through mist, the city as a backdrop to some photograph from the 1930s in Eastern Europe, people in plastic coats and woolen scarves, sore throats, wet stray dogs in the streets, the occasional drowned rat in some lot, your leather shoes gone to ruin by the sheer amount of water, the fields of Chía and Cajicá and Cota looking like little lakes, the stream up La Vieja as if multiplied by ten, the roads of Colombia blocked by falling rocks, the farmers happy with the rain because “it was altogether too dry”, your bicycle gone to rust unless you want to spend whole days soaked wet, your place impossible to warm, forcing you to put boiling water in bottles inside your bed to be able to sleep, and the greyness of everything. This is the rainy season in the tropics. It has started. Let us brace ourselves for the darkness, the greyness, the wetness, the cold, the poetry of it!

Photographs taken at noon, today, at the University in Bogotá.

Morací: agua, gente, montaña, ciudad.

En la Quebrada Morací el sábado pasado hubo una jornada de recuperación – siembra de muchos árboles, y muchas actividades con la gente que vive cerca de ahí: capoeira (traída por algunos habitantes del Bosque Calderón, el barrio que se ve cuando gira uno por los puentes de la Circunvalar con Calle 60 – los vecinos de otra quebrada en recuperación: Las Delicias), coplas al agua [inventadas por niños del barrio], pintas del puente, teatro, cantos, exposición de fotos:

Morací queda en la Localidad de Chapinero, en el Barrio San Luis, como a 3000 m de altura, a la derecha del camino a La Calera. Es inmenso el barrio San Luis (uno normalmente si pasa en carro subiendo hacia La Calera logra ver solamente un recodo pequeño – si cruza a la derecha en el puente peatonal, poco antes del peaje, entra a un mundo nuevo, gigante). San Luis es un barrio de Chapinero, de la localidad más rica de Colombia, armado de ladrillo hueco, de tablas, de calles de barro mezcladas con algunas pavimentadas. Tiene ruta del SITP (la 4), parte tiene acueducto, pero a la vez es uno de esos lugares crecientes de las ciudades de América Latina, repleto de niños y jóvenes, muy probablemente atacado por bandas criminales, con zonas enteras sin acueducto, tomando agua de quebradas como Morací.

Y sin embargo hay este oasis que muestran (muy imperfectamente, muy incompletamente) estas fotos. Lo más impactante es que este oasis está siendo creado mientras escribo esto, en 2013, por la gente del barrio San Luis, principalmente. Ellos mismos, los moradores de un lugar aparentemente vuelto nada, aquí arriba no más en la vía a La Calera, son los artífices de la recuperación de una quebrada como Morací.

Es una historia impresionante – mezcla de energía, de apoyo dosificado de organismos de conservación de la naturaleza, de educación de los niños y de los jóvenes a través del trabajo de recuperación de su propia quebrada. Los niños que aparecen en las fotos participaron en la siembra de árboles, saben lo importante que es para la cuenca del Río Bogotá (y del Río Magdalena) el trabajo desde el origen, desde el punto en que lo que será esos ríos está naciendo. Tienen más conexión con su lugar de vivienda que la mayoría de nosotros.

Parte de la magia está en la presencia de una casa-taller allá arriba, donde reciben a los niños de San Luis sin pedir un solo peso, sin presencia de curas ni catequización de ninguna clase, después de clases (o durante el día si no hay clases). La única condición sagrada es que todo el que va a la casa-taller de Las Moyas debe hacer algo. Nadie puede estar ahí sin hacer nada, pero por eso hay huerta [orgánica, con recuperación de especies de papas y maíz, etc. no comerciales], construcción de partes de la casa, sala de música, carpintería, taller de cerámica, salón de juegos, hornos de pan, y seguramente mucho más que no he visto. No reciben donaciones (están en contra de la mentalidad de limosna, y muy inteligentemente dicen que la pobreza es un estar no un ser – uno no es pobre, y es clave no asumirse a sí mismo como pobre). Aunque hacen todo “con las uñas”, mucha gente va a trabajar voluntaria (y felizmente) allá. Un muchacho inglés va a enseñar carpintería y de paso les enseña algo de inglés a los 50 niños que hay en la casa-taller. A veces va con sus amigos gringos o ingleses a ayudar a construir algo. María Clara a veces va a pintar con ellos una tarde. Otros van a hacer origami. Otros a hacer un horno de cerámica, a hacer pan, a construir cosas.

La energía de ese lugar es impresionante, brutal y conmovedora. Como dicen cuando uno va, “uno sabe cuando llega a Las Moyas, pero no sabe cuándo sale”. Pese a que todo es hecho con medios mínimos, el cariño con que le ofrecen a uno un tinto o una aromática con panela, o un pan hecho por ellos mismos, es enorme y contagioso. Pasan niños hablando duro, saludan felices a María Clara los que la conocen, otros están aprendiendo inglés con Sam, otros jugando algo, otros ayudando a armar el nuevo horno de cerámica (que un ceramista profesional que estudió arte en la Nacional en la época de estudiante de María Clara les ayuda a armar).

El sábado pasado fue mi primera ida a ese lugar – fuimos con un grupo de Amigos de la Montaña (gente de la Quebrada de la Vieja aquí arriba en la 70, que partió de su preocupación con el tema de las quebradas en abstracto, pasó al tema de la comunidad y la urgencia absoluta de trabajar por el agua y por los cerros, y terminó conectándose con otras comunidades). El tema de la construcción ilegal en zonas estrato 6 de La Calera – robo de fuentes de agua, conjuntos cerrados que destruyen monte nativo y cierran el acceso a las quebradas, etc. – terminó uniendo a la comunidad nuestra (de la Quebrada de la Vieja) con la comunidad de Las Moyas y Morací (ahora se unieron las comunidades de Las Delicias, más al sur en Chapinero y El Chulo, en la zona alta detrás de la Javeriana). Mi participación ha sido completamente tangencial: quien sí ha tomado muy en serio su papel ahí ha sido María Clara, junto con otro grupo maravilloso. Me acogieron en Las Moyas como pocas veces en la vida.

Todos esos trabajos generan mil preguntas, que aún no he hecho. ¿Qué pasará con los niños de Las Moyas en su tránsito a la adolescencia? (Nicolasa, la que organiza, habla del tema – ella y su esposo en la obra de teatro tocaron el tema de la importancia del uso del condón y de vivir la sexualidad en la adolescencia con cuidado, cariño y responsabilidad – igual, las poblaciones de lugares como San Luis viven en riesgo altísimo de embarazo adolescente – María Clara, medio en chiste medio en serio, le dice a Nicolasa que aproveche para que cuando vayan llegando a la adolescencia puedan también tener un lugar de encuentro y exploración de sus cuerpos con felicidad y responsabilidad, con cuidado.) Si lograran (además de lo que hacen) quitar el horroroso morbo que rodea toda la relación con el sexo y con el cuerpo en nuestra cultura, estarían haciendo otro trabajo formidable. Esa es solo una de muchas preguntas.

Un niño de unos doce años, Alvarito, se está aprendiendo poemas de memoria, que cada vez que vuelve María Clara, le recita un poco más. No es fácil – son niños que probablemente hacen ese tipo de cosas mucho más despacio (al menos inicialmente) que los niños de la misma edad que uno ve en la familia o entre amigos. Pero uno no sabe: probablemente ese trabajo de ir y escuchar un poco más de los poemas cada vez que sube deje algo – no sabemos.

Son mil y mil preguntas y casi nada de respuestas. Por lo pronto, la quebrada tiene más árboles nativos (300 más) que antes, sembrados por los niños de San Luis y un puñado de amigos de la montaña y amigos de Las Moras. Creo que eso es algo concreto.

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Morning: ascent up to 3300 m

SubidaParamo2013Marzo
Camino al páramo

This was not meant to be, but some people from Amigos de la Montaña called yesterday evening to invite us to an early morning ascent to El Páramo, the land beyond 3000 m, right above Chapinero. We went with our niece Luna and a small group of people, with three police officers accompanying us, all the way up to the top of the mountain right behind us (the second peak).

The first part is the usual “claro de luna” pathway – not too hard, not too easy either. We have done that part of the way many times, by ourselves and with friends and visitors (Roman, Itaï, Deirdre, Miguel Ángel, Goyo and Adriana, Carlos, Hans, Martin, Valentin, Moshe…).

The second half is steeper (see the level lines) and harder – you have to dose your oxygen carefully. A total ascent of 650 m, from 2650 to 3300 m, is not completely trivial.

The view (sorry, no camera) was outstanding, with completely blue sky, and the snowy caps west of Bogotá (250 km from here): Tolima, Santa Isabel and Ruiz perfectly visible. The Tablazo mountain as well (one of the people who have more experience in these hikes claims that on clear days, early mornings from El Tablazo one can discern the Pacific line – quite possible).

Quick mini-breakfast of bocadillo, water, crackers and farmers’ cheese. And the descent. Some of us stopped for a quick splash in a swimming hole I had never seen before.

The best “miércoles santo” (Holy Wednesday in all formerly Spanish countries) I remember in a very long time.

lecturas, montañas, mar (tangencial)

Este septiembre ha sido un mes de encuentros y reencuentros – lecturas, montañas, mar (tangencial).

  1. Caracas con Carlos y su familia es un lugar encantador. La vista al Ávila desde esa cocina, las botellas, la luz. El queso telita, el casabe, los cuba-libres, el gin-tonic, el sashimi de atún. La pasta preparada con un cariño y un cuidado ejemplares – las historias de inmigrantes de pueblos perdidos del sur de Italia en pueblos perdidos de los Andes merideños, o una abuela de Chía, incluso. Caracas de conversación, de ir y venir entre clases de Ramsey, modelos de Solovay, el mercado de Chacao, el Café Arábica, los andenes (¡aceras!) remozados de Sabanagrande, la Academia de Ciencias, el IVIC perdido en los Altos de Pipe, casi mil metros arriba de la ciudad, con sus bosques de eucaliptos, su biblioteca envidiable. Caracas y la suavidad del hablar de los colegas, de ese mundo italiano de segunda o tercera generación que encuentra uno en medio de esas montañas. Ah – el Ávila. El norte de Caracas es el Ávila – o más precisamente, la cordillera costera con el Ávila, la Silla de Caracas aún más alta, el Naiguatá aún más alto. Montes de 2500 m al lado de la ciudad a 900 m – con el Caribe ahí atrás. Con la Cota Mil (1000 msnm) respetada y sin construcciones más arriba de los mil metros. La presencia del Ávila en Caracas para mí era reto diario, inspiración constante. Todo el tiempo pensaba en los cerros bogotanos, pero no – hay una diferencia de dimensión (relativa) brutal. Los cerros caraqueños – que la delimitan por el norte – son en promedio tres veces más altos que los cerros bogotanos, con respecto a la ciudad.
  2. Empanadas de cazón entre mil sabores más. Saben muy bien esas empanadas del mercado. Maíz frito y un relleno de guisado de cazón (tiburón pequeño) son tal vez las más ricas que probé. Grandes, con sabor a maíz pilao, con el relleno humeante de cazón (preparado con tomate, pimentón, cebolla). Con el queso telita y el casabe, sabores buenísimos que probé en Venezuela. Una noche fuimos al restaurante Palms, de la chef Helena Ibarra. Allá fueron platos mucho más elaborados – muchos basados en recetas de inspiración local de Venezuela, muchos muy buenos.
  3. Montañas y páramos andinos. Lo primero que hice el domingo en Mérida fue arrancar para el páramo a caminar. A encontrar cosas similares (pero distintas), muy similares (pero un poco distintas) de nuestros páramos aquí arriba, de nuestro Suesca y nuestro Chingaza. ¿Para qué me fui a buscar cosas similares en otro país? No sabría decir. Me sentía increíblemente bien allá arriba, en el Páramo de la Culata, metiéndose por uno de los valles de los Andes merideños, encontrando gente chapeada – con pómulos rojos del frío – recogiendo papas criollas, vendiendo pasteles de trucha, en casitas rosado Mérida (una variante del rosado Soacha), entre montañas esas sí distintas en su parte más alta (más afiladas, más “alpinas” tal vez allá en Mérida – tal vez parecidas al Cocuy – con sus cumbres nevadas a 5000 m, justo encima de uno). Necesitaba la caminata medio rápida, el sudar un poco y oler frailejones y la tierra andina de los tres mil y pico metros, el ver los aguiluchos y los chulos (zamuros allá).
  4. No encontré chavistas. Aunque preguntaba (sin mucha esperanza) en los taxis o a la poca gente no académica a ver si alguien salía a decir algo en defensa de Chávez, nadie, nadie salió hablando bien de ese personaje, nadie salió a decir nada que me obligara a mantenerme en calma espera. Los académicos, naturalmente, hacen oposición, y señalan la combinación brutal de ineptitud del actual gobierno – incluso si uno quisiera estar de acuerdo con alguna reforma, la manera tan increíblemente inepta e ignorante con que parecen hacer las cosas simplemente da al traste con todo – y corrupción – toda la plata inmensa se la están robando, se la siguen robando. Con múltiples ejemplos concretos sumamente articulados, ilustraban la letal combinación de esos dos males: ineptitud y corrupción (yo en muchos casos pensaba que en realidad parecían estar hablando de Colombia – mutatis mutandi la raíz de los males es similar, aunque la expresión de éstos sea distinta). Los taxistas, tal vez menos articulados pero más coloridos, simplemente decían indignados que “el país siempre ha sido de los mismos, incluso ahora, y la plata toda se la roban”. Hubo un par de excepciones: en la caminata por el Páramo, me puse a hablar con unos guías, y un amigo de éllos venido de Ciudad Bolívar, la entrada de la Gran Sabana. El amigo de los guías, un muchacho alegre y simpático, decía haber ido recientemente a Cuba y a la feria de Cali (?!?!?) con grupos que envía el gobierno, compuestos por jóvenes familiares de oficiales de ChávezContaba con perfecto desparpajo cómo los envían con gastos pagos a sitios de vacaciones en Cuba o en Colombia o dentro de la misma Venezuela. Al hablar, exhibía una sonrisa feliz, de gente que está en la cumbre de algo, la despreocupación de quienes no requieren angustiarse. Por su dicción, creo que no tuvo una educación básica buena – pero probablemente tampoco tan mala. Cuando le pregunté en concreto qué pensaba del actual gobierno, del futuro de Venezuela, se puso un poco más serio. Me dijo que realmente no pensaba que el país estuviera yendo para ninguna parte, que él veía todo muy mal administrado. Quedé perplejo. No esperaba esa respuesta de alguien que viaja con gastos pagados (mientras la situación económica de tanta gente en las universidades es tan desesperada). Tal vez desencanto es una palabra que resume lo que se siente en Venezuela, entre gente que de pronto hace unos años creía genuinamente que el país iba a cambiar para bien. Y claro, escepticismo enorme y lleno de datos concretos por parte de gente más cuidadosamente educada, más acostumbrada a desconfiar de esos mesías.
  5. La tricotomía de Zilber fue el tema de mi curso. Con veinte horas de clase, es realmente bastante lo que se puede hacer. Me advirtió Carlos que era mejor iniciar sin suponer que la gente supiera teoría de modelos, pero sabiendo que algunos estudiantes muy buenos tomarían el curso. Además los muy buenos saben bastante teoría de conjuntos (y algunos tenían buena geometría algebraica básica) – decidí seguir el reto e iniciar “casi desde cero” modelo-teóricamente hablando, pero ir a buen ritmo. Resultó muy divertido para mí (y espero que para éllos) el minicurso planteado así. Varios estudiantes llegaban con buenas preguntas cada día. Fue una experiencia muy intensa, pero muy gratificante para mí. Enseñar cuatro horas de teoría de modelos, durante cinco días seguidos, no es algo muy trivial. De noche, en las pequeñas horas de la madrugada, me despertaba en el hotel de Mérida pensando algún ejemplo que haría, algo que usaría de la víspera para enganchar temas, algo que sabía en ese momento (antes del amanecer, no antes) que los estudiantes apreciarían y les ayudaría a entender mejor el teorema de Morley, mejor Omisión de Tipos, mejor bifurcación, mejor tricotomía, mejor modelos de Zilber. Pensaba y pensaba – mientras hablaba en las cenas con los colegas de Chile, de Venezuela – mientras cuadrábamos detalles del SLALM en Bogotá, de futuros encuentros en Bogotá o Mérida o Pamplona o… El sábado al amanecer me sorprendí despertándome asustado porque no tenía claro cómo seguir. Claro, al momento recordé que ya había terminado el curso. Después de las horas y horas, sentí que se había pasado en un abrir y cerrar de ojos ese curso, y de hecho me hizo falta el seguir.
  6. La nieve de los Andes estuvo ahí todo el tiempo – el viernes mucha más después del aguacero del jueves sobre Mérida. El bus que nos recogía por la mañana fría subía raudo, atravesaba el Parque Milla (lugar que me hacía sentir en 1991, cuando estuvimos en un hotelito ahí con María Clara – recién habíamos empezado nuestra vida juntos), y enfilaba hacia la ULA, siempre con esos picos nevados ahí al lado derecho. Yo siento que durante esos cinco días volaba todo el tiempo, como algún cóndor perdido allá arriba dando vueltas, como algún aguilucho tal vez más bien. Volaba entre la tricotomía, el curso, el revivir 1991 con intensidad suprema, el hablar con los estudiantes y colegas – los dos Carlos fueron esta vez alumnos míos – yo fui alumno de ambos hace veinte años. Como no había tiempo para descansar (además asistí a buena parte de otro curso de veinte horas, de sistemas dinámicos topológicos – un tema super interesante y lleno de fenómenos de Ramsey) ni para pensar, quedé suspendido en una semi-vigilia que de noche se concretaba en mi pensar, acariciar, incubar los ejemplos del día siguiente – de manera semi-inconsciente, como a la altura de la nieve andina.
  7. Claudio Magris sigue ahí de lectura de cabecera, desde Mérida. Allá fue Otro mar, ahora es Danubio. Entre Trieste, la Patagonia, Ulm y Belgrado.
  8. Bogotá con los visitantes de Ecos-NORD, las charlas de Melleray, el encuentro con Mijares y Padilla, las pseudo-ortogonalidades abstractas, las clases de Fraïssé categóricas, las sutilezas que señala Melleray en las preguntas sobre esqueletos combinatorios en las construcciones topológicas, la química y el mundo.

Demasiados encuentros en este septiembre, tal vez.

Sgurr an Airgid (Monte plateado en gaélico) fue la caminata del miércoles. El ascenso es de casi 900 metros – partes suaves (camino de pastores y ovejas), partes más duras (rocas o “bogland” – campos húmedos de barro negro y turba). Al final, cuando faltaban como 250 metros (de altura), parecía que ya íbamos a llegar, pero era simplemente perspectiva engañosa. Parecía que faltaran como 30 metros, y nos demoramos casi una hora en esos “30 metros” finales que seguían y seguían.

Me impresionó la cantidad de helechos salvajes y más arriba, cuando desaparecen los últimos árboles, los musgos. Musgos que retienen una cantidad de humedad enorme y le dan ese color verde “tapete” a los montes de Escocia. Desde abajo uno no adivinaría que se trata de helechos y musgos.

Arriba, casi a 900 m desde donde arrancamos (el nivel del mar), la vista incluía el Loch Duich, luego el Loch Alsh, el puente de Skye, Skye misma con el mar separándola de la isla grande, y finalmente los montes famosos de Skye, los Cuillins.

Yo volvería mil veces a hacer ese paseo.

Our mountains no not our mountains their mountains there in Japan that’s Kobe yes Kobe no not Bogotá although the shape of the mountains would confuse more than one yes Jörg and David have also noticed the strangeness of the two cities with their nicest neighborhoods right next to the same mountains transplanted but of course Kobe has the sea yes of course Kobe has the sea