Leer bajo la pátina del tiempo

Paul Valéry ha aparecido en mis lecturas, conversaciones, discusiones – con frecuencia alarmante últimamente. No solamente Fernando lo menciona mucho (y me ha regalado ensayos sobre Valéry o escritos del poeta/ensayista) sino que por ejemplo en Infinity Valéry fue mencionado/citado por personas muy disímiles  –  por la magnífica Briony Fer, por el conjuntista británico Philip Welch, entre otros.

Flaneando por los muelles de buquinistas (sí, me toca usar un poco de frañol ahí; decirlo en español castizo lo haría sonar como una zarzuela) en busca de Valéry y otros autores noté extrañas reticencias. Libreros amables cambiaban de cara al preguntar yo por Valéry después de haber estado hablando con ellos unos minutos; uno de ellos me dijo ah non, moi, Valéry, j’en ai pas casi como si intentara desligarse de algo incómodo, como si mi pregunta por Valéry hubiera cruzado pese a mí algún umbral de lo correcto según él. Otros me dijeron Valéry en Pléiade c’est pas facile à trouver, on a ceci seulement — y sacaban algún fascículo – a todas luces magra representación del autor.

Luego alguien me preguntó ¿Por qué tanto interés en Valéry? … Quien me lo preguntó es el hijo de una profesora de literatura francesa en una universidad bogotana, y me dijo que ya había leído montones de Valéry cuando estaba en el colegio impulsado por su madre – traducían cosas para las clases, etc. Me miró con cierta ironía cuando le dije que como aparece por todas partes en conexión con el infinito, con disquisiciones estéticas, con su poesía, por su centenario reciente, quería leerlo más a fondo.

Finalmente en el Muelle de los Grandes Agustinos apareció un volumen de Pléiade a precio muy bajo y hermosísimo. Mirando por encima y saltando hojas del jugosísimo volumen me encontré con textos y poemas increíbles – que tengo ahora para leer después.

También había comprado ya Variété – un libro que empieza escrito durante la posguerra (de la guerra de 14-18). Valéry como todo el mundo estaba perplejo y lanza un llamado angustiadísimo.

Pero cuesta leerlo, bajo la pátina brutal de eurocentrismo, de creer genuinamente y escribir tanta sandez sobre la “centralidad” y “excepcionalidad” de Europa. Ese dejar entrever la trama de un modo de pensar es el precio a pagar cuando alguien como Valéry escribe tanto, con interés tan genuino por el mundo, por entender tantas conexiones (matemática, música, literatura, política). Algún historiador de las mentalidades podría encontrar tesoros de prejuicios (creo que algunos de los libreros reticentes con Valéry podían estar influidos por ese tema), pensamientos moldeados por su época, en esos diarios de Valéry. Hay joyas impresionantes pero también hay frases que resultan francamente molestas de leer un siglo después – y estoy seguro que alguien con la lucidez de Valéry hoy en día sería un crítico implacable del Valéry de esas frases.

Aún así, disfruto mucho la lectura y los tesoros de ese volumen, pues se configura algo que permite trazar mil hilos entre los temas que me interesan. Y por algo Fernando, Briony y tantos otros no solo lo leen y enseñan, sino que siguen encontrando inspiración inmensa ahí. Yo hasta ahora empiezo.

La mer, la mer, toujours recommencée… (PV)

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París, al amanecer del martes de la semana pasada. Foto: AV.