ese día entendí que había algo muy mal

Un día por la mañana, en un salón de reuniones, me cayó el veinte. Tal vez era la luz (entraba un sol blanco lacerante de esos que a veces nos regala el cielo de nuestra ciudad, frío aún, desde los cerros). O algo en el aire. Pero me sentí incómodo, y entendí que algo estaba mal, muy mal.

En esa junta (o comité o como se quiera llamar) que se suponía representar a todos los que practican cierta disciplina en un país entero, un país bastante grande y muy variado, todos los que “representábamos” éramos hombres que veníamos de dos universidades capitalinas – todos, con una excepción, otro hombre venido de otra ciudad a la sazón. Y yo, a mi edad, no me había percatado del absurdo.

Una profesora, colega nuestra y buena amiga, ya no una mujer joven (aunque aún juvenil en sus iniciativas y su entusiasmo), pidió un espacio en esa reunión para pedir que en un congreso nacional (o regional a nivel del subcontinente, no importa tanto eso) se abriera un espacio para discutir, por una mera hora (o tal por cuarenta minutos, tampoco importa), el rol de las mujeres en el país en esa disciplina que estábamos ahí representando cinco hombres. La profesora dijo que le parecía importante ese espacio, no tanto por ella misma, pues (nos dijo) ella “había sido muy afortunada y nunca había tenido que pelear por su espacio y su padre siempre la apoyó [hace 50 años, agrego yo], pero había otras mujeres que, siendo mucho más jóvenes que ella, sí tenían que pelear por su espacio, por el justo reconocimiento, por…”.

Ahí dejé de escuchar en detalle, la luz lacerante me cegó, y casi sentí mareo al ver lo absurdo de la situación. Nos vi a nosotros, cinco hombres de las dos universidades más de “élite intelectual” de nuestra nación destrozada por una guerra de cinco décadas, cinco hombres que ciertamente no teníamos ni idea de la verdadera situación de gente de otras universidades, de otros lugares del país, de otras circunstancias – y mucho menos de mujeres como la que nuestra colega (ella también capitalina privilegiada, pero al menos sensible al tema) nos vino a pedir… cinco hombres con la potestad de “abrir un espacio” (o no abrirlo) a un país entero, a las mujeres de un país entero.

Y me dio vergüenza.

Vergüenza de ver que la señora de casi 70 años tuviera que solicitar ese espacio a estos cinco hombres, en nombre de las muchísimas mujeres que ni siquiera hasta entonces habían podido llegado a solicitar un espacio, una mera hora en un congreso de varios días, para discutir el tema de cómo lograr mejor inserción en un espacio donde ellas deberían estar en absoluto pie de igualdad, cómo compartir historias o sencillamente mirarse las caras y decir qué hacer.

También me pareció terrible que en medio de los espacios de los premios, de las plenarias, fuera difícil, no fuera obvio, abrir ese espacio especial. Y no me gustó la cara de alguno de nuestros colegas en esa junta – la consabida sonrisita leve de “ah sí verdad, ahora toca también abrir estos espacios”, no me gustó la atmósfera de complicidad masculina tácita que se instauró después del tiempo en que la profesora hizo su solicitud.

Quedé casi mudo pues me pesó mucho el absurdo de la situación. Luego dije ahí alguna bobada, tratando de justificar que la reunión de las mujeres tuviera uno de los mejores auditorios. Me tocó decir que esa reunión era importante, tanto como los otros eventos del congreso.

Afortunadamente, la reunión se hizo. Pero me pareció absurdo que en las reuniones siguientes mientras hice parte de ese comité durante los meses siguientes las reuniones fueran cinco hombres… Algo dije en ocasiones posteriores sobre el tema, no tan contundentemente como lo haría hoy. Y algo pasó, pues el siguiente comité, el que afortunadamente nos reemplazó, sí tiene gente de varias regiones y sí tiene mujeres. No tanto como debería, y las regiones no capitalinas no están tan representadas como sería deseable, pero es un comité mucho mejor que el nuestro.


Federico Ardila me llamó la atención sobre el tema una vez que publiqué – recientemente – una lista de temas de exposición de un curso avanzado que dí, en el blog de clase. Me dijo algo así como “qué chéveres están los temas de su curso, a mí me encantaría poder tomar esa materia de alguna manera pero… ¿sólo hombres? ¿diez estudiantes, ninguna mujer?” Le dije que tenía toda la razón, pero no sabía por qué estaba pasando eso. No sé si hay un problema estructural en la carrera o en los colegios o dónde. Luego Federico me dijo que en los cursos que da en Colombia él ha visto que el número de mujeres ha bajado sustancialmente y de forma muy preocupante. Federico es por varias razones muy consciente de la importancia del tema – también vale la pena agregar que Federico ha tenido estudiantes mujeres que más adelante han continuado su camino y se han convertido en excelentes matemáticas.


Mi colega Carolina Neira ha hecho un trabajo excelente en esa dirección. Ella es de una generación joven, y habla con propiedad del tema (y de varios temas matemáticos, además). Trajo a Colombia a que diera un curso de geometría no conmutativa a Sylvie Paycha, otra matemática que ahora trabaja en Berlín y que además de haber propiciado muchas escuelas avanzadas importantes en Villa de Leyva en el pasado, hace año y medio trajo a la Universidad Nacional en Bogotá una exposición del proyecto Women in Mathematics. Durante el Congreso Colombiano en 2017 Carolina propició una discusión con mujeres matemáticas, como la que mucho más tímidamente fuera solicitada (qué horror pensar en el verbo) por nuestra colega. Me alegró muchísimo ver que al menos en ese sentido esa iniciativa está floreciendo.

El salón (grande) estaba abarrotado de mujeres y de hombres que queríamos escuchar los testimonios, que queríamos saber qué estaba pasando. En el tiempo de la reunión (una hora tal vez, o 90 minutos) se alcanzó a hacer un fragmento de lo que parecían tener planeado – quedamos con la sensación de algo que quedó iniciado y no completado. Fuimos con varios de los visitantes extranjeros; las mujeres matemáticas que hablaron eran (por fin) de muchas partes del país, de varias circunstancias sociales distintas.

Al ver eso siento alegría pero angustia también. Ese movimiento debería continuar, reforzarse.


Hoy hablábamos con María Clara de otros temas, de gente rígida que la rodea a ella a veces en su propio mundo académico – y recordé esa vez que hice parte de un comité tan rígido en un aspecto tan importante, que lo tengo casi borrado de mi memoria. No me gustó haberme visto a mí mismo como parte de una congregación de hombres a quienes se “solicita un espacio”, no me gustó sentirme casi como los párrocos vestidos de negro en Breaking the Waves.

El sol matutino de la capital me hizo ver esa realidad, ese día.

Agregado después – 27.8: Arturo Sanjuán ha escrito una respuesta aguda y con ejemplos y situaciones muy interesantes a este post, en su blog. En las respuestas a su post he ido tratando de aclarar puntos sobre este tema.

reel – El Ocaso – Bogotá – sagas

sueño toda la noche con ese debate – me levanto asustado a las 2 de la mañana

seguimos hablando del debate al recoger a Margarita y Carmen María (ellas y María Clara bajan a la UN al seminario de Modernidades – tres mujeres pilísimas bajando en el carro conmigo esquivando el tráfico renovadamente caótico de la 26)

aparece como surgido de algún fiordo Jaime Forero a saludar en la oficina – como un personaje de saga islandesa que salió expelido por el volcán de bello nombre (Eyjafjallajökull = eyja/isla fjalla/fell/monte jökull/glaciar) en otra época, en otro mundo – hace 4 días salió de viaje a Berlín y la ceniza volcánica lo detuvo en Miami / en vez de quedarse en un hotel allá, Jaime decidió sabiamente venir a trabajar en el observatorio por una semana

cuido en este momento examen de validación en teoría de modelos

Alex dio una bella charla en el Seminario esta mañana – la primera de una serie de la que debo dar la segunda parte (será ya cuando vuelva de México) –

me preocupo por el viaje a México – los temas son peligrosos y resbalosos – la compañía es excelente (Zilber, Baldwin y Gendron) – se supone que debo ayudar a que los geómetras (o físicos) que vayan ganen intuición modelo-teórica

decidí finalmente abandonar Ziegler-Tent (libro excelente, pero le faltan temas claves) en el curso de Estabilidad – hoy arrancamos el camino hacia la dominación, la ortogonalidad y los tipos regulares en teorías superestables

el fin de semana (también con el trío maravilloso Carmen María – Margarita – María Clara) en El Ocaso, Cundinamarca fue increíble – yo NO quería que llegara el lunes – oir a esas tres mujeres hablar de arte contemporáneo, echar pestes de la teoría del arte, oir a Carmen María y Margarita tratando de convencer a María Clara de _mostrar_ su obra al gran público, vivir tres días sumergido en esa otra sensibilidad, en medio de ese paisaje semi-tropical de El Ocaso – comer ensaladas bien hechas, disfrutar de intensas happy hours con ginebra, vino y whisky abundantes – yo me hubiera quedado mucho más tiempo allá

me sentía extraño como único hombre en esa compañía femenina tan maravillosa – por momentos percibía mi leve intrusión, mi ritmo primitivo – estar en esa compañía me hizo ver con más claridad que nunca lo abruptos, lo primarios, lo obvios que somos los hombres –

¿cómo será para una mujer estar tres días en compañía de tres hombres? (claro, en mi caso, estaba de buenas, pues las tres eran mujeres absolutamente excepcionales – reformulo: ¿cómo será para una mujer estar tres días en compañía de tres hombres muy distintos que esa mujer considere excepcionales?)

amanecer a trabajar en tierra templada (me despertaba a las 5 y me iba al estudio del segundo piso de la casona a trabajar y ver amanecer – hacia La Mesa, hacia el Occidente, hacia el Nevado del Tolima) – qué duro volver a Bogotá después de eso !!!