time / timelessness (or our eye / through a lens)

Much has been written on the way cameras enabled a shift in visual perception, a major change in the way we understand what is perceived, what is focused upon, what is not. Two centuries of experimentation with cameras (preceded by more centuries of peepshow rooms and lens craft in the Netherlands) have perhaps given a crushing amount of material, of photographs, of perception traces. Watching carefully the work of Atget, of Kertész, of Talbot, of Cameron – to name randomly just four towering figures whose work, whose experimental work with perception is still fresh-looking today – may give the impression that all possible roads with respect to perception (and the lens, and the camera) have been taken.

Yet. Yet sometimes the light of a sunset (like a few minutes ago in Chía) or a visit to a new city or perhaps a combination of skin perceptions – the wind mixed with the light, the water overpowering and towering above – may radically open up new thirst for more perception experimentation.

This very thing happened about an hour ago, here in Chía, when the sun setting created a light infusion into boundaries of trees that somehow seemed fresh. Then I started (again) playing with time, with passing time, with perception of movement and stillness with open camera.

At some point, after the 5” exposures of myself – a thin hand, a vanishing presence – I went back to the mountain perception.

Meanwhile, while the photographs load (internet is very slow in Chía), I reread Felix Klein’s amazing chapter on automorphic functions…

cierre de I, II en dcdcS

Es como un atardecer larguísimo, con el sol pintando todo y cerrando un día de verano intensísimo. Es el final de capítulo (de primer libro) más impresionante que uno puede imaginar, con retoma de todo lo esencial en un vendaval que empieza a girar y proyectar la memoria hacia el futuro, y tiñe todo lo vivido durante el largo día de una luz distinta, malva, dorada, oscura a la vez, el inicio de la noche. Así me parecieron esas tres o cuatro páginas finales de I, II en Du côté de chez Swann.

Es además el final del capítulo de infancia y adolescencia, de descubrimiento de la sensualidad, de la ensoñación confundida de la niñez (de esa niñez hiperconsentida del narrador proustiano, hiperconsentido y a la vez rodeado de adultos severos), de ese verano inacabable con sus caminatas “de ambos lados” – el lado de Swann, el de Guermantes, de esos personajes míticos como la tía Léonie y su criada Françoise, la ayudante de cocina que parecía de algún cuadro medieval, y las visitas eternas de personajes como Swann. El abuelo y sus innuendos antisemitas cuando llegaba el amigo de infancia Bloch, judío muy joven y muy arquetípico en el relato del judío que era Proust, muy rebelde contra el convencionalismo – esos amigos de fin de la infancia e inicio de la adolescencia que abren tantas posibilidades – pero que terminó desterrado de la casa del narrador en parte tal vez por el antisemitismo velado del abuelo (que sin embargo era amigo de Swann, otro judío), tal vez por su propia actitud tan antiburguesa en medio de esa familia tan pequeño-burguesa.

Aussi le côté de Méséglise et le côté de Guermantes restent-ils pour moi liés à bien des petits événements de celle de toutes les diverses vies que nous menons parallèlement, qui est la plus pleine de péripéties, la plus riche en épisodes, je veux dire la vie intellectuelle. Sans doute elle progresse en nous insensiblement et les vérités qui en ont changé pour nous le sens et l’aspect, qui nous ont ouvert de nouveaux chemins, nous en préparions depuis longtemps la découverte ;  mais c’était sans le savoir ;  et elles ne datent pour nous que du jour, de la minute où elles nous sont devenues visibles. Les fleurs qui jouaient alors sur l’herbe, l’eau qui passait au soleil, tout le paysage qui environna leur apparition continue à accompagner leur souvenir de son visage inconscient et distrait ;  et certes quand ils étaient longuement contemplés par cet humble passant, par cet enfant qui rêvait — comme l’est un roi, para un mémorialiste perdu dans la foule —, ce coin de nature, ce bout de jardin n’eussent pu penser que c’était grâce à lui qu’ils seraient appelés à survivre en leurs particularités les plus éphémères … 

Tal vez la clave está precisamente en esos detalles, esas “flores que jugaban sobre la hierba, el agua al paso del sol, el paisaje que ambientó su aparición” lo que permite reconstruir.

Habla también Proust del engaño, de las veces que uno quiso volver a ver a alguien sin darse cuenta que en realidad solo era porque la persona le recordaba un seto de espinas.

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Viento en el Somontano de Huesca – a.v., 2017


El siguiente libro inicia en los salones semi-mundanos, y en el juego sutil de balancines y pesas en que consiste anunciar cosas en sociedad, decir que uno sale con tal persona, que es amigo de tal otro, que tiene recomendación de sutano. El significado no dicho de no asistir a ciertas cenas, o anunciar que no se va, o llegar de repente. La manera como Swann es a la vez negligente con los nobles, se hace el chambón con la gente que considera “superior” socialmente, pero es muy estricto consigo mismo en presencia de los que considera sus “inferiores” sociales; con sus amantes de clases más populares no se permite la misma dejadez que exhibe ante las de clases más altas.

El lugar de la ensoñación, de la percepción pura y directa, de la pura fenomenología primaria (y del campo y el río y los setos de espinas y los rastros dejados por las primeras exploraciones de sí mismo) que era dcdcS I,II ahora es reemplazado por la luz de los salones parisinos, la pequeña intriga social, el saber qué decir, a quién no saludar, a quién sí, de la vida de la ciudad.

Por ahora estoy en adaptación ante ese cambio profundo… 🙂

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Una ciudad: Bogotá, Av. Jiménez. a.v., 2017.

días

Larguísimos. De trabajo – salgo temprano antes del calor fuerte (o sea, antes de las ocho) para ir caminando a través de los dos valles – entre Rejavia y el Museo y luego entre el Museo y la Universidad. Si se me hace tarde ya mejor ir en bus. Y luego considerar mil variantes de la discusión de día anterior, escribir, volver a discutir, ir a charlas. Jerusalén.

A la vuelta (cuando aún hay sol pero la temperatura ya ha bajado) de nuevo caminata (o bus, dependiendo de si hay que llegar rápido). Es dulcísima la temperatura a esa hora. Hoy estaban en el estadio de la Universidad en la XX Macabíada – la Olimpíada judía. Los atletas de muchos países – muchos de ellos también olímpicos – calentando, entrenando, haciendo sprints. Y el altavoz mencionando nombres de atletas de Argentina, Israel, Francia, Estados Unidos, Australia, Turquía, Reino Unido, México, Canadá, Uruguay. No escuché que nombraran a Colombia. El espacio es completamente abierto desde la calle y puede uno ver los grupos de corredores, de saltarines. Una mujer lanzadora de bala, otro grupo de corredores de cien metros. Ver de cerca a atletas olímpicos (bueno, macábicos, pero algunos han sido olímpicos también) siempre es algo muy especial. Supongo que es a nivel del ejercicio el equivalente a ver grandes intérpretes de violín o de piano – o tal vez grandes matemáticos. Como casi nunca ve uno esos cuerpos entrenando, me quedé un par de minutos… y recordé cuando nos llevaron a los de Judo UN a entrenar con los del equipo olímpico cubano en la Liga de Judo de Bogotá. Fue sobre todo a verlos entrenar (de nuevo: algo increíble y muy único) pero en ese caso también hubo unos tres o cuatro randoris “mixtos” entre nosotros y los olímpicos. Recuerdo el susto. Una cubana gigante me calmó – el nivel alto logra infundir una calma en medio del nerviosismo que el nivel medio no consigue. El randori era sobre todo para aprender un poco por contacto breve con los grandes.

Luego, Tmol Shilshom con María Clara, uno de nuestros cafés preferidos del mundo. Y la caminata de vuelta entre mil callejuelas, gatos, olor a flores, jardines.


Como hay tanta cosa durante el día (y es tan intenso todo aquí) prefiero leer un poco de Proust – avanzar un par de páginas – por la noche.

Esta vez es Proust de joven preocupado por no poder atrapar las cosas, no poder lograr nunca su sueño de escribir bien. Recuerda cómo je m’attachais à me rappeler exactement la ligne du toit, la nuance de la pierre qui, sans que je pusse comprendre pourquoi, m’avaient semblé pleines, prêtes à s’entrouvrir, à me livrer ce dont elles n’étaient qu’un couvercle… se preocupaba porque no lograba eso, porque todo le era esquivo, porque en el momento de atrapar el “secreto” de la piedra, de la línea del techo, se le iba. Alors je ne m’occupais plus de cette chose inconnue qui s’enveloppait d’une forme ou d’un parfum, bien tranquille puisque je la ramenais à la maison, protégée par le revêtement d’images sous lesquelles je la trouverais vivante, comme les poissons que les jours où on m’avait laissé aller à la pêche, je rapportais dans mon panier couverts par une couche d’herbe qui préservait leur fraîcheur. La imagen me gusta: traía la cosa desconocida recubierta de imágenes bajo las cuales la encontraría viva, como los peces que los días en que lo dejaban ir a pescar traía en su canasto cubiertos de hierbas para mantener su frescura.

Solo que la mayoría de las veces debajo del recubrimiento de imágenes no había “nada”. Tal vez Proust de joven creía demasiado en que había un algo, una cosa desconocida, cette chose inconnue qui s’enveloppait d’une forme ou d’un parfum, y creía que las imágenes estaban ahí para proteger la cosa. De pronto le faltaba descubrir que la cosa muchas veces es sus imágenes.

 

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Ruralidades

Con Marcos, un señor maravilloso que trabajaba la tierra en Chía (murió hace tal vez veinte años) a veces hablábamos. Tenía la cara absolutamente cuarteada por la intemperie, como papel doblado – ojos rasgados del altiplano cundiboyacense. Podría haber sido alguna escultura de papel japonesa, plegada y replegada como origami hasta dar con su expresión de cara.

Una vez en 1991 fui a tomar un curso de Teoría Descriptiva de Conjuntos en Mérida, en los Andes venezolanos. Fuimos con María Clara – nuestra primera salida juntos fuera de Colombia. Al contarle a Marcos que nos íbamos lejos, a otro país – Venezuela – por unas tres semanas, no dijo nada. Luego resolvió que nos habíamos ido “a Europa” (le dijo a alguien). Para él, que probablemente nunca en toda su vida salió de Cundinamarca o tal vez Boyacá, la noción de “Mérida, Venezuela” era remota, como la noción de “Europa”. (Aunque los valles arriba de Mérida se parezcan tanto a Boyacá y Cundinamarca… pero eso no lo sabía Marcos, ni importaba que lo supiera. Mérida era esencialmente “Europa” pues era lejana, y remota, otro país.)


Recordé a Marcos porque en Europa nos volvió a pasar lo mismo hace unos pocos días. Casi igual.

Estábamos en Huesca, una capital provincial en Aragón, España. Fuimos en parte por la presencia del CDAN allá – un museo de arte contemporáneo muy interesante – y Centro de Investigación en Arte y Naturaleza. Con edificio impresionante de Moneo, con materiales de investigación aparentemente excelentes.

Fuera de eso, una ciudad chiquitica – como Zipaquirá tal vez.

Pero no nos quedamos en Huesca: decidimos quedarnos en una casa que conseguimos en las afueras, como a media hora de la “ciudad”. La idea era explorar un poco la región desde ahí. Pero terminamos hablando con los pocos campesinos que aún quedan (en ese país que parece haber sido atrapado por una crisis económica aterradora).

En un lugar de carretera en el que paramos, que parecía un parador de lechona por allá en el Tolima – solo que ofrecían asados de esa región – los campesinos, labriegos almorzaban, todos sudados, con camisa de trabajo, con su español de Aragón brutalmente áspero.

Me preguntaron de donde era, y dije inicialmente “de lejos”. Me dijeron “¿de Huesca?”. Yo dije “no, un poco más lejos – de Colombia”. “Ah…”. No hay mucho qué decir. Creo que para la gente de esos pueblos de Aragón, como para Marcos en Chía, la noción de “Huesca” evoca “gran ciudad”, gente que se viste “como nosotros”, gente que aparece en los paradores de carretera y no conoce los usos locales. Que sea Huesca o más allá (incluida Colombia) les dará lo mismo: estamos en la clase de equivalencia de los “urbanos”. Me pasó dos veces, en dos regiones rurales distintas. Al ver que claramente no éramos de ahí les llamaba la atención tal vez el hablar raro, y lo ubicaban (correctamente) en alguna ciudad. Huesca está bien.

self perception

Spectral Selfie

this “spectral” selfie is another one of those photograph taken in the middle of the night, with extreme sensitivity and exposure of almost ten seconds

I allow myself to breathe normally and move a little; the result is somewhat akin to an x-ray, at least in the arms

of course none of this is visible to the naked eye – the camera can, though, “see” all these things