dreams / wax (unstructure)

Now the dream was near a river – unfortunately a polluted river. We were with Jaime and María Clara, with several other people. Swimming naked with people who normally one wouldn’t imagine skinny dipping. It was somehow related to the pandemia, to having gone back. Awareness of the pandemia was inside the dream, somehow. And the return to swimming in public had somehow made people shed swimsuits. It felt natural and obvious and was part of our internal changes. The only thing that seemed odd in that dream was the pollution in the river. Otherwise it would have been great.


I wrote dram instead of dream. Dram is a measure – of alcohol quite often. It is also dynamic random access memory. And also an abbreviation of dramatism.


When I woke up I didn’t quite wake up. I mean, I stayed in a sort of semi-dreamy semi-awake state. A sense of strong lack of structure in my mind pervaded me, and I enjoyed it. It felt as if I had become a kind of floating wax, with no structure whatsoever. (I thought about the state one should reach with meditation, with yoga – a state I very seldom attain. I enjoyed not having structure, just being like a wax block about to melt.)

más sueños de final de semestre / libros

Como este semestre ha parecido infinito (pues empezó realmente en agosto de 2018, se prolongó a través de múltiples vicisitudes durante meses y meses y meses, tuvo la pausa extraña y difícil de enero, y luego una pausa no pausa y luego encadenó con el (llamado) 2019-I) todos estamos agotadísimos.

Y en ese agotamiento sueña uno cosas raras, casi absurdas (pero reconfortantes, no sé bien por qué). Anoche soñé con Zaniar y con mi papá. Ya no recuerdo bien, ya pasó todo el día. Tenía que ver con puntos en unas medias y con explicaciones. Estaba la comprensión infinita de Zaniar, esa manera que tiene ese joven matemático kurdo de entender casi a priori tantas cosas de Colombia, de mi vida, de lo que realmente importa en teoría de modelos. Pero el sueño no era sobre nada de eso. Y estaba mi padre ahí, como tranquilo. Yo sabía que se había muerto, que lleva ya seis meses (casi no lo puedo creer) surcando el más allá (o como quiera que se llame donde anda ahora) y que después de estar lejos volvía a decirme algo, pero no recuerdo ya qué.

En el sueño era feliz su retorno, era como una aceptación tipo pues sí, te fuiste, qué vaina, nos dejaste solos aquí abajo lidiando con cosas idiotas (algunas incluso culpa tuya, obviamente, otras simplemente este planeta que está bien cansón últimamente con sus competencias y sus rankings y demás absurdos), pero qué bueno que estés ahí que tu sois là encore une fois – regarde un peu cette folie de planète heureusement pour toi tu l’as quittée avant qu’elle n’explose pero no todo era tono de reclamo – era más algo formal, un Glasperlenspiel de esos que le gustaban tanto, y pues ahí estábamos…

Era un sueño medio despierto; yo sabía que estaba durmiendo feliz en Chía, desnudo bajo el duvet de plumas con la montaña ya amaneciendo y preciosa con sus nubes y los aromas nocturnos de nuestro lecho con María Clara, placer puro – y aún así seguía soñando con alguna estructura extraña, como una superficie de Riemann que iba cambiando y siendo marcada por los personajes del sueño (Zaniar y mi padre, ¡qué combinación!) y puntos blancos y puntos negros y grafos y la eterna química…


Y los libros, tal vez los libros han sido parcialmente causantes de esos sueños, y no solamente el tan mentado fin del semestre infinito.

He estado abriendo cajas y cajas de libros. Repartieron – a mí me tocaron los de química, física y matemáticas que él tenía, más de 600 libros de esos temas. La cifra 600 no dice en sí nada, pero yo ando abrumado abriendo y abriendo cajas con mecánica cuántica, química a varios niveles, topología algebraica, topología combinatoria, espectroscopía, filosofía de la ciencia, también ese tema que yo odiaba y odio – cienciometría; en general detesto con todo mi ser las métricas aplicadas a la creatividad o al conocimiento o a la “producción científica” (qué combinación tan fea de palabras, como si fuéramos esclavos de algo) – pero que mi padre decía “había que estudiar pues de lo contrario las entenderán mal” – a lo cual contestaba/contesto yo “igual las entendieron patas arriba”…

Los temas bellos, la mecánica cuántica, química a varios niveles, topología algebraica, topología combinatoria dan para una biblioteca hermosísima y buenísima. La estoy distribuyendo entre estudiantes de él y allegados (aunque también decidí armar una biblioteca del grupo que tenemos con los geómetras pues a todos nos interesan la física y la química)… pero de momento mi estudio está repleto de cajas semiabiertas, y entre fin de semestre y mil otras obligaciones saco tiempo para ir mirando, libro por libro, qué hay, con qué me quedo, qué doy a quién, qué hago

Abdul parece disfrutar mucho ese desorden…

Vasos comunicantes: ROMA.

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Sergio Pitol al describir lo esencial de la novela rusa del siglo XIX usó la palabra polifonía. Aunque mucho se ha escrito acerca de las novelas de Tolstói, de Dostoyevski, de Gógol, el uso del concepto polifonía por Pitol me sorprendió, al pensar en lo específico de las novelas rusas. Pitol pasa entonces a describir las multiplísimas voces que se escuchan en esas novelas. Voces de la acción principal, claro, pero también una cantidad de voces al fondo, comentando, contradiciendo, repasando el momento histórico, hablando del siguiente baile en la corte. Voces. Superpuestas. Pitol lo achaca a la estructura de esos palacios o apartamentos, habitados por muchos familiares y siervos, con divisiones delgadas entre cuartos; apartamentos donde las peleas y eructos del vecino se escuchaban siempre, donde siempre se escuchaban los gemidos de placer cuando hacían el amor en los cuartos de al lado o las escenas conyugales, los nacimientos y las llantos por muertes, la vida entera.

Tal vez la primera impresión al ver ROMA, la de Cuarón, es análoga. Ha sido descrita por Magola Delgado como muchas películas en una. No solamente muchas historias superpuestas, sino realmente muchas películas puestas juntas en una sola, como si la transparencia increíble del blanco y negro, la ausencia de opacidad lograda mediante la ausencia de color lograra la primera magia: comunicar las “superficies” de las muchas películas en una sola, mediante vasos comunicantes / pasajes / singularidades / transparencias.

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El rol de las ventanas en la película hasta ahora no lo he visto en comentario escrito. María Clara, que siempre es sensible a esos temas, me lo hizo notar desde la primera vez que la vimos. Las ventanas, la mirada a través de las ventanas, es casi un personaje de la película. También las múltiples simetrías formales (como las manijas en la foto, o la presencia del avión reflejado al inicio y visto directamente al cierre de la película).

Constantemente estamos pasando de un paraje de la memoria a otro, como en una realidad medio soñada, medio irreal pero vuelta mucho más real por esa posibilidad de vasos comunicantes entre distintos tiempos. La metáfora del güerito, el niño menor, constantemente hablando de vida adulta en pasado, es la metáfora de la película ahí también.

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Hay muchos momentos de “cápsula del tiempo” en la película – un poco como en la otra película del espacio que van en familia a ver. En un carro van, con el chofer de la familia, atravesando una manifestación de estudiantes, histórica, antes de tornarse violenta ésta. El carro anda despacio, y la transparencia de nuevo se abre para evocar las durísimas manifestaciones de los años 70 en América Latina (en la de Corpus Christi en 1971 en México mataron a más de 100 manifestantes), pasan al lado de policías preparados para pegar duro, y luego llegan a una tienda de muebles a… comprar una cuna.

La cotidianidad, la familiaridad de esa tienda (que podría ser en la Calle 26 de Bogotá de los años 70) y la calle afuera al tiempo me trajeron memorias muy fuertes de mi propia infancia (yo tenía dos/tres años en la época de esos eventos) en un lugar cercano a la Universidad Nacional en Bogotá. Desde el apartamento, tercer piso, se podía ver a la policía de Colombia persiguiendo a los estudiantes en desbandada por una carrera paralela a la 30. Más de una vez algunos estudiantes se refugiaron en casa de mis padres.

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En la película la situación llega a ser más trágica – afortunadamente en lo que tuve que presenciar en esos años no llegué a ver disparos, pero sí vi policías armados golpeando a los estudiantes, claro que sí – y supe del miedo de mi madre al saber que a Química (donde estábamos) se podían entrar en cualquier momento los policías.

Sí – polifonía era para Pitol la palabra para la novela rusa. Aquí sería algo así como poliiconia, como muchas imágenes al tiempo, superpuestas pero no de manera física sino comunicadas mediante transparencias, como un haz de espigas desplegándose.

Una de esas muchas películas, una muy importante, es la de Cleo. La historia de Cleo, la primera película que la gente ve en ROMA (y que a algunas señoras emperifolladas torpes de entendimiento en el cine bogotano causó rabia – salieron diciendo “qué horror una película en honor a la empleada de la casa”), la que molesta a algunos por “condescendiente” y fascina a otros. A mí la historia me pareció contada de manera directa y llana, y espléndidamente actuada. Los reseñistas gringos se ponen bravos porque Cleo “no habla” (lo cual no es cierto; habla mucho, pero con su amiga Adela en mixteco) y no está “empoderada” (pero habría sido falso el recuerdo si hubieran puesto a Cleo como una mujer del siglo XXI).

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Las miradas de Cleo son otro de los vasos comunicantes de la película. El temor ante el futuro, la comunicación con los niños, la mirada de entendimiento tácito con la otra mujer, la madre de la familia, los silencios y los gestos. Todo eso hace parte orgánica del recuerdo de quienes nacimos en América Latina en los años anteriores a 1970, dolorosamente. La película lo pone ante nosotros sin emitir palabras.

Hay escenas misteriosas en la película. Una de esas es, durante un incendio en una finca en Año Nuevo, el gringo disfrazado de monstruo cantando borracho una balada en inglés. Presiento alguna referencia a algo ahí; la borrachera de Nerón mientras Roma se quema, alguna metáfora a Estados Unidos. Misterio (para mí). Otra es en Ciudad Neza (Netzahualcóyotl, la Ciudad Bolívar de Ciudad de México, parte del cinturón de miseria común a todas las grandes urbes de América Latina). Al llegar, lanzan a un hombre como un cohete en un espectáculo de circo de barrio…

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en una imagen poderosísima y cargada de algún significado metafórico. Es la época de las películas de viajes al espacio, de los Apollos visitando la luna, los hombres gringos o rusos perdidos en el espacio. En ese barrio de calles de barro esa imagen del hombre disparado parece algún homenaje al Fellini de Amarcord o de La Strada, traspuesto a Neza y visto (de nuevo) desde la lejanía del recuerdo reconstruido, desde el vaso comunicante, la singularidad de cierta incoherencia.

Mientras tanto, Cleo está buscando a su novio Fermín desaparecido—desaparecido al contarle Cleo que será padre. Fermín el practicante de artes marciales de Ciudad Neza, que salió huyendo de un cine cuando Cleo le contó que “tenían encargo”, que estaban esperando a un hijo.

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Desaparece Fermín (que solo conocíamos por su escena memorable meses antes—desnudo haciendo movimientos de kendo con una vara arrancada de una cortina en un hotel y contando a Cleo su historia: muerta su madre, lo llevan a vivir a Neza y lo salvan las artes marciales de la delincuencia…

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… mientras de nuevo las ventanas del hotel y el espejo nos dan ese doble reflejo del mundo (la fotografía es impresionante ahí – no es solamente la corporeidad de Fermín, el encarnar su ser de manera tan directa, sino el reflejo de todo un universo ahí en esas ventanas)).

Fermín (que todo el mundo parece odiar, pues encarna el machismo más básico – muy agresivo con Cleo cuando esta le cuenta en Neza que están embarazados) en realidad es una víctima doble. Crece en un lugar desgraciado de América Latina y realmente encuentra en la práctica de las artes marciales, como tantos jóvenes del mundo, una salvación… para ser luego usado por el mismo gobierno mexicano como fuerza de choque contra los estudiantes. Fermín encarna la historia de tantos paramilitares de América Latina, de tantos guerrilleros o militares que encuentran un respeto a sí mismos en la práctica de artes marciales – pero terminan siendo convertidos en máquinas de muerte por el mismo sistema que generó (genera) las Ciudades Neza de América Latina.

La muerte aparece en varios momentos, con fotografía muy anclada en la gran tradición de México, en Juan Rulfo y Tina Modotti. En uno de los momentos centrales de esa película que no tiene momento central único (pues son muchísimas películas comunicadas) aparece esta escena casi aislada del resto, casi sin comunicación con nada…

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… casi sin comunicación con nada pero a la vez con todo. La abuela, Cleo y el chofer salen de la tienda, no ven este primer plano pues están viviendo su propia otra película en paralelo… y México en 1971 está viviendo desangres como este.

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Una historia muy personal (y que no sucedía en todas las familias) es la solidaridad entre dos mujeres, las dos mujeres principales, la señora Sofía y Cleo – ambas abandonadas, aunque de maneras distintas, por sus hombres. Pese a las diferencias de clase inmensas entre las dos, hay un vínculo de cierta empatía entre ambas.

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En muchas familias latinoamericanas la reacción inmediata en esa época habría sido expulsar a Cleo apenas esta cuenta que está embarazada. De hecho, es lo primero que pregunta Cleo—¿no me va a correr? Hay cierta sutileza en la respuesta y un entendimiento de la situación de Cleo; tal vez causada por el saber que su esposo la había abandonado.

Era tan común tanto la primera como la segunda historia—esposos que se “iban a Quebec” a congresos para nunca volver (en mi familia no inmediata sucedió algo similar, y los hijos quedaron con traumas fuertes), empleadas que quedaban preñadas por sus respectivos “Fermines”, que aquí la parte de memoria es realmente directa y tal vez menos mediada por las ventanas y reflejos.

Fernando Zalamea ha escrito inmensas páginas sobre otro tipo de vasos comunicantes en el cine, en Tarkovsky — y en la matemática, en Riemann o en Grothendieck. La película es manifold, es multiplicidad/variedad repleta de pliegues, memorias de otras películas (¿cómo no pensar en Buñuel al ver a los ricos de la finca disparando al vacío, siendo el vacío?…

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… ¿cómo no recordar escenas similares vividas en fincas donde primos ricos en épocas de infancia?), repleta de ramificaciones, de singularidades que intercomunican distintas películas independientes – pero que Cuarón logra mediante sus ventanas, reflejos y ojos—la mirada de Cleo sobre todo, y repleta de escaleras espléndidas (las de la casa y sobre todo las de la hacienda, que conectan el mundo “de arriba”, de los ricos y sus pistolas y su whisky y sus cigarrillos y sus criadas, con el “de abajo”, el del pulque y las historias de los ejidos y la música popular).

Pero sobre todo, ¿cómo no soñar con esta imagen? (Tal vez la más emblemática: ¿las cabezas conectadas, el niño que recuerda y la mujer que quiere estar muerta, los techos de Roma y la ropa como un haz de transparencias – lavada de las miserias humanas que se adivinan, las secreciones, sudores y humores de nuestra condición humana en manchas en calzoncillos y medias y brasieres – y la luz difusa infinita?)

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Un ejercicio de atención

Nelson el hijo de quienes cuidan esta finca mencionó unos pozos del río donde se puede nadar bien. Como vio mi interés, me dijo que podíamos ir después de almuerzo, que quedaban muy cerca. ¿Muy cerca, le dije, a cuánto, diez minutos? Bueno, un poco más, pero muy cerca.

Al rato después de almorzar me dispuse a ir, pero pensé que sería cosa de un rato, de pronto embarrar ligeramente los zapatos o el pantalón, nada del otro mundo. Arrancamos. María Clara está aún recuperándose de la rodilla; no nos acompañó esta vez (pero ojalá la próxima sí, aunque es complicada la ida a los pozos).

Muy pronto caí en cuenta de mi error de apreciación. Nelson creció en esta zona, y “muy cerca” y “muy sencillo” para él puede querer decir “bastante lejos” y “complicado” para este bogotano. No fue suficiente con remangar el pantalón para atravesar trozos del río: las piedras resbalosísimas (sobre todo para mis zapatos – unos Ecco perfectos para andar por prados londinenses, un poco menos apropiados para la subselva local) y la cantidad de lianas con púas hacían que realmente todo fuera absolutamente fuera de lugar en mi caso.

Aún así seguimos – Nelson adelante abriendo trocha, yo siguiendo por barro, lianas, bambú, matas con púas, agarrando con las manos troncos estrechos y probando resistencia – y pensando en posibles arañas o culebras o simplemente hormigas gigantes, pisando troncos podridos que cedían, piedras que sí se sostenían, subiendo la ladera del río y volviendo a bajar y volviendo a subir mil veces.

Un ejercicio de atención sostenida que duró casi una hora (me quité las medias para que no se empaparan tanto, pero igual en un momento dado caí de piernas enteras en el agua). Nelson es muy joven y andaba rápido: yo terminé sudando mucho, raspándome las piernas, subiendo a veces a puro pulso de brazos a piedras enormes pues de lo resbalosas no había punto de agarre para los pies, reptando por debajo de cercas. Nelson sin ningún problema pasando todo eso – solo en un momento dado lo vi dudar y decir “hubiera debido traer el machete; lo que viene está enmontado”.

Vi centenares de tipos de hojas, de superficies de troncos, de texturas de madera podrida, de piedras hundidas en barro, de rayos de luz en el fondo. Pensaba como es obvio en La Vorágine, en los relatos de Molano, en las tambochas, en que uno esos sitios los ve en películas con soldados o guerrilleros pasando con botas de campaña o pantaneras – ciertamente no con Ecco londinenses resbalosos.

Al cabo de una hora (sí, “un poco más de diez minutos” es una hora) llegamos al punto del río en que se arman pozos – profundos pero con corriente muy fuerte. Nelson contó que los viernes cuando estaba en el colegio venían ahí, pero que ahora mismo estaba menos hondo. Fue empezar a nadar luchar contra la corriente y vórtices mirar el punto de caída de la cascada atento a no tomar agua cuerpo desnudo sumergido entero en agua refrescante límpida corriente rápida peligrosamente fuerte vórtices peores en partes más pandas el río es bien profundo en esa zona pies no tocan el fondo o de pronto logran agarrarse de una piedra sol refleja entre árboles pero ni tiempo de pensar en luz simple mantenerse a flote y respirar y agradecer la felicidad del agua después de caminata asustadora larga sudorosa agotadora.

El regreso fue por un camino más fácil: atravesar una finca (afortunadamente no salieron perros: Nelson conoce el camino), salir a la carrilera y luego a la carretera y subir.

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el mismo río, ayer a las 6:30 de la tarde

Lo que va de Le Corbusier a Aldo Rossi, según Peter Stamm

Una de las compras felices de la Feria del Libro terminó siendo una novela de Peter Stamm publicada por Acantilado: Siete años. Me agarró sin piedad, y no me logré soltar hasta terminar de leerla. La historia es aparentemente muy sencilla (un hombre llamado Alexander – un arquitecto – casado con otra arquitecta (Sonja) exitosa, pila, bonita, perfeccionista) nunca logró zafarse de una historia de amor que le parecía un poco absurda, con una inmigrante polaca pobre, fea, desabrida, simplona – pero por alguna razón el escape del mundo “demasiado perfecto”, demasiado “beautiful people” del arquitecto. Sin embargo, la novela no se juega en ese plano, no tiene realmente lugar en los eventos externos: todo el jugo, la razón de ser de la novela está en el entramado de dudas, de fachadas, de certezas falsas o tal vez verdaderas – termina uno por no saber que se arma el personaje al ir tejiendo su vida. Ir leyendo su vida laboral, su vida sexual, su vida sentimental, todo eso va armándose ante uno – la manera como cuenta a una antigua amiga (también amiga de su esposa) los porqués cruzados, los porqués contradictorios de su relación con “la polaca” es una de las experiencias de lectura a la vez más placenteras, más angustiantes, más llenas de voces paralelas y más estéticamente satisfactorias que he tenido recientemente.

El estilo de Stamm es llano y directo. Va contando directa y sencillamente cosas que afectarían a cualquiera de manera muy fuerte, como quien ve su propia vida desde afuera. En ese no-énfasis logra Stamm una voz impresionantemente convincente. Podría ser uno, alguna versión de uno, ahí pensando al fondo, ahí mirándolo a uno mientras se da razones para hacer o no hacer o decir que va a hacer pero finalmente no hacer o hacer pero no querer en últimas hacer lo que se hace.

Siete años da duro si se lee a la edad de narración, que es más o menos mi edad actual. O sea, la de alguien que está en medio del enredo fuerte en su vida laboral/creativa y no ve por dónde desenredar las cosas – así estamos más o menos todos en esta etapa, seamos o no muy productivos. La sensación de riesgo alto, de estar jugando las cartas en un momento de trama muy violentamente agresiva y a la vez muy interesante (pero potencialmente muy destructiva) es vivencia de todos los que conozco que tienen más o menos esta edad – y la narración de Stamm en el libro tiene exactamente la misma voz interna. Ya somos víctimas de muchas decisiones tomadas antes (sobre las cuales a veces nos decimos que era una buena decisión, cosa que en realidad nunca se sabe como bien queda plasmado en Siete Años), de muchos errores, y a la vez estamos en etapas de muchas posibles reconstrucciones y muchas posibles reconversiones.

Proyecto de Étienne-Louis Boullée para la Biblioteca Real de Francia. 1786.

La arquitectura juega un rol muy poderoso en la novela – comparable tal vez al de la música en Vikram Seth y su Música constante. (Re-)descubrí a Étienne-Louis Boullée leyendo este libro – Boullée, arquitecto francés del siglo XVIII casi completamente mental de lo brutalmente idealista que era (con proyectos utópicos sociales impresionantes sobre los cuales había oído hablar, pero que en Siete años hacen parte de la configuración mental del arquitecto (su mundo de posibilidades, su ausencia de concreción comparado con su esposa modernista, su posibilidad de tender puentes).

La cité radieuse de Le Corbusier (por fuera es mucho más “normal” y parece un edificio genérico sesentero – en el libro Sonja insiste que esos edificios de Le Corbusier son increíbles por dentro, en los espacios interiores y la vista hacia fuera). Marsella.

Los otros dos arquitectos cruciales en la novela son Le Corbusier (que es el preferido de Sonja – hacen una visita espléndida a la Cité Radieuse de Marsella, edificio tan difícil de entender – mucho mejor desde adentro que desde afuera según la voz de Sonja) y Aldo Rossi (la inspiración inicial de Alexander, muy criticado por sus compañeros de universidad y por Sonja – creo que con toda la razón: Rossi me produce a mí también escozor y desazón, tal vez por mi propia reacción fuerte en contra del exceso postmoderno).

Algún proyecto de Aldo Rossi, realizado en Berlín. (Para mí esta arquitectura está irremediablemente ligada a nuestro esperpento bogotano del Centro Comercial Bulevar Niza.)

Dada esa tensión brutal entre Alex y Sonja (representada arquetípicamente en la tensión entre Aldo Rossi y Le Corbusier, pero triangulada de manera increíble por Étienne Boullée), uno podría concluir que la novela sucede en un plano arquitectónico perfecto. Y parte está, claro, ahí. Pero eso no es más que una proyección. La vida interna de Alex, la imposibilidad de entender de verdad a Sonja incluso después de más de quince años de vida en común, las conversaciones entre amigas que él no puede realmente entender (percibe el silencio e intuye que las amigas – su esposa y la amiga común – tienen un plano de amistad que le será siempre vedado), el rol de la lectura, todo eso da carne a una novela que ocurre con semejante trasfondo de tensión entre arquitectos-arquetipos.

Carne hay mucha más en la novela – hay que leerla para vivirla. Hay textura de rostros mal afeitados frotándose mutuamente, hay el olor a apartamento de soltero que se queda terminando un proyecto durante días de verano encerrado en el calor sin aire acondicionado de una residencia estudiantil en Múnich, en calzoncillos días enteros y probablemente sin bañarse y con salidas única y exclusivamente a traer cervezas y sándwiches, hay el ambiente muy preñado de misterio de un apartamento de una artista en Marsella y su mundo cuidado y a la vez muy experimental – hay una escena deliciosa en el Jardín Inglés de Múnich, un parque central donde es común como en tantos parques de Alemania el desnudarse completamente en público y darse un baño refrescante en el lago – escena del contraste entre la tranquilidad con que Alex y su amigo Rüdiger se desnudan y van a nadar – y los ojos arqueados aterrados de la polaca al verlos regresar desnudos ambos a hablar con ella (“…me miró con sus ojos perplejos y mi desnudez me resultó embarazosa, por lo que me puse los calzoncillos y el pantalón. Luego empecé a jugar con Rüdiger al frisbee”). Las chicas no parecían interesarse por nosotros, probablemente estuvieran hablando sobre lo que harían por la noche, y yo estaba seguro de que nosotros no jugábamos ningún papel en sus planes…”) – hay escenas tensas de clases sociales (Sonja es de una versión de clase alta, Alex es pequeñoburgués, de clase media), etc.

Y los contrastes entre la arquitectura soñada (hablan y hablan de Le Corbusier y de muchos otros, y Alex piensa siempre en Étienne Boullée y sus palacios dieciochescos imposibles) y la arquitectura real que terminan ejecutando (proyectos reales y concretos, repletos de dificultades y concesiones al precio de los materiales, a modas o ideas absurdas o muy sensatas de los clientes, etc.

Este trozo también me llegó muy de cerca: “Con el tiempo, empezó a parecerme divertido visitar pisos que ni siquiera podía permitirme. Cuando les decía a los arrendadores que era arquitecto, me trataban con respeto y se tomaban su tiempo conmigo. Algunos de esos pisos aún estaban ocupados, y era fascinante qué diferente era la manera de decorar de las personas y cuánto revelaban un par de objetos sobre ellas. Siempre resultaba un poco embarazoso que los inquilinos anteriores te mostraran la vivienda y mirar aquellos armarios repletos de cachivaches, o ver cocinas donde la vajilla estaba sin fregar, con restos de comida o plantas secas sobre los alféizares.”

Sauna / Turkish baths

onlyfornow:

The Turkish baths in Docklands are an interesting counterpart to the gym; the more it is the same, the more different it is.

Both are men only environments populated by people who are friendly but do not know each other and do not want to know each other; living only in the moment and in the experience of the moment, with no questions asked, and yet sharing in that experience and having the camaraderie arising simply from that. Both are simply about the body and the self, including the naked or near naked body.

The gym (my gym, anyway) is full of very beautiful people; perfect physical specimens, muscular, smooth (or, if hairy, perfectly groomed), sweet smelling, sharp dressing, flat stomached, big armed, and tanned.  The Turkish bath, on the other hand, was full of very old, fat, coarse, out of condition men.

But they seem to have, if anything, more self confidence and sense of beingbien dans sa peau than the gymrats.

Picture reblogged from ctatum:  “Marsden Hartley, Finnish-Yankee Sauna, 1939.”

Sauna / Turkish baths

Saunas en Helsinki

Al lado de mucha matemática, una de las actividades más fabulosas en estos días ha sido el sauna. El domingo necesitaba relajarme después del viaje, y en preparación para otra semana muy intensa. Fui al sauna Arla, un sauna clásico de la ciudad, en un barrio de clase trabajadora que aparentemente era duro antes. Había un grupo de franceses obviamente un poco aterrados con el plan del sauna, tomándose fotos (se veían tan infantiles esos franceses, con sus risitas nerviosas y su manera de ir comentando todo creyendo que nadie les entendía… parecen teen-agers bogotanos). Y el grupo de finlandeses tranquilos, tomando sus cervezas afuera casi desnudos, y adentro tranquilos, completamente desnudos, como todos, en un sauna de leña que estaba casi a 100°C. Alternando el calor del sauna con el frío externo (y la ducha helada).

Los saunas de la ciudad desafortunadamente han sido reemplazados por los saunas de los apartamentos. Ahora los apartamentos cada uno tiene su propio sauna (si el barrio es más rico) o (en barrios más pobres) hay por lo menos un sauna en cada torre. Eso ha hecho que los increíbles saunas de la ciudad hayan casi desaparecido. Pero quedan Arla y el de Harjiupuisto.

También está el sauna (increíblemente bello) de la residencia de profesores visitantes. Al lado del sauna mismo hay una zona con sofás y tableros, donde uno puede continuar un seminario si quiere. Obviamente, con buena cerveza (número III o IV en la clasificación de cervezas finlandesa) o con makkara.

Ayer había reservado el sauna de la residencia e invité a un grupo de personas, pero mi invitación quedó relegada a segundo plano por la invitación a sauna del gran festejado de este encuentro. Así, fuimos a sauna anoche después de las charlas, hacia las 7, con varios colegas: al sauna de la ciudad, público.

Fue (otra) experiencia maravillosa. Todos completamente desnudos, y felices, en el gran sauna de Kotiharjun, donde cada vez que piden “löylää” (un verbo finlandés intraducible que significa “echar agua sobre las piedras lentamente para generar vapor y sensación de calor fuerte) siente uno que no va a poder aguantar el calor, alternando entre el calor extremo y la lluvia fría de afuera. Boris, Menachem, Roman, Jouko, Jeff, Phokion. Increíblemente agradable el plan. Rodeados de toda clase de finlandeses muy sencillos (o quién sabe – de pronto el gerente de Nokia o el primer ministro estaba ahí, al lado de los trabajadores y uno no sabe y a nadie le importa – Finlandia es así).

Uno puede hablar de muchas cosas (incluso de matemática) en ese tipo de lugares. El denominador común es la sensación absurda de relajación y limpieza después de tres entradas un poco brutales.

También fuimos con Pablo el día anterior al sauna de Kotiharjun. Fue otro buen momento.

El plan es sauna el sábado antes de la comida final – ya reservamos el sauna (elegante, distinto, de la residencia de profesores). Veremos qué tal funciona.